Friday, April 06, 2007

Fui al cine...

...a ver Alatriste. Pero antes de eso, actualicé mi membresía como "Invitado Especial Oro", para este año. El boleto que te dan a cambio de esta actualización fue el que utilicé para ver la función, que comenzaba a las cuatro. Este pequeño trámite lo llevé a cabo a las dos. Como esto sucedía en un centro comercial, me hice creer que tenía suficientes cosas que hacer antes de poder entrar al cine. Pero en realidad mis posibilidades se limitaban a consumir. Cosa que, por otro lado, no era tan terrible. No había comido aún. En una de las pantallas del cine por el que transmiten cortos de próximos estrenos, ininterrumpidamente, se ponía la siguiente pregunta: ¿SOMOS PRODUCTOS CREADOS PARA CONSUMIR OTROS PRODUCTOS? No me estremecía, ni nada. No averigüé de qué película era parte ese corto. Por un momento, me sentí el personaje de una novela de Houellebecq.
Enfilé a un restaurante. Le llamé a una amiga para ver si quería acompañarme a ver la película. Me contestó su padre. Mi amiga no se encontraba, estaba tomando el sol, en la terraza. En realidad, asumí que estaba tomando el sol. Quizá leyendo, pues este es el tipo de cosas que hace Adriana, pero su padre en realidad sólo me dijo que estaba arriba, en la terraza. "Gracias Bernardo", le dije. Me senté en el restaurante. Pedí una naranjada y un sándwich. Abrí mi revista. Leí. Comí. El mesero me retiró el plato cuando terminé. Me preguntó si quería algo más. Y aunque pude haber pedido cualquier otra cosa, me decidí por una taza de café y dos bolas de vainilla. Seguí leyendo. Me sentí muy cinematográfico.
Aún tenía una hora que perder, así que me fui a una banca para seguir leyendo mi revista. Después me harté un poco de la revista (era la nueva Letras Libres, dedicada al "nuevo cine mexicano" y sus recientes triunfos) y entré a una tienda de discos en la que también venden libros. Me compré otra revista, el nuevo número de la Tempestad que llevaba el provocador bullet: "¿El triunfo del cine mexicano?". En realidad no la compré por eso sino porque sabía que saldría un cuento de un amigo en el que soy un personaje velado. Un cuento que, por lo demás, ya había leído. Pero estas son las cosas que uno hace para matar el tiempo antes de entrar al cine.
En la sala, sentado solo, me sentí como aquella chica que mi padre y yo vimos en Miami, hace unos años; una chica que había ido de shopping y se sentaba sola en el cine. Era una comedia con Sandra Bullock. Pero no recuerdo cuál. Recuerdo, sin embargo, que en ese momento pensé en que si mi padre fuera a ser santo por alguna razón, sería porque, bueno, entre las varias razones, sería, una de ellas, pues, que aunque no entiende inglés, en Miami me acompañaba a ver películas que no llevaban subtítulos --para escapar del shopping de mis hermanas y mi madre, para acompañarme. Pero en fin. Esa chica iba, compraba, era rubia, entrada en edad, se sentaba en silencio, estoicamente. Hoy me sentí como creí que ella se sentía aquél día. Sin nada que hacer. Aburrido, pero con el entretenimiento a la mano. Me salí antes de que terminara la película.

Tuesday, April 03, 2007

Más ingenio

Transcribo una carta que me mandó hoy Enrique Krauze (me saltaré a las partes importantes):
Estimado amigo,
con el número 101, correspondiente al mes de Mayo 2007, termina su suscripción con nuestra revista Letras Libres. [...] Ponemos a su disposición los precios para renovar su suscripción anual: $450.00 D.F., Área Metropolitana. Usted puede realizar su pago mediante depósito bancario a nombre de Editorial Vuelta S.A. de C.V. en: BBVA, Cta. 0103410331, Suc. 285.
Posteriormente, envíenos copia de la ficha de depósito, junto con todos sus datos al fax 56591124.
Te reitero mi agradecimiento y en espera de que continúes acompañándonos en este esfuerzo.
Atentamente,
Enrique Krauze.

¡Ay, Enrique con sus cosas! Siempre es agradable tener noticias suyas. De verdad espero que salgan bien su revista.

Monday, April 02, 2007

Happy Birthday


Dado que estoy lejos de la ciudad, de que Mariana está fuera, de que no podré hacer una fiesta, ir a comer con mis amigos, a beber o a comprar libros, tendré que posponer mis celebraciones y dar algunas vueltas por la red. Eso es lo que pasa cuando nos organizan hasta el tiempo libre.


Wednesday, March 28, 2007

Una especie de convergencia



Subiría los videos si supiera cómo. Pero la razón de fondo es que, aunque los estuve buscando, no di con ninguna de las dos escenas de las que hablo y que son:


1. De Finding Forrester: el joven escritor termina de escribir lo que está escribiendo y se acerca al lugar donde el escritor más experimentado (Mr. Forrester), su mentor, está acostado --adormecido por la bebida. Lo cubre con una cobija. Da unos pasos indecisos y husmea por su departamento neoyorkino. Le echa un vistazo a un álbum fotográfico donde, además de fotografías de su tiempo en la guerra, da con unas fotografías del difunto hermano de su mentor.


2. De Karate Kid: el joven karateka termina los ejercicios en los que se estaba ejercitando y se acerca al lugar donde el karateka más experimentado (Mr. Miyagi), su mentor, está acostado --adormecido por la bebida. Lo cubre con una cobija. Da unos pasos y husmea por su casa californiana. Le echa un vistazo a un álbum fotográfico donde, además de fotografías de su tiempo en la guerra, da con unas medallas que había guardado y fotografías de algunos familiares.

Recomendación

Y bueno, ¿ya leyeron el ensayo The Score de Stephen Elliot o no? Porque se los recomendé. Todavía estará unos días más en la portada de la página electrónica de The Believer. Véanlo. O si estás leyendo esto años después de que lo escribí, búscalo en los archivos.

Sunday, March 25, 2007

Los recuerdos que nos configuran: Rosa Salvaje

No es que quiera ser majadero --entendiendo esto como el hablar seriamente de algo que no es serio-- pero debo reconocer que Rosa salvaje, con la Vero Castro, a pesar de ser Rosa salvaje, con la Vero Castro, es importante para mí, para mi vida. Porque yo veía Rosa salvaje y recuerdo haberlo visto y por supuesto que no recuerdo bien la historia, pero puedo imaginarla a la perfección, así como el acento que seguramente fingía, muy mal, una Verónica Castro que todavía no estaba luchando contra las crueldades del tiempo.
Este recuerdo, claro, se da en uno de los lugares que, debo reconocer, pasé más tiempo con mi madre: la sala de televisión. Eventualmente, necesariamente, nuestros gustos televisivos se separarían para siempre, provocando así el lento pero inevitable crecimiento de una distancia que a la fecha aún soy incapaz de sortear a diario o con completa efectividad. Rosa salvaje es uno de los últimos signos a los que me aferro de que mi madre y yo comulgábamos en muchos aspectos. Rosa salvaje y el deseo que tengo de no olvidar que yo veía y disfrutaba esta novela son una de las muchas cosas que soy hijo de mi madre. Esto no es vergonzoso. Claro que puedo decirlo con una risita. Por supuesto que alguien podría intentar desacreditarme con un "Sí, como sea; pero tú veías Rosa salvaje". Pero seguiré siendo hijo de mi madre y este hecho, que cargo de sentimientos, debería ser suficiente para asemejarme a ti, lector, en la medida que tú también posees cosas y recuerdos a los que te aferras, que te hacen la mejor persona que deseas ser.
Algún día, imagino con más ilusión que certeza, un hijo mío reconocerá no sin una piza de inocente ironía (que eventualmente sepultará) que veía conmigo, no sé, la decimo-cuarta temporada de 24, cuando Jack Bauer se hace terrorista.

Thursday, March 22, 2007

La belleza de Annabelle

Mi amigo David González dejó un comentario en la actualización anterior con un link a una página donde se explica que Aaron Sorkin, el guionista de The West Wing, propuso un musical basado en quizá el más famoso de los discos de los Flaming Lips, a saber, Yoshimi battles the Pink Robots. Me pregunto, sólo para crear efecto, si lo mandó porque sabe que soy fan de ese disco en particular o porque también soy fan de The West Wing. Quizá por ambas.
Total que de esto ya me había enterado hace un par de días, por la radio. No sabía, eso no, lo de Sorkin. Y supongo que esto debería emocionarme. Pero también, hace tiempo me enteré de la puesta en escena de una de las novelas de Houellebecq en un teatro español. Me enteré también. Y hace tiempo vi en la televisión la película de Ampliación del campo de batalla, bastante mediocre. Ahora me entero, también, de que ya existe una película sobre Las partículas elementales. Y Dios, no la he visto pero creo que no lo haré. Una de las cosas que más me agradan de ese libro, es la posibilidad encarnada de la más bella de las mujeres, Annabelle. Uno de esos trágicos personajes cuya condena va irremediablemente aunado a su extrema belleza. Uno de esos personajes de los que uno se enamora. Houellebecq habla de Annabelle en los siguientes términos --la cita es larga, pero creo que vale la pena para aclarar lo que quiero decir:
A partir de los trece años, bajo la influencia de la progesterona y del estradiol que secretaban los ovarios, la muchacha empezó a acumular grasa en los senos y las nalgas. En el mejor de los casos, estos órganos adquieren un aspecto lleno, armonioso y redondeado; su contemplación despierta un violento deseo en el hombre. Annabelle tenía un cuerpo muy bonito, como su madre a la misma edad. Pero el rostro de su madre había sido afable, agradable sin más. Nada hacía presagiar la dolorosa impresión de la belleza de Annabelle, y su madre empezó a tener miedo. Sin duda, los grandes ojos azules y la deslumbrante melena de cabello rubio claro venía de su padre, de la rama holandesa de la familia; pero sólo una casualidad morfogenética podía explicar la desgarradora pureza de la cara. Las chicas sin belleza son desgraciadas, porque pierden cualquier posibilidad de que las amen. A decir verdad, nadie se burla de ellas ni las tratan con crueldad; pero parecen transparentes y nadie las mira al pasar. Todo el mundo se siente molesto en su presencia y prefiere ignorarlas. Por el contrario, una belleza extrema, una belleza que sobrepasa por mucho la seductora frescura habitual de las adolescentes, produce un efecto sobrenatural y parece presagiar invariablemente un destino trágico. A los quince años, Annabelle era de esas raras chicas ante las cuales se quedan parados todos los hombres, sin distinción de edad ni condición; de esas chicas cuyo simple paso a lo largo de la calle comercial de una ciudad medianamente importante acelera el ritmo cardíaco de los jóvenes y de los hombres maduros, y hace que los ancianos gruñan de nostalgia. Ella se dio cuenta muy deprisa del silencio que acompañaba cada una de sus apariciones en un café o una clase; pero necesitó años para comprender del todo los motivos.
En la versión cinematográfico, es Franka Potente quien interpreta su parte. ¡Franka Potente!
Oh, no sé si la versión de Sorkin, la puesta en escena de ese disco de los Flaming Lips será una gran cosa o no. La veré, si tengo la oportunidad, pero creo que siempre será mejor escuchar el disco. O escribir así: http://www.mcsweeneys.net/links/song/21TedJillson.html

