Tuesday, August 30, 2011

Martes

Ayer retiré 500 pesos del cajero. Le di a O., con quien comparto departamento, 250, 140 para el gas y 100 para la persona que nos ayuda a limpiar en casa y que va todos los martes; es decir, 50% del gasto total que nos corresponde. Más tarde, por la noche, otros 50 para comprar cosas que necesitamos -productos químicos para la limpieza de pisos, dentrífico, jabón. Por la mañana pensé que debí pedirle cambio, pues tuve ganas de comprar un café (22 pesos). Al final pensé que lo mejor era utilizar el billete de 200 pesos que me restan y que, espero, pueda estirar hasta el fin de semana (el fin de semana pasado no gasté prácticamente nada, tengo comida en casa y sólo salí el viernes por la noche, para ir al cine). En el camino a la oficina me percaté de que una de las llantas de la bicicleta, la trasera, estaba baja, lo cual supone un gasto moderado de unos cinco pesos, si es que en efecto sólo está baja y no está ponchada; de estar ponchada, y de necesitar una nueva cámara, supondrá un gasto de unos 40 pesos o más si es que no tengo tiempo de regresar a casa para comer, ahora que salga de la oficina para arreglar el problema, y me vea obligado a comprar tacos en la calle, lo cual serían unos 35 pesos más. Antes de venir a la oficina leí esto del diario de Pessoa: "Sigo inquieto por los 5.000 reales de Rosa, los 5.000 que tengo que pagarle a Mayer antes del 20 y por la imposibilidad de ir ahora mismo al Algarve". Y en una nota a pie: "Ángel Crespo (La vida plural de Fernando Pessoa, Barcelona, 1988) cita además varios testimonios que reflejan que su situación económica no era tan negativa como la angustia del autor puede hacernos creer, e incluso da ejemplos de ofertas de empleos muy bien remunerados a los que Pessoa renunció para no tener que someterse a horarios establecidos".
Bathos o mañana es quincena.

Thursday, August 25, 2011

Wednesday, August 17, 2011

Miércoles

Lloraba dentro del coche, yo pasaba camino al Oxxo, regresando de la oficina. Lloraba sin poder parar y revisaba el monitor de su teléfono. Marcaba las teclas, observando, llorando. Un mensaje, pensé, está mandando un mensaje o leyendo uno. Estaba sentada en el asiento del copiloto, el coche estaba encendido, esperaba a alguien, las placas eran de Tamaulipas y entré al Oxxo. Cuando salí, el coche se iba, dando una vuelta prohibida, ella todavía lloraba y todavía marcaba su teléfono.

Entrada 1549

Fui a casa, comí, me lavé los dientes, me dormí un rato, leí una entrada del diario de Pessoa donde afirma tener un alma muy parecida a la de Rousseau, me lavé los dientes, regresé a la oficina.

Monday, August 15, 2011

San Judas Tadeo

Encontré una nota en el parabrisas de mi automóvil. Bajo el título de "San Judas Tadeo", informa: "Cuando te encuentras en una situación difícil por enfermedad, problemas económicos o morales, debo decirte que San Judas Tadeo te acompañará por siempre en cualquier situación por difícil que sea.
Nada debe evitar que esta carta circule por el mundo de los devotos.
San Judas Tadeo te pide que envíes 60 copias de esta carta a 60 personas diferentes y verás que a los 13 días recibirás una sorpresa o gratitud por el solo hecho de enviar 10 centavos como los que están en la carta [la carta, una fotocopia de un original, trae, en efecto, 10 centavos pegados].
La persona que reciba esta moneda deberá llevarla a un templo católico y depositarla como limosna; deberá rezar un padre nuestro a San Judas Tadeo y otro a las ánimas del Purgatorio. Esta cadena la envía un padre de California y por ninguna razón deberás burlarte de ella. Sigue las instrucciones y antes de 13 días recibirás una sorpresa".
La carta está acompañado por unos antecedentes, casos sobre personas que se burlaron, o no, o sencillamente se apegaron a las instrucciones, y cómo les fue en cada caso (aparentemente el presidente de Brasil las envió y no le dio importancia y a los 13 días se sacó la lotería, mientras que Esquivel Contreras la tomó en broma y, consecuentemente, perdió su trabajo y estuvo en peligro de muerte).
He tomado los 10 centavos para dejarlos como limosna en una iglesia católica.
No tengo claro si a la difusión de esta carta debo añadir 10 centavos por cada una.
La última vez que revisé, hace un par de años, este blog era leído por unas 30,000 personas (diferentes). Creo que es difusión suficiente de la carta.
No me estoy burlando de la carta.
Entiendo que San Judas Tadeo, además de los casos difíciles, es patrono de los ladrones.
Dejaron la carta en el parabrisas del automóvil que dejé estacionado en la calle.
Estoy muy preocupado.
***
Otra cosas que dejan en mi parabrisas.

