Friday, October 24, 2014

El balbuceo creador


Si un lector se impusiera la tarea de realizar, a partir de sus investigaciones y apuntes, un catálogo de malos lectores, en algún momento tendría que incluirse a sí mismo. En sus pesquisas, entre sus anotaciones, se toparía con la vanidad del impulso totalizante, vampírico, que descansa en el acto de subrayar las lecturas. Es una advertencia de Fabio Morábito (Alejandría, 1955) en su colección de prosas El idioma materno. ¿Colección? Ah, cautela: el término implica un edificio que descansa sobre ladrillos individuales, frases redondas (por ejemplo, a propósito de ese mal lector: «Al subrayar tanto se defendía de los libros, que mantenía a raya con sus rayas») que, sin embargo, no son el libro. En realidad, esta serie de prosas se asemeja más a un pensamiento que avanza (con cautela, en ocasiones como si se balbuceara una palabra desconocida) guiado por una constelación de ideas fijas. Por ejemplo, que la creación literaria es una actividad furtiva, nocturna; que, como la traducción, encierra una traición; que esos malos lectores que buscan los andamiajes de un libro en sus subrayados escriben, también, un libro secreto con sus lecturas; que el lector puede comportarse como el vampiro en su pulsión totalizante, o como Filoctetes, en su capacidad de vincular realidades distintas. Estas ideas, claro, se encuentran a la sombra de las que Morábito había desarrollado en el excelente ensayo Los pastores sin ovejas (1995), un libro que no sólo se hermana (ocasionalmente) con éste a través de sus temas sino por sus estrategias.

Aunque Los pastores sin ovejas posee un discreto tono académico (más en su erudición que en su prosa), ofrece al lector la insistencia de un escritor que asocia lecturas con el objetivo de desmenuzar ideas. Es una insistencia que vuelve, relajada, en El idioma materno, donde a través de ochenta y cuatro estampas (de apenas unos dos mil caracteres cada una) se toman y sueltan ideas (punteadas por relatos y recuerdos). En esa tensión entre la insistencia del pensamiento concentrado y la disposición de pasar de un tema a otro se encuentra una pregunta por la potencia de la prosa, especialmente la que acompaña al pensamiento que se esfuerza por esclarecer (aunque sea brevemente) una cuestión. Morábito conoce bien la otra cara de la creatividad literaria, más riesgosa, vinculada al oído antes que al pensamiento, donde no existen los pasos certeros de la claridad que el ensayo puede ofrecer. Tras leer "Verso y prosa", "El idioma solitario", "La poesía y la cara" y el texto que da título al libro, uno comprende que está ante una especie de balbuceo liberador: un esfuerzo por volver, desde la prosa, a la poesía.

Esta reseña de El idioma materno, editado por Sexto Piso, apareció en la edición 98 de La Tempestad, septiembre-octubre 2014.

Wednesday, September 10, 2014

Habla, fantasma


El título En el bosque (2013), la segunda novela de Katie Kitamura (California, 1979), refiere al lugar en donde se organizan políticamente los nativos de lo que parece la provincia de un país colonial (se preparan para retomar sus tierras). Pero la novela inicia en la montaña, cuando Tom, hijo de un hombre blanco, descubre en la terraza de la mansión de su familia que alguien ha dejado la radio encendida. Son palabras que no comprende: «Hermanos, ha llegado nuestro momento. Estamos hartos de que la bota del opresor blanco nos aplaste. Estamos cansados de que esos parásitos nos ahoguen. Durante años, hemos soportado su tiranía sin ser conscientes de ella. ¡Estábamos dormidos!». Es la voz de los nativos. El momento es descrito como la aparición de un fantasma en plena luz del día. El espectro se mueve lentamente y su ira no aparecerá hasta la segunda mitad de la novela (titulada, precisamente, "En el bosque"). En la primera parte, "En la montaña", nos enfrentamos a ¿otra? violencia, la que el hombre blanco ejerce sobre su familia. Específicamente, la del padre de Tom. Si el fantasma se introdujo a plena luz del día, lo hizo a la sombra del padre, que continuamente se representa como un astro tiránico: «El viejo mira [a Tom] en silencio. Lo mira como si no lo hubiera visto en su vida. Hasta es posible que desee que eso fuera cierto. Una propiedad tan grande y no pueden escapar el uno del otro, aunque Tom no lo ve así. El sol brilla naranja en el cielo. Su padre calla durante un rato y luego habla». La violencia del padre –y de otros hombres– se ejerce sobre el hijo pero también sobre la mujer que el padre ha preparado para el hijo (la chica es parte de la familia vecina, los Wallace).