Wednesday, March 21, 2007

Cierta sabiduría en Kierkegaard

Fui al F.C.E. buscando el número siete de Granta, en español. No lo encontré. Ya lo había buscado en la sucursal de la Condesa. En lugar de eso, salí con Les Beinvellants de Jonathan Littel, del cual obviamente no consigo pescar nada. Comencé a traducirlo, con constantes, laboriosas visitas al diccionario y al libro de las conjugaciones. Llevo como cinco líneas. Supongo, me digo, consolador, que así aprenderé (francés, tal vez, o a no comprar libros a lo tonto).
Total que no encontré el último número de Granta en español (supuestamente venía un cuento inédito de Bolaño). Pero me topé con una revista de un amigo que no había leído. La tomé, para comprarla. También: tomé dos números atrasados de Granta. Tuve que pescarlos de entre un montón de revistas de literatura y filosofía, más bien chonchas, que estaban medio perdidas y escondidas en un mueble más bien pequeño y oculto de la librería. En el mismo mueble, apiladas en grupos, vi varias, muchas copias del primero, segundo y tercer ejemplar de Cuaderno Salmón. Pensé: diablos. Nadie lee. También: caramba, son demasiados. ¿Es que la gente no se da abasto? ¿No tiene tiempo? Ya va a salir el cuarto, pensé.
Al final me decidí por uno solo de los ejemplares atrasados de Granta. En él venía un cuento, también inédito, pero de Lydia Davis (cuyo Samuel Johnson is indignant me abrió los ojos de par en par; un lector abusado verá un guiño de ojo a uno de sus cuentos en el título de esta actualización). Pero no habemos lectores abusados aquí. Habemos lectores obsesos, aferrados a la idea de poseer letras y libros, aún cuando el precio de éstos nos sosprenden en la caja del FCE, aún cuando algo nos impide (algo de lo que más tarde nos arrepentiremos) echarnos para atrás. Ay, por eso nos dice tan sabiamente Kierkegaard (aunque sea sólo para desesperar),
El salmón es de por sí un manjar muy delicado, pero cuando se come en exceso es perjudicial para la salud, ya que es un alimento de difícil digestión. Por ello, cuando en una ocasión se pescó en Hamburgo una gran cantidad de salmón, la policía dio la orden de que cada patrón sólo diese salmón a su servidumbre una vez por semana.

Friday, March 16, 2007

Les semaines et leur succession

Planeaba dejar toda esta semana la actulización que correspondía exclusivamente al Inquilino y al esfuerzo, supuesto, de obtener algo de dinero para su publicación. Pero uno hace planes y nuestra voluntad se ríe. La verdad es que el Inquilino me parece bien pero también me parece poca cosa. Nadie se va a morir por el Inquilino. Nadie va a dejar de tener hambre por el Inquilino. Probablemente alguien tendrá un poco de entusiasmo, yo, por ejemplo; pero esto también desaparecerá para darle su turno al siguiente interés. Recuerdo, una vez más, la manera en que medía mis semanas y unidades de tiempo por el siguiente evento a venir: el estreno de tal o cual película (digamos, Indiana Jones 4) o el nuevo libro del autor predilecto (Los gérmenes del mal, de Bolaño). El concierto, el fin de semana, el nuevo disco, the movie of the week.
Constato una vez más, por las líneas que acabo de borrar, que se me dificulta enormemente escribir sobre las personas a las que más quiero. A tal grado que estoy tentado a borrar estas líneas también. Solidificar a las personas en palabras cuando lo que uno quiere es acción es probablemente el más flaco favor que uno puede hacerle a otra persona. Esta afirmación podrá ser gratuia, pero recuerda siempre que la importancia de la vida de cualquier persona está en el día a día, en el supuesto pesar que produce el pasar de las horas, las semanas y sus lapsos, las sucesiones. Viene un fin de semana largo. ¿Por qué no puedo deshacerme de la impresión de que las semanas son como la vida en la tierra y la esperanza que ponemos en los fines de semana algo similar a la esperanza que ponemos en la vida después de la muerte?
Esto no debería ser así. Cada día. Cada día. Aquí. Ahora.

Clément

Jamais je n’avais senti à quel point l’écriture d’un roman est une activité solitaire et pénible ; je crois, en réalité, que c’est l’activité la plus triste du monde.

Houellebecq

Regreso a casa y noto que tengo ganas de escribir y que de hecho he comenzado a escribir de nuevo, con mayor entusiasmo, es decir, con líneas a seguir y con objetivos claros. Metas a corto plazo. Tomo notas en mi cuaderno para algunos personajes y pienso en releer algunos cuentos para recordar precisamente cómo es que quiero hacer aquello que quiero hacer, con el par de cuentos largos que traigo en la cabeza, y esto, decía, me sucede mientras regreso a casa. Al entrar, sin embargo, veo a Refu, mi perra, que siempre me espera en la puerta. Y me ve con enormes ojos tristes, lagañas solidificadas de tanto llorar. No la he sacado a pasear en todo el mes. Me da la pata y me siento una mierda. Pero no tengo tiempo, me digo. Y demonios, es un pinche perro, me digo.


Así que le doy una palmadita en el lomo y camino hacia mi cuarto. Refu no me sigue. A veces lo hace, todavía, y salta y olisquea mi mano. "Ingrato", me susurra.




Este es Michel Houellebecq. Ese es su perro, Clément. ¿Ven a su perro? Parece un perro muy feliz. Yo no puedo cargar a Refu como Houellebecq carga a Clément, pues Refu es una perra de proporciones más bien grandes y yo un tipo de proporciones más bien pequeñas. Hoy vi estas imágenes en la red y sentí una enorme envidia. Pasearé a Refu de nuevo, me dije al verlas. Jugaré con ella, le arrojaré pelotas, sus juguetes, saltará como salta cuando está feliz, me insistí. Dejaré de escribir por un tiempo, quizá.


Hubo un tiempo en que podía leerle a Refu en voz alta y en el que ella me escuchaba, pacientemente, al menos por unos minutos (antes de se distrajera con una ardilla o un pájaro en el jardín). Le leía a Virginia Woolf, La Sra. Dalloway, me parece (sería demasiado decir que le leía Flush). Creo que ahora entiendo un poco más la anécdota que me contó Salvador Plascencia sobre la visita de Houellebecq en Los Ángeles, todo el tiempo que invirtió buscando un suéter para su perro. También, creo, comprendo la cantidad de referencias a perros pequeños en sus libros, y la felicidad que traen con ellos. Escribir es triste no porque uno sufra para poder escribir, sino porque nos quita tiempo para lo que se dice vivir.

Ay, qué azotes.

Saturday, March 10, 2007

Blogotón

Amigos, necesitamos un poco de dinero para poder imprimir el tercer número de El Inquilino. Llevamos mucho tiempo con este Inquilino y puede retrasarse indefinidamente, como una de esas promesas que se retrasan cuando son realizadas por cualquier entidad con algún tipo de poder, a menos que hagamos algo al respecto.
Lo que podemos hacer es: conseguir el dinero. Trabajando, claro. Lo hemos hecho. Sudado y aplanado nalgas durante horas. Eso ya. Pero también podemos apelar a la caridad. Entonces, digamos que tú, lector, estás interesado en que este tercer Inquilino deje su existencia virtual y se vuelva actual. Para ello, sólo avisa a guillermoinj@yahoo.com que estás interesado en colaborar con, digamos cinco, cien o treinta y ocho pesos (o la cantidad que se te ocurra; que no revase los ocho mil pesos, pues en ese caso tendríamos para otro número de Inquilino, y la verdad es que ya no estamos muy seguros de querer hacer otro número pues este Inquilino es bastante maldito y entra sin tocar la puerta, patea a tu perro y vacía la alacena). Total que, digamos que aún estás interesado. Haces eso que digo, de avisar a esa cuenta de correo, y desde ahí se te darán más instrucciones.
Agradecemos de ante mano.

Thursday, March 08, 2007

A propósito




Rocío Boliver, a quien no conozco, publicó en el número diez de Replicante una nota sobre la pasada visita de las Guerrilla Girls a México que en realidad es una nota sobre el enfrentamiento entre un feminismo sensato y un fenimismo radical que en realidad es una nota sobre la inutilidad del feminismo cuando se comprende bien, al grado que se presenta ya sea como otra cara del machismo, o bien, como un "lo que queremos decir es". Ella es mucho más lúcida que yo: "El feminismo se regodea en la compasión por las mujeres sumisas. La mujer necesita aprender a desarmar al violador, al golpeador, al misógnio. Y para esto lo primero que debe hacer es dejar de manipular con su sexualidad y aprender a degustar su sexualidad para obtener placer y no canonjías o dinero. Usar el sexo para disfrutar, no para someter". Y también: "El hecho de establecer una separación entre 'ellos' y 'nosotras' es discriminación y dificulta la posibilidad de llegar a borrar las diferencias de género".

