Wednesday, January 11, 2006

Café del Lago

Hace tiempo me presenté al restaurante café del Lago. Llevaba mi corbata Hermés. Mi traje confeccionado a la medida. Mis zapatos sucios. En la recepción, un joven de mi edad, o tal vez más joven, que llevaba el pelo hechado hacia atrás y lustroso. Me preguntó a quién venía a ver. Se lo dije. Y entonces tomó una especie de radio, pero no un radio tipo guarura ni un radio enorme, era un radio pequeño y chic, por el que dijo: "Ya está aquí". Y me hicieron pasar. La persona a la que venía a ver aún no llegaba al restaurante, así que me pasaron y me tomaron la orden. Bebí una limonada. Tal vez una narajanda, mientras esperaba. No lo recuerdo muy bien. Por la ventana, que daba al lago de Chapultépec, vi patos y pensé en que si padre estuviera ahí conmigo hubiera hecho aquella broma que siempre hace cuando ve patos en estanques o lagos: "Mira, el agua no ha de estar tan honda, ve hasta a dónde le llega a los patos". No es una broma graciosa.
Al poco rato llegó la persona a la que esperaba, esposa del dueño del lugar, madre de un compañero de la preparatoria, a quien no veía en años y ante quien siempre debía volverme a presentar, pues no me recordaba a menos que la viera una semana sí, una semana no. No era una de esas veces. También le hablé de cómo mi hermana la conocía, pues en otro tiempo, esta señora, que iba muy guapa, rubia, con alajas innecesarias, había sido enfermera. Me hizo pensar en el texto de Bolaño, que transcribí abajo, y la escuché con pereza.
Hablamos sobre un proyecto y del pequeño trabajo que tendría en él. Tenía que redactar un texto para meter a un boletín que se presentaría a distintos empresarios, entre ellos a Slim, pues querían un poco de dinero para una construcción que se llevaría a cabo en Santa Fé. Varios millones de dólares. Así que eso fue. Bebí mi limonada, tal vez naranjada, y salimos del restaurante. Para entonces, ya otra persona nos acompañaba. Otra señora, muy parecida a ella y que me hizo pensar en una escritora que me dio un curso no hace mucho tiempo, que a pesar de tener cincuenta años, tal vez menos, se veía como de treinta. Era muy extraño.
Esperábamos al valet. Me dijeron: "Qué bueno que todavía hay jóvenes entusiastas", y les escuché sin entusiasmo. "Háblanos más de tu revista", les hablé un poco más de mi revista. "¿Y qué necesitas para tu revista?", me preguntaron. "Dinero", les dije, y reímos, pues sabíamos que nadie se iba a intercambiar dinero, ahí mismo. Me preguntaron también si quería un aventón, cuando llegó el BMW de una de ellas. Tal vez era un Audi. O un Mercedes. "No", les dije, "traigo mi auto". Y cuando finalmente llegó, me subí y arranqué y pensé en mi vida de Sultán.

4 comments:

lafiebredelmono said...

dinero. todo es dinero.

Adriana Degetau said...

chop chop! naranjada por favor!

m. said...

A diferencia de Gide y Proust, niños ricos también, Larbaud decidió unirse a los prejuicios del mundo en vez de luchar contra ellos y se desdobló literariamente en aquello que se imaginaba que él era...

Vaaaaal° said...

Me gusta tu manera de narrar las cosas...
Bien..