Wednesday, March 28, 2007

Una especie de convergencia



Subiría los videos si supiera cómo. Pero la razón de fondo es que, aunque los estuve buscando, no di con ninguna de las dos escenas de las que hablo y que son:


1. De Finding Forrester: el joven escritor termina de escribir lo que está escribiendo y se acerca al lugar donde el escritor más experimentado (Mr. Forrester), su mentor, está acostado --adormecido por la bebida. Lo cubre con una cobija. Da unos pasos indecisos y husmea por su departamento neoyorkino. Le echa un vistazo a un álbum fotográfico donde, además de fotografías de su tiempo en la guerra, da con unas fotografías del difunto hermano de su mentor.


2. De Karate Kid: el joven karateka termina los ejercicios en los que se estaba ejercitando y se acerca al lugar donde el karateka más experimentado (Mr. Miyagi), su mentor, está acostado --adormecido por la bebida. Lo cubre con una cobija. Da unos pasos y husmea por su casa californiana. Le echa un vistazo a un álbum fotográfico donde, además de fotografías de su tiempo en la guerra, da con unas medallas que había guardado y fotografías de algunos familiares.

Recomendación

Y bueno, ¿ya leyeron el ensayo The Score de Stephen Elliot o no? Porque se los recomendé. Todavía estará unos días más en la portada de la página electrónica de The Believer. Véanlo. O si estás leyendo esto años después de que lo escribí, búscalo en los archivos.

Sunday, March 25, 2007

Los recuerdos que nos configuran: Rosa Salvaje

No es que quiera ser majadero --entendiendo esto como el hablar seriamente de algo que no es serio-- pero debo reconocer que Rosa salvaje, con la Vero Castro, a pesar de ser Rosa salvaje, con la Vero Castro, es importante para mí, para mi vida. Porque yo veía Rosa salvaje y recuerdo haberlo visto y por supuesto que no recuerdo bien la historia, pero puedo imaginarla a la perfección, así como el acento que seguramente fingía, muy mal, una Verónica Castro que todavía no estaba luchando contra las crueldades del tiempo.
Este recuerdo, claro, se da en uno de los lugares que, debo reconocer, pasé más tiempo con mi madre: la sala de televisión. Eventualmente, necesariamente, nuestros gustos televisivos se separarían para siempre, provocando así el lento pero inevitable crecimiento de una distancia que a la fecha aún soy incapaz de sortear a diario o con completa efectividad. Rosa salvaje es uno de los últimos signos a los que me aferro de que mi madre y yo comulgábamos en muchos aspectos. Rosa salvaje y el deseo que tengo de no olvidar que yo veía y disfrutaba esta novela son una de las muchas cosas que soy hijo de mi madre. Esto no es vergonzoso. Claro que puedo decirlo con una risita. Por supuesto que alguien podría intentar desacreditarme con un "Sí, como sea; pero tú veías Rosa salvaje". Pero seguiré siendo hijo de mi madre y este hecho, que cargo de sentimientos, debería ser suficiente para asemejarme a ti, lector, en la medida que tú también posees cosas y recuerdos a los que te aferras, que te hacen la mejor persona que deseas ser.
Algún día, imagino con más ilusión que certeza, un hijo mío reconocerá no sin una piza de inocente ironía (que eventualmente sepultará) que veía conmigo, no sé, la decimo-cuarta temporada de 24, cuando Jack Bauer se hace terrorista.