Recuerdo que cuando le pregunté hace como un año a Margo Glantz cuál era la importancia de hablar de la violencia contra las mujeres en lugar de la violencia a secas, ella me desarmó y dio por clausurada la pregunta con un "Esa pregunta siempre me la hacen los hombres". Luego, ambos nos vimos muy sensatos y cambiamos de tema (algo que, lamentablemente, aparentemente, no se puede hacer en foros distintos, como una presentación de las Guerrilla Girls). En fin, esperaba desde hace tiempo el contraejemplo.

No sé a quién demonios se le ocurrió inventar el día de la mujer.

Tuesday, March 06, 2007

Convergencia incrédula



Hace unos días un amigo, Julián Zárate, me gastó una ingeniosa broma que consistía en hacerme creer en algo que se me dificultaba creer. Como parte de su estrategia para hacerme creer esto en lo que yo no creía, me dijo que estaba siendo tan incrédulo como Tomás. Entonces recordé: a) Un ensayo de Weschler sobre, b) una famosa pintura de Caravaggio y lo asocié con c) una fotografía de Sutherland que tuve oportunidad de ver hace poco, gracias a Óscar Benassini. Debo decir que tuve que "invertir" la fotografía de Sutherland para que funcionara.

Al menos, creo que funciona. Según yo son las manos. Y hacia dónde apuntan los ojos. Y el número de personas que "comprueban". Si no, pues no crean y ya.

Monday, March 05, 2007

Entrevista a Héctor Zagal sobre sus años hippies

Pues muy bien, comencemos por sus años de crecimiento en la comuna Hippie, si no le importa.

Como sabes, Guillermo, nací en 1963. Creo que fue una decisión muy valiente y acertada, de quienes creo que son mis papás. Fueron años enriquecedores porque pude convivir con muchos hermanos, unos treinta y cinco. Mientras que los niños “normales” sólo tienen uno o dos. Además, no teníamos que bañarnos si no queríamos.

Ya. ¿Usted diría que con sus posteriores lecturas de la República de Platón, durante sus años de formación filosófica, se sintió de algún modo identificado en la manera en que este filósofo propone educar a los niños?

No, de ningún modo, porque la República propuesta por Platón es opresiva: Uno no puede decir su opinión ni decidir qué estudiar y tiene que bañarse… en cambio en la comuna uno podía criticar a todos, si quería. No había reyes, por decirlo de algún modo.

¿Entonces le parece que eso es lo mejor?

Creo que no se puede decir “mejor” o “peor”, eso ya es un prejuicio burgués.

¿Cómo concilió esto con la doctrina de Aristóteles?

Mira, yo no soy lo que se dice “aristotélico”. Estudio a Aristóteles. Es muy distinto.

¿Entonces se puede tener distancia de todo lo que uno estudia?

Hasta cierto punto.

¿Como cuántos metros?

Tres.

¿Tiene alguna otra anécdota sobre su comuna que quisiera compartir?

Mi primer porrito. No tuvo ningún chiste. Fue a los siete años—

¿Eso es lo que lo llevó a probar drogas cada vez más fuertes?

Bueno, ya no. Pues ya no genero tolerancia. He conseguido cierta estabilidad. Entonces. Te decía que tenía siete años cuando los niños de arriba—

¿Los niños de arriba?

Sí, los mayores. Nos dieron un porrito y fumamos y ganamos el partido.

...

...

Doctor, ¿está bajo el efecto de alguna droga en este momento?

Sí.

Última pregunta: ¿Cuando leyó Las partículas elementales de Houellebecq, se sintió identificado con la vida cotidiana de la comuna que ahí retratan?

Yo no he leído ese libro.

¿Cómo no? Si usted me lo prestó.

Dije que no.

Bueno, muchas gracias.

¿Ya podemos volver al trabajo?

Ya.

Sunday, March 04, 2007

Mi estómago

Mi estómago quiere comunicarme algo de suma importancia y urgencia. Estoy aplicando todos mis sentidos al desciframiento de este mensaje. Me pregunto, por ejemplo, si tiene algo que ver con mi dolor de rodilla, con el enorme pedazo de carne que comí en la tarde, con el chocolate que comí más tarde, con las muchas tazas de café que también ingerí o con alguna otra cosa de un orden distinto, no físico sino tal vez sentimental. Pero el mensaje no es claro. En ocasiones es un ruido, un retortijón, un gas que sube como un alma en pena por mi gargante o que baja, como un movimiento violento del fuego.
En todo caso, lo que mis sentidos me dicen, es que sea lo que sea que es esta cosa que intenta comunicarme mi estómago, es algo que se me pasará en un rato, ya que haya visitado el baño. Algo que, entre pujada y lectura (acostumbro leer en el baño, recientemente una mala novela de Stephen King que, sin embargo, estoy disfrutando), habré olvidado. Pues una vez enterado de este asunto, tan rastrero, tan tonto (aunque, por ahora, oscuro) podré dormir como si no hubiera importado un pepino.

Terapia

Me duele la rodilla izquierda. Se habla de una cirugía. Mientras, me unto un bálsamo que viene en un frasquito con indicaciones, ingredientes, fecha de caducidad y el dibujo de una vaca. Es de uso veterinario. Increíblemente efectiva --prácticamente no experimento el dolor de hace unos días. Mientras espero la consulta, el probable diagnóstico, imagino las horas tendido en cama, en recuperación, tal vez pidiéndole a mi padre o a mi madre o a mi hermana a alguna otra alma bella que vaya y me compre por favor Therapy, de Lodge. Un libro del cual me he enterado un poco sin haberlo leído, como de muchos otros libros que andan por ahí. Ignoro si sería una lectura que disfrutaría, ahí, tirado en mi cama, esperando la recuperación, días después de la operación. Pero la verdad es que no sé qué otra cosa podría leer entonces. Por supuesto que sé qué otra cosa podría leer ahí (como alguno de los muchos malditos libros que he comenzado) pero no ahora que imagino cómo sería estar acostado, con un dolor constante en la rodilla.
Estaría ahí, como si fuera parte de un experimento de la NASA que busca saber qué efectos tiene sobre el cuerpo pasar dos o tres semanas recostado; y me sorprendería del todo tiempo que tengo en las manos pero el poco uso que realmente le doy. Me deprimiría. No tengo que ser un científico de la NASA para saber esto: la inactividad lleva a la depresión, así como la vanidad lleva a la actividad.
Me duele la rodilla cuando la doblo. Mi hermana me ha puesto compresas. También me duele la espalda. Pero creo que eso es por mi posición.
Iba a escribir un texto sobre Fabio Morábito, Albert Camus y David Miklos. Pero hay cosas que debo guardar para mí mismo.

Friday, March 02, 2007

A dry mecca of disposable art

Ayer, después de comer, caminaba por calles sin sombra rumbo a la universidad cuando vi cómo aterrizaba un helicóptero en el edificio de la comisión del agua --un edificio que hace un par de semanas estaba rodeado por campesinos desesperados, manifestándose-- pero ahora todo parecía en calma, al ver la falsa lentitud con la que el helicóptero descendía. Todo mundo estaba viendo el helicóptero. Vieron cómo aterrizó y cómo volvió a levantarse, después de llevarse, tal vez, a alguna persona cuyo tiempo vale mucho. El calor era insoportable. Junto a mí caminaba un hombre con el rostro completamente moreno, quemado y curtido. De vez en cuando se detenía para ver cómo giraban las aspas del helicóptero. "Cómo hace ruido", le dije. Me vio sin decir nada, sólo se rió. Pensé que no había entendido. A veces hago esto. Esto de hablarle a la gente extraña. No lo sabía entonces, pero unos minutos más tarde escucharía a un compañero de la maestría hablar del calor metafísico que se lee en El extranjero de Camus. Y yo pensaría que no podría estar más en lo cierto. Que si bien parece que no hay ni crimen ni castigo en esta novela, al menos lo hay en un sentido físico, un sol de justicia.
Mientras aún caminaba sobre Insurgentes, rumbo a la universidad, sudando por la espalda. Al cruzar un puente, llegué junto a otro hombre, un indigente recubierto de mugre y una chamarra demasiado gruesa para usarse con ese sol, quien bebía directamente de la boca de una botella de Salsa Valentina. No lo sabía entonces, pero al salir de la universidad regresaría por el mismo camino y vería tirada la botella sobre la banqueta, vacía excepto por las estrías de salsa que se hacen en sus bordes. Tendría ganas de gritar y a la vez de reconocer que estaba exagerándolo todo. No era terrible.
Los otros. Dios. En ocasiones los escucho. Con su terror y estupidez. Y me pregunto si es suficiente este terror y esta estupidez y esta insistencia en tratar de ser feliz a través de las maneras erróneas para envenenar mi propia experiencia de vida. Porque existen personas como Stephen Elliot (a quien siempre confundo con Tom Bissel). Estoy hablando de precisamente ahora, que leo uno de sus ensayos: The score, en la página de The Believer de este mes. Lo leo y me estremezco. Me percato de que cada vez hago más esto, de estremecerme, de moverme (realmente) cuando veo o leo algo que me impresiona en un sentido negativo. Pero Stephen Elliot, a pesar de ese infierno que describe en la tierra, es alguien que escribe, que dice algo al respecto y procura, creo, mejorar la situación al menos diagnosticándola. Por supuesto que no es suficiente. Pero Stephen Elliot, autor de uno de los libros más bellos sobre la crueldad humana, Happy Baby, dice cosas francamente terribles. Cosas que existen. Aquí. Ahora. Cosas que aunque aún están ahí, creo, no son suficientes para echarnos a perder el día. O a disfrutar el descenso de una máquina voladora, el alegre sonido de sus aspas, la tranquilidad de una tarde soleada.