A ratos, cuando uno descubre las prácticas sociales de la colonia, da la impresión de que se lee un reporte sobre un país lejano, como si nos encontráramos en el siniestro espacio de En la colonia penitenciaria de Kafka.  Uno reconoce algunos elementos y prácticas: además de las granjas, hay una ciudad; hay máquinas (jeeps, radios, AK-47s), pesca. Pero la geografía nos recuerda que, a pesar de las destiladas frases sucintas y declarativas, no estamos en el cómodo reino de la novela realista: es descrita como desértica; luego, como si estuviera llena de ríos, con hectáreas cubiertas de pasto (hay vacas y ovejas); incluso volcánica. Da la impresión de que cualquier cosa puede ocurrir: cuando el volcán estalla o cuando a Tom le brotan escamas, por ejemplo, no parecen catástrofes o enfermedades naturales –la novela no trata sobre una mutación ni sobre un volcán que estalla– sino una alegoría de la violencia contenida en la colonia, que terminará por ocultar al sol moribundo del padre y su mundo.

Esta reseña de En el bosque de Katie Kitamura, publicada por Sexto Piso, apareció en la edición 97 de La Tempestad.

Tuesday, July 15, 2014

Escribir con propósito



Durante los sesenta William Gaddis (1922-1988) ofreció sus servicios a instituciones como el ejército norteamericano y compañías como IBM y Kodak para realizar guiones y textos de divulgación. En la primera edición del panfleto educativo The Growth of American Industry, pagado por la Asociación Nacional de Manufactura, Gaddis planteó el siguiente escenario: «Imagina que conocieras a un marciano que se negara a aceptar algo sólo porque sí y necesitara que se describiera y explicara todo». ¿Cómo explicarle lo que hace a los EEUU tan atractivo para millones de inmigrantes? No es la extensión territorial, la cantidad de ciudadanos viviendo allí, los recursos naturales ni el tipo de gobierno. No, Gaddis explica, lo que hace a los EEUU un país distinto del resto es la supuesta «libertad y la oportunidad, por ley, que experimenta el pueblo para hacer lo que quiera con su vida».

Es imposible no leer, incluso en estos trabajos escritos por encargo (realizados a la sombra de la pésima recepción que tuvo la excelente Los reconocimientos en 1955, arrojando a Gaddis a dos décadas de incomprensión y a un resentimiento justificado) el filo paródico que resonará en la ética de trabajo de J.R. Vansant, uno de los personajes más visibles de Jota Erre (1975). Pues, obviamente, no hay explicación real para que un ciudadano norteamericano crea que la ley lo protege para hacer lo que se le plazca o para que aproveche todas las oportunidades que se le presentan (en el panfleto educativo Gaddis no ofrece una explicación que pudiera ser satisfactoria para el marciano, sólo sugiere que se lea la Declaración de independencia y la Constitución, que define como textos políticos aunque los trata –no sin ironía– como textos sagrados).

J.R. Vansant, tras una visita escolar a Wall Street (sólo tiene once años) compra acciones basura y emprende una carrera de artimañas bursátiles (finge la voz por el teléfono) que resulta en un imperio financiero cuyo alcance nunca es apreciado en su totalidad. Cuando Edward Bast, un profesor y músico que ha entrado en el torbellino financiero de Jota Erre por accidente, le pide que se detenga (tras haber arruinado la vida de miles de trabajadores, incluyendo a Bast), el niño contesta: «¡No, pero es lo que se hace! O sea, lo que decían, ya que jugamos el partido, juguemos a ganar, pero, o sea, ¡pero incluso aunque ganes tienes que seguir jugando! Como los corredores de bolsa esos, los bancos esos, cualquier cosa que hagas, alguien se lleva un porcentaje para ellos, una comisión, unos intereses, que todos se conocen entre ellos, así que arreglan las cosas dándote unos consejos, que ellos son unos expertos importantes, ¡cómo voy a parar yo eso!». Lo perverso, por supuesto, es que todas las actividades de Jota Erre (pasando por alto su minoría de edad) son aprobadas por la ley: tiene conciencia plena de que en los EEUU no es necesario infringir la ley para robar, que puede hacerse si uno se apega a su letra (que no a su espíritu).