Thursday, March 22, 2007

La belleza de Annabelle

Mi amigo David González dejó un comentario en la actualización anterior con un link a una página donde se explica que Aaron Sorkin, el guionista de The West Wing, propuso un musical basado en quizá el más famoso de los discos de los Flaming Lips, a saber, Yoshimi battles the Pink Robots. Me pregunto, sólo para crear efecto, si lo mandó porque sabe que soy fan de ese disco en particular o porque también soy fan de The West Wing. Quizá por ambas.
Total que de esto ya me había enterado hace un par de días, por la radio. No sabía, eso no, lo de Sorkin. Y supongo que esto debería emocionarme. Pero también, hace tiempo me enteré de la puesta en escena de una de las novelas de Houellebecq en un teatro español. Me enteré también. Y hace tiempo vi en la televisión la película de Ampliación del campo de batalla, bastante mediocre. Ahora me entero, también, de que ya existe una película sobre Las partículas elementales. Y Dios, no la he visto pero creo que no lo haré. Una de las cosas que más me agradan de ese libro, es la posibilidad encarnada de la más bella de las mujeres, Annabelle. Uno de esos trágicos personajes cuya condena va irremediablemente aunado a su extrema belleza. Uno de esos personajes de los que uno se enamora. Houellebecq habla de Annabelle en los siguientes términos --la cita es larga, pero creo que vale la pena para aclarar lo que quiero decir:
A partir de los trece años, bajo la influencia de la progesterona y del estradiol que secretaban los ovarios, la muchacha empezó a acumular grasa en los senos y las nalgas. En el mejor de los casos, estos órganos adquieren un aspecto lleno, armonioso y redondeado; su contemplación despierta un violento deseo en el hombre. Annabelle tenía un cuerpo muy bonito, como su madre a la misma edad. Pero el rostro de su madre había sido afable, agradable sin más. Nada hacía presagiar la dolorosa impresión de la belleza de Annabelle, y su madre empezó a tener miedo. Sin duda, los grandes ojos azules y la deslumbrante melena de cabello rubio claro venía de su padre, de la rama holandesa de la familia; pero sólo una casualidad morfogenética podía explicar la desgarradora pureza de la cara. Las chicas sin belleza son desgraciadas, porque pierden cualquier posibilidad de que las amen. A decir verdad, nadie se burla de ellas ni las tratan con crueldad; pero parecen transparentes y nadie las mira al pasar. Todo el mundo se siente molesto en su presencia y prefiere ignorarlas. Por el contrario, una belleza extrema, una belleza que sobrepasa por mucho la seductora frescura habitual de las adolescentes, produce un efecto sobrenatural y parece presagiar invariablemente un destino trágico. A los quince años, Annabelle era de esas raras chicas ante las cuales se quedan parados todos los hombres, sin distinción de edad ni condición; de esas chicas cuyo simple paso a lo largo de la calle comercial de una ciudad medianamente importante acelera el ritmo cardíaco de los jóvenes y de los hombres maduros, y hace que los ancianos gruñan de nostalgia. Ella se dio cuenta muy deprisa del silencio que acompañaba cada una de sus apariciones en un café o una clase; pero necesitó años para comprender del todo los motivos.
En la versión cinematográfico, es Franka Potente quien interpreta su parte. ¡Franka Potente!
Oh, no sé si la versión de Sorkin, la puesta en escena de ese disco de los Flaming Lips será una gran cosa o no. La veré, si tengo la oportunidad, pero creo que siempre será mejor escuchar el disco. O escribir así: http://www.mcsweeneys.net/links/song/21TedJillson.html

Wednesday, March 21, 2007

Cierta sabiduría en Kierkegaard

Fui al F.C.E. buscando el número siete de Granta, en español. No lo encontré. Ya lo había buscado en la sucursal de la Condesa. En lugar de eso, salí con Les Beinvellants de Jonathan Littel, del cual obviamente no consigo pescar nada. Comencé a traducirlo, con constantes, laboriosas visitas al diccionario y al libro de las conjugaciones. Llevo como cinco líneas. Supongo, me digo, consolador, que así aprenderé (francés, tal vez, o a no comprar libros a lo tonto).
Total que no encontré el último número de Granta en español (supuestamente venía un cuento inédito de Bolaño). Pero me topé con una revista de un amigo que no había leído. La tomé, para comprarla. También: tomé dos números atrasados de Granta. Tuve que pescarlos de entre un montón de revistas de literatura y filosofía, más bien chonchas, que estaban medio perdidas y escondidas en un mueble más bien pequeño y oculto de la librería. En el mismo mueble, apiladas en grupos, vi varias, muchas copias del primero, segundo y tercer ejemplar de Cuaderno Salmón. Pensé: diablos. Nadie lee. También: caramba, son demasiados. ¿Es que la gente no se da abasto? ¿No tiene tiempo? Ya va a salir el cuarto, pensé.
Al final me decidí por uno solo de los ejemplares atrasados de Granta. En él venía un cuento, también inédito, pero de Lydia Davis (cuyo Samuel Johnson is indignant me abrió los ojos de par en par; un lector abusado verá un guiño de ojo a uno de sus cuentos en el título de esta actualización). Pero no habemos lectores abusados aquí. Habemos lectores obsesos, aferrados a la idea de poseer letras y libros, aún cuando el precio de éstos nos sosprenden en la caja del FCE, aún cuando algo nos impide (algo de lo que más tarde nos arrepentiremos) echarnos para atrás. Ay, por eso nos dice tan sabiamente Kierkegaard (aunque sea sólo para desesperar),
El salmón es de por sí un manjar muy delicado, pero cuando se come en exceso es perjudicial para la salud, ya que es un alimento de difícil digestión. Por ello, cuando en una ocasión se pescó en Hamburgo una gran cantidad de salmón, la policía dio la orden de que cada patrón sólo diese salmón a su servidumbre una vez por semana.

