Wednesday, September 10, 2014

Habla, fantasma


El título En el bosque (2013), la segunda novela de Katie Kitamura (California, 1979), refiere al lugar en donde se organizan políticamente los nativos de lo que parece la provincia de un país colonial (se preparan para retomar sus tierras). Pero la novela inicia en la montaña, cuando Tom, hijo de un hombre blanco, descubre en la terraza de la mansión de su familia que alguien ha dejado la radio encendida. Son palabras que no comprende: «Hermanos, ha llegado nuestro momento. Estamos hartos de que la bota del opresor blanco nos aplaste. Estamos cansados de que esos parásitos nos ahoguen. Durante años, hemos soportado su tiranía sin ser conscientes de ella. ¡Estábamos dormidos!». Es la voz de los nativos. El momento es descrito como la aparición de un fantasma en plena luz del día. El espectro se mueve lentamente y su ira no aparecerá hasta la segunda mitad de la novela (titulada, precisamente, "En el bosque"). En la primera parte, "En la montaña", nos enfrentamos a ¿otra? violencia, la que el hombre blanco ejerce sobre su familia. Específicamente, la del padre de Tom. Si el fantasma se introdujo a plena luz del día, lo hizo a la sombra del padre, que continuamente se representa como un astro tiránico: «El viejo mira [a Tom] en silencio. Lo mira como si no lo hubiera visto en su vida. Hasta es posible que desee que eso fuera cierto. Una propiedad tan grande y no pueden escapar el uno del otro, aunque Tom no lo ve así. El sol brilla naranja en el cielo. Su padre calla durante un rato y luego habla». La violencia del padre –y de otros hombres– se ejerce sobre el hijo pero también sobre la mujer que el padre ha preparado para el hijo (la chica es parte de la familia vecina, los Wallace).

A ratos, cuando uno descubre las prácticas sociales de la colonia, da la impresión de que se lee un reporte sobre un país lejano, como si nos encontráramos en el siniestro espacio de En la colonia penitenciaria de Kafka.  Uno reconoce algunos elementos y prácticas: además de las granjas, hay una ciudad; hay máquinas (jeeps, radios, AK-47s), pesca. Pero la geografía nos recuerda que, a pesar de las destiladas frases sucintas y declarativas, no estamos en el cómodo reino de la novela realista: es descrita como desértica; luego, como si estuviera llena de ríos, con hectáreas cubiertas de pasto (hay vacas y ovejas); incluso volcánica. Da la impresión de que cualquier cosa puede ocurrir: cuando el volcán estalla o cuando a Tom le brotan escamas, por ejemplo, no parecen catástrofes o enfermedades naturales –la novela no trata sobre una mutación ni sobre un volcán que estalla– sino una alegoría de la violencia contenida en la colonia, que terminará por ocultar al sol moribundo del padre y su mundo.

Esta reseña de En el bosque de Katie Kitamura, publicada por Sexto Piso, apareció en la edición 97 de La Tempestad.

Tuesday, July 15, 2014

Escribir con propósito



Durante los sesenta William Gaddis (1922-1988) ofreció sus servicios a instituciones como el ejército norteamericano y compañías como IBM y Kodak para realizar guiones y textos de divulgación. En la primera edición del panfleto educativo The Growth of American Industry, pagado por la Asociación Nacional de Manufactura, Gaddis planteó el siguiente escenario: «Imagina que conocieras a un marciano que se negara a aceptar algo sólo porque sí y necesitara que se describiera y explicara todo». ¿Cómo explicarle lo que hace a los EEUU tan atractivo para millones de inmigrantes? No es la extensión territorial, la cantidad de ciudadanos viviendo allí, los recursos naturales ni el tipo de gobierno. No, Gaddis explica, lo que hace a los EEUU un país distinto del resto es la supuesta «libertad y la oportunidad, por ley, que experimenta el pueblo para hacer lo que quiera con su vida».

Es imposible no leer, incluso en estos trabajos escritos por encargo (realizados a la sombra de la pésima recepción que tuvo la excelente Los reconocimientos en 1955, arrojando a Gaddis a dos décadas de incomprensión y a un resentimiento justificado) el filo paródico que resonará en la ética de trabajo de J.R. Vansant, uno de los personajes más visibles de Jota Erre (1975). Pues, obviamente, no hay explicación real para que un ciudadano norteamericano crea que la ley lo protege para hacer lo que se le plazca o para que aproveche todas las oportunidades que se le presentan (en el panfleto educativo Gaddis no ofrece una explicación que pudiera ser satisfactoria para el marciano, sólo sugiere que se lea la Declaración de independencia y la Constitución, que define como textos políticos aunque los trata –no sin ironía– como textos sagrados).

J.R. Vansant, tras una visita escolar a Wall Street (sólo tiene once años) compra acciones basura y emprende una carrera de artimañas bursátiles (finge la voz por el teléfono) que resulta en un imperio financiero cuyo alcance nunca es apreciado en su totalidad. Cuando Edward Bast, un profesor y músico que ha entrado en el torbellino financiero de Jota Erre por accidente, le pide que se detenga (tras haber arruinado la vida de miles de trabajadores, incluyendo a Bast), el niño contesta: «¡No, pero es lo que se hace! O sea, lo que decían, ya que jugamos el partido, juguemos a ganar, pero, o sea, ¡pero incluso aunque ganes tienes que seguir jugando! Como los corredores de bolsa esos, los bancos esos, cualquier cosa que hagas, alguien se lleva un porcentaje para ellos, una comisión, unos intereses, que todos se conocen entre ellos, así que arreglan las cosas dándote unos consejos, que ellos son unos expertos importantes, ¡cómo voy a parar yo eso!». Lo perverso, por supuesto, es que todas las actividades de Jota Erre (pasando por alto su minoría de edad) son aprobadas por la ley: tiene conciencia plena de que en los EEUU no es necesario infringir la ley para robar, que puede hacerse si uno se apega a su letra (que no a su espíritu).

La novela, que en la edición de Dalkey Archive alcanza las 745 páginas –en la traducción de Mariano Peyrou son mil 133, gracias al amable diseño de caja de Sexto Piso– está conformada –a excepción de algunos breves párrafos que funcionan como "transiciones" entre escenas– por diálogos de múltiples personajes, que rara vez son identificados por su nombre: el lector es arrojado a un torrente de voces desagradablemente informativas que sólo añaden elementos al caos (ocasionalmente, también se incluyen recortes de periódico, dibujos y garabatos ilegibles). Este ritmo odioso y salvaje, de contenidos neuróticos y racistas, volverá en la voz de Paul Booth, cuando lidia con los problemas que le supone ser el publirrelacionista de un político cristiano, en la novela breve Gótico carpintero (1985).