Thursday, August 11, 2011

PLTMEX agosto-2011


Ya se distribuye la nueva Plataforma. Abajo, mi columna para este mes.

No lea en el Metro

«Precaución, no rebase la línea de seguridad», leo. No se alarmen, por favor, con lo que diré a continuación. Pero he descendido al metro, y como muchos otros pasajeros, como en tantas otras ocasiones, estoy esperando. Mientras lo hago, se instala un paréntesis en mis preocupaciones cotidianas y pronto me encuentro en una especie de trance hipnótico que tiene aires de familia con el vértigo. Y no puedo apartar la mirada de la indicación, «…no rebase la línea de seguridad…», ni de los rieles, ni de la barra alimentadora de tensión y, por favor, por favor, no se alarmen, pero estoy pensando en el suicidio.

Estoy pensando, casi simultáneamente, si más tarde, ya en la oficina, podré encontrar el dato duro de la cantidad de personas que se arrojan a las vías del metro anualmente en la ciudad, y si es realmente algo que quiero saber. Y, también, ¿por qué lo hacen? ¿Preocupaciones económicas? ¿Perspectivas limitadas de vida?

Finalmente, el transporte llega y la veloz mole naranja de los vagones me arrebata del trance para detenerse frente a mí. En una de las ventanas, antes de subirme al vagón alcanzo a distinguir una calcomanía con el siguiente verso de Raúl Renán (Mérida, 1928): «Sólo a los ángeles les es dado pisar la línea, sin temor a caer». Recuerdo entonces la queja del cosmonauta Krikaliev, el hombre que ostenta el récord actual de permanecer más tiempo en órbita (contra su voluntad, a principios de la década de los noventa) y quien, en un comunicado desde la extinta estación espacial mir informó al Kremlin que le parecía «de pésimo gusto» encontrarse en la videoteca de la estación una copia de la película 48 horas, cuya trama gira alrededor de dos astronautas a quienes se les agotará el oxígeno en un máximo de 48 horas.

Es decir: me parece de pésimo gusto que utilicen ese verso de Renán precisamente en el metro.

La calcomanía forma parte de Poesía en Movimiento, una «iniciativa de la Secretaría de Educación del Distrito Federal para promover la lectura al interior del Sistema de Transporte Colectivo Metro», como se ha repetido en varios medios impresos y electrónicos. ¿Por qué querría la Secretaría de Educación del df que se lea en el metro? Porque, como aseguran los publicistas de la librería Gandhi (en otro proyecto publicitario –antes que lectores, no lo olvide, se buscan clientes- apoyado por este sistema de transporte), en su propia iniciativa, se trata del “lugar ideal para leer”. Pero no lo es. El lugar ideal para leer es un escritorio, con tiempo para hacerlo; quizá en una biblioteca, o en un estudio, en una cama, en un sillón, en casa.

