Wednesday, February 13, 2008

El olor dulzón de la diarrea

Opina Óscar Benassini: "yo te envidio, escribes y escribes como si cagaras. Pero como si esa mierda oliera bonito y fuera, digamos, amarilla".

Mi cabeza

Estaba mi cabeza sobre mi cuello, frente al espejo de la peluquería, cuando entró un italiano a que le cortaran el pelo. El peluquero principal, dueño del local y patrón del resto de los peluqueros, lo atendió y comenzó a platicar con él en italiano, en voz alta, fuerte. Yo estaba leyendo una revista, en silencio, como acostumbro. Pero me distraje, como pasa a menudo. Yo conocía ya a este italiano, se trataba del dueño de una tienda que antes ocupaba el local contiguo a la peluquería. Era un sastre y vendía trajes. Todos muy caros, hasta donde recordaba. Telas italianas. Mi padre es cliente suyo. Y entonces me puse a pensar en En la melancolía de los sastres de Lamb y lo poco melancólico que se veía este sastre italiano. Repentinamente, como si fuera mi cabeza, pero en realidad era la realidad, escuché que a lo lejos se escuchaba la música de El Padrino de Francis Ford Coppola y pensé en la condición que había puesto Coppola para dirigir aquella película -sólo lo haría, había dicho, si se mantenía un tono en el que los italianos no salieran caricaturizados. Pensé en la dificultad de hacer esto. En la caricatura. En esto iban mis pensamientos cuando me vi al espejo y por un momento pensé en el Príncipe Valiente, la tira que salía en el Excélsior cuando yo era niño. Supongo que todavía sale.

Nunca la leí. Me daba mucha pereza y la historia se me complicaba, había un constante continuará que me desconcertaba. Pensé, de nuevo, en la palabra caricatura y en una de la que sí era asiduo y que a su modo era la versión güera, futurística y llena de esteroides de este Príncipe Valiente:

Supongo que en este punto pude haber permitido que mi mente se fuera a los recovecos más alejados de mi infancia, o de cierta parte de mi infancia, pero entonces me di cuenta de que estaba pensando todo esto por una cosa que había dicho Javier Bardem sobre el corte de pelo que los Coen habían elegido para No country for old men, algo que iba en las líneas de "por culpa de este corte ya no cogeré en mucho tiempo", algo gracioso y que leí no recuerdo dónde, quizá en IMDB o en una entrevista. Sobre todo quizá por otra cosa que recordé, en la que los Coen habían bautizado, precisamente, este corte como corte de príncipe valiente.

Y ya, eso es más o menos todo lo que pasó en aquél momento, por mi cabeza. Fin del post.

Monday, February 11, 2008

Convergencia de National Geographic

Leía un artículo sobre la basura en el número de enero de la National Geographic. Específicamente, la producida por computadoras o televisores obsoletos. Se titula High-Tech Trash y está escrito por Chris Carroll. Está bueno. Un poco como si los tiempos de Mad Max nos hubieran alcanzado, o al menos a la gente que vive en Ghana o Pakistán. En fin, el texto está ilustrado con fotografías de Peter Essick, como la siguiente.

El pie de página, por si no alcanzan a leerlo, dice: "In Karachi, Pakistan, Salman Aziz, 11, harvests bits of metal from computer mice. As the volume of electronic waste continues to grow worlwide, so does the need for humane and enviromentally sound ways to recycle the wealth of raw materials inside it". No sólo fue la imagen sino la palabra harvest que me hizo pensar en imágenes parecidas que he visto en la televisión o en panfletos turísticos, en los que, en una playa de agua azul turquesa un niño, moreno y pelo rizado sobre el que perlas de agua salina descansan, se zambulle al mar para conseguir ostras. Regresa, la abre con un cuchillo y se la entrega al bondadoso turista para que éste pueda chupar el molusco directamente de la concha. Delicioso.

