Monday, February 16, 2009

Liquenólogo


Termino de leer El hospital de la transfiguración de Lem. Leo sobre un liquenólogo, allí: "El tipo era como un espantapájaros de melena rubia. Sabía el latín justo para poder clasificar, dominaba la fisiología justa para poder publicar artículos y entendía lo bastante de política como para discutir con el portero de su edificio. Cuando le sacabas de las setas, se volvía un inepto. Nuestro mundo está plagado de esas calculadoras humanas. La única diferencia es que algunos han desarrollado su habilidad de modo que resultan socialmente útiles y sólo por eso los toleramos".
En un tema aparte, en la página 206 se lee: "Los manicomios siempre han destilado el espíritu de la época. Todas las deformaciones, las jorobas psíquicas y las excentricidades están tan diluidas en la sociedad que resulta difícil percibirlas, pero aquí, concentradas, revelan claramente el rostro de los tiempos que vivimos".
El fin de semana visité a una de mis hermanas, quien vive fuera de la ciudad desde hace tiempo, con su marido. Desde que se fue, nunca la había visitado. Terminé de leer el libro en su estudio, por la ventana se distinguía, a lo lejos, el muro de una montaña y a la falda de dicha montaña, un camposanto. El fraccionamiento donde vive, donde aún se están construyendo casas -pocas de las cuales están habitadas- está flanqueado por un cementerio y un crematorio. Tienen una cancha de basketball. Su marido y algunos amigos jugamos allí, un rato por la mañana.
Cuando llegamos pude distinguir una línea de humo a lo lejos. Una fábrica, pensé. Más tarde se me aclaró que era del crematorio. "Algo de eso hemos de respirar", dijo el marido de mi hermana.
Cuando ayer por la tarde terminé el libro de Lem me retiré al cuarto de huéspedes y desde allí pude ver a una de las pocas vecinas que tiene mi hermana, quien también llegó hace poco de la ciudad -según me explicaron. Estaba paseando a su bebé. Tiene 18 años, ella. Y, quizá esto ya no me lo crean, no se trata en realidad de un bebé de verdad. Esto lo supe desde antes, ya que cuando me la presentaron lo cargaba también. Era un proyecto de la escuela, educación sexual: un pequeño muñeco -un robot, podría decir si estuviera con ganas de exagerar- que llora cuando la adolescente se aleja demasiado tiempo, cosa que se monitorea por un brazalete que lleva a todos lados. Debe darle de "comer" con un biberón con chip integrado. Debe sostenerle la cabeza, también, pues se le va de lado con el peso. El objetivo del proyecto es que las jóvenes estén concientes de las responsabilidades que conlleva tener un niño. "Los manicomios son museos de almas", decía el libro de Lem, autor de ciencia ficción.

7 comments:

Doug said...

coincidencia, estoy leyendo Solaris y me fascina. suerte, Memo.

David Miklos said...

Te hace muy bien salir de la ciudad, Guilli. Esta entrada es muy, muy buena. Tú en tu ventana indiscreta. Lo que no dices es que te gustó esa vecinita, ¿verdad? Te viste allí, papá de ese bebé. Not! No, ya en serio: me gustó, mucho, esta entrada. Lo del crematorio, genial. Traes muertos en las fosas nasales. Clap clap clap.

A. Degetau said...

que tan sinquehacer eres. Me dijo Gina.

podría decirle lo mismo a esta.

finisterra said...

quiero leer ese libro

david-. said...

Todos, envenenados.

r.h.g. said...

La cyberiada es lo más mejor.

Enrique G de la G said...

Asqueroso ese rollo de los bebés artificiales. En otra ciudad al norte del país están con la misma pendejada.