La novela, que en la edición de Dalkey Archive alcanza las 745 páginas –en la traducción de Mariano Peyrou son mil 133, gracias al amable diseño de caja de Sexto Piso– está conformada –a excepción de algunos breves párrafos que funcionan como "transiciones" entre escenas– por diálogos de múltiples personajes, que rara vez son identificados por su nombre: el lector es arrojado a un torrente de voces desagradablemente informativas que sólo añaden elementos al caos (ocasionalmente, también se incluyen recortes de periódico, dibujos y garabatos ilegibles). Este ritmo odioso y salvaje, de contenidos neuróticos y racistas, volverá en la voz de Paul Booth, cuando lidia con los problemas que le supone ser el publirrelacionista de un político cristiano, en la novela breve Gótico carpintero (1985).

Jota Erre no es el personaje más interesante de la novela sino Jack Gibbs, un músico que, a diferencia de Bast y Jota Erre, sabe qué hacer (escribir música) y por qué vale la pena hacerlo (el arco de su historia recuerda al de Wyatt Gwyon, en Los reconocimientos). Gibbs, además, trabaja en un libro sobre la historia de la pianola y volverá como el narrador agonizante de la póstuma Ágape se paga, de 2002. El personaje sirve para continuar con la reflexión iniciada por Gaddis en Los reconocimientos, a propósito del inestable lugar que ocupa el artista en una era industrializada. Pero si en su primera novela la pregunta era por la relación que tenía el artista con la reproducción (y con el dinero), en Jota Erre la cuestión es, sencillamente, por qué hacer algo (tanto Bast como Gibbs, en algún momento, dejarán de escribir música para fungir, accidentalmente o no, como agentes financieros de Jota Erre: Bast representará la figura del artista que odia el trabajo asalariado y Gibbs al artista que se sumerge en un tema porque le apasiona, le parece divertido o considera necesario alterarlo). Varias de las ideas esbozadas en Jota Erre pueden leerse condensadas en el ensayo que le da título a un volumen póstumo, editado por Joseph Tabbi, donde se compilan ensayos y «escritos ocasionales» de Gaddis: "The Rush for Second Place". Ahí Gaddis reflexiona sobre el fracaso en la literatura norteamericana (apoyándose en textos como La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber) y el lugar que tiene esta disciplina «en una sociedad que ofrece tantas oportunidades para hacer tantas cosas que no vale la pena hacer».

Esta reseña de Jota Erre de William Gaddis se publicó originalmente en La Tempestad 96, mayo-junio de 2014.

Thursday, June 12, 2014

La coda eterna

Ahora en Icónica puede leerse un breve comentario que escribí hace unos días sobre X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014). Al margen anoté algo sobre Al filo del mañana (Doug Liman, 2014), un filme de acción/ciencia ficción que apenas vi anoche. Confirmé tres cosas: que, de alguna forma, ya había visto esa película; que la idea del eterno retorno lejos de poseer una amenaza trágica ahora tiene un halo de oportunidad (parecido al que ofrece la mayoría de los videojuegos); y que si el público insiste en ver cintas de ese tipo es porque está más interesado en un visionado saturado de "escenas de acción" que en una trama (el cinéfilo, en ese sentido, se parece cada vez más al espectador de una "justa deportiva", donde el argumento apenas es un comentario sobre la acción).

Los aspectos más interesantes de Al filo del mañana se agotan en el primer acto: un publicista es condenado a ser un soldado por una máquina de guerra que prefiere depositar su confianza en los medios antes que en la ciencia (el protagonista –interpretado por Tom Cruise– tiene su espejo, de poco brillo, en un científico –interpretado por Noah Taylor– condenado a trabajar en secreto, en un sótano).

La cinta ofrece algunas referencias culteranas, no sólo al desembarco de Normandía, sino a figuras femeninas de la cristiandad, como Juana de Arco o a Rita de Casia (Rita –interpretada por Emily Blunt– no sólo es un homenaje a la Rita de Groundhog Day –1993– sino a la santa católica, vinculada con la rosa que florece incluso en invierno –el segundo nombre de Rita es Rose–).

No se puede decir mucho más sobre la película ("los efectos están padres") excepto que finalmente sí nos ofrece las amarguras auténticas del eterno retorno: una vez más, vemos a espectadores que se auto-obligan a asistir cada verano a los cines y pagar sumas idiotas por palomitas, refrescos y filmes sin importancia; a los que una máquina de publicidad busca persuadir de que una cinta en 2D es "convencional" (a diferencia del carísimo 3D o el inmoral 4DX). La condena sigue: la próxima semana se estrena Trascendence (Wally Pfister, 2014). Se ve buena.  

