Que el lector no entienda nada, no a la primera, ¡no a la segunda!, que uno se oponga al lenguaje sensacionalista y periodístico, que se problematice la escritura, que sea el esfuerzo sin recompensa, la lectura, y que se privilegie el pensamiento complejo. Que no sea inofensiva, la escritura. Que moleste. Que mine. No ser escritores de la época, anotó en Blogger.
Sunday, October 28, 2012
Wednesday, September 26, 2012
Fragmento de conversación
Son pasadas las diez de la noche. Oficinistas saliendo del trabajo. Creo que no son amigos pero que tienen tiempo de conocerse y que les gustaría ser amigos. Visten bien. Se ven cansados. Me pregunto si apenas están saliendo de la oficina.
-¿Y ya te compraste los de Dan Brown?
-Fui al Sanborns a preguntar cuánto costaban. Quiero comprar el de El código Da Vinci, me dijiste que es el primero, ¿no?
-No, el de Ángeles...
-¿Cuál?
-Ángeles y demonios.
-Ah sí. Y había algo de una fortaleza, ¿no?
-...
-¿O eso ya es otra cosa?
-Sí, es otra cosa. La fortaleza digital.
-Pues fui a preguntar y quiero ver para ver si están más baratos en otro lado. Pero ¿a poco sí te da tiempo para leer? ¿Estás leyendo algo?
-Sí ahora estoy leyendo a un... Stieg. Stieg algo.
-...
-Pero sí, o sea leo en el transporte.
-Pero sí duermes tus siete ocho horas, ¿no?
-Sí, sí.
-...
-...
-¿Y ya te compraste los de Dan Brown?
-Fui al Sanborns a preguntar cuánto costaban. Quiero comprar el de El código Da Vinci, me dijiste que es el primero, ¿no?
-No, el de Ángeles...
-¿Cuál?
-Ángeles y demonios.
-Ah sí. Y había algo de una fortaleza, ¿no?
-...
-¿O eso ya es otra cosa?
-Sí, es otra cosa. La fortaleza digital.
-Pues fui a preguntar y quiero ver para ver si están más baratos en otro lado. Pero ¿a poco sí te da tiempo para leer? ¿Estás leyendo algo?
-Sí ahora estoy leyendo a un... Stieg. Stieg algo.
-...
-Pero sí, o sea leo en el transporte.
-Pero sí duermes tus siete ocho horas, ¿no?
-Sí, sí.
-...
-...
Hypnos
Hegel, quien señaló que el hombre moderno en lugar de rezar una jaculatoria por las mañanas, leía el periódico. No es mi caso. Tiendo a enterarme de los acontecimientos por cascada, descubro que es así como me entero sólo de lo realmente importante. Probablemente esté equivocado, quizá la modernidad no es para mí. Por las mañanas lo que hago, en cambio, es leer algún pequeño relato o algún fragmento de un libro de paso. Agoté así los diarios del joven Pessoa y he avanzado morosamente con los Pensamientos de Pascal. Hoy tomé lo que tenía a la mano, los Sueños de Walser, después de levantarme y antes de bañarme, para leer "Fiesta en el bosque" que inicia con el narrador explicando por qué prefiere no leer un libro de un autor que, se sabía, disfrutaba, y que prácticamente depositan en sus manos: "'Pero también quiero disfrutar del domingo', dije, y me marché. Mientras caminaba, derribaba auténticos palacios de proyectos creativos, que se desplomaban sin ruido. Ese tipo de catástrofes acontecen en silencio". Más tarde describe la fiesta que se celebra en un bosque que le da nombre al relato y da cuenta de un joven que pasea solitariamente: "No muy lejos [de él] se besaba una pareja. Ellos eran más inteligentes. Porque ser feliz es lo más inteligente del mundo. No rechazar las pequeñas alegrías. Mantenerse sano y amar". Claro que uno no puede ignorar en este caso que Walser también pasea solitariamente por el bosque. Que fue Walser quien pasó el final de su vida en un sanatorio, solitariamente, ocasionalmente permitiéndose dar largos paseos en el bosque. Que Walser fue así, sospecho, feliz. Ah, las alegrías de invierno. Las aprecio más cuando estoy enfermo. Ahora mismo estoy resfriado. La condición me permite pasar más tiempo del debido, o precisamente el debido, en cama, con libros a la mano. Anoche, después de terminar A Naked Singularity de Sergio de la Pava, que recomiendo ampliamente, decidí leer Hypnos, el breve relato de Lovecraft que tanto alabó Loveman, quizá con la esperanza de que influyera en mi sueño (la noche anterior ANS logró que durante mis sueños me creyera Wilfred Benítez). Pero no, no pasó nada. No recuerdo, de hecho, si soñé. Y con esta línea me despido.
