Tuesday, December 13, 2011

Miércoles

Lo que soñé la noche del martes fue que un amigo me perseguía por las callejuelas de un pueblo. El amigo en cuestión fue decisivo en mis años de preparatoria para que yo me decidiera a cursar la carrera de filosofía. En el sueño, mientras me perseguía, mi amigo, o mejor dicho, la representación de mi amigo, sonreía todo el tiempo y adoptaba una actitud con la que parecía decirme que me estaba tomando las cosas demasiado en serio -si bien se refería exclusivamente a aquello de "ser perseguido" por él. Quizá sólo quería hablar conmigo, en el sueño. Ahora que lo recuerdo, no había una razón real por la cual me sentía perseguido, es decir, no me sentía en peligro en el sueño. El único momento en que me sentí así fue cuando, tras cruzar varias callejuelas y subir por tejados, estuve a punto de caer (un barandal sobre el cual me apoyaba, cedía). Mi amigo me ayudaba.

Tuesday, December 06, 2011

Plataforma México: diciembre 2011



En el número más reciente de Plataforma México, de diciembre, mi columna. ¿Por qué me dieron un espacio para comentar cosas? ¡No lo sé! Es muy curioso. Ya pueden encontrar el número donde normalmente lo encuentran.



Compras navideñas: un rifle

Imaginemos la posibilidad de que en algún lugar de esta ciudad una madre –que, digamos, se llame Guillermina- le haga ver a su hijo –que, digamos, se llame Guillermo- que “ya no le dedica tiempo”. Esto sucederá en uno de esos fines de semana en los que Guillermo va a visitar a Guillermina a su casa, quien le pedirá: “ven, acompáñame, pasemos tiempo juntos”. Ahora bien, ¿cuál es la idea que esta madre tiene de pasar tiempo juntos? Ir a un centro comercial a comprar zapatos. En un escenario así (¡hipotético, insisto!), uno tendría que temer la extraña alineación de esta noción de pasar tiempo en familia (consumiendo) con la que tiene Calderón, presidente del empleo, cuando impulsa iniciativas como el Buen Fin, del pasado noviembre, a la que caracterizó como “valiosísima” pues es una “gran idea para promover el bienestar de las familias” (que tienen dinero para gastar, se entiende). Sin pizca alguna de ironía, Calderón añadió: “Es puente y hay que aprovecharlo para pasearse y consumir”.

Pasearse y consumir.

No quiero sonar injusto, en realidad esta madre seguramente tiene otros modos de pasar tiempo con su hijo –las sobremesas, las conversaciones peripatéticas- y, no sólo eso, “pasar tiempo juntos” aquí significa “necesitas otros zapatos pues los que ahora usas te hacen ver como un vago, sé que a ti no te importa pero alguien debe decirte estas cosas, y para eso estoy yo aquí, pues soy tu madre y te quiero como una madre quiere a su hijo”. De tal forma que, aprovechando que hará unas “compras navideñas” (era noviembre aún), Guillermo se verá obligado (es un decir, acompañó con gusto a su madre) a ir a un centro comercial.

Detesto los centros comerciales. Los odio. El principal placer que uno puede experimentar en un centro comercial, comprar cosas, me está negado. No tengo mucho dinero. Podría pedir dinero prestado, supongo. Pero no me gustan los créditos ni las deudas. El único objeto que me gusta comprar, he descubierto, es el libro. A menudo compro libros que no necesito, que no leeré.

Algunos pueden pasar horas comprando ropa o electrodomésticos, yo puedo malgastarlas consumiendo o pensando en consumir libros. Pero son pocos los centros comerciales que tienen librerías en su oferta. Así que el único placer real que experimento en un centro comercial es ver cómo se comporta la gente en ellos.

La gente se ve relativamente feliz en los centros comerciales, pero sobre todo distraída. Hay mucho con qué distraerse. La música, las ofertas. Todo el tiempo suena música en los centros comerciales. Un buen centro comercial tiene buena iluminación y consigue que su acústica diluya las voces de las multitudes. Sin serlo, estos centros comerciales evocan plazas públicas. Estos, claro, no son los que abundan en México. Escribe Witold Rybczynsky en City Life que en un centro comercial puede encontrarse “un nivel razonable de orden público; el derecho a no padecer comportamientos extravagantes, no ser asaltados o intimidados por adolescentes groseros, borrachos escandalosos o mendigos agresivos”. Pero cuando voy a comprar un par de zapatos comportamientos extravagantes es lo único que encuentro, vendedores groseros, personas que no se ceden el único asiento disponible, personas cansadas, borrachas de hiperconsumo. Y esto, señores, no está nada bien. Fin.