Sunday, March 18, 2007

Friday, March 16, 2007

Les semaines et leur succession

Planeaba dejar toda esta semana la actulización que correspondía exclusivamente al Inquilino y al esfuerzo, supuesto, de obtener algo de dinero para su publicación. Pero uno hace planes y nuestra voluntad se ríe. La verdad es que el Inquilino me parece bien pero también me parece poca cosa. Nadie se va a morir por el Inquilino. Nadie va a dejar de tener hambre por el Inquilino. Probablemente alguien tendrá un poco de entusiasmo, yo, por ejemplo; pero esto también desaparecerá para darle su turno al siguiente interés. Recuerdo, una vez más, la manera en que medía mis semanas y unidades de tiempo por el siguiente evento a venir: el estreno de tal o cual película (digamos, Indiana Jones 4) o el nuevo libro del autor predilecto (Los gérmenes del mal, de Bolaño). El concierto, el fin de semana, el nuevo disco, the movie of the week.
Constato una vez más, por las líneas que acabo de borrar, que se me dificulta enormemente escribir sobre las personas a las que más quiero. A tal grado que estoy tentado a borrar estas líneas también. Solidificar a las personas en palabras cuando lo que uno quiere es acción es probablemente el más flaco favor que uno puede hacerle a otra persona. Esta afirmación podrá ser gratuia, pero recuerda siempre que la importancia de la vida de cualquier persona está en el día a día, en el supuesto pesar que produce el pasar de las horas, las semanas y sus lapsos, las sucesiones. Viene un fin de semana largo. ¿Por qué no puedo deshacerme de la impresión de que las semanas son como la vida en la tierra y la esperanza que ponemos en los fines de semana algo similar a la esperanza que ponemos en la vida después de la muerte?
Esto no debería ser así. Cada día. Cada día. Aquí. Ahora.

Clément

Jamais je n’avais senti à quel point l’écriture d’un roman est une activité solitaire et pénible ; je crois, en réalité, que c’est l’activité la plus triste du monde.

Houellebecq

Regreso a casa y noto que tengo ganas de escribir y que de hecho he comenzado a escribir de nuevo, con mayor entusiasmo, es decir, con líneas a seguir y con objetivos claros. Metas a corto plazo. Tomo notas en mi cuaderno para algunos personajes y pienso en releer algunos cuentos para recordar precisamente cómo es que quiero hacer aquello que quiero hacer, con el par de cuentos largos que traigo en la cabeza, y esto, decía, me sucede mientras regreso a casa. Al entrar, sin embargo, veo a Refu, mi perra, que siempre me espera en la puerta. Y me ve con enormes ojos tristes, lagañas solidificadas de tanto llorar. No la he sacado a pasear en todo el mes. Me da la pata y me siento una mierda. Pero no tengo tiempo, me digo. Y demonios, es un pinche perro, me digo.


Así que le doy una palmadita en el lomo y camino hacia mi cuarto. Refu no me sigue. A veces lo hace, todavía, y salta y olisquea mi mano. "Ingrato", me susurra.




Este es Michel Houellebecq. Ese es su perro, Clément. ¿Ven a su perro? Parece un perro muy feliz. Yo no puedo cargar a Refu como Houellebecq carga a Clément, pues Refu es una perra de proporciones más bien grandes y yo un tipo de proporciones más bien pequeñas. Hoy vi estas imágenes en la red y sentí una enorme envidia. Pasearé a Refu de nuevo, me dije al verlas. Jugaré con ella, le arrojaré pelotas, sus juguetes, saltará como salta cuando está feliz, me insistí. Dejaré de escribir por un tiempo, quizá.