Monday, September 03, 2012
Método ideal
"Si contemplamos la imagen del mundo en el espejo del periódico, el progreso resulta ser el método ideal para comunicar los unos a los otros, por la vía más rápida, todos los atrasos que pululan en el ancho mundo", reflexionó Karl Kraus para su artículo "El progreso", publicado en Die Fackel, el 22 de marzo de 1909. Lo vengo leyendo en el Metrobús cuando escucho a un hombre informar por teléfono celular que la enfermedad es progresiva, es decir, degenerativa, es decir, con el tiempo irán empeorando los síntomas y entonces decido poner mi atención en otra cosa pues no quiero seguir escuchando su conversación, que es privada, y volteo y veo que un grupo de especialistas en la "interrupción del embarazo" se anuncia en el vehículo sobre el cual me transporto y me pregunto si con "interrupción del embarazo" no querrán decir, en realidad, "especialistas en aborto", pues hasta donde sé los embarazos interrumpidos no pueden reanudarse así que más bien se refieren a otra cosa, pero entiendo que no quieran decir "aborto" pues la palabrita tiene su peso (especialmente, desliza la idea de que la muerte existe). "Alcanza tus metas", dice el anuncio también (en el entendido de que un embarazo las impide, cosa que por alguna razón deciden omitir). No me gusta la publicidad.
Monday, August 13, 2012
Friday, July 27, 2012
Poulé!
Hace cerca de un mes, si recuerdo bien, publiqué este texto en el semanario Frente. Lo cuelgo acá por el puro gusto.
«¿Soy pulpo?», gemía Burroughs, «al tiempo que se iba abriendo paso a través de océanos de páginas dactilografiadas, con todos los tentáculos agitándose en la atmósfera submarina», de acuerdo con Boris Gysin. Lo cito del catálogo de la exposición Poulé! (literalmente, “¡Gallina!”, si bien fonéticamente evoca el grito que realizan quienes practican el tiro al plato), curada por Michel Blancsubé y que continuará exhibiéndose hasta el próximo 14 de septiembre de 2012, en la Colección Jumex.
La cita de Burroughs preguntándose si es o no un pulpo (no lo era) es una bella imagen sobre las problemáticas que supuso el trabajo de composición de El almuerzo desnudo, su novela fragmentaria de 1959, originalmente pronunciada, según Gysin, «alrededor de la recámara herméticamente cerrada» donde «flotaban manuscritos de El almuerzo desnudo de todas edades y condiciones». La cita, a su vez, fue tomada por Blancsubé de una cita realizada en otro catálogo, a saber, el de la exposición Poésure et Peintrie, en el Museo de Marsella, de 1993. No es la única cita que Blancsubé reproduce, también retoma fragmentos previamente citados por Luis Felipe Ortega (de su Seminario de Investigación sobre la Universidad Desconocida, departamento de Humanidades, Informe para una academia, una coedición de LAST y la Galería Désiré Saint-Phalle, como puede leerse en las citas a pie de “Poule!”, en la página 11 del catálogo).