El proyecto de la secretaría se desprende de Más Libros, Mejor Futuro, un programa que, de acuerdo con el secretario Mario Delgado, busca «sembrar la semilla de la inquietud a la lectura». A mí me parece muy bien preocuparse porque la gente lea. Se nos ha recordado hasta el cansancio (como se nos recuerda que no rebasemos la línea de seguridad): en México se leen 2.7 libros al año, en promedio, por persona. No me parece tan bien, en cambio, que se espera que leamos en el futuro. Cedamos la voz a García Ponce: «…nuestras instituciones culturales subrayan abiertamente su carácter didáctico, anunciando que su propósito es también preparar para el futuro; pero esa continua mirada hacia el futuro nos deja sin presente. Y, sin embargo, ese presente es el único que puede dar realidad a la cultura».

Amigo lector, ¿está obligado a leer en el metro porque no tiene tiempo, porque trabaja demasiado? Lo que necesitamos no son más campañas publicitarias sino un mejor presente.



Wednesday, August 10, 2011

Urgente examen de conciencia

Hora de la comida. Salgo de la oficina. Pedaleo rumbo a casa. Me subo a una banqueta, reduzco la velocidad pues hay personas en la banqueta. No le pido a nadie que se mueva. Tengo un buen equilibrio, al menos sobre la bicicleta, y es algo que me gusta ejercitar, el equilibrio sobre la bicicleta. Iba detrás de una mujer, ya entrada en años. Llevaba a un par de niñas de la mano, personas diminutas, el tipo de personas por las cuales uno se siente responsable pues aún son animales racionales medianamente dependientes, frágiles. Quizá por esa razón, cuando la señora se percató de que iba detrás de ellas, dijo, con cara sorprendida, y con evidente esfuerzo: "La banqueta es para los cristianos. Y la calle para la bicicletas". No dije nada aunque era evidente que, sin dirigirse precisamente a mí, me estaba hablando a mí, reclamándome con ocasión del posible peligro en el que estaba poniendo a las niñas de las cuales se ocupaba. No le contesté, sólo sonreí sin verla y aproveché el primer momento que tuve a mi disposición para rebasarlas en la banqueta, dejándolas atrás.
Ahora, ocurre algo muy curioso y quizá preocupante. En realidad no he podido dejarlas atrás. He estado pensando en eso desde que llegué a casa. Cociné. Comí. Lavé los trastes. Prendí la computadora. Y no he dejado de pensar en eso. Aún más: no he dejado de pensar en eso ni en el modo en que lo iba a escribir aquí, pues sabía desde el principio que el tema de esta entrada, la preocupación que la anima, no es la señora sino el modo en que respondo generalmente a las injusticias. Pues, sépase de una vez, opino, creo, que la señora fue injusta conmigo. No le pedí que se moviera. No la asusté. Sus niñas no corrían ningún peligro. Aunque, ay, tengo la sospecha de que está prohibido circular con la bicicleta sobre la banqueta, pero no precisamente por las razones que adujo la señora (y que, cara a las razones por las cuales iba sobre la banqueta en lugar de la calle -la alta velocidad de los automóviles y la falta de una ciclovía-, eran ridículas).
Ahora bien, la cuestión, lo preocupante, es que estuve un buen rato rumiando las palabras que utilizó para recriminarme. Si la banqueta es sólo para los cristianos, ¿qué ocurre con quienes no creen en Cristo? ¿Qué ocurre con quienes creen en Cristo pero de un modo distinto a los cristianos? ¿Y los animales, incapaces de tener creencias? ¿Pueden ellos circular sobre la banqueta? ¿Y si uno es cristiano y ciclista? Es en serio: estuve pensando en esto. Quizá porque cruzó por mi cabeza lanzarle alguna ironía hiriente cuando la escuché. También estuve pensando en esto, en mi decisión (no resuelta) de arrojarle una ironía cruel (ser sarcástico, pues) en lugar de mentarle la madre o en lugar de explicarle que si andaba sobre la calle yo iba a correr peligro. Es curioso, creo, que frecuentemente recurra a ese camino medio entre la grosería y la explicación reconciliadora. En un mundo ideal las personas deberían recurrir a los argumentos conciliatorios. Extrañamente, mi decisión es otra: me percato de que estoy a punto de soltar una ironía, opto por callar y luego vengo a casa y escribo al respecto.
Me pregunto si realmente me preocupa o si sólo quería escribir. Hacer esto, sentarme frente a una computadora y teclear algunas cosas, es de las actividades que mayor placer me provocan, hacer de mis obsesiones algo comunicable, la búsqueda de empatía a través de la palabra escrita. Pero cuando me acerco peligrosamente a una realidad, específicamente a preocupaciones morales y mi modo de ver las cosas, siempre temo que paso por una especie de loco sin control alguno sobre el modo en que enfrenta al mundo.
Hace unos días alguien me preguntó en un comentario a una entrada reciente si estaba loco. Y una amiga, a propósito de las últimas entradas, me dijo en broma que era como el diario del Unabomber. Eso por un lado. Por otro lado: hace unos días me mandaron algunas preguntas de parte de la gaceta de la universidad donde estudié la licenciatura en filosofía relacionadas con el trabajo en el cual me desempeño actualmente. Entre ellas se encontraba una por el modo en que la filosofía me ayuda a mis actividades laborales. Dije que para un editor (que es más o menos lo que soy en el día a día) era importante ser preciso con las palabras y los conceptos y que de algún modo la filosofía me había entrenado para eso.
También venía pensando que una de las razones por las que no le dije nada a esta señora (pues, creo, como Platón, que es mejor padecer una injusticia que cometerla -es decir, creo que hubiera sido injusto de mi parte entablar una conversación necia con una señora necia-) es que sólo podría haber recurrido a la ironía a través de un uso preciso de las palabras (la cuestión de los cristianos en las banquetas). No he estudiado a Wittgenstein pero sé que escribió que cuando se nos pregunte por la última casa de la aldea no deberíamos contestar que esa casa no existe, pues aún podrían construirse más. Esto podría ser preciso, pero no sería verdad. Aún más, no sería prudente. Y quizá lo que me preocupa es por qué me preocupa ser prudente. Creo que es importante no contestarle a las personas que están enojadas, no iniciar discusiones que nos podemos ahorrar, pero me asusta endemoniadamente que al evitarlas en realidad no las estoy evitando, sólo las estoy guardando para después.
Lo que estoy diciendo es que temo que un día de estos agarre a todos a escopetazos.