Hubo un tiempo en que podía leerle a Refu en voz alta y en el que ella me escuchaba, pacientemente, al menos por unos minutos (antes de se distrajera con una ardilla o un pájaro en el jardín). Le leía a Virginia Woolf, La Sra. Dalloway, me parece (sería demasiado decir que le leía Flush). Creo que ahora entiendo un poco más la anécdota que me contó Salvador Plascencia sobre la visita de Houellebecq en Los Ángeles, todo el tiempo que invirtió buscando un suéter para su perro. También, creo, comprendo la cantidad de referencias a perros pequeños en sus libros, y la felicidad que traen con ellos. Escribir es triste no porque uno sufra para poder escribir, sino porque nos quita tiempo para lo que se dice vivir.

Ay, qué azotes.

Saturday, March 10, 2007

Blogotón

Amigos, necesitamos un poco de dinero para poder imprimir el tercer número de El Inquilino. Llevamos mucho tiempo con este Inquilino y puede retrasarse indefinidamente, como una de esas promesas que se retrasan cuando son realizadas por cualquier entidad con algún tipo de poder, a menos que hagamos algo al respecto.
Lo que podemos hacer es: conseguir el dinero. Trabajando, claro. Lo hemos hecho. Sudado y aplanado nalgas durante horas. Eso ya. Pero también podemos apelar a la caridad. Entonces, digamos que tú, lector, estás interesado en que este tercer Inquilino deje su existencia virtual y se vuelva actual. Para ello, sólo avisa a guillermoinj@yahoo.com que estás interesado en colaborar con, digamos cinco, cien o treinta y ocho pesos (o la cantidad que se te ocurra; que no revase los ocho mil pesos, pues en ese caso tendríamos para otro número de Inquilino, y la verdad es que ya no estamos muy seguros de querer hacer otro número pues este Inquilino es bastante maldito y entra sin tocar la puerta, patea a tu perro y vacía la alacena). Total que, digamos que aún estás interesado. Haces eso que digo, de avisar a esa cuenta de correo, y desde ahí se te darán más instrucciones.
Agradecemos de ante mano.

Thursday, March 08, 2007

A propósito




Rocío Boliver, a quien no conozco, publicó en el número diez de Replicante una nota sobre la pasada visita de las Guerrilla Girls a México que en realidad es una nota sobre el enfrentamiento entre un feminismo sensato y un fenimismo radical que en realidad es una nota sobre la inutilidad del feminismo cuando se comprende bien, al grado que se presenta ya sea como otra cara del machismo, o bien, como un "lo que queremos decir es". Ella es mucho más lúcida que yo: "El feminismo se regodea en la compasión por las mujeres sumisas. La mujer necesita aprender a desarmar al violador, al golpeador, al misógnio. Y para esto lo primero que debe hacer es dejar de manipular con su sexualidad y aprender a degustar su sexualidad para obtener placer y no canonjías o dinero. Usar el sexo para disfrutar, no para someter". Y también: "El hecho de establecer una separación entre 'ellos' y 'nosotras' es discriminación y dificulta la posibilidad de llegar a borrar las diferencias de género".

Recuerdo que cuando le pregunté hace como un año a Margo Glantz cuál era la importancia de hablar de la violencia contra las mujeres en lugar de la violencia a secas, ella me desarmó y dio por clausurada la pregunta con un "Esa pregunta siempre me la hacen los hombres". Luego, ambos nos vimos muy sensatos y cambiamos de tema (algo que, lamentablemente, aparentemente, no se puede hacer en foros distintos, como una presentación de las Guerrilla Girls). En fin, esperaba desde hace tiempo el contraejemplo.

No sé a quién demonios se le ocurrió inventar el día de la mujer.

Tuesday, March 06, 2007

Convergencia incrédula



Hace unos días un amigo, Julián Zárate, me gastó una ingeniosa broma que consistía en hacerme creer en algo que se me dificultaba creer. Como parte de su estrategia para hacerme creer esto en lo que yo no creía, me dijo que estaba siendo tan incrédulo como Tomás. Entonces recordé: a) Un ensayo de Weschler sobre, b) una famosa pintura de Caravaggio y lo asocié con c) una fotografía de Sutherland que tuve oportunidad de ver hace poco, gracias a Óscar Benassini. Debo decir que tuve que "invertir" la fotografía de Sutherland para que funcionara.