Un creyente

Releo la reseña que hizo Rafael Lemus sobre The Road de Cormac McCarthy para Letras Libres de este mes, titulada No es país para optimistas -por cierto, anoche vi No Country for Old Men, también basada en una novela de McCarthy, y salí muy contento, disfruté mucho la película. Cuando digo que salí "muy contento" no quiero decir que no me haya perturbado, sólo que me sorprendió, como una buena cosa, una buena historia de persecusión, bien resuelta (no he leído la novela). En fin, la pasé bien. Pero al llegar a casa leí una reseña de la película, escrita por una Doly Mallet, en el suplemento Top Magazine de Reforma de los domingos. Mallet calificaba a la película como pretenciosa, una historia, decían, equivalente a ver el correcaminos, excepto que para adultos esnobs: "Es cine para que los críticos digan que está muy buena y los demás nos la creamos". Me impresionó que una reseña pudiera ponerme de mal humor. Su campechanía. Por otro lado, hay algo de verdad en el tono. Al terminar de ver la película, por ejemplo, el amigo con el que fui a verla y yo nos dimos cuenta de que sería el tipo de películas que uno recomienda a sus padres sólo para descubrir que a sus padres no les gustó. El tipo de películas con las que uno se siente engatusado. Pero sólo al momento que la racionaliza. Antes, la entraña. Pero me desvío.
Releo, digo, la reseña en la que Lemus desmiente a las "almas nobles" que opinan sobre la salud de la novela, como género. The Road, una novela excelente, no es suficiente para hablar sobre un buen momento para la novela. No es, dice, sintomática. Esta palabra, "sintomático". Ahora me hace pensar en esa mañana que bajé a ver el periódico y en una misma página vi dos noticias: una sobre la gripe aviar y otra sobre unos problemas de violencia estudiantil que entonces estaban "brotando" en Fracia. Recuerdo esa otra palabra, "brote", acompañada de unos esquemas en los que se veía un mapa de París con círculos concéntricos, como si fuera un sismógrafo o un mapa de campaña en el que se señalaba el avance irreversible de una enfermedad. Un esquema similar acompañaba la nota sobre la gripe aviar. También en Reforma. Vivimos, es verdad, con una sensibilidad propensa a lo apocalíptico.
La reseña de Lemus pasa nota sobre el estilo de McCarthy, reseña rápidamente la historia -que es sencilla- habla sobre el lugar que podría tener esta novela en el resto de la obra del autor e incluso invita a leer Blood Meridian. Pero, de nuevo, el tono: esta novela es buena, pero no es garantía de nada, parece decir. Hay esperanzas, no da el brinco final: esta novela es buena, pero no es garantía de que es buena. La reseña está llena de casis, de puertas de salida entreabiertas. Sin embargo, una sola puerta está abierta de par en par: la literatura no está pasando por un buen momento. Todo mal, nada bien. O casi nada bien. Leía, hace tiempo, en septiembre, el comentario que hizo Nick Hornby sobre la misma novela, en su columna de The Believer. Ahí, además de advertir sobre el tono negrísimo de The Road, Hornby comenta que este tipo de novelas -buenas, pero terribles- son las que provocan precisamente artículos o reseñas como la de Lemus: "I ended up thinking about those occasional articles about the death of the novel -almost by definition, seeing as our planet hasn't yet suffered this kind of fatal trauma, you cannot find a nonfiction book as comprehensively harrowing or as provocative as this. [...] It is important to remember that The Road is as product of one man's imagination: the literary world has a tendency to believe that the least consoling worldview is The Truth. (How many times have you read someone describe a novel as 'unflinching', in approving terms? What's wrong with a little flinch every once in a while?) McCarthy is true to his own vision, which is what gives his novel its awesome power. But maybe when Judgment Day does come, we'll surprise each other by sharing our sandwiches and singing: 'Bridge over Troubled Water', rather than scooping out our children's brains with spoons".
Lemus termina así su reseña: "Pensamos nosotros, los pesimistas, que si el fango balbuceara, balbucearía como Samuel Beckett y mascullaría a la manera, bestial pero radiante, de Cormac McCarthy". Pero, ¿quién es el fango aquí? ¿Por qué no hay una confianza mínima en la especie humana? Porque la especie humana es fango, es un ápice de luz en la oscuridad, llena de vanidad. Pero me niego a creer esto. Y dudo que alguien realmente pueda creerlo y mantenerse activo, con vida, escribiendo. Si hay belleza en el mundo, viene de los hombres. Si hay maldad, también. Pero así son las palabras: poseen la doble potencialidad, de la creación, de la destrucción, como un buen médico, un excelente asesino. Hacer ahínco en una u otra, creo, es ya tomar una postura moral. Y en estos límites, creo, no hay una moralidad al revés, una fábula. Either or, sostengo. Pero, si realmente es el otro, el "la belleza no es garantía de nada", ¿para qué seguir?