Jota Erre no es el personaje más interesante de la novela sino Jack Gibbs, un músico que, a diferencia de Bast y Jota Erre, sabe qué hacer (escribir música) y por qué vale la pena hacerlo (el arco de su historia recuerda al de Wyatt Gwyon, en Los reconocimientos). Gibbs, además, trabaja en un libro sobre la historia de la pianola y volverá como el narrador agonizante de la póstuma Ágape se paga, de 2002. El personaje sirve para continuar con la reflexión iniciada por Gaddis en Los reconocimientos, a propósito del inestable lugar que ocupa el artista en una era industrializada. Pero si en su primera novela la pregunta era por la relación que tenía el artista con la reproducción (y con el dinero), en Jota Erre la cuestión es, sencillamente, por qué hacer algo (tanto Bast como Gibbs, en algún momento, dejarán de escribir música para fungir, accidentalmente o no, como agentes financieros de Jota Erre: Bast representará la figura del artista que odia el trabajo asalariado y Gibbs al artista que se sumerge en un tema porque le apasiona, le parece divertido o considera necesario alterarlo). Varias de las ideas esbozadas en Jota Erre pueden leerse condensadas en el ensayo que le da título a un volumen póstumo, editado por Joseph Tabbi, donde se compilan ensayos y «escritos ocasionales» de Gaddis: "The Rush for Second Place". Ahí Gaddis reflexiona sobre el fracaso en la literatura norteamericana (apoyándose en textos como La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber) y el lugar que tiene esta disciplina «en una sociedad que ofrece tantas oportunidades para hacer tantas cosas que no vale la pena hacer».

Esta reseña de Jota Erre de William Gaddis se publicó originalmente en La Tempestad 96, mayo-junio de 2014.

Thursday, June 12, 2014

La coda eterna

Ahora en Icónica puede leerse un breve comentario que escribí hace unos días sobre X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014). Al margen anoté algo sobre Al filo del mañana (Doug Liman, 2014), un filme de acción/ciencia ficción que apenas vi anoche. Confirmé tres cosas: que, de alguna forma, ya había visto esa película; que la idea del eterno retorno lejos de poseer una amenaza trágica ahora tiene un halo de oportunidad (parecido al que ofrece la mayoría de los videojuegos); y que si el público insiste en ver cintas de ese tipo es porque está más interesado en un visionado saturado de "escenas de acción" que en una trama (el cinéfilo, en ese sentido, se parece cada vez más al espectador de una "justa deportiva", donde el argumento apenas es un comentario sobre la acción).

Los aspectos más interesantes de Al filo del mañana se agotan en el primer acto: un publicista es condenado a ser un soldado por una máquina de guerra que prefiere depositar su confianza en los medios antes que en la ciencia (el protagonista –interpretado por Tom Cruise– tiene su espejo, de poco brillo, en un científico –interpretado por Noah Taylor– condenado a trabajar en secreto, en un sótano).

La cinta ofrece algunas referencias culteranas, no sólo al desembarco de Normandía, sino a figuras femeninas de la cristiandad, como Juana de Arco o a Rita de Casia (Rita –interpretada por Emily Blunt– no sólo es un homenaje a la Rita de Groundhog Day –1993– sino a la santa católica, vinculada con la rosa que florece incluso en invierno –el segundo nombre de Rita es Rose–).

No se puede decir mucho más sobre la película ("los efectos están padres") excepto que finalmente sí nos ofrece las amarguras auténticas del eterno retorno: una vez más, vemos a espectadores que se auto-obligan a asistir cada verano a los cines y pagar sumas idiotas por palomitas, refrescos y filmes sin importancia; a los que una máquina de publicidad busca persuadir de que una cinta en 2D es "convencional" (a diferencia del carísimo 3D o el inmoral 4DX). La condena sigue: la próxima semana se estrena Trascendence (Wally Pfister, 2014). Se ve buena.  

Monday, June 09, 2014

Todo igual

Ignoremos la taquilla, el esfuerzo por la compañía Disney para sacarle más dinero a sus viejas propiedades o el triste espectáculo generado por computadora –derivado, se ha dicho ya incontables veces, de Avatar– al que nos somete Maleficient (2014, Robert Stromberg). En cambio, atendamos esto: parece un filme hecho a la medida para un mundo nuevo, donde ya no se necesitan hombres.

Así, en lugar de una fábula, tenemos una especie de filme revisionista con perspectiva feminista donde la bella durmiente no duerme (la mayor parte del filme, en cambio, es el bello príncipe quien soporta el sueño de los justos) y el auténtico villano es el Rey, pero no por someter a sus súbditos –eso se espera de la realeza– sino por desatender a su esposa (quien sólo aparece en pantalla durante una escena). El Rey, en esta versión, es un cobarde que usa cualquier pretexto para emprender la guerra. Su imaginación limitada sólo le permite proteger a su hija encerrándola o alejándola.

No importa: una figura femenina y poderosa (interpretada por Angelina Jolie) está ahí para protegerla. Hay un punto de quiebre traumático en esta versión: el beso que despertará a la Bella Durmiente del encanto no lo otorga el príncipe (resulta poco efectivo y su amor no es verdadero). Entonces se nos obliga a ver que el auténtico amor sólo existe entre una madre y su hija (en este nuevo mundo de Disney, se nos hace olvidar que, como cuenta San Agustín en La ciudad de Dios, hubo madres que, ante el hambre y la desesperación, se alimentaron, como Cronos, de sus retoños).

En este nuevo universo, el hombre verdadero, el compañero ideal, no es un hombre auténtico, sino un cuervo condenado a adoptar todas las formas que le exija la poderosa mujer: un hombre con opiniones, claro, pero también un eficiente caballo, un fiel lobo o un peligroso dragón, todos mudos.

Pero el filme no es, en última instancia, feminista. Y el mundo que propone, tampoco es nuevo. La bella no duerme aquí porque no es auténticamente bella (en el original, la bella duerme porque representa a lo joven que, al despertar, cobra conciencia del futuro que representa). Como la Ripley de Aliens (1986, James Cameron) la heroína de este filme no sólo debe ser una madre postiza sino portar un emblema fálico. Si Ripley debía cuidar a Newt y manipular rifles y lanzallamas, Maléfica debe portar báculo y cuernos. Nada, así, cambia: se ha derribado a un rey para obtener una nueva reina de un viejo mundo que permanece dormido.

Thursday, May 15, 2014

El turista cultural

En el capítulo "Librerías fatalmente políticas", de su ensayo Librerías, Jorge Carrión (Tarragona, España, 1976) se indigna porque una guía Lonely Planet no hace mención del genocidio armenio en Turquía oriental. Es una indignación extraña, parecida a la de aquel que se escandaliza porque en una película de Disney (digamos, Los tres caballeros) no se percibe profundidad política. Es, también, el único momento en que Carrión parece mostrar distancia con la industria del turismo (de hecho, se asume como un «turista cultural»). En "Libros y librerías del fin del mundo", por ejemplo, leemos: «Los capuchinos que sirven en Melbourne y su empeñada persistencia de la hora del té, el cultivo de vinos excelentes y las casetas de baño de sus playas, la vida en la calle y las restauradas Arcades: todo puede leerse como un vaivén entre un estilo de vida mediterráneo, europeo, si quiere internacional, y cierta resistencia a abandonar el pasado colonial británico, la herencia de la Commonwealth». El ensayo está salpicado de anécdotas que exotizan países como Uruguay y Marruecos o ciudades como Sídney (¡Sídney!), y colocan constantemente a Carrión como un turista europeo que viaja con iPad (en una aduana de Venezuela, tras olisquear sus libros en busca de cocaína, un soldado le pregunta cuánto cuesta el aparatito) y se decepciona al descubrir que una librería en Tánger sólo vende títulos escritos en árabe. «En un establecimiento de antigüedades pekinés volví a incurrir –memorablemente– en la práctica del regateo», nos cuenta el trotamundos.