Sunday, August 07, 2011

Domingo

El viernes, saliendo del trabajo, vi Super 8. Me gustó. A M. no le gustó. El viernes, saliendo del cine, caminé solo a casa y me encontré a unos amigos en un bar, a M. y a P., me tomé una cerveza con ellos (habíamos acordado vernos un par de horas antes, me los encontré por casualidad en la calle, cuando iba camino al cine) y me despedí. Caminé solo a casa, donde estuve despierto hasta tarde. El sábado me levanté más tarde de lo que me hubiera gustado. Hice un par de llamadas, atendí algunos pendientes domésticos, y el resto del día es una especie de bruma. Pero sí recuerdo que por la noche fui a una fiesta de despedida, de M., otra M., donde me encontré a varios amigos. Moví el bote. Dormí en casa de mis padres. Al día siguiente desperté tarde, de nuevo, leí, vi televisión -pasaban Jurassic Park II, Minority Report, Close Encounters of the Third Kind e Indiana Jones and the Raiders of the Lost Ark, en distintos canales; vi la de Indiana Jones. Comí con mi padre, mi madre y una de mis hermanas. Después, regresé al departamento, atendí algunos pendientes y compré boletos para Midnight in Paris. A E., a M. y a mí nos gustó. Me reí en varias partes. Caminé solo a casa. En diez minutos será lunes.

