Wednesday, August 10, 2011

Urgente examen de conciencia

Hora de la comida. Salgo de la oficina. Pedaleo rumbo a casa. Me subo a una banqueta, reduzco la velocidad pues hay personas en la banqueta. No le pido a nadie que se mueva. Tengo un buen equilibrio, al menos sobre la bicicleta, y es algo que me gusta ejercitar, el equilibrio sobre la bicicleta. Iba detrás de una mujer, ya entrada en años. Llevaba a un par de niñas de la mano, personas diminutas, el tipo de personas por las cuales uno se siente responsable pues aún son animales racionales medianamente dependientes, frágiles. Quizá por esa razón, cuando la señora se percató de que iba detrás de ellas, dijo, con cara sorprendida, y con evidente esfuerzo: "La banqueta es para los cristianos. Y la calle para la bicicletas". No dije nada aunque era evidente que, sin dirigirse precisamente a mí, me estaba hablando a mí, reclamándome con ocasión del posible peligro en el que estaba poniendo a las niñas de las cuales se ocupaba. No le contesté, sólo sonreí sin verla y aproveché el primer momento que tuve a mi disposición para rebasarlas en la banqueta, dejándolas atrás.
Ahora, ocurre algo muy curioso y quizá preocupante. En realidad no he podido dejarlas atrás. He estado pensando en eso desde que llegué a casa. Cociné. Comí. Lavé los trastes. Prendí la computadora. Y no he dejado de pensar en eso. Aún más: no he dejado de pensar en eso ni en el modo en que lo iba a escribir aquí, pues sabía desde el principio que el tema de esta entrada, la preocupación que la anima, no es la señora sino el modo en que respondo generalmente a las injusticias. Pues, sépase de una vez, opino, creo, que la señora fue injusta conmigo. No le pedí que se moviera. No la asusté. Sus niñas no corrían ningún peligro. Aunque, ay, tengo la sospecha de que está prohibido circular con la bicicleta sobre la banqueta, pero no precisamente por las razones que adujo la señora (y que, cara a las razones por las cuales iba sobre la banqueta en lugar de la calle -la alta velocidad de los automóviles y la falta de una ciclovía-, eran ridículas).
Ahora bien, la cuestión, lo preocupante, es que estuve un buen rato rumiando las palabras que utilizó para recriminarme. Si la banqueta es sólo para los cristianos, ¿qué ocurre con quienes no creen en Cristo? ¿Qué ocurre con quienes creen en Cristo pero de un modo distinto a los cristianos? ¿Y los animales, incapaces de tener creencias? ¿Pueden ellos circular sobre la banqueta? ¿Y si uno es cristiano y ciclista? Es en serio: estuve pensando en esto. Quizá porque cruzó por mi cabeza lanzarle alguna ironía hiriente cuando la escuché. También estuve pensando en esto, en mi decisión (no resuelta) de arrojarle una ironía cruel (ser sarcástico, pues) en lugar de mentarle la madre o en lugar de explicarle que si andaba sobre la calle yo iba a correr peligro. Es curioso, creo, que frecuentemente recurra a ese camino medio entre la grosería y la explicación reconciliadora. En un mundo ideal las personas deberían recurrir a los argumentos conciliatorios. Extrañamente, mi decisión es otra: me percato de que estoy a punto de soltar una ironía, opto por callar y luego vengo a casa y escribo al respecto.
Me pregunto si realmente me preocupa o si sólo quería escribir. Hacer esto, sentarme frente a una computadora y teclear algunas cosas, es de las actividades que mayor placer me provocan, hacer de mis obsesiones algo comunicable, la búsqueda de empatía a través de la palabra escrita. Pero cuando me acerco peligrosamente a una realidad, específicamente a preocupaciones morales y mi modo de ver las cosas, siempre temo que paso por una especie de loco sin control alguno sobre el modo en que enfrenta al mundo.
Hace unos días alguien me preguntó en un comentario a una entrada reciente si estaba loco. Y una amiga, a propósito de las últimas entradas, me dijo en broma que era como el diario del Unabomber. Eso por un lado. Por otro lado: hace unos días me mandaron algunas preguntas de parte de la gaceta de la universidad donde estudié la licenciatura en filosofía relacionadas con el trabajo en el cual me desempeño actualmente. Entre ellas se encontraba una por el modo en que la filosofía me ayuda a mis actividades laborales. Dije que para un editor (que es más o menos lo que soy en el día a día) era importante ser preciso con las palabras y los conceptos y que de algún modo la filosofía me había entrenado para eso.
También venía pensando que una de las razones por las que no le dije nada a esta señora (pues, creo, como Platón, que es mejor padecer una injusticia que cometerla -es decir, creo que hubiera sido injusto de mi parte entablar una conversación necia con una señora necia-) es que sólo podría haber recurrido a la ironía a través de un uso preciso de las palabras (la cuestión de los cristianos en las banquetas). No he estudiado a Wittgenstein pero sé que escribió que cuando se nos pregunte por la última casa de la aldea no deberíamos contestar que esa casa no existe, pues aún podrían construirse más. Esto podría ser preciso, pero no sería verdad. Aún más, no sería prudente. Y quizá lo que me preocupa es por qué me preocupa ser prudente. Creo que es importante no contestarle a las personas que están enojadas, no iniciar discusiones que nos podemos ahorrar, pero me asusta endemoniadamente que al evitarlas en realidad no las estoy evitando, sólo las estoy guardando para después.
Lo que estoy diciendo es que temo que un día de estos agarre a todos a escopetazos.

5 comments:

Jimena said...

Yo creía que los Cristianos eran los que podían caminar sobre el agua...en fin. Yo por eso siempre voy por la sombrita.

Anonymous said...

En un mundo ideal las personas deberían hacer lo correcto: un ciclista en la banqueta , así como un automovilista en la ciclopista serían dos aberraciones. ¡Estudiaste filosofía¡ Si que ha bajado el nivel de las escuelas de filosofía.

Guillermo Núñez said...

Anónimo: Supongo que eso es verdad, como es verdad que "la última casa del pueblo...", y entonces, aún sería más cierto que un mundo ideal no le exigiría a las personas que se transporten, o que tengan cuerpos, deseos, etcétera, las fuentes de las miserias y otros males. Pero creo que es claro que yo hablaba en otro grado, que se entiende bastante bien en el texto; si no lo entiendes, que no creo que sea el caso, podría explicártelo; si lo entiendes y aún así vienes a decir estas cosas, creo que el problema (que si vale la pena argumentar o que si tiene sentido iniciar una conversación sólo para ganarla, etcétera) lo tienes tú. Saludos.

Jimena: ¿viste que el espectacular de "Jesús viene en mayo", o eso, que estaba por Nuevo León, fue cambiado por uno de Super 8 que dice "It's coming"? No sé por qué tu comentario me recordó eso.

Ana Paulina Mendoza Hernàndez said...

En realidad no pienso que estés loco. ¿estás loco?

Ana Ruiz said...

"Me sentí identificada con tu post" sería insuficiente, realmente puedo decir que hace tres años me ocurrió lo mismo (cambiemos a la anciana por un señor opulento tomando un café en una mesa que a un restaurante, igualmente opulento, se le ocurrió poner sobre la banqueta).

Podría ponerte un texto laaaaargo sobre lo que es justo o lo que no, pero no lo haré. El punto de esto es decirte que tres largos años después aún recuerdo al señor en su mesita, con sus dos amigos, diciéndome cosas y yo pasando de largo para evitar una discusión necia. Sí, hoy aún recuerdo lo que quería constestarle... Y bueno, espero algún día no comenzar a dispararles a todos con una escopeta.