El volumen no carece de ideas, y con ellas se pretende enmascarar el hecho de que se trata de un libro de viajes. O mejor dicho: de turismo. El centro de su argumentación es que el fetichismo que acompaña a las librerías (y a los libros vistos como mercancía) «trasciende el clásico de la teoría marxista». Carrión en cambio ve a la librería «como templo donde se albergan ídolos, objetos de culto, como almacén de fetiches eróticos, fuentes de placer. La librería como iglesia parcialmente desacralizada y convertida en sex-shop» (en otro momento compara a la librería con un hotel). Vamos, lo que Carrión dice (no muy claramente) es que el fetiche de la librería en realidad no trasciende al «clásico de la teoría marxista». Y que eso está bien, que lo importante es gozarlas, como un turista (en el capítulo "El espectáculo debe continuar" nos habla de una de las más fotogénicas del mundo).

En el epílogo, dedicado a las librerías digitales, escribe: «Durante los primeros meses de 2013 he visto cómo un a librería casi centenaria se convertía en un McDonald's». No queda claro si tal cosa le parece bien o mal.

Esta reseña de Librerías (Anagrama, 2013) apareció en La Tempestad 95 (marzo-abril de 2014).

Thursday, March 27, 2014

No eres un geek, eres un consumidor

Tengo que aclarar algo. Tendrán que disculpar la anécdota personal: hace poco, después de la última jornada de la semana, mi novia y yo terminamos en casa de unos amigos, donde estuve platicando sobre Grand Theft Auto (la edición más reciente, que no he jugado), el avance que se filtró de la nueva película de Godzilla (que dirigirá Gareth Edwars, quien estuvo a cargo de Monsters, de 2010), unos cuentos de ciencia ficción que escribió un amigo, algunas series de televisión y Y: The Last Man, el cómic de Brian K. Vaughan (2002-2008). Creo que fue una buena noche. Hubo alcohol, música y una buena conversación. Pero, lo que quiero aclarar, es que no soy un geek. Obviamente, he jugado videojuegos, leo cómics, veo películas de ciencia ficción, incluso de fantasía: pero no exclusivamente. Creo que estos productos culturales son atractivos y placenteros. No creo que sean grandes obras de arte pero sí buenos ejercicios narrativos. Sospecho, incluso, que se trata de una condición común: muchos miembros de la burguesía podríamos conceder, ocasionalmente, estar interesados en productos que bien podrían ser mercantilizados como geeks, o nerds, o ñoños (Game of Thrones, Black Mirror o cualquier película de zombis, por ejemplo). Pero casi nadie estaría dispuesto a reconocer que los intereses de dichas personas se reducen a estos productos: seguramente varios de los espectadores que asisten a las funciones donde se proyectan películas de superhéroes durante los veranos también practican deporte o muestran entusiasmo por la cocina o los automóviles o cualquier otra cosa que no puede ser catalogada como geek (aunque he visto mutaciones extrañas donde las personas se autodenominan “geeks de la cocina” o “foodies” y otras etiquetas poco útiles).

¿Qué es, entonces, lo geek? ¿Existen estas personas? ¿O se trata sólo de instancias en donde uno es y consume productos geeks? Hay, a todas luces, una confusión: la etiqueta funciona como un conducto, muchas veces venenoso, entre lo auténticamente geek y el mercado. Es venenoso porque estos productos de entretenimiento (incluyendo la tecnología relativamente barata, los llamados “gadgets”, que ahora se venden como aditamentos de un estilo de vida) terminan por volver inocentes o consumibles las creaciones que provienen de un ñoño (que, vamos, no es otra cosa que un tecnócrata: un tipo de científico, como un ingeniero en sistemas o un cierto tipo de académico; en fin, personas como el Unabomber). Aunque uno puede afirmar, campechanamente, que posee gustos geeks, también podría sostener que no es un geek. Es la misma lógica, claro, que gira en torno a la etiqueta “hipster”, que hoy refiere a las personas que consumen cultura, con cierto esnobismo o distancia irónica, sin crearla (administrar cultura no es producirla, evidentemente) y que fungen también como un conducto venenoso entre las clases bajas de las que explotan su apariencia (las gorras de camionero, los bigotes de actor porno de los setenta, el trabajador del muelle o el leñador, el artista maldito…) y el mercado.

La etiquetita, así, no sólo sirve para designar un nicho de mercado sino para hacernos olvidar, ¿accidentalmente?, que los ingenieros computacionales que desarrollaron ciertos medios de comunicación o que hoy dirigen la forma en que se administra la economía no son personas cuyas ineptitudes sociales las vuelvan graciosas y tiernas (como a los intolerables personajes de Big Bang Theory) sino peligrosos agentes del capital informático.

Este texto fue publicado originalmente en la edición 55 de Picnic.

Thursday, March 20, 2014

En un rincón del mundo


Claire regresa a Saint-Énogat (Bretaña) para reencontrar a su gran amor, Simon. La geografía está marcada por landas, marismas y playas: un paisaje salvaje, de una violencia contenida. Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) pone atención a la flora y la fauna de la región: las gaviotas, las garzas, los cormoranes, los bogavantes; el albercoque, el telefio amarillo, la borraja, el escaramujo, las alheñas; las festuca roja, las aulagas, el armuelle. Nos recuerda presencias más viejas que lo humano, que tal vez no le sobrevivirán (se insiste, como si se hablara de un loco, que Simon, alcalde de la localidad, fue un ecologista).

Las solidaridades misteriosas (2011; traducción del francés de Ignacio Vidal–Folch) está dividida en cinco secciones: "Claire", "Simon", "Paul" (el hermano de Claire), "Juliette" (la hija de Claire) y "Voces en la landa", una serie de testimonos de personajes secundarios sobre el recuerdo que tienen de Claire y lo que ocurrió al final de su vida. Ninguno de los capítulos se titula "Señora Ladon", a pesar de la importancia que el personaje tiene para la novela: es la antigua maestra de piano de Claire que, a su muerte, le hereda la propiedad que le permitirá pasar el resto de su vida en la región. Se trata del personaje más novelístico: la vieja bondadosa que protege a la heroína (sus auténticos familiares se preguntan por la misteriosa solidaridad que mostró hacia su alumna). Pero ¿es esto una distracción? ¿A qué misteriosas solidaridades refiere el título? ¿A la de Claire y Simon? ¿A la de Juliette y Claire? ¿Paul y Claire? Jean, explícito: «Ni el hermano ni la hermana querían examinar nada de lo que el otro hubiera hecho en el curso de sus trabajos, matrimonios, renuncias, divorcios. [...] El sentimiento que reinaba entre ellos dos no era amor. Tampoco era una especie de perdón automático. Era una solidaridad misteriosa».