Wednesday, August 03, 2011

Musée des Beaux Arts, W.H. Auden

About suffering they were never wrong,
The Old Masters: how well they understood
Its human position; how it takes place
While someone else is eating or opening a window or just walking
dully along;
How, when the aged are reverently, passionately waiting
For the miraculous birth, there always must be
Children who did not specially want it to happen, skating
On a pond at the edge of the wood:
They never forgot
That even the dreadful martyrdom must run its course
Anyhow in a corner, some untidy spot
Where the dogs go on with their doggy life and the torturer's horse
Scratches its innocent behind on a tree.

(Primera estrofa).

Monday, August 01, 2011

Lunes

Al salir de la oficina pedalié hasta la peluquería. Esperé mi turno leyendo un poco de las notas de Chéjov (en la edición de La compañía, con traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela). Me detuve en estas líneas, pensativo: "Los hipócritas ordinarios aparentan ser palomas; los hipócritas de la política y de la literatura, águilas. Que su aire aquilino no te intimide. No son águilas, sólo ratas o perros". Me pregunté qué tipo de persona soy cuando incurro en la hipocresía, si procuro un aire aquilino o uno palomero.
Me ofrecieron un refresco mientras esperaba, en la peluquería. Pasaban de las siete y media de la noche. Agradecí el ofrecimiento pero lo rechacé, no así el adolescente a quien le cortaban el pelo y por quien más tarde pasó su padre. Extrañé a mi padre, pero no marqué a casa. En la televisión de la peluquería, un noticiero. Entonces Ricardo Cayuela Gally apareció repentinamente, una cápsula de opinión para Milenio TV, afirmando que la izquierda populista no podía llegar al poder pues representaba un peligro para las instituciones. Se le veía molesto. La cápsula duró poco. Sólo escuché esa parte. Ya en casa, con el pelo corto, leí un poco más de Terry Eagleton, pensé en mis amistades, dormí una pequeña siesta, desperté hace rato y ahora estoy un poco como tigre enjaulado.
El cuñado, después de la cena, anota Chéjov: "Todo llega a su fin en este mundo. Recuérdenlo: quien se enamora, sufre, se equivoca, se arrepiente; y quien deja de amar, recuérdenlo también, comprende que ha llegado el fin de todo". La amante del cuñado encanecía. El cuñado aún era muy bello.
Le marcaré a mi padre.
No contesta.

Sunday, July 31, 2011

Domingo

Desperté tarde, en casa de mis padres, la casa estaba sola, vi televisión, leí las partes del periódico que me interesaban, me bañé, me vestí, terminé de leer El rastro, hice algunos apuntes, salí por comida, regresé, vi televisión mientras comía, retomé After Theory, me hice un café, tomé notas, salí a la calle, dejé algunas cosas en el departamento, regresé a guardar el coche en casa de mis padres, recibí una llamada de mi padre, regresaba a la ciudad, lo esperé en casa mientras pasaban Everyone Says I Love You, llegó, salimos a cenar, platicamos sobre Mommsen y Heimito von Doderer, en la televisión del café donde cenamos pasaban Con Air, nos despedimos en la estación del Metrobús, leí un poco más de Eagleton, regresé al departamento, revisé y contesté correos, abrí blogs de gente que conozco, no tengo sueño, no hice nada de nada.

Saturday, July 30, 2011

Sábado

Regreso de la calle. Pasé al Videodromo, no tenían Deliverance. "Está temporalmente desaparecida", me dijeron. Pasé al FCE, una factura. Un helado. Estuve a punto de comprarle unos lentes de broma al señor que vende bromas, en la calle. Esto es lo que hace uno cuando está solo: gasta dinero. "Son los mismos que usa Eugenio Derbez", dijo, "y también tengo este encendedor que echa agua, lo puede probar". O. no está en casa, cuando salí estaba. Me despertó en la mañana, ya casi alcanzando el mediodía. Estoy considerando comer algo pero aún no tengo tanta hambre. Perdí tiempo revisando Twitter y Facebook, quizá por temor a estar solo. Debería responder un correo electrónico. Debería ponerme a leer. Y a escribir. Creo que estoy en el momento más aburrido de mi día. Es breve. Escucho esto.

