Monday, February 11, 2008

Un creyente

Releo la reseña que hizo Rafael Lemus sobre The Road de Cormac McCarthy para Letras Libres de este mes, titulada No es país para optimistas -por cierto, anoche vi No Country for Old Men, también basada en una novela de McCarthy, y salí muy contento, disfruté mucho la película. Cuando digo que salí "muy contento" no quiero decir que no me haya perturbado, sólo que me sorprendió, como una buena cosa, una buena historia de persecusión, bien resuelta (no he leído la novela). En fin, la pasé bien. Pero al llegar a casa leí una reseña de la película, escrita por una Doly Mallet, en el suplemento Top Magazine de Reforma de los domingos. Mallet calificaba a la película como pretenciosa, una historia, decían, equivalente a ver el correcaminos, excepto que para adultos esnobs: "Es cine para que los críticos digan que está muy buena y los demás nos la creamos". Me impresionó que una reseña pudiera ponerme de mal humor. Su campechanía. Por otro lado, hay algo de verdad en el tono. Al terminar de ver la película, por ejemplo, el amigo con el que fui a verla y yo nos dimos cuenta de que sería el tipo de películas que uno recomienda a sus padres sólo para descubrir que a sus padres no les gustó. El tipo de películas con las que uno se siente engatusado. Pero sólo al momento que la racionaliza. Antes, la entraña. Pero me desvío.
Releo, digo, la reseña en la que Lemus desmiente a las "almas nobles" que opinan sobre la salud de la novela, como género. The Road, una novela excelente, no es suficiente para hablar sobre un buen momento para la novela. No es, dice, sintomática. Esta palabra, "sintomático". Ahora me hace pensar en esa mañana que bajé a ver el periódico y en una misma página vi dos noticias: una sobre la gripe aviar y otra sobre unos problemas de violencia estudiantil que entonces estaban "brotando" en Fracia. Recuerdo esa otra palabra, "brote", acompañada de unos esquemas en los que se veía un mapa de París con círculos concéntricos, como si fuera un sismógrafo o un mapa de campaña en el que se señalaba el avance irreversible de una enfermedad. Un esquema similar acompañaba la nota sobre la gripe aviar. También en Reforma. Vivimos, es verdad, con una sensibilidad propensa a lo apocalíptico.
La reseña de Lemus pasa nota sobre el estilo de McCarthy, reseña rápidamente la historia -que es sencilla- habla sobre el lugar que podría tener esta novela en el resto de la obra del autor e incluso invita a leer Blood Meridian. Pero, de nuevo, el tono: esta novela es buena, pero no es garantía de nada, parece decir. Hay esperanzas, no da el brinco final: esta novela es buena, pero no es garantía de que es buena. La reseña está llena de casis, de puertas de salida entreabiertas. Sin embargo, una sola puerta está abierta de par en par: la literatura no está pasando por un buen momento. Todo mal, nada bien. O casi nada bien. Leía, hace tiempo, en septiembre, el comentario que hizo Nick Hornby sobre la misma novela, en su columna de The Believer. Ahí, además de advertir sobre el tono negrísimo de The Road, Hornby comenta que este tipo de novelas -buenas, pero terribles- son las que provocan precisamente artículos o reseñas como la de Lemus: "I ended up thinking about those occasional articles about the death of the novel -almost by definition, seeing as our planet hasn't yet suffered this kind of fatal trauma, you cannot find a nonfiction book as comprehensively harrowing or as provocative as this. [...] It is important to remember that The Road is as product of one man's imagination: the literary world has a tendency to believe that the least consoling worldview is The Truth. (How many times have you read someone describe a novel as 'unflinching', in approving terms? What's wrong with a little flinch every once in a while?) McCarthy is true to his own vision, which is what gives his novel its awesome power. But maybe when Judgment Day does come, we'll surprise each other by sharing our sandwiches and singing: 'Bridge over Troubled Water', rather than scooping out our children's brains with spoons".
Lemus termina así su reseña: "Pensamos nosotros, los pesimistas, que si el fango balbuceara, balbucearía como Samuel Beckett y mascullaría a la manera, bestial pero radiante, de Cormac McCarthy". Pero, ¿quién es el fango aquí? ¿Por qué no hay una confianza mínima en la especie humana? Porque la especie humana es fango, es un ápice de luz en la oscuridad, llena de vanidad. Pero me niego a creer esto. Y dudo que alguien realmente pueda creerlo y mantenerse activo, con vida, escribiendo. Si hay belleza en el mundo, viene de los hombres. Si hay maldad, también. Pero así son las palabras: poseen la doble potencialidad, de la creación, de la destrucción, como un buen médico, un excelente asesino. Hacer ahínco en una u otra, creo, es ya tomar una postura moral. Y en estos límites, creo, no hay una moralidad al revés, una fábula. Either or, sostengo. Pero, si realmente es el otro, el "la belleza no es garantía de nada", ¿para qué seguir?

2 comments:

Garcín Altoalcázar said...

Aunque nunca sé qué comentar en tu bló, creo que esta vez el último párrafo es bien sensato, incluso honesto, diría.
Yo nunca he podido creer en la existencia de los auténticos escépticos, de los anarquistas netos, los desesperados vivos. Sólo no creo que existan.

David Miklos said...

Por primera vez no diré Ay, Memo©. Ya pronto se leerá tu reseña sobre The Road, en Cuaderno Salmón 8, cosa que me da pleno gusto. Yo, claro, ya la leí, pero no le diré a nadie de qué va.