Desde luego, la solidaridad misteriosa explorada en esta novela es la que se ha pactado, frágilmente, entre el hombre y la naturaleza. Claire como un personaje salvaje, Paul como un postneurótico, uno de esos "hombres perdidos", de los que Quignard habla en Las sombras errantes (2002). Paul: «Descubrí que estaba más perdido de lo que ella hubiera podido estarlo. De repente se extinguió en mí la pasión por el dinero. [...] Pero no sólo fue la crisis financiera lo que me impulsó a dejar mis negocios en París, ni lo que me incitó a vender mi departamento de la calle Des Arènes, porque la atracción que yo sentía por el cine, por los restaurantes, por los bares, por las veladas, por las discotecas, por los amigos, por los cuerpos de los amigos, también naufragó».

Una bella novela sobre la felicidad que puede encontrarse lejos de lo humano.

Esta reseña de Las solidaridades misteriosas de Pascal Quignard apareció en La Tempestad 94, enero–febrero 2014.

Wednesday, January 15, 2014

Tiempos de dificultad verbal



Primero, el disparate: una ciudad es habitada por entes gelatinosos (son burócratas), pero también por humanos (comen insectos); el cielo es cruzado a veces por dos soles, incluso por siete lunas (son artificiales); a un río pastoso –el único que queda en la Tierra– lo recorre un barco de dimensiones desconocidas. Existen también aves mecánicas: son caras. Guerras falsas: nos resultan familiares. Y los personajes se comunican entre sí principalmente a través de memorandos y llamadas telefónicas. Como la mirada que se acostumbra a una habitación oscura, pronto dejamos las particularidades del mundo creado por David Ohle (Nuevas Orleans, 1941) para descubrir que Motorman (1972), su primera novela, a pesar de situarse en un "tiempo de dificultad verbal", es más o menos convencional. Estamos ante una sátira política (el fantasma de Vietnam...), una narración animada por un tópico literario: la pérdida.

La trama gira en torno a Moldenke, quien es una especie de funcionario, un pseudocientífico y un veterano de una falsa guerra. Ohle, podría pensarse, cede de esa forma ante la exigencia del lector acostumbrado a seguir las desventuras de un personaje. Aún así, el disparate vuelve pronto para desestabilizar la lectura: los problemas de Moldenke están generalmente relacionados con su salud (tiene más de un corazón; se detienen alternadamente, como motores de una aeronave). En la falsa guerra, además, entregó a su patria (los EEUU) una fractura menor (el proceso es completamente burocrático, una de las escenas más logradas de la novela) y, al descubrir que eso no impresionó a sus superiores, también ofreció algunos de sus sentimientos. Hasta ahí, insisto, se encuentran las concesiones: la mayor parte del tiempo el lector se ve obligado a deducir la trama a partir de retazos, fragmentos de conversaciones, memorandos, hipnóticos reportes metereológicos (se comprende que Moldenke deja su departamento para encontrar a su amigo, el Doctor Burnheart –una figura que a ratos evoca al Mago de Oz– que vive en las marismas, fuera de la ciudad; pero, claro, se le persigue: el omnisciente Bunce –una alegoría del poder estatal– lo monitorea).

Motorman es testimonio de una época en la que aún se escribía ciencia ficción imaginativamente, con un brío utópico, contestatario (¿tal vez ingenuo?). Tendría que verse cómo ha evolucionado la imaginación de Ohle: esta novela es la primera parte de una especie de trilogía (ocurre en el mismo universo –un recurso que evoca el Yoknapatawpha faulkneriano– pero no necesariamente el mismo tiempo), a la que siguen The Age of Sinatra (2004) y The Pisstown Chaos (2008).

Esta reseña de Motorman apareció en La Tempestad 93, noviembre-diciembre de 2013.

Tuesday, January 07, 2014

Evita estas preguntas tontas si quieres llevar una relación sana con tu novia feminista

¿Me veo gordo con este vestido? ¿No te parece que me verán mal si lo llevo a la fiesta?

Estas son preguntas tontas pues en el caso de que tu novia te haya permitido travestirte o que haya aceptado que eres un travestido, quizá sea demasiado pedir que encima te ofrezca apoyo moral a propósito de tus decisiones, especialmente cuando ya has resuelto tomarlas; o no lo sé, quizá tu novia sea muy comprensiva, tolerante y demás (aunque, ah, recuerda lo que señaló San Agustín: nadie ama lo que tolera). Ahora bien: tu novia es una feminista y probablemente sea una feminista inteligente y letrada, lo cual significa que tiene estudios en cuestiones de género y sí es particularmente tolerante (en el sentido liberal y conocido); en ese caso, temo decirte, la pregunta sigue siendo tonta pues está más o menos dado por sentado que una novia así aceptará prácticamente cualquier cosa que hagas -en la medida que sea auténtica y ética, se entiende; como usar un vestido, independientemente de como se te vea- y quizá sea redundante plantearle aún ese tipo de preguntas. Estas también son preguntas tontas en caso de que no seas un travestido y hayas decidido plantearlas (es decir, si las has lanzado a pesar de no estar usando un vestido y en caso de la inexistencia de la fiesta) pues a pesar de tu tono y tu semblante serios, a pesar de que no hayas depositado inflexiones venenosas en tu forma de realizarlas, las preguntas sonarán sospechosas: los disparates siempre lo son, al menos en la vida real, y muy probablemente tu novia creerá que te estás burlando de ella o de la pregunta común planteada por las novias, o ciertas novias, o ciertas mujeres (a saber, ¿se me ve bien este vestido?, y similares), y por extensión, vuelvo, de ella; o quizá no de ella específicamente pero sí del género femenino. Por más que insistas en que no te estás burlando y que sólo estás bromeando; por más que insistas en que no es una crítica velada o astuta o cualquier cosa, la sospecha habrá sido sembrada y no podrás hacer nada al respecto. Ni siquiera tu novia podrá hacer algo al respecto pues las sospechas poco tienen que ver con la razón y están más vinculadas con sentimientos y experiencias particulares vividas pero no racionalizadas. Creo que no estoy siendo muy claro pero permítanme ser claro: estas son preguntas tontas. No las hagan.

¿Hay problema si dejo al gato en el refrigerador?

Anécdota curiosa: hace unos meses estaba en visita del departamento de mi novia. Hacía calor y abrí el refrigerador para tomar un jugo. De pronto, el gato de mi novia se metió rápidamente al aparato. Asumí que lo hacía para refrescarse, o por curiosidad (ya se sabe, los gatos...) y por alguna razón dije en voz alta: "¿Hay problema si dejo al gato en el refrigerador?" Mi novia todavía se tomó la molestia de contestarme (es una persona paciente, debo decir), a pesar de que apenas terminé de hacer la pregunta sabía que había planteado una idiotez. Así que ahí tienen, perlas de sabiduría.

¿A qué estamos?

Búscalo en un calendario, no seas huevón. En las carnicerías regalan uno a principio de año. Estás muy a tiempo.

¿Crees que le caí bien a tus amigas?