Sunday, February 10, 2008

Saturday, February 09, 2008

15. Octubre. 2007.

Percatarse, con posible imprecisión, de que pocas veces escribo en este cuaderno sobre temas que me resultan íntimos o que me afectan. Explicarse, quizá buscando justificación, que uno posee la suficiente cantidad de amistades saludables para que esto no sea necesario. Qué soledad, qué espectáculo, se cifra y se debe encontrar, en un cuaderno que se descubre lleno de lamentos y desgarramientos.
Sin embargo, escribo aquí, en silencio.

Es sábado por la noche. Tuve un buen día.

Friday, February 08, 2008

Algunas veces por la noche

-¿Alguien me habla?
-...
-Julio, ¿me habló alguien?
-No.
Con los oídos tapados por la gripe me confundo seguido. Escucho cosas que no están ahí. Me tardo en descifrar las conversaciones que se sostienen en voz baja. Lo constato una vez más, momentos antes de bajar al estudio, cuando creo escuchar que me llama mi madre, desde su habitación. Julio, mi primo, decide quedarse un rato más viendo la televisión, algo que normalmente no hace pues se levanta temprano para trabajar. Pero es viernes. Así que se queda un rato más frente al televisor y yo bajo aquí, a escribir. O eso digo que bajo a hacer.
Hace unos momenos terminamos de ver Señales, de M. Night Shyamalan, que hemos visto varias veces ya. De hecho, la empezamos a ver ya bastante avanzada -precisamente en la parte en la que el personaje de Mel Gibson le corta los dedos al extraterrestre que encerraron en la alacena- y es casi hacia el final, cuando comienzan a entrar los extraterrestres a la casa, que le digo a Julio que la película, esa parte, me recuerda Casa tomada. No digo, por supuesto, "esto me recuerda a Casa tomada de Julio Cortázar", digo, "esto me recuerda un cuento". Julio guarda silencio, ve la tele. "Ahora te lo enseño", le digo. Julio asiente pero sobre todo cede. Está acostumbrado a que a veces me levante y le traiga algo, corriendo, como un perro, motivado por una sinapsis repentina. La mayoría de las veces, Dios lo tenga en su gloria, me escucha con paciencia, ya que regreso con libro en mano, buscando el pasaje.
Como estamos viendo Señales en TNT hay anuncios así que aprovecho la última pausa de la película para leerle el cuento. Me percato de que este cuento Julio ya lo conocía, pero decide no decírmelo. Me doy cuenta porque es de Bestiario, un libro que le regalé hace tiempo, cuando descubrí que a Julio le gustaba la literatura de horror. Yo no tengo el tomo suelto, sino los dos volúmenes que editó Alfaguara hace años, de cuentos completos. Julio, mi primo, tiene dieciocho años pero su interés por la literatura viene de tiempo atrás, según recuerdo. Aunque, de nuevo, exclusivamente novelas de horror. Stephen King, sobre todo. Le he regalado libros de Kafka, de Cortázar, y antologías de cuento de horror, pero ahora que estoy avanzando en la lectura, escuchando mi voz gangosa, distorsionada por la enfermedad, se me ocurre la posibilidad de que Julio jamás leyó Bestiario. Imagino el tomito, abandonado en un librero de su casa materna, acumulando polvo. Es por eso, quizá, que no me detiene con un "Ya conozco ese cuento". Al contrario, atiende lo que digo y parece estar interesado. O tal vez finge muy bien. En todo caso, termino de leer el cuento, se termina la pausa de TNT, terminamos de ver la película y me despido, para bajar aquí, al estudio, donde escribo cómo fue que le leí un cuento. Obligándolo a escucharme, mi audiencia cautiva.
Supongo que envidio un poco a Julio. Me hubiera gustado ser el adolescente, sensible como él, que sale de la casa materna para irse a vivir con unos parientes. Cercanos pero a la vez ajenos, con costumbres e idiosincracias particulares. En una ciudad extraña, además. Como soy orgulloso y vanidoso, le envidio la posibilidad de haber tenido un primo como yo. Pero quizá, le envidio más esta atmósfera en la que ha caído. La novela de vida que está llevando. Me di cuenta de esto mientras le leía el cuento de Cortázar, cuando me topé con las siguientes líneas de Casa tomada que dicen: "Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta". Julio, mi primo, me ha dicho que a veces hablo por las noches. "Haces ruidos bien raros", me dice.
Hasta su llegada, unos meses atrás, siempre había dormido solo. Vivo en una casa grande. Mis hermanas siempre tuvieron su propio cuarto y nunca tuve que compartir el mío. Descubrir esto -pero esto no es la palabra, descubrir, porque de algún modo no me sorprende- me hace imaginar... no, me hace envidiar la posibilidad de imaginar, como tal vez lo hace Julio, mundos oscuros y ocultos en alguien más. Mismos que conozco. Pues, finalmente, soy yo y estoy al tanto de algunas partes bastante nefastas de mí mismo. Pero nunca había estado al tanto de esa voz que habla algunas veces, por la noche. Algunas mañanas, es verdad, recuerdo sueños inquietantes -como anoche, que soñé que un par de amigos se suicidaban- pero no soy el ojo pelón que no puede conciliar el sueño porque escucha la voz incoherente del compañero de cuarto en la oscuridad. Anhelo, casi con desesperación, ese asombro. Es curioso también cómo a pesar de que vivo en una casa grande, las cosas extrañas suceden precisamente en los lugares más conocidos. Las voces que creemos escuchar bajando las escaleras. La sensación de ser observados mientras vemos la televisión. La cama que se mueve, acaso, o que nos asfixia y nos arroja a la vigilia buscando con desesperación una bocanada de aire. Quisiera que fuera Julio quien escribiera y no yo.