Wednesday, November 30, 2011

La fe en los demás

He visto parte de su vida desarrollarse a través de las ventanas -la ventana que da a mi comedor (que en realidad no es un comedor sino una mesa en la que a veces como pero en la que, sobre todo, dejo documentos como cuentas sin pagar o revistas que no he leído) y las ventanas que dan a su estudio, sala, habitación, baño y partes de su comedor y cocina. Su departamento es grande, comparado con el mío. Lo vi antes con su novia. De hecho, antes eran dos, a quienes veía. La podía ver a ella, una joven guapa que me recordaba a alguien más, lavarse los dientes o cambiarse o a ambos platicando frente a la computadora encendida o a él defecar con la puerta abierta o, en una ocasión, masturbarse frente a la computadora (de pie). También vi cómo bajaban las persianas pero dejaban las luces encendidas. También la vi a ella, un día, con otro hombre y cómo no usaron la cama que usaban ellos dos sino un colchón en el estudio (que también es sala). Apagaron la luz. Después ya no la vi a ella y lo vi a él de nuevo frente a la computadora. Y luego con otra mujer, gorda y fea. Después no volví a ver a la mujer gorda y fea y sólo lo vi a él y dejó de interesarme su vida, aunque no sé por qué. Lo vi hace un momento, salí de mi habitación y fui al baño y pasé frente a la ventana y ahí estaba él, leyendo algo en el monitor de su computadora.