Tuesday, February 27, 2007

Últimamente la UNAM

Podría ser irónico y presentar una de las, creo, incontables conversaciones que he sostenido cuyo centro telúrico es la burocracia que rodea los procesos para distintas cosas que son necesarias para que una persona pueda mantenerse dentro de la UNAM, como estudiante. Pero la cosa con estos procesos burocráticos es que se encuentran rodeados de una nebulosa de magma imposible de asir por el conocimiento, una nube de olvido en la que uno entra apenas pisa el suelo de la Universidad Nacional, misma que recorremos a diario con fatiga, como si estuviéramos en una carreterea asediada por un sol de justicia. Cada que salgo de la UNAM lo hago azorado, lleno de pendientes imposibles, la conciencia de que hay algo que debe hacerse, llenar una forma, no llenar una forma, llevar un papel pero no el otro para poder, finalmente, llenar una forma que necesitamos para poder adquirir un documento que podemos o no certificar en una oscura oficina atendida por personas igualmente azoradas, embutidas en sus propios intereses que, por supuesto, no son los nuestros, ni los de nadie, sino los de un Todos que no existe pero que parece dormir eternamente dentro de un cajón lleno de papeles que ya nadie jamás abrirá pues son los necesarios. Sello de Aprobado lo quiera, en un año y medio me titularé de maestro en burocracia y documentación.

Monday, February 26, 2007

Guillermo Núñez en McSweeneys

Hace unos meses mandé una "convergencia" que ya había subido aquí al concurso de McSweeneys. Hoy la subieron:

También: sé que no es la gran cosa, que está en la tercera entrega de su Carnival of Convergences, donde se ponen, podría decirse, las convergencias del montón. Pero es McSweeneys. Y soy yo.

Friday, February 23, 2007

Quiero estos dos libros.



Y se acerca eso que llamamos Mi Cumpleaños.


Tuesday, February 20, 2007

¡Nuevo blog de Alejandro Vázquez!

Celebro la aparición de un nuevo blog de mi amigo Alejandro Vázquez. Es probable que sea una de esas múltiples empresas que abandonará, como esos otro cuatro o cinco blogs que inició el año pasado (de los que sé) pero también es probable que el sólo decir esto funcione como acicate para que no lo haga. ¡Las probabilidades!
La dirección es preguntadeldia.blogspot.com, encontrarán un link aquí mismo, a la derecha, donde tengo los, ejem, links. El formato sigue un poco esas columnas de, ejem, preguntas, un poco parecido a los Sedaratives de The Believer, esa genial columna mensual de consejos. Algunas muestras de los Sedaratives:
Dear Sedaratives,
I came out to my family as a gay man nearly nine years ago. While they've become more accepting of me, the still hold out hope that I'll meet "the right woman". I've never seen a woman naked, let alone dated one. How can I avoid the "don't knock it if you haven't tried it" argument and convince my family that I'm just not into girls?
Nathan Yergler.
Fort Wayne, Ind.
Dear Nathan,
First of all, did they not knock homosexuality before they tried it? Exactly. They're asking you to be open-minded so they don't have to. You can always lie and say, "Mom, I had sex with a woman and it was awful! Vaginas are gross! I'm glad I tried it but I'm gonna stick with penis. What's for dinner?" Another idea is to adopt a baby. Once there's a baby in the picture, they don't care who you're fucking. They just want to squeeze that little tushy!
Sarah.
Dear Sedaratives,
I'm a chronically depressed shut-in who doesn't bathe much. My lifestyle has caused a testicular fragrance of vast proportions. What should I do?
Chris Heffernan.
Long Island, N.Y.
Dear Chris,
You may think you're a shut-in and that therefore you don't wash your balls. But I'm here to tell you that you are a shut-in because you don't wash your balls. If you wake up and jump in the shower --or better yet, laze in a tub-- by the time you get out and towel off, you are much more apt to feel like going out into the world. This is not a chicken-and-egg scenario. Trust me: balls first, and your life will follow.
Sarah.
Nota: el nuevo blog de preguntas que ha preparado con esmero Alejandro Vázquez no se reduce, por supuesto, a preguntas de consejo. ¡Manden esas dudas universales que les acongojen!

Saturday, February 17, 2007

Contra el pesimismo


Hace unos días fui al cine con un amigo y al ver a un grupo de oficinistas formados en la dulcería, como nosotros (que, esencialmente, también somos oficinistas, pero no como ellos quienes, además de serlo, parecían oficinistas) le comenté sobre una fotografía de Peter Sutherland. Me causaron ternura y a la vez alegría, estos hombres que, sin desesperación, con los medios que se nos han dado, buscaban formar vínculos más fuertes de amistad. Uno le pedía al otro servilletas, mientras el otro iba a apartar lugares, con las corbatas guardadas o aflojadas, con los sacos en el asiento trasero del auto. Pensé en la palabra amistad pero también, inmediatamente, me di cuenta de que señalar a estos hombres, a estos oficinistas, y el parecido que tenían con el registro que había hecho un artista sobre el fenómeno del oficinista enajenado que busca medios para distraerse, parecería, también, una crítica velada. Al señalar a estos hombres, ¿qué hice? Puedo sospechar que hice ambas cosas. Pero una debe prevalecer sobre la otra: ¿me impresionó más su intento por acercarse los unos a los otros? ¿O el absurdo de su situación? Veo ahora que estas cosas se complementan, pero pueden leerse tanto para bien como para mal. Es todavía más conmovedor, dado su situación, su gesto por acercarse. Es todavía más ácida la crítica, al señalar su desesperación. Sea lo que deseen que haya sido mi gesto, por favor recuerden a Elizondo: "Las gentes que se inclinan a considerar la mayor parte de los hechos de la realidad como deleznables, son frecuentemente gentes deleznables".

Friday, February 16, 2007

El escritor que no escribe

A Guillermo le da flojera de escribir. No sabe por qué cree que necesita escribir. Se sienta ante la pantalla de su computadora y decide copiar un texto que ya había escrito. Se sienta a escribir y se siente cómodo. Se siente cómodo porque la voz que utiliza es algo con lo que se siente seguro. Y entonces decido que tal vez sea hora de salir un poco de esta jodida burbuja plástica en la que me he encerrado para alejarme de los gérmenes, como si mi sistema inmunológico fuera débil y yo poseyera una voluntad marchita, incapaz de hablar por sí sola. Tal vez sea verdad esto y tal vez no estoy listo para dejar de claudicar. Me iría mejor, pienso en ocasiones, pero no ahora, si decidiera escribir sin acercarme tanto al borde y construyera historias cuyos elementos no me tocaran y a las que el calificativo de honesto les vendría dando un poco igual pues funcionarían más allá de la verdad, la falsedad, lo verosímil y las presencias reales. No me siento cómodo. La silla de metal, en la que estoy sentado, se clava en mi espalda y aplana mis nalgas y es de noche y tengo comezón y algo de sueño. Mañana volveré a esto, o tal vez no mañana pero un día próximo, después de una semana de no escribir en esta bitácora, trabajando otros proyectos, no lo sé, pero volveré y veré y diré: Maldita mierda. Y lo borraré porque escribo y escribo para borrar. Ya ni siquiera tengo la posibilidad de tirarlo al cesto. Tal vez debería escribir a mano. Tener la posibilidad de arrancar la hoja del cuaderno, aplastarla en mi mano y aventarla al cesto de basura es mucho más dramático que las posibilidades que me ofrecen esta escritura en el procesador de textos de mi computadora. Escribiría, me temo, a máquina si pudiera adoptar con esta actividad algo de aquél dramatismo. Arrancar una hoja, hacerla bola, tirarla al bote de la basura. En ocasiones con un tino perfecto, pero la mayoría de las veces con un desorden propio de la angustia, del aburrimiento de quien tira textos fallidos a la basura con frustración. No, aburrimiento no. Sólo frustración. Me temo que no lo consigo. No puedo escribir bien. Considero, sólo por un momento, porque sería costoso, imprudente y estúpido, aventar mi computadora al suelo. Tal vez jalar el cordón de la luz, con fuerza. Pero es una computadora portátil y no estoy conectado al tomacorriente. Podría, eso sí (si me sintiera frustrado) cerrar de golpe la pantalla. No me siento frustrado. Esto comienza a gustarme y, oh no, carajo, también comienzo a sospechar que no puede ser tan bueno, este texto. Esto de escribir rápido, porque lo estoy haciendo rápido, y en primera persona puede ser peligroso, engañoso. Parece demasiado fácil. Estoy haciendo algo mal. Lo sé. Ya tendré tiempo de corregirlo. Lo borraré mañana, sí. Despertaré temprano, me sentaré en esta incómoda silla y lo borraré.

Ironía

Veo estas bitácoras electrónicas, veo estos gestos y a estas personas, no sólo en la red sino en mi familia y fuera, y en el trabajo y en la calle, en el tráfico y en el campo, cuando paseo sin prestar atención pero también cuando someto a todos a esos silenciosos juicios que realizo, y veo que algunas son graciosas, algunas se toman muy en serio, otras no, otras sí pero creen que no lo hacen --como yo-- y comienzo a clasificar tipos de personas de tal manera que comienzo a pensar en las clasificaciones que he leído y que me han agradado (como aquella del cuento Death defier donde está la gente del caos, la gente del orden, la gente del orden que cree que es gente del caos --como los franceses-- la gente del caos que cree que es gente del orden --como los texanos--) y veo que en realidad esta onda de las clasificaciones es bastante tonta pero no deja de ser divertida y útil, y que es suficiente para mantenerme menos inquieto, menos desesperado y harto de todos estos gestos y todas estas personas que sé, al final, sólo están buscando adelantar sus brazos y extender sus manos unos centímetros más, buscando menos separación, más cercanía, la prueba irrefutable, la prueba que no suena como una conquista ni, precisamente, como una prueba sino como algo que siempre ha estado ahí, algo sólido y amable y que no llega de manera violenta pero tampoco aburre porque es precisamente lo que todos han estado buscando. Un principio, tal vez, algo que nadie ha puesto en duda. Esta cosa existe. Estoy segura. Es una buena cosa y le hace bien a las personas. Es la única razón por la que, en un momento u otro, donde se vislumbra, las personas sonríen y se sienten plenamente felices, aunque sea momentánea, aunque sea en una sola ocasión --yo he experimentado esta cosa, en varias ocasiones. Pero luego viene la cabeza. Y luego viene la pasión. Y también la voluntad y las ganas de ser distinto o igual a los demás. Ese momento de nombrar cosas. Ese momento de no querer saber.
No serán las palabras con las que les haré entender esto. Mañana releeré y diré: no. Por favor no.