Estas digresiones y apropiaciones, realizadas aparentemente sin ton ni son (passer du coq à l'âne, es la frase hecha francesa) son precisamente las que le dan sentido al formato del catálogo. Lo apuntó Óscar Benassini el pasado 21 de abril (durante la presentación del catálogo, en conversación con Blancusbé, Fernando Espinosa, Patrick Charpenel y Santiago Borja, en el marco de la pasada Zona Maco), este catálogo no es un catálogo, al menos no como se les conocen normalmente; es, de hecho, “la exposición curada por Blancsubé reordenada para crear una revista”. En efecto, el catálogo viene presentado como un legajo de páginas que, al parecer, podría publicarse periódicamente; es decir, parece una revista -que evoca en su diseño, no casualmente, a Life. Tiene, de acuerdo a sus páginas legales, un tiraje de 2,000 ejemplares y una serie de textos –en castellano e inglés- a cargo del propio Blancsubé, pero también de Dan Graham, Daniel Guzmán, Franck Leibovici, Guillermo Santamarina, Gilles A. Tiberghien y Patrick Charpenel, quien en su “Ir del gallo al asno” explica que el modo en que la exposición Poulé! fue compuesta (a través de una serie de asociaciones formales), recuerda «las formas semi-azarosas con que se crea una revista o un periódico: a pesar de tener una estructura fija, los contenidos editoriales se definen en función de las novedades y temas de interés».
Obviamente, la exposición Poulé! es la que brinda los contenidos de la publicación, pero ello no impide que en la portada de la revista-catálogo se enumeren los “temas” del “número”, a saber
anónimos, calamares, cigarros, desaparecidos, famosos, fotografía, fugas, moda… El contenido de la publicación (que, debe decirse, como catálogo no funciona, lo cual no es necesariamente una crítica –es decir, no es un libro que meramente registre una exposición; al contrario, este libro, que parece una revista, invita más bien a ser leído y hojeado pausadamente, en fin, como se leen las revistas; pero, a la vez, es una publicación tan bien cuidada que uno teme darle el trato que se les da a revistas periódicas –pues, caray, finalmente es el catálogo de la exposición; es una tensión curiosa y bien lograda), el contenido, decía, no sólo son reproducciones de las obras que se presentaron en la exposición, sino textos que reflexionan sobre la misma naturaleza del catálogo-revista, textos sobre arte contemporáneo (“Rock mi religión” de Dan Graham), así como ilustraciones de François Olislaeger o el cómic “The Inky Depths” de Jim Shaw, que retoma el tópico del tentáculo y la meta-referencia. Nunca antes había leído de cabo a rabo el catálogo de una exposición. Pero esto no es un catálogo. Es, o sería, una excelente publicación, dado el caso. En fin: que todo esto es muy interesante.
Poulé!, 20 de abril de 2012, Fundación/Colección Jumex, México
«¿Soy pulpo?», gemía Burroughs, «al tiempo que se iba abriendo paso a través de océanos de páginas dactilografiadas, con todos los tentáculos agitándose en la atmósfera submarina», de acuerdo con Boris Gysin. Lo cito del catálogo de la exposición Poulé! (literalmente, “¡Gallina!”, si bien fonéticamente evoca el grito que realizan quienes practican el tiro al plato), curada por Michel Blancsubé y que continuará exhibiéndose hasta el próximo 14 de septiembre de 2012, en la Colección Jumex.
La cita de Burroughs preguntándose si es o no un pulpo (no lo era) es una bella imagen sobre las problemáticas que supuso el trabajo de composición de El almuerzo desnudo, su novela fragmentaria de 1959, originalmente pronunciada, según Gysin, «alrededor de la recámara herméticamente cerrada» donde «flotaban manuscritos de El almuerzo desnudo de todas edades y condiciones». La cita, a su vez, fue tomada por Blancsubé de una cita realizada en otro catálogo, a saber, el de la exposición Poésure et Peintrie, en el Museo de Marsella, de 1993. No es la única cita que Blancsubé reproduce, también retoma fragmentos previamente citados por Luis Felipe Ortega (de su Seminario de Investigación sobre la Universidad Desconocida, departamento de Humanidades, Informe para una academia, una coedición de LAST y la Galería Désiré Saint-Phalle, como puede leerse en las citas a pie de “Poule!”, en la página 11 del catálogo).