Monday, June 09, 2014

Todo igual

Ignoremos la taquilla, el esfuerzo por la compañía Disney para sacarle más dinero a sus viejas propiedades o el triste espectáculo generado por computadora –derivado, se ha dicho ya incontables veces, de Avatar– al que nos somete Maleficient (2014, Robert Stromberg). En cambio, atendamos esto: parece un filme hecho a la medida para un mundo nuevo, donde ya no se necesitan hombres.

Así, en lugar de una fábula, tenemos una especie de filme revisionista con perspectiva feminista donde la bella durmiente no duerme (la mayor parte del filme, en cambio, es el bello príncipe quien soporta el sueño de los justos) y el auténtico villano es el Rey, pero no por someter a sus súbditos –eso se espera de la realeza– sino por desatender a su esposa (quien sólo aparece en pantalla durante una escena). El Rey, en esta versión, es un cobarde que usa cualquier pretexto para emprender la guerra. Su imaginación limitada sólo le permite proteger a su hija encerrándola o alejándola.

No importa: una figura femenina y poderosa (interpretada por Angelina Jolie) está ahí para protegerla. Hay un punto de quiebre traumático en esta versión: el beso que despertará a la Bella Durmiente del encanto no lo otorga el príncipe (resulta poco efectivo y su amor no es verdadero). Entonces se nos obliga a ver que el auténtico amor sólo existe entre una madre y su hija (en este nuevo mundo de Disney, se nos hace olvidar que, como cuenta San Agustín en La ciudad de Dios, hubo madres que, ante el hambre y la desesperación, se alimentaron, como Cronos, de sus retoños).

En este nuevo universo, el hombre verdadero, el compañero ideal, no es un hombre auténtico, sino un cuervo condenado a adoptar todas las formas que le exija la poderosa mujer: un hombre con opiniones, claro, pero también un eficiente caballo, un fiel lobo o un peligroso dragón, todos mudos.

Pero el filme no es, en última instancia, feminista. Y el mundo que propone, tampoco es nuevo. La bella no duerme aquí porque no es auténticamente bella (en el original, la bella duerme porque representa a lo joven que, al despertar, cobra conciencia del futuro que representa). Como la Ripley de Aliens (1986, James Cameron) la heroína de este filme no sólo debe ser una madre postiza sino portar un emblema fálico. Si Ripley debía cuidar a Newt y manipular rifles y lanzallamas, Maléfica debe portar báculo y cuernos. Nada, así, cambia: se ha derribado a un rey para obtener una nueva reina de un viejo mundo que permanece dormido.

Thursday, May 15, 2014

El turista cultural

En el capítulo "Librerías fatalmente políticas", de su ensayo Librerías, Jorge Carrión (Tarragona, España, 1976) se indigna porque una guía Lonely Planet no hace mención del genocidio armenio en Turquía oriental. Es una indignación extraña, parecida a la de aquel que se escandaliza porque en una película de Disney (digamos, Los tres caballeros) no se percibe profundidad política. Es, también, el único momento en que Carrión parece mostrar distancia con la industria del turismo (de hecho, se asume como un «turista cultural»). En "Libros y librerías del fin del mundo", por ejemplo, leemos: «Los capuchinos que sirven en Melbourne y su empeñada persistencia de la hora del té, el cultivo de vinos excelentes y las casetas de baño de sus playas, la vida en la calle y las restauradas Arcades: todo puede leerse como un vaivén entre un estilo de vida mediterráneo, europeo, si quiere internacional, y cierta resistencia a abandonar el pasado colonial británico, la herencia de la Commonwealth». El ensayo está salpicado de anécdotas que exotizan países como Uruguay y Marruecos o ciudades como Sídney (¡Sídney!), y colocan constantemente a Carrión como un turista europeo que viaja con iPad (en una aduana de Venezuela, tras olisquear sus libros en busca de cocaína, un soldado le pregunta cuánto cuesta el aparatito) y se decepciona al descubrir que una librería en Tánger sólo vende títulos escritos en árabe. «En un establecimiento de antigüedades pekinés volví a incurrir –memorablemente– en la práctica del regateo», nos cuenta el trotamundos.

