Monday, February 08, 2010

La vida sedentaria, una exageración

La ruta diaria que me lleva de mi casa a la oficina comienza a trazarse en mi cabeza aproximadamente una hora antes de que suba al Metrobús, cuando comienzo a despabilarme bajo la regadera. Ya encaminado, después del desayuno y un poco de lectura (en los mejores días, cuando me he despertado a tiempo), recorro el camino de siempre, una línea tan bien establecida como los patrones de conducta de una persona adulta, rara vez alterada.
Viajo de pie, lo cual me provoca la engañosa sensación de que mi recorrido se realiza en su entereza a pata. Me vuelvo así una parte orgánica de la ciudad, un hombre de la calle, como quien dice. En el camino (a saber, lo que realmente recorro a pie, ya sea antes de la estación que funciona como paréntesis que abre hasta cerrarse en la segunda estación paréntesis, donde me bajo) me doy cuenta de una obviedad: nos sobra y falta energía constantemente, en una dinámica que sigue reglas no siempre evidentes. Y es que el camino está plagado de cafeterías y gimnasios (en mi ruta, interrumpida por el paréntesis Metrobús, cuento al menos dos locales dedicados exclusivamente a Pilates).
No se trata, en realidad, de una distancia muy grande, la que me separa del trabajo y mi hogar: va de la estación ubicada sobre Francia, custodiada por una estatua de Juan Pablo II (la segunda estatua del Papa que está allí; la anterior, que según recuerdo sólo era un busto, fue derribada no hace mucho por un borracho, después de atropellar a un policía que, en un arranque de heroísmo, intentó detenerlo cuando se dio a la fuga del alcoholímetro; esto no es gracioso) hasta Campeche, ya en Insurgentes Norte. Aún así, el tiempo que paso dentro me permite advertir una serie de cosas. Una de ellas es que soy un sentimental. Verán: no hace mucho leí en el New York Times un simpático texto, escrito por Verlyn Klinkenborg, “Baby Faces” se titulaba, y en él se señalaba que la máscara estólida que adoptamos cada vez que nos trepamos a un medio de transporte público se deshace cuando descubrimos que entre los usuarios se encuentra un bebé de brazos (me imagino que esto pasa sólo con bebés bonitos). De acuerdo con esta señorita, frente a la mirada del niño, todos, conmovidos, intentamos hacerle pasar un buen rato -aquí, se entiende, fingimos caras infantiles y hacemos ruidos, balbuceos, con la esperanza de ser recompensados, a su vez, con un ruido o una risa infantil. Esto es algo que nunca me he expermentado. Me ha tocado ver niños, sí, en el Metrobús; dormidos, la mayoría de las veces; llorando, frecuentemente. Pero he experimentado el abandono de esa cara estoica, cada que veo a un lector. Es algo, en efecto, enternecedor.
Señalar esto, me temo, se ha vuelto una especie de lugar común diseñado para elevar a quien lo subraya a la siempre respetable posición del Lector Que Lamenta que Nadie Lea en Su Camino al Trabajo. El lamento, en realidad, no tiene mucha cabida. Seamos justos: el Metrobús no es el lugar ideal para emprender una lectura (en mi caso, me limito a cuentos cortos o artículos de revista, si estoy de buenas); el tiempo que uno pasa allí no es tanto; la luz, de noche, es deficiente; las multitudes, se sabe, son frecuentes; y Ay TV’s, la programación que varios de los camiones transmiten en sus pequeñas televisoras, lo impide. Recuerdo un verano no muy lejano en el que el riff de “A-Punk”, de Vampire Weekend, era utilizado para señalar que una nueva nota informativa o de entretenimiento sería transmitida de inmediato. Me resulta imposible escuchar la canción ahora sin asociarla con el Metrobús.
Hace poco me permití ver algunas de las cápsulas de entretenimiento (la mayoría de ellas, bloopers) y cultura que se transmiten en un ciclo sin fin. Anoté algunos de los datos interesantes que se presentaban anticipados por la pregunta: “¿Sabías que...?”. Por ejemplo, ¿sabían que los búhos poseen una visión muy desarrollada? ¿Sabían que Gustavo Cerati es diestro porque nunca aprendió a tocar con la zurda? Esto lo sé porque es el tipo de interesantes datos que se le informan a los usuarios del Metrobús. No pierden detalle. También había una cápsula dedicada a la historia del cepillo de dientes. ¿Han visto ese pequeño corto de Pixar donde un enorme pajarraco se sube a un cable de luz en una carretera y es despreciado por los pequeñitos pajaritos snobs que lo ocupaban? El otro día lo pasaron, en Ay TV’s. Un par de jóvenes albañiles, desde su asiento, lo veían y reían y reían. Tuve ganas de abrazarlos. Pues era, también, enternecedor.
Pero hay, sí, lectores. En una ocasión incluso cometí el error de hablarle a uno de ellos. “¿Te gusta Bukowski?”, pregunté, inocentemente. “Sí, es un maestro”, me contestaron con solemnidad. Era un hombre pasada la medianía de la treintena. Varios minutos después me costó trabajo explicarle a este lector entusiasta que mi bajada se acercaba. Recuerdo que comenzó a producir de su mochila libro tras libro. Me los enseñaba y reseñaba todos. Disfrutaba especialmente la poesía de Bukowski, me informó. Yo asentía, creo, con amabilidad. Es algo curioso, esto de leer frente a otros, casi un acto de vanidad. No hace muchos meses, un joven, digamos, bohemio, se subió acompañado de una señorita y al notar que yo leía a Bulgákov (apenas entendía que leer novelas en el Metrobús es mala idea) dijo en voz alta: “¡El maestro y Margarita! ¡Ese libro es buenísimo!”. Asentí y sonreí, pero con temor esperé, a continuación, una conversación. La señorita que lo acompañaba le preguntó entonces, en un gesto que agradecí, si él lo había leído. El joven dijo que no, su entusiasmo disminuyendo, su mirada alejándose. Noté que el joven -era de mi edad, no sé por qué insisto con eso de “joven”- quería decir algo más. Las circunstancias se lo impidieron.
Sospecho que estas impresiones y pequeñas anécdotas no nos dicen gran cosa ni nos llevan a ningún lado. Es lógico: usar una misma ruta diario es como dar vueltas dentro de un mismo cuarto, cual tigre encerrado, la cola sangrante de golpear el mismo barrote. Concluyamos, entonces. Si este texto fuera como el Metrobús y este párrafo la última estación –no; si este texto fuera una ruta fija, como el hábito constante de un necio –no; si yo fuera el pasajero que observa con desapego a sus contemporáneos –tampoco; mejor aquí lo dejamos, en la inmovilidad del punto final.

4 comments:

Mauricio Salvador said...

Cuando no me voy en bici al trabajo uso el metrobús, donde siempre leo muy a gusto. Pero nada más te toque estar bajo una bocina tienes que chutarte todo el Ay, TV's y es verdaderamente horrible.

Enrique G de la G said...

¡Excelente! El mejor post, porque eso de bloguear se convirtió ya en una mecánica cotidiana, ¿o no?

Guillermo Núñez said...

Ay Mauricio, qué envidia, ir al trabajo en bicicleta. Desde secundaria hasta universidad hice eso, con mis estudios. Ya no puedo, o ya no lo hago.

¡Enrique! No entiendo del todo. Explícame.

JoséManuel said...

lo de "joven" me hizo reir. mucho.