Tuesday, November 29, 2011

Cómo sería

Se levantaría temprano, saldría rumbo al trabajo sin desayunar, nada en el refrigerador. Unas horas más tarde saldría a comer y regresaría pronto al trabajo pues tendría aún bastantes tareas por resolver. Cansado, al salir de la oficina, tomaría su bicicleta y pedalearía hasta el cine Cinépolis Diana pues había leído que ahí se proyectaría una adaptación de un libro de un autor que él apreciaría (trabajaría en una editorial o en una revista o en algo relacionado medianamente con las artes o la cultura o la literatura o las humanidades; en suma, tendría intereses). O quizá un amigo le recomendaría que fuera a verla, un amigo leído, y eso haría, saliendo de trabajar. El amigo no podría acompañarlo pues esa noche cenaría con su esposa. Sería su cumpleaños. Pensaría: esto es mejor idea que ir a un restaurante a que te canten las mañanitas, solo. O quizá no sería una adaptación de un libro sino una comedia romántica, lo que vería. Dejaría su bicicleta amarrada afuera del cine. No. Metería su bicicleta al estacionamiento. No, pues cerrarían a las 10 y él estaría entrando al cine a las 8 o a las 9. Dejaría su bicicleta en paquetería y compraría unos nachos y pensaría: la estoy pasando bien. A una media hora de iniciada la película, comprendería que no la estaba pasando bien. O mejor: sentándose, con la sala oscureciéndose, le llegaría un mensaje a su celular de una mujer de la cual él tendría pensamientos agradables (entre eróticos y cariñosos) y quien le preguntaría si no estaba interesado en ir a tomar una cerveza. No por su cumpleaños (ella no sabría que ese día sería su cumpleaños) sino porque había sido un día difícil en la oficina. Sería miércoles: el cine a dos por uno. Le contestaría que estaba entrando al cine (sería cuidadoso con su dinero, pues ganaba poco) pero que saliendo le marcaría. Añadiría: o si prefieres, otro día. Ella le contestaría: mejor otro día, pásala bien. Guardaría su celular y pondría atención al resto de la película. O no pondría atención. Se distraería con las posibilidades. Quizá no disfrutaría la película, quizá el autor en cuya obra estaba basada la película no era tan bueno como imaginaba o como creía el amigo que le había recomendado la película o quizá sencillamente estaría pensando que sería buena idea dejar el cine de una vez por todas e ir a tomar una cerveza con la mujer que le acababa de mandar el mensaje así que saldría del cine -entre decepcionado por la película y apurado por la posibilidad de ir a beber algo con aquella mujer- y se apresuraría a recoger su bicicleta. Afuera, le marcaría a la mujer. Ya estaría en cama. Mejor otro día, le insistiría, ella. O quizá iría al cine con una amiga. Es decir, atención, no iría solo. No sería su cumpleaños. Su amiga elegiría la película y él decidiría apoyarla en la elección (por decir algo) pues había leído al autor en cuyo libro estaba basado la película y le diría algo por el estilo: "Es un autor muy bueno, vamos a verla". Esto sería una conversación intercambiada a través de programas de mensajería instantánea, instalados en sus respectivas computadoras, desde sus respectivas oficinas. Ambos trabajarían en publicaciones periódicas. Quizá serían periodistas. O quizá serían banqueros pero tendrían intereses. Es decir, intereses en las artes y las humanidades y el ser humano en general, no "intereses" en el sentido de cuestiones financieras -aunque también tendrían esos, acumulándose ya sea en sus créditos o en sus ahorros. Entonces. Acordarían verse en el cine. O quizá no serían periodistas sino otra cosa. Escritores. O editores. O algo. El punto es: ambos llegarían en bicicleta, por separado. No tendrían automóvil. Se encontrarían en taquilla y dejarían las bicicletas amarradas o en paquetería y mientras él o ella dejaban la bicicleta en paquetería o amarrada en el lugar menos inconveniente, ella o él iría a la dulcería a comprar las viandas que disfrutarían durante la función. No sería su cumpleaños, ni de él ni de ella. Su amistad se basaría en la enfermedad y la desidia. No. Su amistad se basaría en la honestidad y la confianza. Quizá. O tal vez en la posibilidad de que al otro le interesaba la vida del otro tanto como le interesaba a él o a ella. En cualquier caso, no sería algo en lo que pensarían demasiado pues, de facto, se llevarían bien (en la medida de lo posible). O quizá no serían amigos sino hermanos. No. Serían amigos. Nada más. Pero tampoco nada menos. O quizá la película la había recomendado él y por eso cuando, pasada la hora, descubriera que ella no estaba disfrutando la función ("No, por favor", susurraría ella cuando en la pantalla se proyectara el rótulo "Segunda parte", a modo de advertencia de que la pifia seguiría) él sugeriría salirse del cine, apenado. O quizá no estaría apenado y sólo lo sugeriría por procurar ser práctico. Esto es algo que ella apreciaría de él, que era un hombre práctico. Un hombre prudente. O tal vez no es algo que ella pensaría necesariamente de él pero al menos alcanzaría a apreciar que era una persona que intentaba ser práctico y prudente (si es que tales cosas son equivalentes). O tal vez ella no se fijaría en esas cosas. Tal vez se quedarían a ver el resto de la película. Tal vez, mientras veían la película, una mujer le mandaría un mensaje a él. O tal vez tendría la fantasía de que una mujer le mandara un mensaje a él de tal forma que cuando viera una oportunidad le sugeriría a ella salirse de la película ("Hacía años que no me salía de una película", diría saliendo) y se despedirían a la entrada del cine y él pedalearía con furia para alcanzar a la mujer en cuestión. O tal vez no se saldrían y tolerarían el bodrio hasta el final creyendo que la otra persona estaba interesada en terminar de verla (al final descubrirían que no era así). Quizá la otra mujer no le mandaría un mensaje. Quizá la otra mujer no existiría. Quizá existiría, le mandaría el mensaje pero él preferiría permanecer en la película para acompañar a su amiga pues él creería que es el tipo de cosas que nutren las amistades (la lealtad, la camaradería, los buenos modales). Al salir, de hecho, él la acompañaría a su casa, cada uno en su respectiva bicicleta, y agradecerían el paseo, tras una larga noche y un largo día. Bromearían durante el trayecto. Serían felices. O alegres. O felices. O al menos lo fingirían bien pues creerían que la expresión precede al sentimiento. Se despedirían en la puerta del departamento de ella y él emprendería el viaje a su no muy retirada casa. En el camino vería a hombres a solas hablando por celular, en la calle. Hombres que salieron de casa para poder marcar el número en el cual ahora hablaban acaloradamente. Hombres, ¿con familias? Hombres, ¿con amoríos? Vería a mujeres también, muchas mujeres solitarias, paseando a sus diminutos perros (es decir, no atendiendo a sus familias en casa; es decir, sin un bebé o un marido esperándolas). Querría hablarle a todas. Decirles: "Hola, buenas noches". Decirles: "Espero que estés pasando una buena noche". Y decirlo en serio. Eso querría. O quizá no querría nada de eso, el paseo, la duda constante, la noche, el cine, las amigas, los amigos leídos, los seres humanos, querría algo más sencillo, un trabajo alejado de las humanidades o que no exigiera tantas horas o que no le impusiera el cansancio como único modo de dignificación, quizá querría estar menos alerta a los demás y sus sentimientos y trabajar en algo sencillo pero bien remunerado, quizá tedioso y con una diminuta posibilidad de generar intereses ajenos a ellos. Querría no tener preocupaciones más severas que decidir a dónde vacacionaría (dado el caso) o a dónde saldría el fin de semana. Quizá, pensaría mientras pedalearía a casa, podría ser un político o un empresario o un banquero o algo igualmente sencillo, aunque tendría la sospecha de que eso sería definitivamente imposible para una persona como él en un país como este. Y esa certeza lo animaría. Y en lugar de hacer otras cosas, llegaría a casa y escribiría con el temor de reducir la realidad a unas cuantas líneas, faltando a la realidad, pues, y dudaría de nuevo, y así sería como sería.

Martes

Hoy es martes.