Estas digresiones y apropiaciones, realizadas aparentemente sin ton ni son (passer du coq à l'âne, es la frase hecha francesa) son precisamente las que le dan sentido al formato del catálogo. Lo apuntó Óscar Benassini el pasado 21 de abril (durante la presentación del catálogo, en conversación con Blancusbé, Fernando Espinosa, Patrick Charpenel y Santiago Borja, en el marco de la pasada Zona Maco), este catálogo no es un catálogo, al menos no como se les conocen normalmente; es, de hecho, “la exposición curada por Blancsubé reordenada para crear una revista”. En efecto, el catálogo viene presentado como un legajo de páginas que, al parecer, podría publicarse periódicamente; es decir, parece una revista -que evoca en su diseño, no casualmente, a Life. Tiene, de acuerdo a sus páginas legales, un tiraje de 2,000 ejemplares y una serie de textos –en castellano e inglés- a cargo del propio Blancsubé, pero también de Dan Graham, Daniel Guzmán, Franck Leibovici, Guillermo Santamarina, Gilles A. Tiberghien y Patrick Charpenel, quien en su “Ir del gallo al asno” explica que el modo en que la exposición Poulé! fue compuesta (a través de una serie de asociaciones formales), recuerda «las formas semi-azarosas con que se crea una revista o un periódico: a pesar de tener una estructura fija, los contenidos editoriales se definen en función de las novedades y temas de interés».
Obviamente, la exposición Poulé! es la que brinda los contenidos de la publicación, pero ello no impide que en la portada de la revista-catálogo se enumeren los “temas” del “número”, a saber
anónimos, calamares, cigarros, desaparecidos, famosos, fotografía, fugas, moda… El contenido de la publicación (que, debe decirse, como catálogo no funciona, lo cual no es necesariamente una crítica –es decir, no es un libro que meramente registre una exposición; al contrario, este libro, que parece una revista, invita más bien a ser leído y hojeado pausadamente, en fin, como se leen las revistas; pero, a la vez, es una publicación tan bien cuidada que uno teme darle el trato que se les da a revistas periódicas –pues, caray, finalmente es el catálogo de la exposición; es una tensión curiosa y bien lograda), el contenido, decía, no sólo son reproducciones de las obras que se presentaron en la exposición, sino textos que reflexionan sobre la misma naturaleza del catálogo-revista, textos sobre arte contemporáneo (“Rock mi religión” de Dan Graham), así como ilustraciones de François Olislaeger o el cómic “The Inky Depths” de Jim Shaw, que retoma el tópico del tentáculo y la meta-referencia. Nunca antes había leído de cabo a rabo el catálogo de una exposición. Pero esto no es un catálogo. Es, o sería, una excelente publicación, dado el caso. En fin: que todo esto es muy interesante.
Poulé!, 20 de abril de 2012, Fundación/Colección Jumex, México
Wednesday, July 18, 2012
El vaquero enaltecido
El pasado 22 de junio se inauguró una exposición en la galería Divus (Praga) a propósito del Libro Vaquero titulada The Good, The Bad & The Sexy, curada por mi estimada amiga Marisol Rodríguez, a quien pueden seguir acá.
Marisol tuvo a bien pedirme un texto en torno al LV con ocasión de esto.
Por el puro gusto, lo comparto a continuación (es un poco extenso).
***
Marisol tuvo a bien pedirme un texto en torno al LV con ocasión de esto.
Por el puro gusto, lo comparto a continuación (es un poco extenso).
***
El
vaquero enaltecido
Algunas
veces permitirás que el dinero interfiera
con
tus nociones sobre lo correcto.
Charles
Portis, True Grit
La
historieta del Libro vaquero,
hoy una marca propiedad de HeVi editores, ha sido reconocida principalmente por
el alto tiraje que posee y la historia de “éxito editorial” que representa en
México. Actualmente vive, debe decirse, de glorias pasadas, cuando además de
este título se publicaba en tándem El libro semanal, Frontera violenta, Novela policíaca, Policíaco de color, Joyas de la literatura (que aunque llegó a adaptar el Decamerón y clásicos shakesperianos, principalmente
adaptó novelas decimonónicas) y Hombres y héroes.
