Sunday, January 21, 2007

Cálido Uglow


Antes de comenzar, debo reconocer que jamás lograré escribir el texto que tenía pensado, pues vivimos en la realidad y la realidad nos obliga a darle cierta importancia y cierta energía a distintas cosas, pero de manera jerarquizada. Es lamentable, pero en este momento, la presente actualización no ocupa la primera de mis prioridades. Pero espera, ¿qué es esto? ¿No la estoy escribiendo ya? ¿No significa entonces que aquellas supuestas prioridades han pasado a un segundo plano? Quizá en nuestra dimensión temporal, pero debo reconocer que mi cerebro está en otro lado. Y que si estoy escribiendo esto, es porque lo estoy haciendo como si leyera en el consultorio, esperando a que el doctor me llame interrumpiendo mi lectura --quizá mi lectura sea Sobre la lectura de Proust, quizá un McSweeneys atrasado o uno de los tantos libros que tengo iniciados pero que no terminaré pronto. (Los miserables me voltean a ver, aludidos, aburridos de mi conocida desidia).
El único viajero Triestino que conozco me prestó hace tiempo uno de estos muchos libros: Trieste and the meaning of nowhere, de Jan Morris (antes James Morris). Hace un par de días me lo pidió de vuelta, lo necesitaba. Por supuesto, no lo había leído. Ni lo había abierto. Me dio dos días para regresarlo. Y lo hubiera terminado, de no ser por la ya referida realidad. Me esforcé. Leí durante horas. No continuas. No intensamente. Pero lo suficiente como para enterarme de lo bueno que es este libro y de cómo respondía a las obsesiones que tenía al momento que El Únivo Viajero Triestino Que Conozco decidió prestármelo --estaba en ese entonces con una onda de viajes y cosas así, misma que aún se mueve en mi interior, como un río subterráneo. Pero no hablaré de los viajes ahora, obsesión en pausa, sino de lo que encontré dentro del libro, entre sus hojas.
Michael Atkinson escribió hace tiempo para The Believer un fabuloso ensayo sobre los objetos que utilizamos para separar nuestras hojas. Se titula: Other people's bookmarks: fellow wanderers of a forgotten republic y aún lo pueden leer en línea. Es un texto mucho mejor que este. De hecho, creo que deberían interrumpir esta lectura, usar la opción de "bookmark", e ir a buscar en Google el texto. Pueden regresar más tarde. Aquí estaré. Lo prometo.
Total que recordé este ensayo cuando di con una fotostatica de una pintura de Euan Uglow (por supuesto, esto lo supe hasta más tarde), entre las hojas del libro que me había prestado el Viajero Triestino. Me detuvo como detienen los objetos que creemos perdidos y encontramos de nuevo, con la misma extraña familiaridad de lo ajeno que confundimos con lo propio. Pues, a la vez, me hizo pensar en el texto de Atkinson y en la portada de Amberes, de Roberto Bolaño. Y, claro, en el libro que sostenía en las manos.
La pintura de Uglow es a color. Pero aquí tenía a esta mujer (pues es una mujer), tendida boca abajo, en un descanso de su lección de nado sin agua, quizá, o en una pose incómoda que en algún momento pareció práctica. Rendida, no expectante, como en la portada de Amberes (una fotografía de PJ Boman, de acuerdo a los créditos de la edición de Anagrama). ¿Y en qué pienso yo cuando pienso en Amberes? En un texto no logrado, sí, pero también en un bosque desde el cual se pueden escuchar las olas del mar. Imagino así algunos alrededores de Trieste. Recuerdo así también el relato que me contó una amiga, hace años, cuando ella y su novio caminaban por un bosque y podía escuchar un oleaje que no se veía, a la distancia. ¿Ese efecto triestino? No podría decirlo, jamás he pisado el puerto. Pero, aunque no había bosque, debo decir que me recuerda a la conocida nostalgia que experimenté en Portugal. Nostalgia por algo que muy probablemente jamás conoceré.
Examino mi copia de Amberes, buscando trazos de la última lectura que se le hizo. Pero nada: Ni una anotación al margen. Ni una página doblada. Ninguna fotografía cae de entre sus hojas. Me detengo, insistente, en el capítulo El mar (¿capítulo?) y la línea "La última línea era la crispación" parece decirme algo. Pero no, al parecer nada. Adelanto unas hojas, dispuesto a no darme por vencido, y doy con el texto número 27, titulado A veces temblaba. Y ahora sí, la línea "La muchacha cerró los ojos cuando él la puso bocabajo" me remite a algo, por supuesto. No podría decir que es terrible, esta cosa a la que me dirige la imagen, pero sí que, como imagen gemela de la pintura de Uglow (que a color sugiere tardes alegres y largos baños de sol) ésta, portada del libro de Bolaño, sería la gemela malvada.

2 comments:

lafiebredelmono said...

que buen post memito. ya te estas recuperando

viajero triestino said...

Buen post, sí, me gusta protagonizarlo un poco... Me gusta más la foto de la portada de Amberes...