Thursday, November 17, 2011

Viernes

Apreciarse como un despreciador de uno mismo, ad infinitum. Considerar las palabras de los demás pero tener la incapacidad real de comprender lo que ocurre fuera de uno. Dar pie a la importancia que tiene lo subjetivo, distinguirlo de lo relativo. Creer que es posible realizar juicios que sean acordes a la realidad. Defender la importancia, especialmente en una sociedad deficiente, de que la teoría ayuda a la vida práctica, la importancia de la ética, y esperar el día en que no deba justificarse la teoría por su "utilidad" o por ser capaz de brindar un servicio. El problema de la amistad: lo fácil y placentero que es hacer amigos, lo difícil que es mantenerlos o cultivarlos. El deseo de tener iguales, la paradoja del hombre prudente, autosuficiente, excelso, justo, que no tiene necesidad de amistad. "Grandeza". "Fracaso". La duda del valor de la sospecha. El egoísmo, su utilidad, tan breve. Problemas concretos, como el dolor de oído que tengo. Pero la vida se experimenta, no se resuelve. ¿Pero la vida se experimenta, no se resuelve? Poner buena cara, cuando se necesite poner buena cara. Poner mala cara, cuando se necesite. Hacer el bien. Poner atención. Pedir perdón. Dar perdón. Ser violentos con nosotros mismos, no ceder a ser lo que somos, sino ser lo que queremos ser. Propongo.

Tuesday, November 08, 2011

Oxxotexto


Ya circula un nuevo número de PLTMEX, en su edición de noviembre podrán encontrar en El diseño: Tzompantli Gráfico; en El Ocio: Espacio Escultórico de la UNAM; en La Ecología: Primeros taxis eléctricos; en La Infraestructura: Obras públicas sin concurso; en El Futuro: El Museo Tamayo se amplía; en La Sociedad: El DF ante el antiabortismo; en La Economía: Cooperativa Panamédica. En portada, de Las Artes, SOMA y algunos de sus integrantes.

Finalmente, en La Convivencia, además de la Etiqueta y la Antología de la infamia, mi columna, con un texto sobre los Oxxos que reproduzco a continuación.

Oxxotexto

En la esquina de mi casa, un oxxo. Qué alegría. Recuerdo que cuando me sugirieron rentar el departamento donde sobrevivo me dijeron que tenía la ventaja de tener un oxxo en la esquina. Pero, uy, no es una ventaja. Es una respuesta a un falso problema. Su variedad de productos, sus horarios atractivos, la intención de satisfacer deseos que en realidad nadie tiene no hacen nuestra vida más fácil. Ah, “la publicidad fracasa, la depresión se multiplica”.
Sé que me nutro mal en gran medida por culpa de esa “tienda de conveniencia”. A menudo, en lugar de armarme de disciplina para caminar hasta el mercado y comprar ingredientes baratos para cocinar algo, bajo y me compro unos Rancheritos. “Cuando tienes antojo y no sabes qué comprar, visita oxxo”, nos exigen en su sitio electrónico. oxxo, un favor, ya nomás dinos: ante incertidumbre existencial, compra.
Escribo esto y escucho “Lost in the Supermarket”, esa canción de The Clash que informa: “Estoy perdido en el supermercado y ya no puedo comprar felizmente, vine por la oferta especial de personalidad garantizada”. ¿Y saben qué estoy pensando? Que es una canción muy simpática e ingeniosa, con un aire de inconformidad social que bebe del ethos punk, el tipo de actitud que realmente no se puede asociar con alguien que sólo se está quejando de la existencia de un oxxo. Es decir, conmigo. Sospecho que no atinaré a decir algo medianamente divertido como, digamos, podría hacerlo un episodio de los Simpsons en el que aparezca Apu y su Kwik-E-Mart. A estas alturas, estas tiendas no provocarán una respuesta más ingeniosa o inteligente que la canción de Children Garden, “Yonits Asuntos Internos” (y que abusa de esa estrofa marcada por la aliteración: “Sexo en el oxxo en exceso ¿con un marcatexto?”).
Camino a la oficina me voy fijando así que pronto descubro tres oxxos en una caminata de diez minutos, sin contar el 7 Eleven o el Círculo K que me encuentro por ahí. Abran los ojos: están en todos lados. No me gusta esto. No me gusta que proliferen los oxxos. ¿Saben cómo se le conocen a los oxxos en la industria de los abarrotes? Se les conoce –supongo que por ser muchos y porque son molestos- como Gremlins. Pero si los Gremlins pueden ser destruídos con luz solar, el oxxo funciona durante todo el día y en las madrugadas sus luces permanecen encendidas, como faros para barcos ebrios.
De acuerdo con mis informantes de confianza (pues tengo informantes) y los datos que tienen a la mano, en el Distrito Federal hay cerca de 1,100 oxxos. Les sigue el 7 Eleven (“famoso por su café”, me dicen), con 310 establecimientos. Círculo K, 150. Extra, 94. Super City, 90. ¿Saben qué veo? Un futuro en el que en lugar de dueños de establecimientos que vendan abarrotes, tendremos cada vez más oxxos regentados no por sus dueños sino por empleados uniformados, a quienes se les obligará a preguntar si queremos redondear nuestra compra, establecimientos que se jactarán de extrañas políticas como el Programa de Inclusión Laboral (aunque su “inclusión” considere, especialmente, a madres solteras). Leo en oxxo.com: “oxxo es la empresa de femsa con el más agresivo nivel de crecimiento, de hecho el crecimiento es la base de nuestra estrategia de negocio”. Corolario: la agresividad es la base de nuestra empresa y te vamos a chingar, vendiendo cosas que nadie necesita, en frente de tu casa, a horas innobles, por siempre. Qué alegría.