En realidad esta no es una pregunta tonta pero creo que el género del listicle, que en nuestra era vive su mejor momento, me exige preguntas-paja para poder redondear el número de "elementos" que conforman la lista del artículo; he notado que ocasionalmente esto significa introducir cuestiones que son más o menos evidentes para poder volver a hacerlas explícitas. Y obviamente esta no es una pregunta tonta a menos que nos encontremos en un contexto específico en el cual lo sería (por ejemplo, cuando haya sido evidente que les caíste bien o cuando haya sido evidente que las amigas de tu novia son insufribles y ni siquiera ella las aguanta, y de hecho te lo ha dicho, en cuyo caso tu pregunta sonaría un poco como si a ti te cayeron bien, lo cual impediría una relación sana). Ah, cuánto daño nos ha hecho Buzzfeed y Pijamasurf y el Huffignton y el Internet idiota.

¿En serio eres feminista? Quiero decir, he notado que lees teoría y que es un tema exigente y que debe estudiarse, ¿pero no crees que es un poco tendencioso? Y claro, es tendencioso, debe serlo, uno debe tomar una postura ante lo injusto, ante los sistemas opresivos, ¿pero crees que es algo que yo pueda comprender? Quiero decir: no soy mujer. Eso está claro. Soy un hombre y creo que siempre habrá una brecha infranqueable entre los géneros (¿o los sexos, qué es lo apropiado?) En todo caso, y por favor no me malinterpretes, sabes muy bien cómo pienso y quién soy, y que te quiero, ¿no es así? Y por favor tampoco creas que estoy haciendo menos los esfuerzos revolucionarios de la teoría feminista a la que dedicas tus energías día a día, ¿pero no te parece que en ocasiones el argumento justo y preciso y racional es insuficiente? ¿Crees que vale la pena argumentar? Me temo que persuadir a otro de tener la razón no es suficiente para que otro (el hombre machista, por ejemplo) cambie de opinión o comportamiento, ¿no crees? ¿Amor? ¿No es inútil, pequeñita? ¿No es el intelecto sino una pasión inútil? ¿Querida? ¿No es la ideología astuta como una serpiente?

Estas son preguntas tontas porque aunque el argumento o el intelecto sean insuficientes, no lo es la responsabilidad.

Wednesday, December 18, 2013

18.XII.2013

Estábamos en un parque, sentados en una banca, junto a un kiosco de revistas. Yo le explicaba al Escritor Profesional qué era lo que me parecía indigno de su forma de actuar y él me escuchaba atentamente. Después de un rato me explicaba los beneficios monetarios que le habían traído el actuar como había actuado y dejábamos de hablar al respecto. Entonces el Escritor Profesional se levantaba y se acercaba al kiosco, donde compraba tres cómics, dos de Spiderman y un Ómnibus de Marvel. Un niño lo veía con envidia. Entonces yo estaba en la iglesia que se encontraba junto al parque, subía hasta lo más alto, donde se encontraba una ventana que daba al parque, una mujer calva, enferma, y un anciano platicaban y observaban el paisaje.  

Tuesday, December 10, 2013

10.XII.2013

Estábamos en un parque de diversiones con dimensiones utópicas. Entrábamos a una de las atracciones, una especie de cine que se veía a reventar. Pero en realidad apenas éramos un puñado de personas, la mayor parte de los "espectadores" eran títeres y cartones recortados con siluetas humanas y que ayudaban a dar la impresión falsa de que el público era masivo. El sueño me recordó a otro sueño que tuve, donde el cine era, también, una iglesia. También soñé con un antiguo compañero de la universidad a quien me encontraba en un pueblo, donde viven mis abuelos. 

Friday, November 15, 2013

Entorno familiar



En "El libro de los reyes y de los tontos", incluido en La enciclopedia de los muertos (1986), Danilo Kiš (1935-1989) expone los mecanismos de la calumnia: "Existen sólo dos maneras, igualmente ineficaces, de defenderse. (Nadie ha inventado aún la tercera.) O bien calla, convencido de que la gente no tomará en serio las mentiras que circulan sobre usted (impresas, no lo olvide), o bien, indignado, contesta usted a la calumnia. En el primer caso, dirán: se calla, porque no tiene nada que alegar en su defensa. En el segundo: se defiende porque se siente culpable. Si no se siente culpable, ¿por qué diablos tiene que justificarse?". El relato, concebido como un ensayo en torno a los orígenes de Los protocolos de los sabios de Sión (su lugar lo ocupa el ficticio El complot o las raíces de la quiebra de la sociedad europea) es de 1983 y cuestiona la opinión comúnmente aceptada de que los libros sirven sólo al bien.  Recurre a la estrategia predilecta de Kiš (que lo coloca en la tradición de Schwob, Poe y Borges): yuxtaponer bibliografía ficticia y real para otorgar verosimilitud a sus relatos. Así, se cita a un infame pintor diletante (autor de Mein Kampf) para apoyar la idea de que probar la falsedad de un libro como ése es "precisamente la prueba de su autenticidad".

Kiš insistió en esta parábola, que señala la fuerza de la mentira y el escándalo. Ahí están "La historia del Maestro y el discípulo" o "Los perros y los libros", de Una tumba para Boris Davidovich (1976). Pero tuvo conocimiento de esa fuerza en su vida también: tras la publicación de Una tumba... se desató una polémica idiota (se le acusó de plagiar fragmentos del libro) que, al menos, dio pie a un título significativo: Lección de anatomía (1977). Entre los "plumíferos" a quienes Kiš imparte una lección destaca el lector perezoso y malintencionado Dragan M. Jeremić, quien incurrió en una serie de malentendidos (acusó a Kiš de tomar datos [¡!] de ciertos libros; los mismos que se enumeran en una nota aclaratoria). "Estos malentendidos", explica un Kiš inclemente, "se producen sólo porque Jeremić no sabe nada sobre la esencia de la literatura y porque es un idiota literario". El libro es más que una compilación de insultos: es una explicación puntillosa de una poética (en algún momento, Kiš compara el ejercicio con el del mago que revela sus trucos).

Es placentero (morboso) atender los detalles de un escándalo literario y la maestría con la que un autor talentoso expone a enanos. Pero también se llega a conclusiones deprimentes: nada ha cambiado entre los literati.

Esta reseña de Lección de anatomía de Danilo Kiš apareció en La Tempestad 92, septiembre-octubre 2013.