Al menos, creo que funciona. Según yo son las manos. Y hacia dónde apuntan los ojos. Y el número de personas que "comprueban". Si no, pues no crean y ya.

Monday, March 05, 2007

Entrevista a Héctor Zagal sobre sus años hippies

Pues muy bien, comencemos por sus años de crecimiento en la comuna Hippie, si no le importa.

Como sabes, Guillermo, nací en 1963. Creo que fue una decisión muy valiente y acertada, de quienes creo que son mis papás. Fueron años enriquecedores porque pude convivir con muchos hermanos, unos treinta y cinco. Mientras que los niños “normales” sólo tienen uno o dos. Además, no teníamos que bañarnos si no queríamos.

Ya. ¿Usted diría que con sus posteriores lecturas de la República de Platón, durante sus años de formación filosófica, se sintió de algún modo identificado en la manera en que este filósofo propone educar a los niños?

No, de ningún modo, porque la República propuesta por Platón es opresiva: Uno no puede decir su opinión ni decidir qué estudiar y tiene que bañarse… en cambio en la comuna uno podía criticar a todos, si quería. No había reyes, por decirlo de algún modo.

¿Entonces le parece que eso es lo mejor?

Creo que no se puede decir “mejor” o “peor”, eso ya es un prejuicio burgués.

¿Cómo concilió esto con la doctrina de Aristóteles?

Mira, yo no soy lo que se dice “aristotélico”. Estudio a Aristóteles. Es muy distinto.

¿Entonces se puede tener distancia de todo lo que uno estudia?

Hasta cierto punto.

¿Como cuántos metros?

Tres.

¿Tiene alguna otra anécdota sobre su comuna que quisiera compartir?

Mi primer porrito. No tuvo ningún chiste. Fue a los siete años—

¿Eso es lo que lo llevó a probar drogas cada vez más fuertes?

Bueno, ya no. Pues ya no genero tolerancia. He conseguido cierta estabilidad. Entonces. Te decía que tenía siete años cuando los niños de arriba—

¿Los niños de arriba?

Sí, los mayores. Nos dieron un porrito y fumamos y ganamos el partido.

...

...

Doctor, ¿está bajo el efecto de alguna droga en este momento?

Sí.

Última pregunta: ¿Cuando leyó Las partículas elementales de Houellebecq, se sintió identificado con la vida cotidiana de la comuna que ahí retratan?

Yo no he leído ese libro.

¿Cómo no? Si usted me lo prestó.

Dije que no.

Bueno, muchas gracias.

¿Ya podemos volver al trabajo?

Ya.

Sunday, March 04, 2007

Mi estómago

Mi estómago quiere comunicarme algo de suma importancia y urgencia. Estoy aplicando todos mis sentidos al desciframiento de este mensaje. Me pregunto, por ejemplo, si tiene algo que ver con mi dolor de rodilla, con el enorme pedazo de carne que comí en la tarde, con el chocolate que comí más tarde, con las muchas tazas de café que también ingerí o con alguna otra cosa de un orden distinto, no físico sino tal vez sentimental. Pero el mensaje no es claro. En ocasiones es un ruido, un retortijón, un gas que sube como un alma en pena por mi gargante o que baja, como un movimiento violento del fuego.
En todo caso, lo que mis sentidos me dicen, es que sea lo que sea que es esta cosa que intenta comunicarme mi estómago, es algo que se me pasará en un rato, ya que haya visitado el baño. Algo que, entre pujada y lectura (acostumbro leer en el baño, recientemente una mala novela de Stephen King que, sin embargo, estoy disfrutando), habré olvidado. Pues una vez enterado de este asunto, tan rastrero, tan tonto (aunque, por ahora, oscuro) podré dormir como si no hubiera importado un pepino.

