Sunday, January 11, 2009

El inquilino

No recuerdo cuál fue el día de la semana en el que me levanté para estirarme un poco -estaba en mi cubículo, en la oficina- pero recuerdo bien que me dirigí al garrafón de agua, harto de Excel. Junto al garrafón se encontraba una chica de contabilidad hablando con otra chica de contabilidad (y quizá esté siento bondadoso al llamar a estas dos personas, ya entradas en carnes y años, "chicas") sobre una película de Roman Polanski que yo no había visto, El Inquilino. El fin de semana que recién termina la renté y la vi, después leí un poco al respecto en la red y descubrí que es considerada parte de una trilogía compuesta por Repulsion y Rosemary's Baby (no he visto Repulsion), las tres sobre los horrores de la vida cotidiana y departamental. Disfruté (o padecía) mucho El Inquilino, como si fuera un pedazo de narración que se hubiera escapado de la mente -de la almohada, diría Stephen King, otro maestro del horror cotidiano- de Lovecraft (especialmente por esos guiños al exotismo de la egiptología). Pero ahora, ¿qué hacer? Ahora regresar a trabajar, pensar en rentar, apenas nos demos el tiempito, Repulsion y acaso hablar al respecto con los compañeros y compañeras de la oficina. Pero eso, ¿cómo? "Escuché hace unos días que hablaban sobre una película", iniciar. Ver sus caras maquilladas, los monitores de sus computadoras encendidos, los cajones, cerrados. "Me parece haber escuchado que hablaban sobre El Inquilino, de Polanski", aventurar. "¿No eran ustedes dos las que platicaban de una peli de Polanski?", preguntar apenas estén ambas juntas. Es difícil, esto. No me llevo muy bien con las chicas de la oficina. En ocasiones me gasto estas pequeñas bromas, sobra decir. No es que no nos llevemos bien -nadie planea mi destitución, en mi diminuto mundo laboral- pero me gusta imaginar cómo sería si en lugar de saludar a mis compañeras y compañeros de trabajo matutinamente para despedirme, cordialmente, todas las tardes cuando finalmente me encamino rumbo a casa, cómo sería, me pregunto, si yo fuera una especie de banquero anarquista, un pequeño insecto oficinista, una rata de laboratorio, aire enlatado, fruta en conserva. E imagino que sería eso, un inquilino alienado, el hombre anónimo. Pequeñas jocosidades diurnas, digo. El otro día comía con los compañeros del trabajo, como hago siempre, entre semana (claro está) y mientras se agotaban los minutos de mi media hora, observaba -sin mostrar desinterés sobre la conversación que entonces se entablaba- por el rabillo del ojo, un televisor empotrado en una esquina de la lonchería. Y en ella, una pelea. Lucha libre. Algún campeonato. Un cinturón de oro colgaba sobre los seis o siete fornidos contrincantes, quienes se empeñaban en extender y acomodar altas escaleras de metal (plegables, que desplegaban) en el centro del ring, bajo el cinturón. Y se empeñaban también en treparlas y obstaculizar el ascenso de quienes en ellas se encaramaban. Y tiraban, también, las escaleras, una y otra vez, hasta que uno, finalmente, sangrando, conseguía no ser obstaculizado y ascendía y tomaba el cinturón de oro, ese preciado objeto. Todos aplaudían y tomaban fotos, en la televisión, mientras mis compañeras y compañeros de almuerzo daban por terminada su conversación.

5 comments:

Oscar said...

Creo que algo anda muy mal contigo.

Abel said...

Memo, estás deschavetado

Doug said...

Hay que chingar más, Memo.

Guillermo Núñez said...

Óscar: no te preocupes.
Abel: no te preocupes.
Doug: ¿Cómo, a quién, para qué?

Nena said...

Mis anteriores compañeros de trabajo no me simpatizaban en lo más mínimo, así que cuando tenía que preguntarles algo de mi interés (que difícilmente pasaba) era un circo. Ya quiero un trabajo normal y una buena película que ver.