El volumen no carece de ideas, y con ellas se pretende enmascarar el hecho de que se trata de un libro de viajes. O mejor dicho: de turismo. El centro de su argumentación es que el fetichismo que acompaña a las librerías (y a los libros vistos como mercancía) «trasciende el clásico de la teoría marxista». Carrión en cambio ve a la librería «como templo donde se albergan ídolos, objetos de culto, como almacén de fetiches eróticos, fuentes de placer. La librería como iglesia parcialmente desacralizada y convertida en sex-shop» (en otro momento compara a la librería con un hotel). Vamos, lo que Carrión dice (no muy claramente) es que el fetiche de la librería en realidad no trasciende al «clásico de la teoría marxista». Y que eso está bien, que lo importante es gozarlas, como un turista (en el capítulo "El espectáculo debe continuar" nos habla de una de las más fotogénicas del mundo).

En el epílogo, dedicado a las librerías digitales, escribe: «Durante los primeros meses de 2013 he visto cómo un a librería casi centenaria se convertía en un McDonald's». No queda claro si tal cosa le parece bien o mal.

Esta reseña de Librerías (Anagrama, 2013) apareció en La Tempestad 95 (marzo-abril de 2014).

Thursday, March 27, 2014

No eres un geek, eres un consumidor

Tengo que aclarar algo. Tendrán que disculpar la anécdota personal: hace poco, después de la última jornada de la semana, mi novia y yo terminamos en casa de unos amigos, donde estuve platicando sobre Grand Theft Auto (la edición más reciente, que no he jugado), el avance que se filtró de la nueva película de Godzilla (que dirigirá Gareth Edwars, quien estuvo a cargo de Monsters, de 2010), unos cuentos de ciencia ficción que escribió un amigo, algunas series de televisión y Y: The Last Man, el cómic de Brian K. Vaughan (2002-2008). Creo que fue una buena noche. Hubo alcohol, música y una buena conversación. Pero, lo que quiero aclarar, es que no soy un geek. Obviamente, he jugado videojuegos, leo cómics, veo películas de ciencia ficción, incluso de fantasía: pero no exclusivamente. Creo que estos productos culturales son atractivos y placenteros. No creo que sean grandes obras de arte pero sí buenos ejercicios narrativos. Sospecho, incluso, que se trata de una condición común: muchos miembros de la burguesía podríamos conceder, ocasionalmente, estar interesados en productos que bien podrían ser mercantilizados como geeks, o nerds, o ñoños (Game of Thrones, Black Mirror o cualquier película de zombis, por ejemplo). Pero casi nadie estaría dispuesto a reconocer que los intereses de dichas personas se reducen a estos productos: seguramente varios de los espectadores que asisten a las funciones donde se proyectan películas de superhéroes durante los veranos también practican deporte o muestran entusiasmo por la cocina o los automóviles o cualquier otra cosa que no puede ser catalogada como geek (aunque he visto mutaciones extrañas donde las personas se autodenominan “geeks de la cocina” o “foodies” y otras etiquetas poco útiles).

¿Qué es, entonces, lo geek? ¿Existen estas personas? ¿O se trata sólo de instancias en donde uno es y consume productos geeks? Hay, a todas luces, una confusión: la etiqueta funciona como un conducto, muchas veces venenoso, entre lo auténticamente geek y el mercado. Es venenoso porque estos productos de entretenimiento (incluyendo la tecnología relativamente barata, los llamados “gadgets”, que ahora se venden como aditamentos de un estilo de vida) terminan por volver inocentes o consumibles las creaciones que provienen de un ñoño (que, vamos, no es otra cosa que un tecnócrata: un tipo de científico, como un ingeniero en sistemas o un cierto tipo de académico; en fin, personas como el Unabomber). Aunque uno puede afirmar, campechanamente, que posee gustos geeks, también podría sostener que no es un geek. Es la misma lógica, claro, que gira en torno a la etiqueta “hipster”, que hoy refiere a las personas que consumen cultura, con cierto esnobismo o distancia irónica, sin crearla (administrar cultura no es producirla, evidentemente) y que fungen también como un conducto venenoso entre las clases bajas de las que explotan su apariencia (las gorras de camionero, los bigotes de actor porno de los setenta, el trabajador del muelle o el leñador, el artista maldito…) y el mercado.

La etiquetita, así, no sólo sirve para designar un nicho de mercado sino para hacernos olvidar, ¿accidentalmente?, que los ingenieros computacionales que desarrollaron ciertos medios de comunicación o que hoy dirigen la forma en que se administra la economía no son personas cuyas ineptitudes sociales las vuelvan graciosas y tiernas (como a los intolerables personajes de Big Bang Theory) sino peligrosos agentes del capital informático.

Este texto fue publicado originalmente en la edición 55 de Picnic.