Sunday, November 06, 2011

Dicho de un toro: Que no tiene resabios y acomete francamente y sin repararse

Estaba leyendo una cita en una bitácora electrónica que administra un amigo en la que se toma una pregunta de Wittgenstein que dice: "¿Qué ganamos con una definición si sólo nos lleva a otros términos aún sin definir?"
Me pregunto en qué contexto se hizo Wittgenstein esta pregunta.
Estaba buscando la definición de contexto y una de las acepciones en desuso del término es "Enredo, maraña o unión de cosas que se enlazan y entretejen" que, creo, da una idea un poco opuesta de la definición que todo mundo más o menos acepta (en la que lo que define aclara).
No sé por qué el diccionario incluye definiciones en desuso.
La primera acepción de definir, en el diccionario de la RAE, es: "
Fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una persona o cosa".
En su cuarta acepción, sin embargo, se coloca un mayor énfasis en el aspecto emocional de lo que significa definir algo:
"Adoptar con decisión una actitud" (la segunda acepción de "decisión" es "Firmeza de carácter").
Cada vez que intento precisar un término un compañero de la oficina me implora que deje de filosofar, lo dice así, con énfasis, casi con veneno, sin querer realmente decir "filosofar" o "deja de aclarar términos" sino lo contrario, "deja de enredar términos". Cada vez que me lo dice -pasa a menudo, pues esto se hace generalmente en un contexto distendido y no ha habido una razón real para pedirle que deje de hacerlo- reímos (aunque creo que mi risa está acompañada por una sensación de desesperanza).
En uno de los avances de la vigésima tercera edición del diccionario de la RAE ya se incluye una definición de "descontextualizar", es decir, "sacar algo de su contexto". Tengo una amiga que solía llamarme "descontextualizador profesional". Esto solía hacerlo también en un contexto distendido, lo cual me ayudó a evitar considerar que en realidad me estaba llamando un sofista. Recuerdo que cuando llegué a dar clases de ética hice un énfasis especial, quizá por el modo en que me educaron, en aclarar que a pesar del uso común del término "sofista" (quien hace uso de razonamientos incorrectos que aparentan ser correctos), no todos los sofistas de la Grecia del siglo V (estoy citando el diccionario de la RAE) hacían uso de los "sofismas", sino que enseñaban "el
arte de analizar los sentidos de las palabras como medio de educación y de influencia sobre los ciudadanos".
Creo que nunca me sentiré cómodo en la desagradable posición del que intenta explicar algo con claridad. A nadie le gustan las cosas claras. Pues las cosas no son claras. Creo que esto lo tengo claro.

Friday, November 04, 2011

Viernes

Mira mis dedos. Mira mis libros. Mira mis ropas. Mira las cosas. Las cosas se miran, los dedos se extienden, los libros descansan sin ser leídos, las ropas abrigan los cuerpos desnudos y dejan de estar desnudos los cuerpos que son de carne como está hecha de carne la mayoría de las cosas que nos importan. Preciado como la carne. Carnestolendas. "El bistec cada vez está más caro", dice. "El dinero cada vez está más caro", dice, el cantante, con su boca de carne.
Leo a Macrobio.
A nadie le importa.
Pienso en ella.
A mí me importa.
Leí un cuento sobre la carne. Me gustó ese cuento. Amor de carne. Comí carne. Soy un carnívoro. Comí otras cosas. Soy un carnívoro.

Tuesday, November 01, 2011

Martes

Despertar. Desayunar. Bicicleta. Trabajar. Bicicleta. Comer. Leer. Donald Barthelme. Siesta. Donald Barthelme. "The Genius" y "The Opening", que finaliza con la expresión "...los huesos rotos del corazón". Bicicleta. Una pareja, él mayor que ella, pelo cano, ambos en bicicleta, ¿rumbo al trabajo? Overoles fosforescentes, ambos. Casco, él. Bandas fosforescentes para mantener los pantalones caquis alejados de la cadena, él. Platicando en voz alta y dirigiendo el camino, ella. Trabajar. Algo parecido a la vida.