Thursday, February 15, 2007

Lista

Algunas cosas que no puedes mandar por DHL:

1. Monedas de circulación actual.
2. Relojes caros.
3. Sustancias radioactivas o corrosivas.
4. Sustancias contagiosas.
5. Animales muertos.
6. Restos humanos (incluyendo órganos y cenizas).

Tuesday, February 13, 2007

Actualización obsesa



Tanto The end of the alphabet (de Richardson --no confundir con el poemario de la jamaiquina Rankine, sobretodo porque no lo conocemos) como How we are hungry de Dave Eggers, toman prestado el diseño, fabuloso, bellísimo diseño, de los obsesionantes cuadernos Moleskine. Es fabuloso. No conozco el libro de Richardos, acaba de salir, pero por lo poco que uno llega a enterarse en la red, me entero que es un libro de viaje: la premisa: un hombre, al llegarle la noticia de su próxima muerte --en un mes-- decide emprender un viaje hacia todos esos lugares que no conoce. O a algunos. En el libro de Eggers, que sí conozco, también, apropiadamente, se trata el tema del viaje. Sin embargo, Eggers lo hace al modo de ese otro gran libro de viaje, God lives in St. Petesburg, de Tom Bissell. Es decir, explotando la idea del norteamericano que se enfrenta al resto del mundo --del norteamericano consciente del rol que juega como ciudadano no sólo del Imperio sino del Mundo. Al menos en un par de cuentos, es lo que hace Eggers (a diferencia del de Bissell, cuyo libro está impregnado de esta dialéctica). ¡Grandes lecturas! ¿Nadie quiere regalarme el de Richardson?
Fin de mi post mamón.

Monday, February 12, 2007

Vela con olor a libro


Quiero. Se llama Ex libris, de Modern Alchemy.

Más memorias de Lisboa

Hace unos días soñé con Benjamin Kunkel. Me topaba con él en la ciudad de México. Soñé despierto. Me acercaba a él --estaba caminando cerca del parque hundido-- y le decía que le conocía. No, no cerca del parque hundido, o bueno, sí, cerca pero no caminando sino sentado en el Sommeliere, escribiendo en un block de hojas amarillas. A su lado, un Libro del desasosiego muy usado, con muchas notas y post its saliendo de sus bordes, como un ramo abierto y paseado. Le decía entonces: "¿Es usted Benjamin Kunkel?", preguntándome si habría o no de agregar "autor de Indecision y fundador de N + 1". Nos entablaríamos entonces en una conversación a la que pronto añadiría que hacía tiempo leí un texto suyo sobre Pessoa en The Believer y que conocía a David Miklos, a quien él debió haber conocido no hace mucho tiempo, pero al final no lo hizo. "Vive por aquí cerca", estaría tentado a decir. Pero en mi sueño, en mi escenario imaginado, no estaría dispuesto a avanzar demasiado sobretodo porque (esto lo pensé o ideé en Valle de Bravo, leyendo una revista de literatura, escuchando a los Foo Fighters gritar desde el estéreo de un vecino) me distraería pronto con Lisboa, la idea de Lisboa.
Acabo de leer otra entrega en la serie de entregas que Philip Graham ha realizado para la página de McSweeneys sobre su estancia en Lisboa. En esta ocasión habla sobre un panel que se realizó en torno a la obra de Saramago, con la presencia de este autor. He leído poco a Saramago, sólo su Balsa de piedra. Tengo ganas de leer, ahora, su El año de la muerte de Ricardo Reis. Pero sobretodo de tener a Lisboa presente, al menos como un punto ciego al que siempre pueda referirme. Me encanta la memoria de Lisboa. Me encanta recordar que fue ahí donde me confundieron con un filipino --quizá porque a Mariana esto le causó gracia. Recordar la modorra que me curé en el cuarto, frente a una bella plaza cuyo nombre juré no olvidaría pero he olvidado, y cómo le grité a la camarera, quien insistía en entrar para tender una cama que no había sido destendida. Los paseos, los gatos negros en busca del sol, la suciedad, ese ambiente líquido que puede leerse en Pessoa y que parece tan literario pero que en el ahí y en el ahora era realmente molesto (aunque con el colchón de que uno, sabía, ignoro por qué, o más bien adivinaba que más adelante, en la memoria, el paseo sería un recurso recurrente, una agradable memoria, desprovista de los inconvenientes de la carne).
Los japoneses que me tomaron una fotografía. El autobús vecino cuya ventana estalló con una rama, rumbo a la playa. La perdida que me di rumbo a la playa. El pub con aires balleneros. El pescado con papas fritas, el vino blanco, el arroz en su caldo, los langostinos, los mosaicos que cubrían el piso (y la imagen de esclavos colocándolos), el cine con asientos numerados, el húngaro a quien no pude ayudar, las calles peligrosas que inocentemente transité, el Monasterio de los Jerónimos al que no entré porque estaba borracho y llegué tarde y ya habían cerrado, la imagen de un terremoto en 1755, la lengua de los portugueses, Pessoa, la limonada, el poco dinero, la obsesión con aislar momentos sólo por su carácter literario o hacer cosas estúpidas, como enterrar un libro en la arena, para poder contarlas.
Quiero volver.

Thursday, February 08, 2007

Variación a un chiste de Brian Beatty

Adoro la ficción escrita por un narrador en el que no se puede confiar. Creo.

Los lectores terribles

A la fecha no he acumulado ningún lector terrible, de no ser por el puñado de personas que se han molestado por algunas cosas que he escrito pero que, debo decir, no constituyen en manera alguna un lector terrible, es decir, ese lector capaz de censurar o destruir. A lo mucho, este puñado de personas influyeron en mi estado de ánimo al grado de producirme un poco de arrepentimiento y culpa. Pero no estamos hablando de la KGB ni de la Inquisición ni de alguna oscura y complicada rama gubernamental capaz de desaparecerme. Por supuesto, está la Indiferencia Histórica. Ese gran Terror, ese gran Censor del que ningún escritor puede realmente librarse. Pues aún si mis textos me sobrevivieran, o si aún los textos de los Clásicos nos sobreviven a todos nosotros, amigos contemporáneos, el Sol estará ahí para tragar a la Tierra enterea.
Aún así, soy lo que se dice un escritor libre. No aspiro a la inmortalidad literaria. Nadie que se tome realmente en serio lo hace. Aspiro quizá a la inmortalidad del alma. Pero no a ese gran respeto. Podría sospechar, sí, constantemente en esta tierra. Podría idear que las personas que me leen --o peor, que la manera en la que escribo está absolutamente determinada por mi propia mente y pluma, por esa imagen que muestro y de la que no puedo ni quiero librarme. Pero la sospecha es quizá uno de los ejercicios más pobres que existen, hermana oscura y gemela de la queja.
En ocasiones le temo a mi voz de escritor, a ese Viejo Cabrón que quiere Caos. Le temo a ese puñado de escritores que se sienten. Pero de la misma forma a veces me siento triste, cansado y desanimado; sé que se me pasará. Esto lo leí en Muerte en Venecia:
"La maestría de nuestro estilo es falsa, fingida e insensata; nuestra gloria y estimación, pura farsa; altamente ridícula, la confianza que el pueblo nos otorga. Empresa desatinada y condenable es querer educar por el arte al pueblo y a la juventud. ¿Pues cómo habría de servir para educar a alguien aquel en quien alienta de un modo innato una tendencia natural e incorregible hacia el abismo? Cierto es que quisiéramos negarlo y adquirir una actitud de dignidad; pero, como quiera que procedamos, ese abismo nos atrae. Así, por ejemplo, renegamos del conocimiento libertador, pues el conocimiento, Fedón, carece de severidad y disciplina; es sabio, comprensivo, perdona, no tiene forma ni decoro posibles, simpatiza con el abismo; es ya el mismo abismo. Lo rechazamos, pues, con decisión, y en adelante nuestros esfuerzos se dirigen tan sólo a la belleza; es decir, a la sencillez, a la grandeza y a la nueva disciplina, a la nueva inocencia y a la forma; pero inocencia y forma, Fedón, conduce a la embriaguez y al deseo, dirigen quizás al espíritu noble hacia el espantoso delito del sentimiento que condena como infame su propia severidad estética; lo llevan al abismo, ellos también, lo llevan al abismo. Y nosotros, los poetas, caemos al abismo porque no podemos emprender el vuelo hacia arriba rectamente, sólo podemos extraviarnos. Ahora me voy, Fedón; quédate tú aquí, y sólo cuando ya hayas dejado de verme, vete también tú".

Monday, February 05, 2007

Más Peter Sutherland, más obsesiones


Al otro lado del lago, recuerdo, se encontraban las ruinas del colegio para niñas que se había quemado décadas atrás. Aquellos que podíamos salir por la tarde, aquellos que se habían comportado bien y no tenían que pasar horas de ejercicio disciplinario en el gimnasio, caminábamos a donde se nos antojaba, sobre la nieve. Había lugares a donde no podíamos ir, más allá de la carretera, pero por alguna razón cruzar el lago --congelado-- y llegar a las ruinas no parecía representar peligro alguno. Me gustaba tirarme bocarriba sobre la nieve, escuchar los ruidos de otros adolescentes que caminaban por el bosque. En el centro de las ruinas había una habitación sin techo. En aquellas fechas, cuando se podía cruzar el lago, el cielo siempre era blanco y nublado y era lo único que podía ver desde mi posición en el suelo. En ocasiones un ave cruzaba el paisaje. Las espinas que rodeaban la construcción, y que necesitábamos atravesar para llegar a ella, no lastimaban pues se rompían con nuestros rompevientos. La memoria me dice que alguna vez vi un venado entre esas ruinas, pero no estoy seguro ya. Tampoco estoy seguro de si era verdad o no que el colegio para niñas también albergaba un hospital para tuberculosos, comos nos habían dicho. El frío quemaba las orejas, las mejillas. Dios con Mayúscula, ya pasa una década de esto.
Adoro la precisión del adjetivo que usa Eggers al inicio de su memoria, A heartbreaking... para referirse a los árboles de invierno, con sus ramas "caligráficas". Y la descripción que hace Tobias Wolff en su Old School para hablar del internado que, al igual al que se alberga en mi memoria, parecía, a la distancia, un grabado ilustrativo en un libro para niños.