Thursday, February 07, 2008

Parece arte

Le digo a mi hermana, quien entra rápidamente para revisar su correo, si le gusta la rata que dibujé --abajo. Y me dice: Pero eso no lo hiciste tú. Y yo: Claro que lo hice yo. Ella: Pero está muy bien dibujada. Hasta parece arte. Y no sé si en ese momento me indigna más que insista en no creerme o que diga "parece" arte. Claro que lo hice yo, le digo. Lo hice en Paint. Y le digo, también, que hice todos los demás --y, como idiota, orgulloso, inflado de sí mismo, le empiezo a enseñar otros dibujitos que hice en Paint. Pero no me cree. "No, eso no lo hiciste, ya he visto cosas así en otro lado". Al final la convenzo, o hace como que la convenzo, revisa su correo y se va, sin darle mayor importancia. ¿Y qué hago yo? Me siento aquí a despotricar, como si nadie me comprendiera. Tantas estrellas brillan en la noche (risas, por favor).

Despite all my rage--

--I'm still just a rat in a cage.


Saldo

Desayuné huevo en chile pasilla, frijoles, jugo de naranja, jugo de zanahoria, no bebí café -pienso beber café, ahora-, dolor de espalda, menos congestión nasal, menos dolor de cabeza, menos dolor de garganta, el sol brilla, pienso combrar una revista, escribí un poco, leí un poco y sigue el día. Toso.

Una especie de convergencia




Dijo: hay una imagen de Goethe en la que sale así. Pero en realidad decía: "Píntame Jack". Lo decía con sus ojos. Acá, una mejor convergencia. Ay, qué malas ideas tenemos, a veces.

Wednesday, February 06, 2008

Cálmate Óscar

David opina que se parecen, Óscar y Smokey. Yo le decía, a Óscar, que me recordaba a Proust en su lecho de muerte.
Y ya. Cálmate, ¿quieres?


Acá, dice que esto no es una convergencia.

Meditaciones deportivas

Hacer ejercicio, enfermo de gripe, es como tomar prestado el cuerpo de alguien más y habitar en él, estar más al tanto de las distancias que existen entre uno -esa voz que narra en nuestras cabezas- y el resto de nosotros, nuestro cuerpo. Movemos los brazos pero no parece que los estemos moviendo, sólo observamos cómo, casi a nuestro pesar, se mueven, igual que las piernas. Me pregunto si es así como algunos de los ambientalistas más acérrimos se sienten, habitando en este planeta. Como si estuvieran al tanto de todo lo que ocurre, con una distancia que los obliga a sentirse no sólo responsables sino terriblemente apurados por lo que está sucediendo allá afuera. Como si vieran cómo todo se va al carajo, en una película. Quizá es por eso que sienten tanta pasión, tanto pathos, producto de un drama que perciben, franqueado por una pátina de conciencia. Me pregunto si uno sentiría la misma distancia con otra enfermedad, mientras se ejercita. Digamos con la diarrea.

Fragmento de conversación

Entre Sandra, la chica que ayuda en la casa, y yo:

Yo: [¡Atchús!]
Ella: Salud. ¿A poco estás enfermo otra vez?
Yo: Sí caray.
Ella: Te dan muy seguido.
Yo: Sí. Es casi como si me gustara la gripa.
Ella: ...
Yo: Mi cuerpo es débil y marchito*.
Ella: [riendo] Sí, yo creo que sí es débil.