Tuesday, July 26, 2011

Martes

Comí solo en casa, de nuevo. Sopa, pollo, jugo de manzana. Lavé los trastes. Me sequé las manos. Me acosté en la cama. Leí unas páginas de El rastro de Margo Glantz. Comí viendo hacia fuera, por la ventana, el sol brillaba. Durante la comida me senté en una silla en la que casi no me siento y por lo tanto vi nuevas cosas por la ventana, o al menos durante un periodo de tiempo mayor al acostumbrado. Quizá me senté en esa silla aprovechando que O. no estaba en casa, es la que normalmente usa él. Después de leer un rato me dormí, una siesta breve, y tuve sueños. Los he olvidado. Quizá si me concentro pueda recordarlos. No sería muy interesante.

Wednesday, July 20, 2011

Miércoles

Después de comer me ocupé de asuntos relacionados con mis obligaciones fiscales. Cuando terminé estuve a punto de adelantar trabajo desde la computadora que tengo en casa. Me contuve, alarmado, al tanto de lo que estaba haciendo. En su lugar abrí de nuevo el diario del joven Pessoa y leí un poco más. Leí sobre sus actividades diarias, me impresionó especialmente la resolución que, un día, tuvo: leer dos libros diarios, uno sobre literatura o poesía, otro sobre ciencia o filosofía. Cada entrada que leo del diario de Pessoa es una especie de jaculatoria que me dedico antes de volver al trabajo.

Monday, July 18, 2011

Lunes

Breve siesta a la hora de la comida. Antes de regresar a la oficina leo algunas entradas en el diario de Pessoa. Ha faltado a clases pues hay un examen de geografía, tema del cual no tiene idea alguna. Detesta el trabajo impuesto. Lee constantemente en la biblioteca. Idea argumentos para su Metafísica. Lee Crítica de la razón pura. Lee partes de la Feria de las vanidades de Thackeray y libros de Julio Verne. Planea un poema en contra de la institución del matrimonio. Considera viajar a Londres, pero no antes de hacerse la circuncisión. Hacerlo sin ella, piensa Pessoa, no tendría sentido.

Tuesday, July 12, 2011

Martes

Anoche, camino a casa en bicicleta, después del trabajo, dos perros me persiguieron, uno en una cuadra, otro en otra. Ladraban y corrían. Cuando me detuve para ver qué le ocurría, en cada caso, el perro dejó de ladrar y correr. Leí, hoy por la mañana, antes de regresar a casa, algunas entradas en el diario de Pessoa. Dos de ellas, tras anotar lo que había hecho en el día, finalizaban con un "No hice nada de nada".

Friday, July 08, 2011

Viernes

Antes de salir al trabajo volví a leer un poco del diario de Pessoa. Anoche tuve sueños inquietantes. Anoche, antes de dormir, pensé en leer un poco pero me distraje con la computadora. Anoche, antes de llegar a casa después del trabajo, vi a los muchachos del taller de ensayo. Decir que vi a los muchachos del taller anoche podría dar la falsa impresión de que asisto al taller de ensayo con los muchachos desde hace tiempo, como si fuera una cosa usual. La realidad es que anoche fue nuestra primera sesión. Acordamos vernos en quince días para discutir un adelanto de algo que llevaré o, en su defecto, de algo que llevará alguien más. Por la mañana, después de leer a Pessoa, ya que me tomaba un yoghurt afuera del OXXO de la esquina, me pregunté si no sería feliz casándome con la muchachita que atiende en el OXXO, pero creo que no, que eso no me haría feliz.