Friday, October 28, 2011

Los pelos contados

Una persona demasiado centrada en lo que piensa puede llegarse a plantear la disyuntiva problemática que podría presentarse entre elegir actuar como uno piensa o pensar como uno actúa. Al menos es lo que piensa él, una persona que sabe que piensa demasiado en el modo en que piensa pero que ignora si es posible, en realidad, elegir entre una u otra posibilidad. Las preguntas de orden moral, de vida práctica, le preocupan especialmente porque son precisamente sobre las que, cree, uno debería preguntarse menos. Una persona moral, es decir, de vida práctica, actuaría moralmente, no pasaría demasiado tiempo tratando de elegir el mejor modo de actuar. Pero, ¿cómo actuar moralmente sin preguntarse sobre lo que es moral? ¿Cómo evitar la parálisis? Siendo egoísta. Poniéndose a uno primero que a los demás. Siendo vanidoso. Partiendo de la idea: actúo correctamente. Pero el amor inmoderado por uno mismo es tan malo como el amor inmoderado por los demás. No puede ser este el camino. Quizá es demasiado duro consigo mismo, esta persona. Lo cual no deja de colocarlo en una posición elevada que lo llena de orgullo: el que es demasiado duro, a diferencia del otro, que es demasiado laxo. Le gusta saber que no se conoce bien. Que cabe aún la posibilidad de cambiar para ser una mejor persona, convertirse en quien realmente es. Pero, ah, ¿no es esto negar la responsabilidad que tiene sobre su propia vida a esta hora y en este momento? ¿A dónde se va todo ese tiempo perdido?
Se le ocurre posteriormente: quizá es demasiado duro en lo que no tiene que ser duro y demasiado laxo en lo que no tiene que ser laxo.
Pero también: quizá esto es otro tipo excesivo de dureza.

Monday, October 17, 2011

El medio es el masaje

Hace tiempo que no hablan, frente a frente, pero a menudo intercambian palabras a través de correos electrónicos o mensajería instantánea. Extraña hablar con ella. Es probable que hayan escrito muchas más palabras entre ellos de las que han intercambiado hablando. Esto le preocupa a él e ignora si le preocupa a ella. A él le preocupa pues le recuerda que las palabras, escritas, pueden interpretarse de muchas maneras -había una razón, recuerda, por la cual Kafka le temía a las cartas. Lo curioso es que no cree ser capaz de darse a entender mejor hablando que escribiendo. Se hace creer que es preciso con las palabras, al momento de escribir. Puede elegir mejor lo que quiere expresar, las palabras necesarias. Y se hace creer que no es una persona elocuente. Aunque, claro, estas creencias pasan por alto los beneficios del habla, las modulaciones de la voz, el lenguaje corporal, el modo en que los gestos asisten los silencios, que las pausas dicen bastante, en fin, el tipo de cosas que no pueden precisarse pues el lenguaje no alcanza. Dos cosas: 1) Los sueños no comprendidos son como cartas no abiertas y 2) tuvo que pasar al menos un año desde que se colocó hasta que alguien se percatara de la errata que se encontraba en la lápida de William Gaddis.

Thursday, October 13, 2011

Jueves

Despertar. Baño. Dientes. Ropa. Bicicleta. Oficina. Trabajar. Obligaciones fiscales. Casa. Comer. Trastes. Dientes. Obligaciones fiscales. Bicicleta. Oficina. Trabajar. Junta. Algo parecido a la vida. Lluvia. Bicicleta. Casa. Bioy Casares. Siesta. Cama. Computadora. Mensajería instantánea. Algo parecido a la vida. David. Foster. Fucking. Wall-E.

Wednesday, October 05, 2011

PLTMEX Octubre 2011


Ya comienza a distribuirse el número de octubre de PLTMEX, échenle un ojo. En este número un breve texto que está a poco de preceder un nuevo texto que probablemente se titulará: "Compré un rifle". Lo copio a continuación.