Convergencia


Quiero ver Garden State (2004) de nuevo. Arriba una fotografía de Peter Sutherland --cuyo trabajo, algo de su trabajo, acabo de conocer hace unos momentos, gracias al director de la revista de arte Néctar, Óscar Benassini. Cosa que sé suena muy mamona, pero en realidad es muy sencilla y buena y alegre.

Thursday, February 01, 2007

Los viejos

Miran al horizonte pensativos, con sus carnes colgantes, preguntándose si aún pueden hacer un poco más. Amargados. Alegres. Abandonados. Expectantes. Conscientes. Se reúnen en espacios seguros, aclimatizados o que ya conocen --a la perfección, el nombre del cantinero, el tiempo que tarda el platillo en llegar, las salidas de emergencia y el mejor momento para retirarse. La experiencia les brinda el aire de sabios pero ellos lo saben bien, el frío terror que se encuentra bajo sus carnes y que ha crecido desde que tenían veintiseís. Dieciséis. Veinticuatro. Cuando cobraron conciencia de su finitud y su incapacidad de crecer. Se llaman Estéban. Mauricio. Guillermo. Mamá Jué. Les ponen atención pero saben que ya no funcionan. Les brindan ayuda, porque están ahí. Se mueven elegantemente, con lentitud y desgracia, con el tiempo contado, una y otra vez, en las largas horas del baño. Duermen menos y pasean por las calles. Se pierden, a veces. Se molestan con las películas. Con lo nuevo. Con el frío, el ruido y el calor. Entran y salen de quirófanos, alegres y sorprendidos (siguen aquí). Se reconocen en los pasillos y en las plazas. Se bolean los zapatos mientras leen el periódico. Sostienen en sus hombros a todas esas cabezas jóvenes, que parecen estar agradecidas pero sobretodo se encuentran desesperadas, atentas a lo que viene, a la decepción.
Observo los canosos cráneos de Bill Murray y David Letterman en el televisor. Parecen contentos consigo mismos, exitosos, suprimiendo esa perversa combinación de estoicismo e ironía. Deberían darles algún uso, pienso, o destruirlos, a estos sabios ancianos, que se ríen con esos limpios dientes. Pero no esto. No así. No sonriendo, haciendo bromas sobre el Super Bowl.

Wednesday, January 31, 2007

Entérense

Hoy expliqué un poco de Nietzsche a unos buenos adolescentes, leí un texto de Vallejo frente a un grupo de personas, anduve en bicicleta en saco, le devolví una revista a Rafael Lemur, conocí a un doblador (de un escuadrón de paracaidistas) en Gayosso, cené Shabu Shabu con Mariana y leí un poco.

Tuesday, January 30, 2007

Método


La muerte es la operación por la que tú, lector, y yo, autor de esta escritura, perdemos la importancia; aun si nuestra relación queda incólume.
Salvador Elizondo, Colofón
Quizá me equivoque, pero hay una fotografía en la que Elizondo está escribiendo frente a un espejo. La busqué en Google pero no di con ella. Tal vez la recuerde de alguna revista, aunque probablemente esté equivocado. Pienso en esto por un comentario que dejó un amigo, Diego, hace poco, aquí, en mi glosa al Grafógrafo. Suspiro, idiotizado. Hoy, camino al trabajo, vi en el Metrobús a un hombre cadavérico. Se bajó en la misma parada que yo, casi corriendo. Llevaba una barba blanquecina que crecía aquí sí, aqui no. Al verlo, pensé en un texto que leí hace tiempo, de Roberto Bolaño, en el que hablaba de un hombre que se tendía en una playa española, quizá en Blanes. Un hombre que, escribió, parecía un cadáver. Y al pensar en la playa me veo escribir que recuerdo a Pessoa y el libro que enterré en arena portuguesa. Me veo recordar que escribí sobre el texto en el que Pessoa hablaba, con una voz muy queda, sobre ese Sol que se tragaría todas las bibliotecas. Y, con más violencia pero sin ser violento, a un Bolaño que desea darle bofetadas, de carácter lenitivo, a esos escritores que aún creen en la inmortalidad. No, por supuesto, en la inmortalidad del alma, sino en el gran respeto, en la inmortalidad literaria.
¿Y si ya no escribo nunca nada más? ¿Y si esto es finalmente todo lo que puedo dar? No estoy dispuesto a invertir sufrimiento en esto. Pero experimento una gran desesperación. Debo dejar de ver la literatura como una gran pulsión, darme un descanso, tirarme en la playa y pensar en Alemania mientras me idiotizo suspirando.

Monday, January 29, 2007

El grafómano

Escribo sobre Elizondo. Escribo que escribo sobre el autor de El grafógrafo. Mentalmente me veo escribir que escribo sobre el texto que le dedicó a Paz y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía esto. Y me veo recordando que me veo escribir sobre el escritor de cuadernos y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía bajo Elizondo. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo como un grafómano.

Saturday, January 27, 2007

Replicante 10

Esta es la portada:


Este es su precio: cuarenta pesos.

El responsable: Rogelio Villareal.

El motto: "La vida sin música es un error", que lo dijo un músico mediocre, Nietzsche. (También escribía y hacía filosofía).

Esta es la última frase de esta actualización.

Thursday, January 25, 2007

Wednesday, January 24, 2007

Kapuscinski

Ayer murió Ryszard Kapuscinski después de una cirugía de emergencia. Lamento dar la noticia tarde. Iba a escribir un texto largo en el que hablaba sobre el periodismo en general pero pronto me di cuenta de que no sabía qué decir. Comencé por dar un catálogo de las relaciones que he sostenido con el periodismo, de las personas queridas que tengo en mi vida que se han relacionado con esta disciplina en algún u otro momento de su vida --comenzando por mi padre. Pero mejor sólo informar.
Mientras, los Viajes con Herodoto de Kapuscinski siguen ahí, en mi escritorio, junto a los ocho libros de la Historia de Herodoto, sin abrir.

Monday, January 22, 2007

Este número debería traer su propio sountrack


Replicante 10, pronto en sus cochinotas manos.

Sunday, January 21, 2007

Cálido Uglow


Antes de comenzar, debo reconocer que jamás lograré escribir el texto que tenía pensado, pues vivimos en la realidad y la realidad nos obliga a darle cierta importancia y cierta energía a distintas cosas, pero de manera jerarquizada. Es lamentable, pero en este momento, la presente actualización no ocupa la primera de mis prioridades. Pero espera, ¿qué es esto? ¿No la estoy escribiendo ya? ¿No significa entonces que aquellas supuestas prioridades han pasado a un segundo plano? Quizá en nuestra dimensión temporal, pero debo reconocer que mi cerebro está en otro lado. Y que si estoy escribiendo esto, es porque lo estoy haciendo como si leyera en el consultorio, esperando a que el doctor me llame interrumpiendo mi lectura --quizá mi lectura sea Sobre la lectura de Proust, quizá un McSweeneys atrasado o uno de los tantos libros que tengo iniciados pero que no terminaré pronto. (Los miserables me voltean a ver, aludidos, aburridos de mi conocida desidia).
El único viajero Triestino que conozco me prestó hace tiempo uno de estos muchos libros: Trieste and the meaning of nowhere, de Jan Morris (antes James Morris). Hace un par de días me lo pidió de vuelta, lo necesitaba. Por supuesto, no lo había leído. Ni lo había abierto. Me dio dos días para regresarlo. Y lo hubiera terminado, de no ser por la ya referida realidad. Me esforcé. Leí durante horas. No continuas. No intensamente. Pero lo suficiente como para enterarme de lo bueno que es este libro y de cómo respondía a las obsesiones que tenía al momento que El Únivo Viajero Triestino Que Conozco decidió prestármelo --estaba en ese entonces con una onda de viajes y cosas así, misma que aún se mueve en mi interior, como un río subterráneo. Pero no hablaré de los viajes ahora, obsesión en pausa, sino de lo que encontré dentro del libro, entre sus hojas.
Michael Atkinson escribió hace tiempo para The Believer un fabuloso ensayo sobre los objetos que utilizamos para separar nuestras hojas. Se titula: Other people's bookmarks: fellow wanderers of a forgotten republic y aún lo pueden leer en línea. Es un texto mucho mejor que este. De hecho, creo que deberían interrumpir esta lectura, usar la opción de "bookmark", e ir a buscar en Google el texto. Pueden regresar más tarde. Aquí estaré. Lo prometo.
Total que recordé este ensayo cuando di con una fotostatica de una pintura de Euan Uglow (por supuesto, esto lo supe hasta más tarde), entre las hojas del libro que me había prestado el Viajero Triestino. Me detuvo como detienen los objetos que creemos perdidos y encontramos de nuevo, con la misma extraña familiaridad de lo ajeno que confundimos con lo propio. Pues, a la vez, me hizo pensar en el texto de Atkinson y en la portada de Amberes, de Roberto Bolaño. Y, claro, en el libro que sostenía en las manos.
La pintura de Uglow es a color. Pero aquí tenía a esta mujer (pues es una mujer), tendida boca abajo, en un descanso de su lección de nado sin agua, quizá, o en una pose incómoda que en algún momento pareció práctica. Rendida, no expectante, como en la portada de Amberes (una fotografía de PJ Boman, de acuerdo a los créditos de la edición de Anagrama). ¿Y en qué pienso yo cuando pienso en Amberes? En un texto no logrado, sí, pero también en un bosque desde el cual se pueden escuchar las olas del mar. Imagino así algunos alrededores de Trieste. Recuerdo así también el relato que me contó una amiga, hace años, cuando ella y su novio caminaban por un bosque y podía escuchar un oleaje que no se veía, a la distancia. ¿Ese efecto triestino? No podría decirlo, jamás he pisado el puerto. Pero, aunque no había bosque, debo decir que me recuerda a la conocida nostalgia que experimenté en Portugal. Nostalgia por algo que muy probablemente jamás conoceré.
Examino mi copia de Amberes, buscando trazos de la última lectura que se le hizo. Pero nada: Ni una anotación al margen. Ni una página doblada. Ninguna fotografía cae de entre sus hojas. Me detengo, insistente, en el capítulo El mar (¿capítulo?) y la línea "La última línea era la crispación" parece decirme algo. Pero no, al parecer nada. Adelanto unas hojas, dispuesto a no darme por vencido, y doy con el texto número 27, titulado A veces temblaba. Y ahora sí, la línea "La muchacha cerró los ojos cuando él la puso bocabajo" me remite a algo, por supuesto. No podría decir que es terrible, esta cosa a la que me dirige la imagen, pero sí que, como imagen gemela de la pintura de Uglow (que a color sugiere tardes alegres y largos baños de sol) ésta, portada del libro de Bolaño, sería la gemela malvada.

