Saturday, April 18, 2009

El teatro de la insensatez humana

All right, he said, let's hear it.
Sir?
I'm sure you have a story for us. We're ready to hear it.
It's verr simple, Mr. Lambert said. Tell the truth.
I'm sorry, I said. I don't understand.

Tobias Wolff, Old School.

David me recordó que salió este texto en el diario madrileño El País con ocasión de la traducción al español (en Alfaguara) de la nueva colección de cuentos de Tobias Wolff, en la cual, además de presentarse once nuevas historias, se revisan algunos textos que ya habían aparecido en sus colecciones anteriores como "Mortals" o "The Liar". El texto se apura en recordarnos algo que acaso por molesto o evidente para quienes tienen aunque sea un mínimo de interés en la literatura pasan a menudo por alto: las vagas diferencias, que terminan por valernos madres, (¿pero por qué es esto?) entre verdad, mentira, ficción o verosimilitud. Las cosas que suenan a preocupación universitaria pero con las que, irremediablemente, una y otra vez uno se tropieza.
El otro día, en el buró de mi madre, descansaba la novela de una amiga. Le pregunté cómo iba con su lectura -yo se la había recomendado, en parte porque era la novela de una amiga pero también porque había disfrutado mucho el libro. No dijo nada pero puso su cara de "más o menos"; el separador, de esta novela corta, no se había movido de lugar en lo que yo calculé una semana. Y me temo que la nueva reticencia de mi madre ante la novela (la última novela que le entusiasmó a mi madre, dicho sea de paso, fue The Kite Runner; después de eso le regalé un libro de cuentos de Kipling que abrió, hojeó y cerró para no abrir de nuevo) se debe a un evento que tomó lugar no hace mucho cuando, encontrándola embebida en la novela de mi amiga -a quien mi madre conoce, aunque de pasada- me preguntó: "¿Y todo esto es verdad?". Le brillaban sus ojitos. Algo le contesté, algo sobre la diferencia entre hecho, verdad, verosimilitud, mentira y ficción. "Ah", dijo mi madre, "entonces son mentiras".
Escribo esto porque apenas vi el comentario de David en la entrada anterior y porque apenas terminé de leer el texto sobre el nuevo libro de Wolff y porque también apenas termino de leer "The Other Miller", de su libro de cuentos The Night in Question. "The Other Miller" trata sobre un soldado a quien le informan que su madre ha muerto. Le ofrecen entonces un descanso del entrenamiento para que asista al funeral y se tome su tiempo. Miller, entonces, esconde la certeza de que se trata del otro Miller del pelotón con quien siempre lo confuden y cuya correspondencia siempre se está mezclando. Miente, pues, sobre esto y está dispuesto a aprovechar la confusión -que más tarde, está seguro, alguien aclararía; seguramente se disculparían con él, y entre tanto él tendría oportunidad de descansar, acaso comer un pedazo de pizza e ir al cine. Es así como empieza este cuento y es así como claro, uno recuerda, otros textos -digamos "Mortals", que leí también en la misma colección (y que, leo en el texto de El País, ahora Wolff ha retocado), en el que a un escritor de obituarios le juegan una mala broma.


Había olvidado que este juego -sobre la mentira o la mentira por omisión, como en "Smokers"- había sido una de las razones por las que tanto había disfrutado Old School, novela que, extrañamente, a cierto grado me hizo convencerme de que la historia que el protagonista copia de Cantiamo (el periódico de una escuela para niñas en la cual se publicaban cuentos) para participar en el concurso de cuentos de su propia escuela (exclusiva para niños), era realmente suya. Como si la apropiación hubiera sido, de algún modo, absoluta. Con unos pequeños cambios (nombres propios, lugares), el protagonista prácticamente transcribe el cuento ajeno: "I didn't have a lot of adjusting to do. These thoughts were my thoughts, this life my own".
Lo raro es que uno, en la novela, nunca ve la ambición de gloria literaria detrás de este pecadillo, de este plagio, acaso las ganas de entregar un texto a tiempo, de conocer al maestro visitante (cada cierto tiempo, a partir de un concurso de cuento, se arreglaba una entrevista entre el estudiante ganador y el escritor visitante) que en este caso se trataba de Ernest Hemingway (otro escritor, como Wolff, de sentencias claras y declarativas).
Los grandes artistas, ¿quién fue quien lo dijo?, no copian, roban.
Me gusta que el nombre del periódico de la escuela de donde el alumno toma su historia se llame Cantiamo (cantemos), mientras que el de su escuela, de varones, se llame Trovadore (en "Smokers" se llama Off the record).
Porque me da la gana, copio parte de la entrevista que le hicieron a Wolff en The Believer, compilada en el The Believer Book of Writers talking to Writers, en la que habla sobre su tiempo en la Hill School, a partir de una pregunta sobre "Smokers" y Old School:

When I went off to boarding school, I already knew I wanted to be a writer. This might sound unlikely or at least opportunistic, buthe when I got there I knew that someday I would write about that place. It was so different from anything I'd experienced before, and it was such an intense wash of experience that at the time I could hardy parse it out. But I knew that someday I would. I remember discovering Salinger in my first year at the school because everyone was passing him around, still. The school he'd based his own recollections on was just down the road from us -we used to play them in sports- Valle Forge Military Academy, which he calls Prancey Prep. The book was forbidden there. The students were not allowed to have it, so of course all of them had read it. I was like a required text. I thought, "What idiots!". Can you imagine that?
[...] I laughed my ass off at the book when I read it. I enjoyed it so mucho. Of course I saw certain facets of like at my own school pictured tere, but I was also very aware of some fundamental differences. By and large, the masters and boys at my school were not phonies.

Y bueno, sigue. Recuerdo que en la escuela semi-militar en la que estuve internado durante un año de mi secundaria también leían The Catcher in the Rye. También leían El diario de Ana Frank, que yo ya había leído. Y Tolkien, a quien leería un año después de salir de la academia. Tardé cerca de una década desde entonces para leer a Salinger. En la academia, recuerdo, leía, ay, a los Hardy Boys, a R.L. Stines (la serie Goosebumps, especialmente) y a Stephen King -quien, por cierto, escribe sobre Old School en su Cell; allí, unos de los pocos sobrevivientes del primer ataque de los, em, "zombies telefónicos", son un alumno y su profesor, quienes se han escondido en la academia. Una gran imagen: una academia desierta, con sólo el anciano y respetable director, y su joven alumno. Afuera, el infierno. Quiero leer The children's hospital de Chris Adrian. Acá, un vínculo a Such, such were the joys, de George Orwell, un texto sobre escuelas mencionado en la entrevista con Wolff.

3 comments:

Doug said...

joderse, Memo. Yo me topé con un tipo que me dijo que el sólo leía la tercera parte de cada libro porque las otras dos generalmente son mentiras. Lo juro. Cuídate.

In said...

queremos más sobre tu vida.

Doug said...

sí queremos más detalles escabrosos sobre tí, Memo.