Fui al banco, soy un neurótico, a nadie le importa

Hay varias cosas que me molestan de esta ciudad. Aún más: cualquier cosa en cualquier momento está sujeta a convertirse en una de ellas. Soy un neurótico. Ciertos malestares emocionales provocados por la vida en la ciudad han terminado por alterar mi “funcionamiento social”. Temo que esto, con el tiempo, se agrave.
Estoy en el banco y estoy esperando en fila para pagar impuestos. Veo un cartel que invita a sacar un crédito. El cartel afirma: “Sigues pensando en tus vacaciones y ya debes comprar los útiles escolares”. De tal modo, creo, se apunta a la (aparente) tensión provocada por nuestras obligaciones y nuestros deseos de pasar tiempo de ocio. El cartel es ilustrado con una imagen de útiles escolares enterrados en la arena. Es muy desagradable. Creo que las personas que diseñaron el cartel y la promoción (al sacar un crédito con este banco, se regalan un cuaderno, lápices, sacapuntas y otros útiles, hasta agotar existencias) han puesto su inteligencia al servicio de algo, esencialmente, perverso. Claramente, este tipo de cosas más bien contribuyen a que sean nuestras existencias las que se agoten. He adoptado un punto de vista negativo, o eso quiero creer. Pues pensar que uno es negativo (y no, como gustan decir algunos, “realista”) es básicamente una actitud positiva: lo que ocurre, es que, sencillamente, estamos en un error. Que hay otros modos de ver las cosas. Quizá la vida en la ciudad no es tan mala como nos la pintamos y sólo estoy molesto porque sigo en el banco y no he tenido tiempo para comer.
Detrás de mí, una pareja discute cómo le explicarán a sus hijos dónde fue que se conocieron. Están formados para pagar su servicio de cable. Se conocieron en Internet. “Podemos decirles que nos conocimos en un puerto español”, dice él, ingenioso (se conocieron en un portal de Internet para citas de origen español, descubro más tarde). Es horrible pero por un instante consiento el sincero deseo de que esta pareja nunca se reproduzca.
Sólo hay una persona atendiendo en caja.
Quizá el problema no es que viva en una ciudad, sino que se trata de una de las más grandes del mundo, parte de la “Corona regional de ciudades”, megalópolis conformada por el Distrito Federal, Puebla, Tlaxcala Xicohténcalt, Cuernavaca, Cuautla de Morelos, Toluca de Lerdo, Pachuca, Tula de Allende, Tulancingo y sus áreas metropolitanas (el término megalópolis designa a esta región desde 1996, tras una propuesta realizada por el Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal). ¿Cómo puede esperarse que una entidad con un sistema nervioso lo suficientemente sofisticado y sensible para edificar o imaginar estas comunidades, también las habite?
El otro día, en la estación del Metrobús, me percaté que uno de los botones de alarma que allí se encuentran está acompañado por dos instrucciones. Una dice: en caso de alarma, oprima el botón. La otra: en caso de alarma, jale el botón. Encontré el fenómeno enervante, tanto como que en algunos restaurantes de la ciudad existan animadoras infantiles que retiren a los niños de la mesas para que no molesten a los adultos. También encuentro perturbador descubrir faltas de ortografía en el sitio electrónico de Neuróticos Anónimos (neuroticos-anonimos.org.mx) y, aún más, que las “disturbios emocionales” sean tratados como una enfermedad, cuando, claramente, el problema ocurre sólo cuando la gente presta atención. Cuando le importa. Pero no, a nadie le importa.
Creo que necesito unas vacaciones. Quizá regresando saque un crédito.

Saturday, October 01, 2011

Sábado

En la cama. Planes. Mensajería instantánea. Pereza.

Wednesday, September 28, 2011

Estoy inquieto

Debo escribir una reseña de Los poseídos de Elif Batuman, que ya leí, pero en inglés. Quizá deba leerlo en español. Pero qué flojera.
Debo leer un libro de John Berger, uno de Amis, uno de George von Rezzori, uno de Leonid Andréiev, uno de Chéjov y uno de Flaubert. Empecé el de Flaubert.
Terminé de leer Punto de fuga de Markson. Me gustó mucho. Quiero leer This Is Not a Novel y The Last Novel.
Estoy leyendo The English Novel de Eagleton. Estoy leyendo a Pavese. El libro de Pavese que estoy leyendo podría terminarlo hoy. Estoy leyendo a Pessoa. El libro de Pessoa que estoy leyendo podría terminarlo hoy. Estoy leyendo Klusterman. No me gusta. Estoy leyendo el último número de la Vanity Fair. Me gusta. Estoy leyendo Las noches de Gerard Reve, que fue un regalo. Quiero que me guste.
Creo que no estoy leyendo nada.
Quiero leer algo.

Saturday, September 24, 2011

Sábado

Desperté pensando en un episodio de E.R. en el que los paramédicos reciben una llamada de un par de amigos que estaban intentando realizar una trepanación en su departamento. Era un par de intelectuales, libros por todos lados. Uno de los paramédicos decía: "Para ser tan inteligentes y cultos...". No sé por qué desperté pensando en eso. No me gusta que mi memoria tenga tantos datos inútiles, que llegan, repentinamente. Anoche unos amigos hablaban sobre un episodio de Roma donde también se llevaba a cabo una trepanación.
Mi padre me envió un correo electrónico.

Thursday, September 22, 2011

Toque a sus hijos*

Ahí les va una anécdota: me encontraba atorado en el tráfico de una zona residencial al sur de la ciudad, a saber, el Pedregal. Avanzaba lentamente por el Boulevard de la Luz, flanqueado por camellones y jardineras. Mi paciencia, como quien dice, se agotaba. Quizá para apreciar aún más el sentido de esta anécdota deba aclarar que me considero una persona medianamente paciente y caritativa, es decir, creí que estábamos atrapados en el tráfico porque, más adelante, a algún automóvil le había ocurrido algún desperfecto. Pensé: es posible que una ambulancia esté ayudando a algún necesitado. Quizá, imaginé, una persona de la tercera edad está cruzando la calle.