*La expresión se la robé a Julián Zárate.

Chico malo

Estaba leyendo una cosa en el blog de Iván Thays, una nota sobre Charles Bock, cuya novela Beautiful Children fue recién publicada por Random House. Debo decir que rara vez leo las notas completas, en el blog de Thays, lo leo como se lee un periódico. Y no tengo, en realidad, nada que decir sobre Bock -no sé quién es, ni he leído la entrevista que, dice Thays, salió en el New York Times y ciertamente, no he leído la novela- pero sí quiero decir algo sobre la nota de Ezequiel Martínez a la que remite Thays. Y quizá ni siquiera a la nota en sí, como un todo, sino a una frase. Una de esas frases que resuenan y resuenan, a pesar de que uno sólo pasó el ojo por encima. Escribe Martínez: "A. M. Homes, la chica mala de la nueva literatura estadounidense, lo calificó como 'casi un genio'".
Sólo he leído una cosa de Homes. Pero en realidad esto tampoco se trata de Homes, ni sobre su opinión de Bock. Lo que trato de decir es: me cansa cuando se leen cosas como "la chica mala". O cuando se escribe: "la nueva literatura estadounidense". ¿Qué necesita ser uno para convertirse en una chica o un chico malo? Ser joven, supongo. Y, supongo también, esto significa que Homes está a punto de dejar de ser una "chica mala" --ya anda en sus cuarentas y a pesar de las luces y los trucos, esas fotos que salen en las portadas de sus libros, donde se ve guapa e intensa, no me engañan (he visto otras fotos, ya está acabadona). Pero no. Demos un paso atrás. Esto tampoco tiene que ver con la edad. Uno puede comportarse como un brat toda su vida. Usar ropa ridícula, gritar en conferencias. Ser insolente, decir barbaridades para escandalizar. Así que probablemente tenga que ver con su actitud, pero, ¿juzgada por quién? ¿Por personas solemnes? ¿Quiénes son solemnes, hoy? Decididamente solemnes, pues. Que un día se levantaron y dijeron: "seré solemne". ¿O es ante quienes no saben que son solemnes pero actúan solemnemente? Pero, fuera ante quien fuera, ¿cuándo ha dicho Holmes algo bárbaro? Nunca la he visto quemar banderas o escupirle a libros. Y escribe, debo decir, con mucha cordura, buena puntuación. ¿O quiere decir Martínez, con "chica mala", algo así como la punta de la lanza? ¿Es eso? Y si es así, ¿se trata de la punta de la lanza que representa la "nueva" literatura norteamericana? No lo entiendo.
En general me molesta cómo se cuelan ideas progresistas, o de farándula, en estas cosas. Me molesta el imperio de lo efímero. Cansa. No es grave, supongo. Pero hay días como hoy, en los que el teclado no funciona del todo bien porque accidentalmente derramé agua sobre él, en los que la garganta duele y uno está sin trabajo, días, en fin, en los que las opiniones que guardamos deciden salir a la superficie y cualquier pendejadita nos obliga a decir cualquier pendejadita. Intensear hasta de las pelusas, dice Alejandro Vázquez. Mañana, despotricaré sobre mis zapatos.

Tuesday, February 05, 2008

Una especie de convergencia

El final de Pulp, la última novela de Bukowski:

"Then, as I watched, the Sparrow slowly opened its beak. A huge void appeared. And within the beak was a vast yellow vortex, more dynamic than the sun, unbelievable.
This isn't the way it happens, I thought again.
The beak opened wide, the Sparrow's head moved closer and the blaze and the blare of yellow swept over and enveloped me".


A partir de The Café Singer (1878, Degas) Adam Golaski escribió un texto que apareció en el McSweeney's Quarterly Concern #19. Este es el final:

"She looked down and smiled through her song. She raised her hand and opened her mouth wide for a long note and from her mouth emerged --as from a hole in a tree-- a bird. The bird, red, wet from the woman's throat, pushed itself from the woman's mouth and flew up, hovered above the woman's head, flew away".

