Thursday, May 14, 2009

Jueves

La madrugada del miércoles soñé que un grupo de personas salíamos de nuestras casas, como refugiados en caravana rumbo al mar. Caminábamos por callejones de una gran ciudad, la ciudad de México, que en mis sueños era a la vez un pueblo enorme de casas chaparras y sin sombra, como Celaya o San Miguel Octopan, ubicado, sin embargo, sobre una colina a cuyos pies se encontraba, les digo, el mar. El cielo, entonces, cambiaba pronto de color y algunos rayos tronaban para caer sobre el mar. Las líneas ramificadas de los rayos quedaban dibujadas, suspendidas, en el cielo, y se podía ver el modo en que, a través de ellas, como hilos, se unía el mar con las nubes. Dejamos de avanzar cuando los rayos se volvían meteoritos, bolas de fuego que caían sobre la ciudad. Bloques masivos de fuego, envueltos en humo, cayendo como aviones. Le gritaba a la gente que no corriera, recuerdo, sin ver dónde caerían los meteoros -algo que, incluso en el sueño, recordaba haber aprendido en una película en la cual un volcán nacía en Los Ángeles. Desperté asfixiándome y aspirando aire en un largo, larguísimo, aliento que parecía no acabar. No sentí alivio hasta que empecé a toser. Esa noche cené dos bistecs.

2 comments:

Nena said...

Interesante, además acumulas mucha ansiedad...

Oscar said...

Culón.