Wednesday, July 06, 2011

Miércoles

Me despierto tarde pero con suficiente tiempo para llegar al trabajo a buena hora. En la regadera pienso en que soñé con ella pero en que no puedo recordar con exactitud lo que soñé y que no es lo suficientemente interesante como para escribir una historia a partir del sueño. También, me acaricio el pie, el tobillo, que sigue adolorido. Me visto -un pantalón de pana, el mismo que usé ayer, y una camisa limpia, morada, un suéter negro- y tiendo la cama. Por un momento considero usar los mismos tenis que ayer pero pienso que, por el tobillo, lo mejor sería usar algo con mayor soporte. Entre tanto, O. sale de su habitación y entra al baño: "O.", le digo, "estás aquí". "Aquí sigo, por ahora", me contesta. Antes de salir, alcanzo a leer una entrada del diario de Pessoa donde describe su día, su visita a una imprenta donde revisa las pruebas de un artículo que deben recortar para que pueda entrar en la publicación. A Pessoa, escribe, le parece bien. Salgo al trabajo, no sin abrir el refrigerador para descubrir que no hay comida apta para ser desayunada. Le recuerdo a O. que apague el boiler y bajo a la calle. Me encuentro con una vecina a quien no conocía, una señora que sale del más misterioso de los departamentos que se encuentran en el edificio donde vivo. Nos saludamos, se escurre dentro del departamento. En el OXXO compro un yoghurt para beber. Camino al trabajo, cerca de un centro deportivo, me compro un jugo de naranja que me tomo mientras espero a que se ponga el alto en la avenida. Más tarde, compro un café y lo coloco junto a la computadora, sobre el escritorio, frente al que ya me encuentro y donde continuaré hasta que dé la hora de la comida. Regresaré a casa, comeré, regresaré a la oficina y trabajaré hasta que den las siete, quizá un poco más tarde, dependiendo de los pendientes, como el que me ocupará apenas termine de escribir esto, revisar y editar el texto sobre la obra de Ignacio Uriarte que estaba trabajando anoche y que lidia, precisamente, con las pequeñas, rídiculas pero autónomas actividades del oficinista ineficiente.

Tuesday, July 05, 2011

Con disculpas a L.D.

Se encuentra indeciso de lo que le gusta de ella, si es cuando lo hace reír, si es cuando lo conmueve, si es cuando le habla de cosas serias o si es cuando no se comporta como una mujer infecta. Cuando se comporta como una mujer infecta y él la juzga, se preocupa de que su juicio alcance a dañar la imagen que tiene de la mujer que lo hace reír, de la mujer que lo hace reflexionar sobre el mundo y lo que considera cosas serias, la mujer que lo conmueve y en fin, las mujeres que son ella y de las cuales él quisiera ocuparse, y no así de esa otra mujer que a ratos se comporta como si fuera su enemigo, azotando puertas, truncando conversaciones, arrojando frases dolorosas. Pero son todas la misma mujer, de eso no puede tener dudas, pues su cariño descansa sobre esa certidumbre, y se encuentra indeciso sobre lo que significa su indecisión. Pero se recuerda, por otro lado, que la pureza de corazón nunca se encontrará en las certidumbres sino, siempre, en la duda.

Tuesday, June 28, 2011

El próximo domingo eterno


Termino de ver Menschen am Sonntag (Gente en domingo, de 1930), no en la edición de Criterion sino en la que viene, gratis, con la compra del número 79 The Believer (marzo-abril, 2011) y que tiene una duración de una hora y unos 15 o 14 minutos. El número incluye una introducción a cargo de Jessica Winter, quien no tarda en señalar el pedigrí del filme: Billy Wilder escribió el escueto guión (autor de Double Indemnity, Sunset Boulevard, Some Like it Hot, The Apartment...), fue dirigida tanto por Robert Siodmak (The Killers de 1946 y Criss Cross de 1949) como por Edgar G. Ulmer, de quien Winter destaca Detour, de 1945. El asistente de cinematografía, se nos indica, fue Fred Zinnemann, futuro director de High Noon (1952) y From Here to Eternity (1953).