Friday, January 19, 2007

Super poder

Hola, quería informarles que si yo tuviera super poderes, me gustaría que fueran la invisibilidad y la capacidad de volar.
Y aunque esto alguna vez, en mi adolescencia, tuvo que ver con el Sport City de Loreto y el Spandex y el vapor, puedo decir que ahora tiene más que ver con mis seres queridos y con la posibilidad de combatir el mal. Porque a un gran poder le acompaña una gran responsabilidad.
Creo que también me gustaría ser super rápido.

Wednesday, January 17, 2007

Lista obsesiva

Películas en las que recuerdo haber visto libretas Moleskine:

1. The talented Mr. Ripley (el detective privado contratado por el padre de Dickie).
2. Ocean's 12 (la agente de Interpol, interpretada por Catherine Zeta Jones).
3. Amélie (Amélie).
4. The Davinci Code (al inicio, cuando Tom Hanks da la conferencia).
5. National treasure (también al inicio, en el barco, en el polo norte).

Por cierto, ¿han notado que esas películas se parecen muchísimo?

En fin. En libros sólo he leído de los Moleskine en Los trazos de la canción, de Chatwin.

Convergencia ecológica





Arriba, una imagen de un bosque y su respectiva deforestación en Suiza. La imagen que representa del patrón de la deforestación no es deliberada, si le hemos de creer a Weschler. En medio, una imagen satelital de la serie At this rate, de Giles Revell y Matt Wiley. Abajo, una imagen más de esta serie, que nos revela que la serie At this rate en realidad no está compuesta por imágenes satelitales sino por imágenes de hojas en proceso de desintegración. Más en McSweeneys.

Sunday, January 14, 2007

Tercer Cuaderno Salmón.



Oscar Benassini me pidió que le dedicara este post.

Que conste que: él no sabía de qué trataría este post. Ni que hay razón particular para que se lo dedique (a no ser que me lo pidió y que me invitó de su pasta, que no pude probar porque vive en Hermosillo).

Por favor tengan en mente que: existe un nuevo número de Cuaderno Salmón. Y que: no debe confundirse con Cuaderno de Salomón. Aunque en algunos círculos se le conozca como Cuaderno mamón. También recuerden que: cuesta sólo 100 pesos (esto es, treinta pesos menos que ese bodrio Eñe, de la editorial Mapas, que les da menos por más). Quizá no deban olvidar que este nuevo número está constituido por cinco apartados (al igual que los anteriores), a saber: La imaginación, La voz, La reflexión, Libros, La rebaba, y que en cada uno de estos apartados encontrarán textos. Particularmente: Cinco poemas, de José Emilio Pacheco; 1945, de Álvaro Enrigue; El farmer, de Andrés Rivera; La estatua de arena, de Silvina Ocampo; Vida de una bala, de Juan José Becerra; La fiebre de la plata: Quince poetas argentinos, por Hernán Bravo Valera; Muy de mañana en el cementerio, de Antonio Di Benedetto y Texas y el fondo del mar, de Juan Carlos Cano.

Estábamos hablando en serio cuando afirmamos que se da más por menos. Esos textos constituyen sólo el apartado de La imaginación. En La voz encontrarán una entrevista con José de la Colina, por Rafael Lemus. Por su parte, en La reflexión, se lee un texto de Nicolás Cabral sobre Antonio Di Benedetto, titulado La materia del silencio; Jorge Pech Casanova escribió un texto titulado Memorial del Crepúsculo; Reinhard Kuhn otro que se titula Voci Puerili: Una resonancia en la poesía moderna; Luis Jorge Boone escribió un texto que tituló Manual de anarquía doméstica; y finalmente, en esta sección, encontrarán Witold Gombrowicz y su diario argentino, de Eduardo González Lanuza.

Libros que se reseñan en Libros, con sus autores y sus reseñadores: Educar a los topos, de Guillermo Fadanelli, por David Miklos y más tarde Rafael Lemus reseña En busca de un lugar habitable. Hospital de Cardiología, de Pedro Guzmán, por Enzia Verduchi. Estambul, de Orhan Pamuk, por Luis Xavier López Farjeat. Cuaderno de Balthus, de Guy Davenport, por Carlos A. Aguilera. El búfalo de la noche y Retorno 201, de Guillermo Arriaga, por Antonio Puertas.

Luego en la Rebaba encontrarán un texto de María Lebedev, que se titula Juan José Saer y lo no (sobre Juan José Saer y lo no); uno de Antonio Ortuño que se titula Moción sobre el compañero Rodolfo Walsh, sobre, ejem, Rodolfo Walsh; uno de Brenda Lozano, Parientes incómodos, sobre los parientes que incomodan; uno de Guillermo Núñez, La metamorfosis del salmón, sobre la metamorfosis del salmón; uno de David Miklos, 19 de enero de 1981, sobre una fotógrafa y lo que significa en su vida; uno de Enrique G de la G, titulado Plutón al fin defenestrado, sobre el cuerpo celeste ese y finalmente, un texto escrito por quienes se hacen llamar la redacción y unos cuantos "desaforismos", de José de la Colina.

Y por favor, no vaya a olvidar que este cuaderno está ilustrado por Alejandra Dessens.

Y que seguramente tendrá erratas.

Saturday, January 13, 2007

Es a Guillermo a quien le suceden las cosas

De acuerdo con M., tengo las siguientes personalides: Guillermo el fatalista, Guillermo el amoroso, Guillermo el azotado (según yo, este Guillermo y el fatalista son los mismos, pero ella es capaz de distinguirlos), Guillermo el sultán, Guillermo el naco que se disfraza de niño fresa y otro Guillermo del que no hablaré ahora.

Banda sonora 2

Discos que estaban en mi auto y que perdí para siempre:

1. Eraser, Thom Yorke.
2. The Believer Music Number, varios.
3. Seu Jorge Studio Sessions, Seu Jorge.
4. Riot act, Pearl Jam.
5. From a basement on a hill, Elliot Smith.
6. [No recuerdo].

Orden en que lamento su pérdida: 3, 2, 1, 5, 4, 6 --obviamente.

Wednesday, January 10, 2007

Nuestro héroe regresa al barrio donde perdió su auto

"Al día siguiente era domingo. Volví al barrio pero no encontré el coche. De hecho, ya no me acordaba dónde lo había estacionado; todas las calles me parecían igual de posibles. La calle Marcel-Sembat, Marcel-Dassault... mucho Marcel. Inmuebles rectangulares donde vivía gente. Violenta impresión de reconocimiento. Pero, ¿dónde estaba mi coche?
Deambulando entre tanto Marcel, me invadió progresivamente cierto hastío con relación a los coches y a las cosas de este mundo. Desde que lo compré, el Peugeot 104 sólo me había dado quebraderos de cabeza: reparaciones múltiples y poco comprensibles, choques leves... Claro que los otros conductores fingen estar relajados, sacan el formulario con amabilidad, dicen: "Ok, de acuerdo"; pero en el fondo te lanzan miradas llenas de odio, es muy desagradable.
Y además, pensándolo bien, yo iba al trabajo en metro; ya casi no salía los fines de semana, por falta de un destino verosímil; en vacaciones optaba la mayoría de las veces por la fórmula de viaje organizado, y en alguna ocasión por la de club de vacaciones. "¿Para qué quiero este coche?", me repetía con impaciencia al enfilar la calle Émile-Landrin.
Sin embargo, fue al desembocar en la avenida Ferdinand-Buisson cuando se me ocurrió la idea de denunciar un robo. En estos tiempos roban muchos coches, sobre todo en el extrarradio; sería fácil que la compañía de seguros y mis compañeros de trabajo entendieran y aceptaran la historia. Porque, ¿cómo iba a confesar que había perdido el coche? Enseguida me tomarían por un chistosito, hasta por un anormal o un pendejo; era muy imprudente. No se admiten bromas sobre este tipo de temas; así se crea una reputación, se hacen y deshacen las amistades. Conozco la vida, estoy acostumbrado. Confesar que uno ha perdido el coche es casi excluirse del cuerpo social; decididamente, aleguemos un robo".
Inicio del capítulo "Rodeado de Marcels", de Ampliación del campo de batalla.

Monday, January 08, 2007

Mi convergencia favorita de Weschler

Weschler comunica su ensayo Girls in their turning con el genial Languorous landscapes, primero, a través del cuadro de Velázquez, Venus y Cupido de 1650 (aprox.). Luego nos muestra Les Amoureux, de 1933, de Man Ray (y la fotografía que hizo Man Ray de su cuarto). Y, finalmente, una imagen más: también de 1933, también de París: Nu au-dessus de Vitebsk, de Chagall. Si pueden, lean el texto. Es genial. Y hay convergencias que no subí.













Fragmento de conversación entre Mariana y yo

Ella: ¿Has jugado al juego de las sombras?
Yo: No, ¿cómo se juega?
Ella: No, ¿cómo se juega?
Una pausa en la que la veo con esa cara que a veces pongo cuando la veo.
Ella: Jaja, captas rápido.
Yo: Jaja, captas rápido.