Terapia

Me duele la rodilla izquierda. Se habla de una cirugía. Mientras, me unto un bálsamo que viene en un frasquito con indicaciones, ingredientes, fecha de caducidad y el dibujo de una vaca. Es de uso veterinario. Increíblemente efectiva --prácticamente no experimento el dolor de hace unos días. Mientras espero la consulta, el probable diagnóstico, imagino las horas tendido en cama, en recuperación, tal vez pidiéndole a mi padre o a mi madre o a mi hermana a alguna otra alma bella que vaya y me compre por favor Therapy, de Lodge. Un libro del cual me he enterado un poco sin haberlo leído, como de muchos otros libros que andan por ahí. Ignoro si sería una lectura que disfrutaría, ahí, tirado en mi cama, esperando la recuperación, días después de la operación. Pero la verdad es que no sé qué otra cosa podría leer entonces. Por supuesto que sé qué otra cosa podría leer ahí (como alguno de los muchos malditos libros que he comenzado) pero no ahora que imagino cómo sería estar acostado, con un dolor constante en la rodilla.
Estaría ahí, como si fuera parte de un experimento de la NASA que busca saber qué efectos tiene sobre el cuerpo pasar dos o tres semanas recostado; y me sorprendería del todo tiempo que tengo en las manos pero el poco uso que realmente le doy. Me deprimiría. No tengo que ser un científico de la NASA para saber esto: la inactividad lleva a la depresión, así como la vanidad lleva a la actividad.
Me duele la rodilla cuando la doblo. Mi hermana me ha puesto compresas. También me duele la espalda. Pero creo que eso es por mi posición.
Iba a escribir un texto sobre Fabio Morábito, Albert Camus y David Miklos. Pero hay cosas que debo guardar para mí mismo.

Friday, March 02, 2007

A dry mecca of disposable art

Ayer, después de comer, caminaba por calles sin sombra rumbo a la universidad cuando vi cómo aterrizaba un helicóptero en el edificio de la comisión del agua --un edificio que hace un par de semanas estaba rodeado por campesinos desesperados, manifestándose-- pero ahora todo parecía en calma, al ver la falsa lentitud con la que el helicóptero descendía. Todo mundo estaba viendo el helicóptero. Vieron cómo aterrizó y cómo volvió a levantarse, después de llevarse, tal vez, a alguna persona cuyo tiempo vale mucho. El calor era insoportable. Junto a mí caminaba un hombre con el rostro completamente moreno, quemado y curtido. De vez en cuando se detenía para ver cómo giraban las aspas del helicóptero. "Cómo hace ruido", le dije. Me vio sin decir nada, sólo se rió. Pensé que no había entendido. A veces hago esto. Esto de hablarle a la gente extraña. No lo sabía entonces, pero unos minutos más tarde escucharía a un compañero de la maestría hablar del calor metafísico que se lee en El extranjero de Camus. Y yo pensaría que no podría estar más en lo cierto. Que si bien parece que no hay ni crimen ni castigo en esta novela, al menos lo hay en un sentido físico, un sol de justicia.
Mientras aún caminaba sobre Insurgentes, rumbo a la universidad, sudando por la espalda. Al cruzar un puente, llegué junto a otro hombre, un indigente recubierto de mugre y una chamarra demasiado gruesa para usarse con ese sol, quien bebía directamente de la boca de una botella de Salsa Valentina. No lo sabía entonces, pero al salir de la universidad regresaría por el mismo camino y vería tirada la botella sobre la banqueta, vacía excepto por las estrías de salsa que se hacen en sus bordes. Tendría ganas de gritar y a la vez de reconocer que estaba exagerándolo todo. No era terrible.
Los otros. Dios. En ocasiones los escucho. Con su terror y estupidez. Y me pregunto si es suficiente este terror y esta estupidez y esta insistencia en tratar de ser feliz a través de las maneras erróneas para envenenar mi propia experiencia de vida. Porque existen personas como Stephen Elliot (a quien siempre confundo con Tom Bissel). Estoy hablando de precisamente ahora, que leo uno de sus ensayos: The score, en la página de The Believer de este mes. Lo leo y me estremezco. Me percato de que cada vez hago más esto, de estremecerme, de moverme (realmente) cuando veo o leo algo que me impresiona en un sentido negativo. Pero Stephen Elliot, a pesar de ese infierno que describe en la tierra, es alguien que escribe, que dice algo al respecto y procura, creo, mejorar la situación al menos diagnosticándola. Por supuesto que no es suficiente. Pero Stephen Elliot, autor de uno de los libros más bellos sobre la crueldad humana, Happy Baby, dice cosas francamente terribles. Cosas que existen. Aquí. Ahora. Cosas que aunque aún están ahí, creo, no son suficientes para echarnos a perder el día. O a disfrutar el descenso de una máquina voladora, el alegre sonido de sus aspas, la tranquilidad de una tarde soleada.