El filme, de acuerdo a lo indicado al inicio del mismo, sigue a un grupo de actores no profesionales (se presenta como un "experimento" y no se tarda en señalar que los intérpretes, al final del filme, han regresado a sus trabajos normales, como lo hacen los 4 millones de berlineses del año de 1930 al término de cada domingo que esperan con ansia, y como lo seguimos haciendo nosotros, hombres modernos, tras dejar nuestros papeles domingueros). Los no-actores también se desempeñan como trabajadores que descansan de sus trabajos en la realidad del filme: Christl, una actriz que quiere ser extra en un filme; Wolfgang, o Wolf, un vividor (en los créditos de la edición de Criterion se dice que vende vinos, y que, como el resto del reparto, se interpreta a sí mismo); Briggite, dependienta de una tienda de discos y fonógrafos; Erwin, un taxista y Annie, una modelo, que se la pasa el domingo tirada en la cama, a diferencia del resto, que tienen una especie de cita doble en un lago cercano a la ciudad.
Los mejores momentos del filme se encuentran, a mi gusto, precisamente en las estampas de la ciudad real, alejados de la historia, a ratos chusca, a ratos definitivamente aburrida, que le da coherencia al grupo de imágenes: automóviles, trenes urbanos, niños riendo, señoras riendo, hombres riendo, hombres chapoteando en el agua, niños chapoteando en el agua, mujeres chapoteando en el agua, etcétera.
Winter recuerda que, por su momento histórico, de entreguerras, el filme evoca un vago anhelo, una especie de nostalgia anticipada: "...a Berlín se le está acabando la luz del día". Brigitte, hacia el final del filme, le pregunta a Wolf (quien ya ha acordado verse con su amigo Erwin para un partido de fútbol el próximo domingo) si se verán el próximo domingo, con, escribe Winter, unos "ojos hambrientos de una esperanzada anticipación y la despreocupada y joven creencia de que existe un futuro".
Esto que sigue es de "Domingo", una entrada en Las reglas del juego (1948-1955) de Leiris. Es un poco largo pero creo que vale la pena:

"Por mi parte, debo poner mucho cuidado en esto, porque tengo demasiada tendencia a instalarme en la desesperación, a decidir que ahí me quedo y luego no moverme ya; también demasiada inclinación -después de haber sido atraído, en primer lugar, por todo lo 'moderno' [...], todo eso me atraía porque me parecía situarse en el punto extremo de la época y que había para mí, tan rebelde ante la idea de que algún día ya no sería joven, una especie de necesidad de acercarme a las últimas creaciones de la época-, demasiada inclinación a huir románticamente hacia la edad de oro que representan algunas formas de vida pasadas, que pueden ser la infancia (la de antes de la edad llamada 'de razón') o el estado de inocencia que se atribuye (sin haberse metido demasiado en ello) a los primitivos aún no corrompidos por nuestra civilización, incluso a todos los que no participan en nuestro frenesí mecanicista. Si pudiera soportar el vacío y la inacción de un domingo perpetuo, quizás me conformaría con eso. Pero la inmovilidad (incluso la de la felicidad) ya no significa para mí más que monotonía, transcurrir de un tiempo uniforme sin accidentes que obstaculicen mi mirada [...] sin nada de pintorequismo, si no para cegarme al menos para atraer mi mirada e impedir que se dirija directamente a la muerte inevitable que me espera al final de la calle.
[...]
Hoy, finalizada la guerra en nuestro continente y terminada la ocupación, ya no hay nada frente a mí, ni muralla de fuego que atravesar ni puerta opaca que derribar, nada que se levante en mi camino y le impida ir directamente hacia el foso; de suerte que, quizás, jamás me he sentido tan desamparado".

Leiris, tengo algo que decirte: no te equivoques.