Por supuesto, nada de esto ocurría. En realidad llegábamos tarde a nuestras citas, el resto de los automovilistas y yo, porque a una señora fodonga se le ocurrió sacar a pasear a su perro. ¿Cómo sacan a pasear a sus perros las señoras fodongas? El perro camina, a su moroso ritmo animal, sobre el camellón, mientras la señora sostiene la correa desde el interior del automóvil.

Cuando tuve la oportunidad, ¿le menté la madre a la gorda infecta aquella? No. Entre las prácticas sociales complejas que tenemos que desarrollar para poder hacer de este un lugar habitable, considero, se encuentra la de ocultar o disimular muchas de nuestras emociones. La misma habilidad que, por ejemplo, los niños pequeños apenas comienzan a dominar.

Apenas ayer, frente a mí, en un café, vi a uno de estos pequeños animales racionales dependientes. Gritaba, lloraba, exigía. Y debo decir, fue un espectáculo digno de verse. Un adorable pequeño tirano.

¿Por qué vienen a cuento estas anécdotas? No estoy muy seguro de poder aclararlo pero sé que pensaba en aquella señora cuando veía a este niño. Quizá esté siendo injusto con el infante, pues a menudo pienso en La Fodonga como uno de los ejemplos más claros de todo lo terrible que ocurre en esta ciudad. La desconsideración total a las necesidades ajenas, ciertos valores burgueses torcidos (antes arde en llamas la ciudad que mi perro se quede sin pasear), la soledad, ay, la soledad, y, sobre todo, la deshumanización que provoca la tecnología. Pues, verán, creo que ese perro necesitaba ser paseado porque se encontraba inquieto. E inquieto se encontraba porque nadie le prestaba atención. Y poca atención se le prestaba porque estaba encendido el televisor. ¿Exagero? Quizá, pero añádale a esto el uso del automóvil y el uso de la correa: artilugios absolutamente modernos, creados para distanciar y someter. ¿Sabe en qué pienso también cuando recuerdo a esta señora? En esas otras señoras, jóvenes aún pero corriendo sin demora al futuro representado por La Fodonga, que pasean por los centros comerciales (rara vez en los parques, claro) conectadas a sus hijos pequeños por, sí, correas. Quizá ya hayan escuchado esta queja antes, y quizá alguien ya ha puesto atención al fenómeno (son cada vez más raras las ocasiones en que veo a una de estas madres), pero no lo olvide: sucedió, en esta ciudad.

¿Qué ciudad es esta? Es un lugar donde las personas se obligan a realizar actividades constantemente, evitando toparse con el sueño, el aburrimiento o la desidia, al mismo tiempo que ejercen la cautela que normalmente lleva al sueño o la desidia. Un lugar ocupado, con sus bancos, cines y oficinas, saturado de distracciones. Es difícil acercarse a las personas así, entablar vínculos afectivos. Lo sé. Vivo aquí. Pero se lo pido, por favor: saque a pasear a su perro, viva un poco, toque a sus hijos.

*Este texto apareció originalmente en la edición de septiembre de PLTMEX. Busquen la publicación, es gratuita.

Sunday, September 18, 2011

Domingo

Desperté temprano para asistir a un compromiso familiar. Involucró una homilía durante la cual se habló del paso de un corazón de piedra a un corazón de carne. El tema me interesó bastante, la posibilidad del endurecimiento, la posibilidad de salir de él. Más tarde presté atención a conversaciones. La gente habla. Es un fenómeno interesante, la comunicación humana, la disposición general a interesarse por los demás, las sospechas que cruzan por debajo, las certezas que nos ayudan a descartar las sospechas. Más tarde vi televisión, comí, dormí, descansé, pensé en un texto que quiero escribir, solucioné algunos pendientes, mantuve otros lejos de mi mente. Reflexioné sobre mi vida afectiva, las lagunas insondables de mi persona que procuro no conocer, minita de oro e interés. Minita de oro e interés, dije, lagunas insondables, aventuré, vida afectiva, propuse. Más tarde leí un poco de Cesare Pavese, El diablo sobre las colinas. Me gusta cómo termina el cuarto capítulo: "Estas noches modernas -dijo Pieretto- son viejas como el mundo".

Tuesday, September 13, 2011

Martes

Desperté tarde. Vine a trabajar. Regresé a casa. Comí. Leí un poco más de The English Novel, una "introducción" de Eagleton, una curiosa mezcla de lectura atenta y política de distintos textos (el primer apartado muestra cómo la novela es no sólo un género preponderantemente moderno sino que es, dice, especialmente apreciado por las clases medias). Ya quiero llegar al texto que le dedica a Joyce (a quien incluye a pesar de no ser precisamente un autor inglés, aunque da argumentos para ello). Lavé trastes. Leí un poco más. Descansé los ojos. Luego, me lavé la cara. Regresé al trabajo.