Se
conoce la cifra: semanalmente, circulan alrededor de 400 mil ejemplares en la
República. Un número admirable incluso cuando se le compara con el tiraje de su
mejor momento: durante la década de 1980 alcanzó a tirar 1.5 millones de
ejemplares semanalmente. El formato (un libro de bolsillo de 13 por 15.5
centímetros, coloreado en computadora, producido a maquila) tuvo tal éxito que
pronto aparecieron imitaciones como Hazañas vaqueras, Joe Treviño, El libro del oeste, La ley del oeste justiciero y las sobrevivientes La ley del revólver, El solitario y El pistolero, sin contar, por supuesto, la ingente
cantidad de títulos pornográficos y “sensacionales” que finalmente saturaron el
mercado en la década de 1990 (hoy, por cada título de El libro vaquero, los puestos de periódicos exhiben otros
quince de formato similar, pornográficos).
La
saturación ha llegado a tal grado que por “libro vaquero” el público en general
entiende que se habla de historietas sensacionalistas, violentas y
pornográficas. “La penetración” (es el término utilizado) que tiene el formato
en el lector mexicano de a pie es bien conocida (pueden consultarse cifras en hevi.mx).
Tanto así, que el gobierno mexicano ha comprado el servicio de publicaciones a
la medida a través de los cuales ha publicado guías para el emigrante (una
incitación a la migración, de acuerdo a los Estados Unidos de América),
apologías de proyectos de PEMEX como la cuenca petrolera del complejo
Chicontepec, en Veracruz o El vaquero de Sonora, la “verdadera historia” del empresario y
político priísta Alfonso Elías… Una aclaración al respecto es necesaria. El libro vaquero es una publicación independiente de los
servicios editoriales que ofrece la casa editorial que lo pone en circulación,
y está lejos de ser un producto pornográfico. No por ello, empero, deberíamos
caer en el oxímoron de llamarlo un “clásico popular”, como algunos entusiastas
lo han llamado: es claro que es un producto comercial, marcado por su mercado.
Aunque podemos admirar la estética de sus llamativas portadas, que beben del ethos de las viejas revistas pulp norteamericanas, debe decirse que la intrínseca
relación que tiene este tipo de historieta con el mercado es congruente con la
historia del género al que pertenece, el western. Este género popular, como la mayoría de
los subgéneros, ha encontrado en sus constricciones y bien establecidas normas un
campo para el despliegue de la producción creativa, alcanzando cimas en la obra
literaria, por ejemplo, de Cormac McCarthy, Charles Portis y bastante de lo que
en México se conoce como la “novela de la revolución”, desde las obras de
Martín Luis Guzmán, pasando por Cartucho de Nellie Compobello, el Pedro Páramo de Juan Rulfo o ciertas obras de Daniel
Sada. Obras, en suma, que han poblado yermos páramos violentos con una atención
al lenguaje inusitada y compleja, así como, en algunos casos, un humor desternillante.
Sería,
empero, faltar a la realidad llamar al Libro vaquero una cima de la literatura. Pero ello no
supone que no debamos prestarle la atención debida.
Aquí
el argumento de Éxodo de pistoleros,
el número 1525 (año xxxii) del Libro
vaquero: Samantha Lissner,
una prostituta que ha alcanzado cierto nivel social a través de dinero
ahorrado, contrata a una serie de pistoleros para cazar al bandolero Paul
“Epitafio” Cody. Los pistoleros contratados, a lo largo del relato, se eliminan
entre sí a través de una serie de demostraciones de bravuconadas y ambiciones
desmedidas. Cody, en cambio, se ha reformado. Ha visto suficiente sangre. La
última persona a quien asesinó fue al hijo más joven de Lissner, mientras éste
intentaba vengar a su hermano quien, claro, también había muerto, tiempo atrás,
bajo el revólver de Cody. En el pequeño pueblo al que el pistolero reformado se
ha retirado se enamora de Jenny Dumas. Atención: el enamoramiento entre ambos
personajes ocurre cuando Cody descubre que el hermano de Jenny, Ralph, la
golpea. Ahora bien: es el hermano de Jenny quien finalmente entrega a Paul ante
Lissner. En el ínter, Ralph asesina a su hermana. Cody mata, consecuentemente,
a Ralph. Finalmente, Lissner y Cody se matan entre sí. De tal forma, como si fuera
una tragedia griega, al final del relato de apenas 96 páginas, todos los
personajes han muerto.