Thursday, November 14, 2013

14. XI.2013

Estábamos en un elevador, el otro Guillermo y yo, de una versión futurista pero venida a menos de la Cineteca Nacional. En el elevador iba una muchacha a la que Guillermo, el otro, se acercó para oler con lo que podría describir como intenciones indecorosas. La muchacha se escandalizó y molestó y al salir del elevador comenzó a increparlo y regañarlo. Mientras esto ocurría yo me encontraba con Lilián López y Blanca, una amiga que estudia a Walter Benjamin, quienes habían ido a la Cineteca para ver La vida de Adèle. Se veían preocupadas por la forma en que subía de tono la discusión entre la chica del elevador y Guillermo. Entonces el sueño adquiría un ritmo de persecución: les preguntaba a Lilián y Blanca cómo salir y me dijeron que, creían, había un pasadizo secreto por los baños. Corrí, cruzando salas y corredores que me recordaban más bien a un Cinépolis, hasta llegar a los baños –había orina en el piso– donde encontraba un pasadizo que descendía hasta llevarme a un ducto de ventilación de dimensiones industriales. Había mallas en ambos extremos. A través de una un grupo de niños de aspecto peligroso me ofrecían sustancias ilegales a precios módicos. A través de la otra sólo se veía luz. Me dirigía a donde se encontraban los niños, quienes se dispersaban apenas me veían llegar. Entonces el sueño adquirió un tono disparatado: me lanzaba a un terreno baldío de lo que parecía una ciudad de Medio Oriente (había casas de lodo y terracota, sombras, textiles, artilugios extraños) y, temo decir, de pronto yo me convertía en una especie de Wolverine que peleaba contra un hombre monstruoso.

Estábamos en la casa de la persona con la que no me he reconciliado y, tras una discusión clara y justa, nos reconciliábamos. Dábamos paseos peripatéticos, visitábamos un supermercado y regresábamos a su casa donde nos esperaban varias personas, muchas de ellas desagradables. Una sombra deambulaba en un piso superior.

También soñé con cuestiones relacionadas con el trabajo (en un taxi, mi jefe me daba pruebas de impresión que debía regresar, íbamos del sur de la ciudad hacia el norte de la ciudad, por Insurgentes).

Wednesday, November 13, 2013

13.XI.2013

Estábamos en una especie de librería, sentados en una mesa. La librería también era un restaurante. Y nos encontrábamos en Mérida y al parecer regresábamos de alguna especie de "evento literario". En la mesa se encontraba un amigo, que tiene unas tres o cuatro novelas publicadas. Llevaba boina y una guayabera. Hacía calor. También estaban otras dos personas, un hombre y una mujer, pero no las recuerdo. Antes de sentarme le había preguntado a una persona que trabajaba en la librería cuánto costaba un libro de Pessoa (que bien pudo ser El libro del desasosiego o un libro sobre la obra de Pessoa; creo que anoche vi en el Péndulo un libro sobre los heterónimos de Pessoa y se coló a mi sueño). Me dijo que lo iba a investigar y entonces me reuní con mis amigos en la mesa. Finalmente, el empleado regresó para informarme que tenía otra edición del mismo libro, más cara (publicada en Siruela) y que sólo podía venderme esa. Llevaba en la mano la otra edición, la barata, la que no me podía vender. "¿Por qué no puede venderme la edición más barata?", le pregunté. "Porque la de Siruela es más cara".

Monday, November 11, 2013

11. X. 2013

Estábamos en un solar. Había jóvenes, hombres y mujeres, vestidos todos con ropa deportiva y creo que estábamos realizando algún tipo de ejercicio marcial (algunos llevaban rifles). Hacía sol y cielo azul y un Cocker Spaniel llamaba de pronto nuestra atención, se arrojaba al suelo y se acostaba, sin disposición a levantarse: podíamos no sólo adivinar que había miedo en su rostro sino que ese miedo significaba que iba a temblar de inmediato. Tomamos las precauciones que pudimos (la mayoría se acostó en el suelo) pero el sismo fue de dimensiones catastróficas: se abrió la tierra. Pero descubrimos pronto que sólo se abrió el cascarón de la tierra: debajo de la plaza sobre la que llevábamos a cabo nuestros ejercicios marciales, cubierta por una piel de pequeños tabiques, se encontraba un suelo suave, de tierra negra, sobre la que caímos sin lastimarnos (excepto por algunos raspones producidos por los tabiques). Algunos aún sostenían con fuerza los rifles. Nos preguntábamos si estábamos bien. Todos estaban bien.

Friday, November 08, 2013

8.XI.2013


Estábamos en una parte de la ciudad más o menos despoblada, un solar cruzado por calles. Hacía calor y no queríamos estar demasiado tiempo a la intemperie. Le pedía que me esperara pues quería comprar una revista o que se adelantara y lo veía en el restaurante. Había expresiones del tipo "No te preocupes", pero expresadas con ansiedad –al parecer, hablé en sueños. La persona con la que hablaba era alta, de tez blanca, pelona, de rostro severo. Una camioneta negra nos esperaba, el motor encendido, vidrios polarizados.

Anoche intentamos llegar a tiempo a la taquilla del Cine Diana para comprar boletos y poder ver una película que sólo estaría ese día. Tomé un taxi a sabiendas de que Reforma estaba a vuelta de rueda –había dejado mi bicicleta en casa– y los reportes viales, que han adquirido un tono metereológico, informaban de un contingente que avanzaba por la avenida. Más tarde me enteraría de que eran manifestantes del CNTE, pero en la radio lo hacían sonar como si fuera un evento tóxico aéreo o una especie de plaga.

Al final no encontramos boletos y nos refugiamos en una especie de club social, donde hablamos sobre la crisis española (pero no sólo de eso) y comimos en abundancia. Quizá por eso, por la noche, hablé en sueños. Fue una buena noche.

No entiendo muy bien por qué sigo escribiendo aquí. Nunca estoy satisfecho. Lo de copiar las reseñas de los libros que he leído para La Tempestad tiene un sentido más lógico, una sensación de constancia que me alegra, pero esta otra cosa tiene una razón misteriosa que no comprendo y que no tiene mucho que ver con el placer sino, más bien, con la felicidad. Pero lo he dejado de hacer con la regularidad de antes...

Ya me había ocurrido que sueño con librerías, incluso con tiendas de cómics, pero no me había pasado con revistas.

Por alguna razón, quizá porque, por un capricho, empecé a leer Ciudad de Simak (lo tomé del librero de Elizabeth, sin avisarle), recordé a Franco Félix, leyendo en la calle. Una vez, camino al trabajo –cuando él todavía vivía y trabajaba acá– lo pasé en la bicicleta y sentí algo similar a la envidia cuando noté que él aún hacía eso de caminar y leer, algo que he dejado también de hacer (quizá por andar en bicicleta).

No es más difícil leer caminando que revisar el teléfono idiota mientras se camina. 

Monday, October 28, 2013

Fragmento de conversación

Escuchado en la calle:

"...lo que necesito es conseguir una mayor estabilidad económica...".

Esto, obviamente, es alarmante.