Monday, February 04, 2008

Rata miserable

Me tenían en ascuas, los jueces de Top Chef, el reality show. ¿Iría el título de "top chef" a Ilan Hall, o a Marcel Vigneron? ¿Al cocinero que se apasiona por la comida o al meticuloso ojete que hace uso de la más alta tecnología para realizar su pinchurrienta, pero sofisticada, comida molecular? Oh, cómo temí que se la dieran a Marcel, quizá una de las talking heads de la televisión que más personificaban las cosas que detesto de la humanidad: sus excusas para tratar mal a la gente ("vine a competir, no a hacer amigos"), su vanidad ("para este platillo me inspiré durante una caminata en la playa, lleva coco, gotas de azafrán..."), su imprudencia ("¿no han visto el salmón?, ¿dónde lo guardamos anoche?"), su defensa del estado actual del mundo ("así son las cosas, si no fueran así, no serían así"), su maldita cara de ratón.

Probablemente lo que más me asustaba de Marcel era que, ante los jueces, estas cosas podían pasar sin problema. Cuando, en las semifinales, un chef habló algo sobre el carácter moral de Marcel, los jueces, nada salomónicos, dijeron: "Nos interesa lo que cocina, no cómo se comporta en la cocina". ¡Dios! Debieron ver su cara de felicidad. Su cara de "¿Ven? En esta tierra puedo ser el maldito que quiero ser. Aunque, no lo entiendo, en realidad; generalmente la gente opina que soy muy divertido". ¿Saben a qué otro ratón cocinero me recordaba con su lloriqueo, con su vanidad?

Bueno, en realidad es un topo. Y en realidad no me recuerda a Marcel. Creo que sólo lo puse por las afinidades, er, "cromáticas" de las imágenes. Quería ser ingenioso. De hecho, dudo que a no ser por su vocecita, Topo Gigio tuviera algo que ver con Marcel. Era argentino, eso sí. Y los argentinos tienen esa mala fama, como tiene esa mala fama Marcel. Pero no. Si Marcel tuviera algo en común con alguna rata, sería con Remy. Ambos tienen ese nombre francés. Son ratas, los dos. Y son chefs. Y son, a su modo, innovadores. Pero, veamos. Marcel es una rata en un sentido metafórico. Y no hay ratas, animales, pues, que sean chefs -en lo que se llama la realidad. Y si en la historia de Ratatouille había "innovación" no la había porque algun mentecato se ocupara en deconstruir platillos y en añadirle químicos siguiendo las recetas de la cocina molecular --¡malditos franceses!-- sino porque se reinterpretaban recetas clásicas, se partían de bases sólidas, de tradiciones. Porque se salvaguardaba un tesoro y se presentaba, una vez más, a las futuras generaciones. Es la batalla hermenéutica de siempre: aquellos quienes apuestan por lo Otro, y que pierden, aquellos que apuestan por lo Idéntico, y que pierden también. Y quienes añoramos el agua tibia de siempre, la hermenéutica analógica. Seguiría, pero creo que en un rato pasan Iron Chef.

Friday, February 01, 2008

Mujeres

Las hay buenas, malas. Simpáticas, arrogantes. Hermosas, y el resto. También está Nicole Kidman y Jessica Alba --y el resto. Uf, y Vendela Vida. Sanas, enfermitas, enfermas terminales, ancianas, jovencísimas, atléticas, anoréxicas, aburridas. Las que están obsesionadas con el qué dirán, con el físico, con la cocina. Hay mujeres en Japón que jamás conoceré. En Suecia. En Michoacán. Están las escritoras, y el resto. Las que no se maquillan, y el resto. Las que saben lo que estoy pensando. Actrices: en este momento, por ejemplo, hay una en la televisión. Se llama Diane Keaton. Tuvo algo que ver con Woody Allen. Woody Allen terminó aburriéndose. Esto no va bien. Es difícil escribir sobre mujeres. Mujeres de Bukoswki. ¿Madame Bovary? No sólo no lo leí sino que sospecho que no lo haré. Y aún más: sospecho que se trata de una especie de libro travestido. No un libro en el que se hable sobre mujeres. Yo no soy Madame Bovary. Creo que si yo fuera mujer, me apellidaría Amalfitano. No. Permítanme decir eso de nuevo. Creo si yo fuera mujer, sería más fácil que me diera pitiriasis rosada de Gilbert.
Que, por lo demás, ya me dio.
Y la risa de las mujeres. Dios.

Las guerras del Peloponeso

Ocurrieron hace mucho.

A partir del 12 de febrero

¡El número 14 de Replicante! Para leer un listado de los contenidos, acá.