Tuesday, February 02, 2010

¿Montaña o playa o fondo marino?

En cierta ocasión, si mal no recuerdo, estaba en una reunión de ex numerarios. La mayoría experimentaba algún grado de rencor dirigido directa o indirectamente hacia la Obra, el Opus Dei, pero, simultáneamente, podía apreciar cierta, digamos, tranquilidad, en todos ellos, misma que crecía en la medida que todos hablaban sobre el tema. No era, claro, la primera vez que me encontraba en una situación así. En otra reunión similar, incluso se me llegó a llamar ex numerario de facto, pues, debe decirse todo, yo pasé la mayor parte de mi educación primaria y superior en instituciones que estaban estrechamente relacionadas con el Opus. Aquella no fue una reunión agradable. Ahora, sin embargo, había algo distinto en el ambiente. Quizá una mayor soltura, por decirlo de algún modo. La reunión era una celebración. Yo había llegado tarde. Conté varias botellas vacías sobre la mesa, al llegar. Y quizá esto no me lo creerán, pero al poco tiempo de que llegué comenzó a discutirse el carisma de San Josémaría Escrivá de Balaguer, con cierta admiración, noté, en contraposición al carisma de otras figuras públicas -específicamente, Franco y Hitler. Se formuló la pregunta: ¿quién era más carismático? ¿Hitler o Escrivá? No atendí los detalles ni los matices de la discusión (ni, lo dudo, si había una ironía subterránea en la conversación) así que decidí llevar la conversación por otros rumbos, con un amigo, aparte. En un arrebato de apofenia, sin embargo, se me ocurrió volver al río conversación y preguntar si San Josemaría hablaba a menudo de la impresión de que se sumergía, o si hablaba de inundaciones en sus discursos. Creo que lo pregunté porque, en el cruce del fascismo y el Opus Dei (carismático), recordé algo que había escrito Roberto Bolaño. Hablar de la relación de Bolaño y el Opus Dei quizá sea obvia, especialmente a la luz de algunos pasajes de Los detectives salvajes o Nocturno de Chile, aún más, a la luz de su afán general por provocar. Sin embargo, lo que me lo recordó aquella noche, específicamente, fue un párrafo de "Dos cuentos católicos", que se encuentra en El gaucho insufrible, en el cual Bolaño imposta la voz de un joven, jovencísimo, Escrivá:

"A veces sentía mareos. Ganas de vomitar. Juanito hablaba de la última película que habíamos visto y yo asentía con la cabeza y notaba que me estaba ahogando, como si los sillones estuvieran en el fondo de un lago muy profundo. Recordaba el cine, recordaba el momento de comprar las entradas, pero era incapaz de recordar las escenas que mi amigo, ¡mi único amigo!, rememoraba, como si la oscuridad del fondo del lago lo hubiera invadido todo. Si abro la boca tragaré agua. Si respiro tragaré agua. Si sigo vivo tragaré agua y mis pulmones se encharcarán por los siglos de los siglos".

Decir que la relación de este fragmento de "Dos cuentos católicos" con el Opus no es obvia quizá sea pedir demasiado. Después de todo, la segunda parte de "Dos cuentos católicos" (y el final de la primera) es una provocadora vuelta de tuerca al conocido -y muchas veces contado- momento en que Escrivá obtuvo la vocación. Pero el fragmento que recordé aquella noche siempre tuvo para mí algo de oculto -¿sabía Bolaño algo de Escrivá relacionado con inundaciones que yo no supe a pesar de todos los años que pasé cerca del Opus?- y con ecos, claros, en otras partes de la obra de Bolaño, por ejemplo, en este momento de 2666, en el que se describe la niñez de Hans Reiter (Benno von Archimboldi):

"En 1920 [apenas dos años antes sucede el momento vocacional de Escrivá, pero no viene a cuento] nació Hans Reiter. No parecía un niño sino un alga. Canetti y creo que también Borges, dos hombres tan distintos, dijeron que así como el mar era el símbolo o el espejo de los ingleses, el bosque era la metáfora en donde vivían los alemanes. De esta regla quedó fuera Hans Reiter desde el momento de nacer. No le gustaba la tierra y menos aún los bosques. Tampoco le gustaba el mar o lo que el común de los mortales llama mar y que en realidad sólo es la superficie del mar, las olas erizadas por el viento que poco a poco se han ido convirtiendo en la metáfora de la derrota y la locura. Lo que le gustaba era el fondo del mar, esa otra tierra, llena de planicies que no eran planicies y valles que no eran valles y precipicios que no eran precipicios".

Poco más adelante, podemos leer:

"Al principio caminaba con pasos inseguros y el médico del pueblo dijo que eso era debido a su altura y aconsejó darle más leche para fortalecer el calcio de los huesos. Pero el médico se equivocaba. Hans Reiter caminaba con pasos inseguros debido a que se movía por la superficie de la tierra como un buzo primerizo por el fondo del mar. En realidad, él vivía y comía y dormía y jugaba en el fondo del mar".