Tuesday, August 20, 2013

Sobrios y despiertos

Una pregunta efectista: si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿importa?
Iniciar así me permite dos cosas: sugerir el estado de la literatura y la crítica actual (¿importan cuando nadie les presta atención?) y señalar uno de los vicios a los que se quiere orillar al pensamiento crítico, el efectismo.
Así que aquí estamos, en una lectura en público. No lo pasen por alto, es uno de los síntomas del clima que habitamos. Creo que todos podemos aceptar que el clima no es el óptimo y que preferiríamos otro, donde la literatura fuera culturalmente relevante y donde no se identificara a la crítica con pasiones tristes como la envidia o el odio. Basta dar un vistazo a los medios para percatarse de que no es así, que lo culturalmente relevante son las noticias indignantes, las películas entretenidas, la música idiota, las novelas de prosa legible y estructuras decimonónicas, los deportes espectaculares, las opiniones escandalosas, los llamados “líderes de opinión”, la corrección política, la democracia, la libertad, el capitalismo de rostro humano, etcétera. Un vistazo a los índices de lectura de nuestro país sirve también para entender que a nadie le interesa leer, mucho menos la literatura.
No creo que la situación sea precisamente escandalosa, sólo es un clima y no se dejará de escribir literatura (y con literatura quiero decir buena literatura) porque a la mayoría de nosotros nos cuesta menos trabajo entretenernos y distraernos que concentrarnos y leer, a solas, en casa, sentados en el escritorio, con dificultades, trabajosamente: como debe leerse.
Pero, de nuevo, aquí estamos, convencidos de que el deber no es ser inteligentes sino pensar, agregar algo al mundo, en la medida de nuestras capacidades. Hacemos nuestra parte: cumplimos con los deberes culturales, nos visitamos mutuamente, nos leemos, nos interesamos y nos disponemos a participar, quizá avergonzados de que ello, parece, es equivalente a dejar el espíritu crítico en casa (no llevaremos la contra, creemos que es lo mismo que insultar a una persona).
Hay, claro, un enfrentamiento entre la cultura popular y la literatura como disciplina. La literatura exige el disenso, ir en contra de la época; la cultura, en cambio, exige la participación, ser democráticos y abogar por el consenso, evitar los conflictos. Está claro también: evitar conflictos desde la cultura es imposible. ¿Es quizá ésta una de las contradicciones contemporáneas con las que debemos aprender a vivir?
Se ha señalado antes: asistir a un evento de este tipo es similar a visitar las tibias camas de los moribundos. En el mejor de los casos, el público asiste, interesado en esa frágil práctica que es la literatura, y pone atención a nuestros últimos estertores. Es la forma en que el público nos sostiene las húmedas y huesudas manos. Ocasionalmente el distinguido espectador reirá o murmurará en señal de encontrarse atento pero también notará que la persona que está en el estrado no está hecha para leer en público: su cuerpo lo traiciona. Lo asaltan las muletillas. Se pone nervioso. Carajo, su trabajo no es hablar en público: nunca ha sido elocuente, ¡por algo se dedica a escribir!
El clima en el que nos encontramos hace de las lecturas públicas, las giras literarias, las columnas de opinión, las presentaciones de libros, las fiesta de lanzamiento, los tristes debates y opiniones públicas, acciones que parecen inevitables, necesarias. Es parte de un ciclo promocional. Alguien se percató de algo: hace falta “crear conciencia”, publicitar y “crear comunidades” para que uno pueda dedicarse a esto. Por supuesto, es una confusión: se ve a la literatura cada vez menos como una disciplina artística y cada vez más como una profesión laboral. Hablamos de vocaciones y de la intención, del ideal, de vivir de esto. Si hubiera entrevistas de trabajo para ser escritores, gustosos haríamos citas, nos sentaríamos en salas de espera y cuidaríamos nuestras palabras con el objetivo de conseguir la plaza.
¿Qué esperamos de las lecturas realizadas en público? Más o menos lo mismo que de cualquier evento cultural: que sean interesantes, incluso entretenidas. Una buena lectura es una lectura graciosa. Quizá una buena lectura también sea provocativa. Pronto nos percatamos de que algunos miembros del público se ríen sin razón alguna. ¿Hemos tenido éxito? Lo extraño es que nadie vino a contar chistes sino a señalar una situación y resulta que todo esto es entretenido. ¿Por qué? Porque hemos decidido olvidar que el pensamiento y la lectura son actividades primordialmente aburridas, tediosas, complejas, que exigen atención. El escritor profesional, claro, no lo cree así: su trabajo es conectar con el público, hablar desde el alma, hacernos entender por qué se siente así. Su trabajo es crear obras entretenidas, costeables, excelentes productos. ¿Todo va a arder?, se pregunta el escritor profesional, bien, pues al menos haremos buena leña.
El escritor profesional está convencido de que es un desastre no ser culturalmente relevante. Por ello intenta serlo. Asiste a lecturas públicas, claro, pero también a presentar libros, a foros televisivos, se convence de que no importa escribir idioteces si eso le consigue una columna en un semanario; se convence también de que no importa escribir positivamente de una novela que no le parece importante, si eso significa poder participar sin mover demasiado las aguas. Para el escritor profesional no hay pensamiento crítico, sólo haters y trolls. El escritor profesional se convence también de que no habría por qué avergonzarse de autopromoverse hasta el cansancio. No sólo imparte talleres de narrativa, también participa en ellos, aunque en la mayoría de los casos parezcan terapias de grupo. El escritor profesional, en suma, cree que el público es una persona de buena posición a la que debe rendírsele pleitesía, cuando no lo es. Con el paso del tiempo comienza a preguntarse si no le convendría más dedicarse al cine o al Twitter, de tiempo completo. Comienza a sospechar que su género predilecto no es la novela sino el recibo de honorarios.
El escritor profesional tiene una formidable recepción crítica.
El escritor profesional es una joven promesa.
El escritor profesional es el chico malo de las letras.
El escritor profesional es polémico.
El escritor profesional tiene gran éxito, es divertido, carismático, cambia las reglas del juego, es transgresor, es franco, es un fenómeno que va más allá de su libro. Simpático, descarado, irónico, intenta por todos los medios romper con los clichés, está lleno de anécdotas, nos obliga a soltar carcajadas, nos pone de puntas con sus vueltas de tuerca, es rompedor, excesivo, su prosa es casi tuitera.
El escritor profesional es un payaso.
Hay un problema con los payasos. Todos ustedes conocen la anécdota kierkegaardiana: un payaso va y se presenta ante el público, le anuncia que el teatro se está incendiando. El público cree que es broma y no puede parar de reír, ¡es tan convincente, pareciera que el teatro realmente está en llamas!
El problema, en fin, con ser un payaso es que con el tiempo uno olvida que lo importante no es ser atractivo para las masas, sino anunciar el fuego. 
¿Qué perdemos ante lo entretenido, ante lo divertido? Lo aburrido y lo exigente, lo laborioso, que es mucho.

Ahora, para finalizar, otra anécdota de casas que arden, contada por el compositor Ernst Krenek, muy cercano al satírico vienés Karl Kraus: «En un momento en que reinaba gran agitación debido al bombardeo de Shanghái por parte de los japoneses, encontré a Karl Kraus sumido en uno de sus célebres “problemas de una coma”. Me dijo más o menos lo siguiente: “Ya sé que todo esto no tiene sentido cuando la casa arde. Pero mientras sea posible, tendré que hacerlo, pues si la gente que está obligada a ello hubiera prestado siempre atención a que las comas se encontraran en su sitio, Shanghái no estaría en llamas”».