Esto,
claro, es lo que se conoce como un melodrama. Un género que ha sido explotado
hasta el cansancio en el producto popular más importante (por su presencia
mediática), en México: las telenovelas que, hasta el día de hoy, han sido
transmitidas por Televisa y TvAzteca, las únicas televisoras de México. Sus
productos constantemente reseñados por el proyecto editorial más relevante (de
nuevo, por su alcance) de México: TVyNovelas.
Un
melodrama, en la Grecia antigua, era una pieza dramática acompañada por música.
Es decir: una obra en la que los aspectos patéticos (de πάθος, pasión) eran enaltecidos
por un elemento externo a la narración. ¿Cuáles son las pasiones que
generalmente son enaltecidas en un melodrama? Las tristes: avaricia, lujuria,
venganza, rencor… Así, en el caso particular de Éxodo de pistoleros,
una historia de amor zanjada por una historia de venganza se ve enaltecida por
el género particular en el cual se ha visto enmarcada: el western.
¿Es
el western el subgénero
más pobre en el horizonte de subgéneros? No nos apuremos a afirmarlo, la salud
de un subgénero a menudo está acompañada por las sopresas que ofrece cuando
hemos decidido pasarlos por alto. La novela negra y de detectives ha sido
celebrada en gran parte por el despliegue de juegos lógicos que algunos de sus
autores alcanzaron, así como por la elasticidad que tuvo el género ante una
serie de reformadores: de las crestas que representaron Poe, Chesterton, Agatha
Christie o Arthur Conand Doyle, el género se mudó, saludablemente, hacia la
novela hard boiled
emprendida por Raymond Chandler, Cornell Woolrich, Dashiell Hammet o Erle
Santley, amén de sus múltiples adaptaciones en medios masivos (por no hablar de
las cimas literarias del siglo xx
que retomaron algunos de sus tópicos, como las novelas de Samuel Beckett, o el
tratamiento que autores contemporáneos como David Markson o John Banville
hicieron del género).
Puede
dibujarse de la novela de crimen una rama que proviene de la novela de gótica y
de la rica literatura fantástica para llegar al relato de terror extraño (en el
que Poe también tuvo un lugar seminal, así como H.P Lovefract, Machen o
Blackwood).
No
hablemos, en fin, de la ficción prospectiva o de ciencia ficción, quizá el
lugar más fértil para la literatura utópica (como lo muestra incluso la
narrativa rusa contemporánea) que, a la fecha, continúa dominando el ideario
popular a través de distintos medios masivos.
Pocos
subgéneros han sido tan tautológicamente definidos como el western. Esencialmente, se trata de una historia
relatada en el oeste.
Con mayor precisión, en el viejo
oeste, es decir, en un periodo de tiempo que abarca, aproximadamente, desde la
Guerra Civil norteamericana hasta los albores del siglo xx. La definición también supone un marco geográfico, a
saber, desde el oeste del río Misisipi hasta el norte del Río grande. El género
fue popularizado por el cine norteamericano (en obras de realizadores como John
Ford, Howard Hawks o Sam Peckinpah) que prácticamente nació con él. Como es
bien sabido, Asalto y robo de un tren, de 1903, fue el primer filme en América que presentó un arco
narrativo, lo cual no deja de ser significativo pues supone, para decirlo
pronto, el nacimiento de una identidad nacional, marcada por la confianza en el
progreso, el individualismo y la salvación a través del trabajo.
Por
supuesto, el género ya existía antes de que fuera masivamente popularizado por
el cine, como una especie de obra literaria testimonial que explotaba “leyendas
vivientes” (figuras como Búfalo Bill Cody, por ejemplo) pero también en obras
como la de James Fenimore Cooper (admirado, a su vez, por otro escritor que
también fue decisivo para la novela decimonónica, Balzac). La pericia de
Fenimore Cooper consistió principalmente en alterar los escenarios de las
novelas europeas de la época para colocarlos en escenarios americanos. Cooper
retomó la siempre problemática noción del salvaje noble, principalmente en El
último de los mohicanos,
cuya pareja dispareja conformada por el cazador blanco y el indio Chingachcook,
prefiguraría las relaciones fraternas de, por ejemplo, el Llanero solitario y
su compinche Tonto, de Francis Hamilton Striker, u Old Shatterhand y Winnetou,
de Karl May).