Saturday, January 06, 2007

Esta cosa

Esta cosa que siento, mi voz de escritor que quiere caos, me acompaña en el auto cuando regreso a casa. También: música. Y la noche. Y la tentación de ver todo con categorías hostiles e hirientes, de tierra incapaz de dar fruto alguno, a no ser que se riegue con sangre. Mi voz de escritor a menudo me obliga a identificar la Literatura con el Odio. La creación imaginativa con los excesos de la razón. Callo esa voz pues me siento poético, pero no mal. ¿Cómo me siento? Encorvado, con la cara inmóvil, los ojos cansados, ganas de patear.
Al llegar a casa encuentro la noche, el silencio, la sensación de haber cumplido con un pendiente más --pasé antes a una gasolinera y le puse gasolina al auto; identifico casi todos mis pendientes en un solo nivel ontológico-- y luego bajo los switches del garage (otro pendiente), cierro el candado que debía cerrar, cruzo el jardín, veo una maceta rota, escucho a lo lejos las garras de mi perra que golpean el metal de la escalera de servicio. Al llegar a saludarme la regaño por la maceta rota (Refu, mi perra, se aplasta contra el suelo, avergonzada, temerosa), camino hacia el lugar donde guardo su comida (que compré anoche) y le doy un plato.
Darle comida a la perra, hecho.
Encuentro a mi hermana en su cuarto. Lee una revista con muchas fotos. Le pregunto cómo está. Nos despedimos después de que me informa que mis padres han regresado a casa hoy.
Saludar a mi hermana, done.
Entro al cuarto de mis padres. Veo que interrumpen una conversación. O parece que interrumpen una conversación, cuando entro a su casa. Es de noche. Están en la cama. El televisor está encendido. Mi madre se da la vuelta. Cierra los ojos. Parece que está dormida. Tal vez imaginé lo de la conversación y sólo se dio la vuelta cuando entré al cuarto, pues no podía dormir. La única luz en su habitación es la del televisor. Mi padre está cambiando los canales. Lo saludo. Platicamos un poco. Nos despedimos.
Saludar a mis padres como si no fuera una obligación, hecho.
Estoy en mi cuarto, solo con mis horribles pensamientos, con mis muchos libros (los veo ahora, algunos de ellos jamás los leeré y no sentiré esto como algo terrible sino como algo normal; y ahora me parece desastroso, pero sólo porque ahora mis pensamientos son terribles; quizá más tarde, esta y otras cosas, como tantas cosas suceden, sucederá sin dolor, sin pasión alguna, sólo con mucha indiferencia y calma y desapego). Y escribo caos. Escribo penuria. Escribo como escribía antes pero ahora con la capacidad de distanciarme de mis propias palabras porque estas cosas que digo, no las digo yo, sino ese viejo cabrón que no soy yo pero cuya voz escucho, a veces, a veces, a veces.

Thursday, January 04, 2007

Cornejas


Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas.
"Ensayo #3", de Modos de ver.
Tengo varios primos adolescentes, cuyas edades oscilan entre los dieciseis y dieciocho años, dos de ellos, hombres, están de visita en mi casa. Han venido para ayudar a pintar la casa de mi hermana, lo cual me recuerda mucho los veranos de Huckle Berry Finn. A no ser por su espíritu laborioso, debo decir que me recuerdan mucho a como era yo a esa edad, cosa que todavía no me parece tan lejana. Caminan lento y hablan poco, cuando lo hacen es en voz baja y procuran hacerlo con precisión. Usan mucho el sarcasmo y la ironía. Parecen cansados, ¿de qué? No lo sé, quizá de la voz que llevan a todos lados, en sus cabezas.
Hace unos días, uno de ellos me preguntaba si yo iba mucho a antros. Le dije que no, la verdad. Le dije, también, que a su edad el único lugar al que me gustaba ir era a uno al que uno podía entrar en tenis y sin hacer demasiada cola. Donde se escuchaba rock. Los cadeneros abundaban. En otro tipo de antros, le dije, no me la pasaba bien. "Sí", me dijo, "además uno nunca consigue nada". Yo no quería decirlo, así que lo dijo él. Sentí tristeza y pensé en Kafka, en cómo su nombre se asemeja a la palabra corneja, en checo; también pensé en su cara de murciélago. Todo esto lo había olvidado ya, hasta hace rato que estaba hojeando un libro en el que se reproducía la pintura de Van Gogh, Trigales con cornejas. El libro proponía un ejercicio para comprender cómo cambian los significados de las pinturas bajo ciertos contextos. Cómo de poseer una autoridad determinada terminan por ser meras imágenes ilustrativas. El ejercicio pedía que se viera la pintura. Después se pedía que se viera acompañada de la frase: "Este es el último cuadro que pintó Van Gogh antes de suicidarse".
Mi primo no usó la palabra antro sino la palabra disco. Esto no dejó de parecerme un poco... triste porque inmediatamente me remitió a la portada de Discothéque de Félix Romeo. Mismo libro que, como ya he dicho antes, compré más o menos a la edad de mi primo, sólo por su portada, que es ésta:
Lleva una fotografía de Cristina Garza Rodeo, Eros 2000. Afortunadamente, la novela resultó ser bastante buena. Divertida, digamos. Su personaje principal se llama Torosantos, que creo ya dice bastante. No la leería de nuevo pero el susto que me llevé al sospechar que había comprado un libro sólo porque me había, ejem, gustado su portada (era un adolescente, las niñas no me pelaban en los antros, pensaba constantemente en el suicidio y me hacía el atormentado) me hizo prometer que jamás haría algo así de nuevo. Pero la Literatura fue buena conmigo y me dio una buena novela a cambio. Hace unos días leí una reseña en Letras Libres. La había escrito Félix Romeo, de quien no había vuelto a escuchar desde entonces (casi seis años, quizá siete). No había querido comprar más novelas de él, ni leer, pero me dio gusto toparme con su nombre. Reseñaba Estambul, de Pamuk. Lo primero que decía la reseña era que a Pamuk, de niño, o joven, le llamaban "Corneja". Ahora es todo lo que recuerdo. Podría releerla de nuevo. Pero está en mi cuarto y no quiero subir.
Ay, los antros. La ropa. Las teens. El tercer ensayo de Modos de ver dice también: "la presencia de una mujer expresa su propia actitud hacia sí misma, y define lo que se le puede o no hacer. Su presencia se manifiesta en sus gestos, voz, opiniones, expresiones, ropas, alrededores elegidos, gusto; en realidad, todo lo que ella pueda hacer es una contribución a su presencia. En el caso de la mujer, la presencia es tan intrínseca a su persona que los hombres tienden a considerarla casi una emanación física, una especie de calor, de olor o de aureola".
Me gusta pensar que esto es falso. Por las amigas que tengo, me gusta pensar que es falso. Porque hay personas que se la pasan mal en los antros y las discos, me gusta pensar que es falso. Por las muertes de Juárez, por el "se lo buscaron", me gusta pensar. Pero sobretodo, porque me gusta pensar al hombre no como el equivalente al hombre blanco que se asoma en la literatura del hombre negro, en la vida de la mujer. Es decir, no como ese mal necesario, en la vida de la mujer. De hecho, me caga pensar las cosas como hombre-mujer, en dualidades fijas y permanentes. También me caga pensar que las imágenes sirven sólo como ilustraciones. Me agrada pensar que sirven como argumentos, también.
Lo que más me gusta del cuadro de Van Gogh es la parvada de cornejas. Algunos dicen que son cuervos.

Wednesday, January 03, 2007

Dos convergencias fallidas



Yahoo! tiene un link directo o una relación muy cercana con una persona que lleva el nombre-muy-on-line de Kevin Site. Yo no sé nada, pero aparentemente es una especie de reportero de guerra (de hecho, su página se titula The hot zone, lo cual me hace pensar tanto en guerra como en un thriller o en una película porno). Tal y como lo presentan, se parece mucho al personaje del cuento Death Defier de Tom Bissell (God lives in St. Petesburg). Total que me metí a la página hace rato para leer la entrevista que le hizo al primer oficial norteamericano, el teniente Ehren Watada, que se negó a combatir en Irak. Luego estuve viendo las fotografías de guerra que hizo Site. Site es muy alto, la mayoría de sus fotos, cuando incluyen niños y personas de baja estatura, tienen un aire de Ojo de Dios. Le gusta fotografíar niños sonrientes. Polvo en el aire, gente gritando, fuego, cartuchos vacíos de balas petrificados a medio vuelo. Ya saben, fotógrafo de guerra.
Pero había una foto en la que un grupo de ancianitos se tiraban sobre tumbonas y platicaban sonrientes, dentro de un refugio. Desafortunadamente, no pude bajar la fotografía en el formato que necesito para subirla aquí, así que después de varios intentos desistí en la convergencia que iba a hacer con People in the sun de Hopper.
No me iba a detener ahí. Quería a huevo subir una convergencia Weschler, así que estuve buscando fotografías de Cartier-Bresson porque es uno de esos fotógrafos que creen en el "instante decisivo", o como le digan, lo cual hace mucho más fácil dar con convergencias --según yo el instante decisivo es el equivalente a la inspiración en la literatura, es decir, a ponerle un nombre distinto a la tradición, al bagaje cultural, a las "emergencias". Buscando, buscando, no di realmente con material suficiente para hacer una buena convergencia, pero entonces di con esa segunda fotografía (no sé cómo se llama), la de dos amigos italianos. Uno le ayuda al otro a colocarse la corbata, pose completamente maternal y homoerótica. Imagen que, recuerdo, también está en la versión fílmica de The talented Mr. Ripley (Tom Ripley vaga solitario por Roma, lamentando que su amigo guapo no lo acompaña; en una esquina ve a dos italianos, que son un Xerox total de la imagen de arriba; uno de ellos, el que está viendo hacia otro lado, le chifla a una chica que pasa). Además de que no encontré el fotograma (ni en www.imdb.com ni en Google, que es Dios), creo que esto no constituye una convergencia, sino un tributo. Y esa es la historia de mis dos convergencias fallidas.