Wednesday, January 23, 2008

Más aventuras

Nuestro héroe termina de corregir su novela, sale de casa para comprar tinta para la impresora, y papel, regresa e imprime su novela. Muy convencido de sí mismo, pero sin dejar de dirigir cierto ojo crítico e irónico hacia su tonta existencia, sale de casa y camina un par de cuadras hasta que entra en Office Max. Ahí, espera pacientemente hasta que pueden atenderlo. Con precisión pide lo que quiere y mientras lo atienden la luz decide irse una vez, para regresar, pero para amenazar con irse tres veces más. Hablando de amenazas: nuestro héroe observa la nube que se cierne sobre la ciudad, ominosamente. Paga, sale con sus engargolados y está pensando en lo que hará en un par de horas --el tiempo que le dedicará al ejercicio. Mientras camina se da cuenta de que no sólo ha oscurecido sino que la luz se ha ido en toda la manzana (al salir de Office Max escucha el motor de los dínamos y percibe el olor a gasolina). Entonces un ventarrón agita los árboles y trozos de corteza comienzan a caer sobre la calle. Se cubre la cabeza con un brazo y extrañamanete decide proteger con el otro brazo sus engargolados. Cierra los ojos, también hay polvo en el aire. Una persona, una figura negra, pasa a su lado silbando.
Llovizna, está cerca de casa, pero como nuestro héroe se las da de bondadoso, espera parado sobre el camellón: observa cómo una rama se ha desprendido de un árbol, obstruyendo la vialidad. Su plan es: esperar hasta que pase un poco de tránsito, que aminore la carga de automóviles, y entonces recoger la rama para que no estorbe más. Está en eso, en la espera, cuado escucha que algo cruje, metros arriba de su cráneo. Mismo que, al momento que voltea para ver la rama caer, considera extremadamente frágil.
La rama, considerablemente mayor que la que ya obstruía el paso, cae sobre un auto. Guillermo, pues este es nuestro héroe, deja caer sus engargolados y corre al auto, que está a un par de metros. El viento no cesa. Aún hay peligro, decide. El hombre del auto baja el cristal de la ventana. "¿Está bien?" "Sí, sí, no alcanzó a pegarme". En efecto, la rama cayó frente al cofre, sólo unas cuantas plantas y ramas más pequeñas han caído sobre el auto. "Quizá sea bueno que quitemos la rama del camino", sugiere Guillermo. Pero no podrán, por supuesto. Es demasiado grande. Nuestro héroe considera dejar de nombrarla rama y empezar a usar la palabra tronco. Pero, ¿estamos listos ya para exageraciones? Quizá la sensación de peligro lo ha emocionado un poco. Eso y ver sus engargolados tirados en el suelo, la mínima capacidad que tiene la literatura para cambiar las cosas. Siente que algo se mueve en su interior. Qué pendejada, su novela.
"Mejor llamamos a los bomberos."
Guillermo intenta llamar pero no lo consige. Su celular no pasa la llamada. Ni siquiera sabe si está marcando correctamente. Los pinos siguen moviéndose sobre su cabeza. Puede escuchar el viento. No tiene miedo, sólo un poco de incomodidad: está perdiendo el tiempo y comienza a llover más fuerte. Recoge sus engargolados, con una mano intenta mover la rama que pretendía mover inicialmente pero se da por vencido rápidamente. Aprovecha la oscuridad para retirarse sin decir una palabra más. En el camino pasa frente a una casa cuya entrada está obstruida por un árbol caído. Un hombre de bigote está ahí, parado junto a su auto aún encendido. Está hablando por teléfono. Finalmente, Guillermo llega a casa. Hay luz. Se va momentánemente. Regresa. Entonces nuestro héroe ve la televisión, hace deporte, cena, escribe el inicio de un cuento y se siente productivo, contento consigo mismo.
Ay, nuestro héroe es un vanidoso. Aún puede escuchar las ambulancias y los helicópteros afuera.

3 comments:

Enrique G de la G said...

Magnífica pieza

Lorena said...

nice

Anonymous said...

bendita la vida de los comodinos que solo nos enteramos de aire, porque lo oíamos contra las ventanas, porque las sirenas no dejaban de pasar, y porque la gente llegó aterrada a contarnos sus horribles experiencias, así no tuvimos que comprometer nuestros espíritus con un posterior sentimiento de algo.