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Un breve texto que leí en Cholula, como parte de la celebración del segundo aniversario de Lado B

Friday, August 09, 2013

Dos libros de Terry Eagleton


Para leer (bien o mal) un poema

No estamos ante un manual dirigido a estudiantes, como quiere hacernos creer, astutamente, Terry Eagleton (Salford, Reino Unido, 1943). Aunque amable y claro, el texto cuestiona la vigencia de ciertos modos de leer poesía, estableciendo vínculos de orden práctico con la política, entendida en su sentido amplio. Es verdad, los capítulos se hilvanan como los de un manual («hemos examinado algunas cuestiones teóricas sobre la naturaleza de la poesía»). Se muestran vicios de escuelas críticas como el formalismo ruso y de métodos como la lectura atenta del New Criticism, además de los límites materiales del análisis semiótico. Este modo de avanzar cobra pertinencia en la definición que Eagleton propone de la poesía; inicialmente aventura: es el lugar donde «las palabras sólo pueden concebirse en el orden en el que las encontramos» (recordando sus peculiares características formales) o un puente entre el «sobrio aunque bastante pacífico racionalismo» y el «número de seductoras aunque bastante peligrosas formas de irracionalismo» que han caracterizado la modernidad (recordando su dimensión política). Eagleton define al poema, finalmente, como «una declaración moral, verbalmente inventiva y ficcional en la que es el autor, y no el impresor o el procesador de textos, quien decide dónde terminan los versos». Aquí se condensa su propuesta: utiliza el término verbalmente inventivo en lugar de verbalmente autoconsciente, que sería más apropiado para una crítica que, desde la «fenomenalización del lenguaje» (Paul de Man), sólo atiende aspectos realmente formalizables, como la métrica o la rima, pero que pasa por alto los que apelan a la interpretación del lector (tono, modo, cadencia, gesto dramático...): los que hablan de "lo que somos". Aquello que, asegura Eagleton, los poemas se encargan de recordarnos. Eagleton sugiere así la posibilidad de un lector con la suficiente autoridad moral y cierto bagaje cultural para determinar por qué hay modos correctos e incorrectos de leer un poema.

Esta reseña de Cómo leer un poema de Terry Eagleton (la traducción de Akal es de 2010) apareció originalmente en La Tempestad 80.


La literatura como estrategia

Como ocurre en Cómo leer un poema (2007), el título El acontecimiento de la literatura (2012) podría confundirnos sobre sus intenciones, especialmente al presentar la categoría de acontecimiento, hoy asociada fundamentalmente a la obra de Alain Badiou. Para el filósofo francés se trata de la reconstrucción conceptual de un evento local e histórico, definido con relación –pero no casualmente– a un «paralaje acontecimental» (la clase obrera, por ejemplo). En este sentido, es distinto a un hecho, que no necesita de una visión retrospectiva para ser reconocido. La única ocasión en que Terry Eagleton menciona a Badiou en su nuevo libro, sin embargo, es para colocar su concepto en la tradición secularizada de la doctrina de la palabra creadora, sugiriendo que guarda un parecido con la magia, el sacramento, la fantasía decimonónica o el anhelo de Kenneth Burke por «un acto puramente creador, original y gratuito, que no contemple nada más allá de sí mismo», cosa que dista de la idea de la literatura de Eagleton, una actividad con pies firmes en la realidad.

El crítico británico se distancia de Badiou con una de sus estrategias típicas: rastrea analíticamente las tradiciones en las que se enmarcan conceptos que utilizamos con frecuencia (así vincula posiciones radicales de la posmodernidad con la filosofía voluntarias medieval de Ockham o Duns Escoto). Quizá debamos leer el título como una provocación conservadora. Pero entendamos aquí «conservador» como aquel que retoma y reinserta momentos de la tradición (oculta o no) para juzgar el presente, una figura similar a la del coleccionista en Benjamin, que, por ejemplo, vio en Karl Kraus a un recolector de citas que manifiesta «no el poder de preservar sino el de purificar, el de arrancar de su contexto, de destruir». (Eagleton ahonda en esa figura en Walter Benjamin o hacia una crítica revolucionaria, de 1981). La pregunta sartreana «¿Qué es la literatura?» señala con mayor claridad las intenciones de este libro.

Comúnmente la cuestión se ha enmarcado en el debate entre nominalistas y realistas. Aunque la afinidad con los realistas y el escepticismo ante los nominalistas son claros, Eagleton no comete la torpeza de identificar la pregunta por la literatura con una cuestión ontológica («¿cuál es la esencia de la literatura?»). Aún así, se opone a un panorama teórico en el que los nominalistas (comúnmente liberales humanistas) han ganado  terreno. Es decir, los teóricos que, como Stanley Fish, no son capaces de ver una diferencia específica entre el lenguaje ordinario y el literario (Eagleton mete en este saco también al Rancière de La palabra muda, quizás apresuradamente). Opta entonces por reconocer, sencillamente, que «la literatura» sigue funcionando como categoría y que una persona común es capaz de reconocer rasgos entre las obras literarias sin tener que recurrir a la metafísica trascendental (en ese punto acude a la noción «aires de familia» del Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas). Posteriormente propone y explica escolásticamente una taxonomía provisional de estos parecidos de familia, a saber: lo ficcional, lo moral, lo lingüístico, lo no pragmático y lo normativo, que forman una compleja serie de redes que se superponen y entrecruzan. No son rasgos necesarios para la literatura y puede ocurrir que algún otro tipo de acto de la palabra (como un chiste) posea alguno de ellos. Tampoco son definiciones precisas, lo cual no significa que se esté dando pie a la indeterminación. Tal vez algunos vean en esta actitud una especie de agua tibia, pero Eagleton vuelve a probarse como crítico cauteloso y prudente.

Los momentos más deleitables de este libro se encuentran en su escolástica, es decir, en la catalogación de las posiciones a favor y en contra de un problema, de la que se desprenden las mejores y se evidencian las peores. Al abordar lo ficcional, Eagleton enumera sin piedad algunos de los disparates que se han escrito al respecto. Así, Gregory Currie recalca que una interferencia es razonable cuando cuenta con un alto grado de razonabilidad, y Margaret MacDonald nos anuncia presurosa que las novelas de Jane Austen existen. La actitud se repite cuando busca apoyar sus argumentos. El más importante en este libro es que la literatura y la crítica literaria son estrategias para responde a nuestras preguntas (al escribir, los autores plantean y superan un problema). También en este aspecto Eagleton continúa en la estela de Aristóteles, quien señaló que sólo formulamos preguntas que y apuntan a sus respuestas. Una tradición que el inglés ve también en el Jameson de La cárcel del lenguaje, en Althusser y Foucault –quienes señalan que las preguntas aceptables determinan respuestas plausibles–, así como en Nietzsche y Marx. Al ver a la literatura como una praxis aristotélica, una actividad que no depende de factores externos, como podrían ser un dudoso reconocimiento o las regalías obtenidas por publicar un título, Eagleton insiste en su auténtico valor moral: la autodeterminación (socavando otros aspectos como la capacidad imaginativa que, suponen los liberales, es la habilidad que da pie a la empatía, olvidando graciosamente que también se necesita imaginación para ser cruel).

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Esta reseña de El acontecimiento de la literatura se publicó en La Tempestad 91.