Incidentalmente:
El último de los mohicanos
se adaptaría al cine en 1992 por Michael Mann, como parte de la patada de
ahogado que viviría el género a principios de la década de 1990 (que también
vio Danza con lobos, en
1990, y Unforgiven, de
1993). Aunque la televisión acabó con el boom del western en el cine de los Estados Unidos, a finales
de la década de los cincuenta la programación norteamericana tenía al menos 10
títulos que eran del género –por no hablar de su presencia en otros medios de
menor alcance, como el cómic, o las posteriores bastardizaciones que,
inevitablemente, también terminarían por llevar, una vez más, a las masas de
vuelta al cine (esencialmente, el spaghetti western, en la década de los setenta, y que sería
responsable de encumbrar a la última estrella del género, Clint Eastwood).
Fue
en la década de 1990 cuando me percaté por primera vez de la existencia del Libro
vaquero. Ciertamente no fue
la primera vez que escuché de ellos y seguramente tampoco la primera en que los
vi (como he dicho, su presencia en los kioscos de periódicos mexicanos ha sido,
al menos a lo largo de mi vida, prácticamente omnipresente) pero sí fue cuando
les presté atención. Estudiaba apenas mi segundo año de preparatoria y algo
similar a una especie de conciencia, acompañada de las primeras punzadas
sexuales dirigidas, se apoderaron de mí. Me encontraba, recuerdo, en algo que
en mi escuela se llamaba “asesoría académica” (una entrevista con nuestro tutor
particular donde se revisaba nuestro progreso escolar) cuando una serie de
historietas emergió del cajón de mi profesor de preparatoria. Mi maestro de
lógica y ética, a saber. He olvidado de qué hablábamos pero recuerdo que me las
mostró como una especie contraargumento –estábamos, seguramente, discutiendo
sobre la noción de alta y baja cultura. De tal modo, me doy cuenta ahora, de
que la persona que me enfrentó a la historia del pensamiento clásico por primera
vez, fue también la primera en enfrentarme, seriamente, a algunas de las
producciones más bajas del pensamiento. Pues, atención: El libro vaquero está caracterizado por enaltecer pasiones,
y no precisamente ideas. Quizá una de las razones por las que me mostró aquél
grupo de historietas (entre ellas, en efecto, El libro vaquero, pero también algunas de aún peor calidad)
fue para escandalizarme. Todo debe decirse: yo estudiaba en una escuela
católica, privada, a cargo de la prelatura laica del Opus Dei, sólo para
varones. Pero mi profesor era un buen profesor. De algún modo me estaba
diciendo que era necesario que siguiera embebiéndome de los clásicos y de la
historia del pensamiento filosófico, pero, a la vez, no podía olvidar que
existía un presente, acompañado de sus correspondientes producciones
culturales.
Ciertamente
el género de la historieta mexicana tiene sus limitantes y puntos flacos, pero
a la vez son los que los han hecho populares. ¿Qué dice, pues, la popularidad
del western de nosotros?
Personalmente, nunca he encontrado mucho placer en las obras que habitan
cómodamente géneros establecidos: lo que ha sido producido con facilidad, se
consume con facilidad. T.S. Eliot señaló alguna vez que un artista crea el
gusto por el cual será disfrutado. Me temo que si vamos a buscar un buen western, no podemos volver nuestros ojos a los
argumentos propuestos por El libro vaquero, esencialmente porque el interés principal de este producto no
radica en renovar el género sino en atenerse estrictamente a sus tópicos (si
sirve el formato y el argumento, ¿para qué cambiarlo?). De acuerdo con el
escritor de westerns
Frank Grüber (1904-1969), quien también escribió historias de detectives, los
tópicos del género son: la historia de los indios y la caballería; la historia
del Union Pacific o Pony Express; los hombres que regresan a su tierra; la
historia del imperio del ganado; la historia del Hombre de Ley; la historia de
venganza; la historia del bandolero.