Otro que vive, come y duerme, y sobre todo, juega, en la tierra como si estuviera en el fondo del mar (aparentemente, sin problemas) es el alemán Udo Berger, protagonista de El tercer Reich (una novela publicada póstumamente, anterior, si entiendo bien, a La pista de hielo). Hay un momento en la novela (la busqué pero ya no lo encontré, debí hacer la anotación en su momento) en que Berger se plantea la disyuntiva playa/montaña y termina reconociendo que él es un hombre de las montañas, del bosque, aunque a menudo la vida del agua marítima parece llamarle (como le llama Conrad, su amigo que porta, obviamente, el nombre de uno de los autores que más amaron el mar -ese espejo de los ingleses- y que veían en el trabajo del marinero algo cercano a la santidad), ya sea en visiones curiosas donde ve a El Quemado (¿acaso un sudamericano que escapó de una tortura?) caminar como si se arrastrara por el fondo del mar, o esta, con la cual me acabo de topar y que dio pie a todo esto:

"¿Quién es?, preguntaba. Soy Florian Linden, detective privado, respondía un hilillo de voz. ¿Quiere entrar?, preguntaba. ¡No, no abra la puerta por nada del mundo!, insistía, con más energía, aunque no mucha, se notaba que estaba herido, la voz de Florian Linden. Durante un rato ambos permanecíamos en silencio, intentando escuchar, pero la verdad es que no se oía nada. El hotel parecía sumergido en el fondo del mar. Incluso la temperatura era distinta, ahora hacía frío y como vestíamos ropa de verano lo sentíamos más".

(Otra "razón" por la que pensé en un "vínculo" [¿pero no es esto una obviedad?] entre 2666 y El tercer Reich es la mención en la segunda de un ojo abierto, "un ojo, sólo uno, el izquierdo, creo, enorme y superazul, y no me lo quitaba de encima, a donde yo me moviera me seguía" que tiene, en mi cabeza, un eco con el inicio de la parte de Archimboldi: "Su madre era tuerta. Tenía el pelo muy rubio y era tuerta. Su ojo bueno era celeste y apacible, como si no fuera muy inteligente, pero en cambio buena, un montón".)

Aquella noche, recuerdo, me dieron una respuesta a mi pregunta. Al principio me dijeron que no, que Escrivá no hablaba a menudo de inundaciones ni era un tópico o una fijación que tuviera. Sin embargo, me dijeron aquella noche, había algo. Y es raro, pues me contestaron, con una respuesta concreta que aquella noche me pareció clara y lógica. Lo extraño de todo esto es que lo he olvidado pero no he olvidado que al poco rato de esta conversación decidí marcharme (pues de Escrivá pasamos a Bolaño y pocos lo habían leído y quienes lo habían hecho lo consideraban sobrevalorado, especialmente si se le comparaba con Baltasar Gracián, a quien tenían en una gran estima como, imagino, debe ser). Tomé el Metrobús rumbo a casa y cuando finalmente di con mi calle -llovía, poco- escuché un ruido atronador (un transformador se había reventado) y se fue la luz en la colonia entera. A lo lejos pude ver un brillo ambarino que provenía de la iluminación de edificios lejanos, que se esparcía por las nubes de la ciudad. Era de noche pero el cielo tenía ese curioso y tímido fulgor. Por un momento pensé que había invocado algo. No mucho después (aunque las suficientes noches como para que dude que tenga algo que ver) soñé que me encontraba en Valle de Bravo, en mi bicicleta, y que ascendía al mirador donde se encuentra la torre de teléfonos de Telmex y una casa solitaria -donde, me contó mi padre, encontraron el cuerpo del dueño, ya con un par de semanas descomponiéndose- y desde donde pueden verse varias lagunas, incluyendo la de Santo Tomás de los Plátanos, donde hay un poblado sumergido. En mi sueño experimentaba ansiedad porque, al meterme al agua (en un estanque que, en realidad, se encuentra a unos pasos de la casa solitaria) se me pegaban unas sanguijuelas.

11 comments:

René López Villamar said...

Wow.

Ochoa said...

ay, memo, qué bonito está este post. soy tu fan. ya dame mi cuento. y. gracias.

María Tinajero said...

Más loas y más felicitaciones. Públicas, pues, porque ya te lo había dicho.

Ombligo-Mandinga, de José Velasco said...

No te pierdas el documental "Una cruzada silenciosa", está en el yutuv y es sobre el Opus Dei en Chile.

Guillermo Núñez said...

Creo que me lo perderé, pero gracias.

Guillermo Núñez said...

Ver también:

http://guillermoinj.blogspot.com/2006/01/roberto-bolao-y-el-opus-dei.html

Y también:

http://guillermoinj.blogspot.com/2007/01/clido-uglow.html

N. said...

¡Qué buen post! Muchas, muchas, felicidades.

=)

Mariana said...

clap clap, llermis.

Mariana said...

clap clap, llermis.

Bruno said...

Chido!

Enrique G de la G said...

Acabo de (re)leer esto en "Picnic". ¿Cómo andas? ¿Cuándo nos echamos una chela? Mail...