Sería
injusto, sin embargo, afirmar que El libro vaquero mexicano no ofrece diferencia alguna de los
argumentos que poblaron las novelas decimonónicas dedicadas al tema:
finalmente, colocó en su centro a la mujer y al sentimiento del vaquero. Se
añadió así su figura a la de los héroes, los bandoleros, los indios y la gente
del pueblo, personajes poseídos por características como una energía
inexhaustible, experiencia práctica y un marcado sentido de individualismo. En
suma, en hacer del western
un melodrama, con narrativas amorosas. No es la primera vez que dos géneros se
encuentran (el western
ha tenido sus roces, en repetidas ocasiones con la ciencia ficción y la
fantasía, por ejemplo, y, ay, con el musical, como en las películas de Gene
Autry, para algunos el nadir del género).
El
libro vaquero, además,
consiguió superar el dañino punto de vista maniqueo que caracterizó al género
durante mucho tiempo, a causa de la influencia del alemán Karl May. La
producción de May (1842-1912) fue notable: 60 novelas entre 1875 y 1910, todas
ellas alrededor del explorador germano Old Shatterhand que, como señalamos ya,
habría de encontrar la amistad del príncipe apache Winnetou. May, como ha
apuntado Maria Hummel, dividió a sus personajes entre blancos buenos y blancos
malos, indios buenos e indios malos. Generalmente en sus historias resultaba
que los indios buenos solían ser de origen germano, mientras que los indios
buenos habían caído bajo el influjo de los misionarios teutones. El núcleo
moral de su historia era este: los que saben, los sabios, deben regir sobre los
ignorantes. Una certeza peligrosa.
¿Debería
sorprendernos que uno de los grandes lectores y fanáticos de May haya sido el
fracasado pintor Adolf Hitler? Es sabido que en su librero, siendo dictador,
tenía un lugar especial para la obra de May, cuya lectura recomendaba a sus
oficiales como una especie de consuelo moral. Su arquitecto, Albert Speer, lo
recordaría en su diario de 1960 de este modo: “Hitler se apoyaría en Karl May
como prueba de todo lo imaginable, en particular la idea de que no es necesario
conocer el desierto para dirigir tropas al teatro africano de la guerra; que
gente completamente ajena, tan extranjera como los beduinos o los indios
americanos eran para Karl May, podrían ser conocidas –su alma, costumbres y
circunstancias- a través de un poco de imaginación y empatía, incluso más que
los antropólogos que los habrían investigado en el campo. Karl May fue prueba
para Hitler de que no era necesario viajar para conocer el mundo”. En efecto,
May no habría de visitar América hasta tiempo después de que la mayor parte de
su obra había sido producida (como ocurrió con el belga Hergé, creador de otro
explorador popular de historietas, Tintín).
En
un número de Kenyon Review
de 1940, como también señala Hummel[1]
el hijo de Thomas Mann, Klaus, señaló que lo que Hitler más admiraba de Old Shatterhand, el personaje de May, era
“su mezcla de brutalidad e hipocresía: podía citar la Biblia con la mayor
soltura al mismo tiempo que jugueteaba con el asesinato; cometía las peores
atrocidades con una conciencia limpia, pues tomaba por sentado que sus enemigos
eran de una ‘raza inferior’ y, por tanto, apenas humanos”.
Este
es precisamente el error al cual nos exponemos al atender El libro vaquero. Comparado con otras obras culturales,
menos vinculadas con el mercado, ¿es una obra menor? Sin duda: se trata de una producción vulgar, son historietas con sentido social,
productos culturales tratados comunalmente y que no son leídos precisamente
porque sigamos a un autor.
Puesto así, en rigor, no suena tan mal. Sentido social. Comunión. Poca atención
al individuo. Ahora, un peligro: en su estado actual, regido por el mercado, El
libro vaquero ofrece el
placer indirecto de experimentar comportamientos antisociales (asesinatos,
violaciones, venganzas, en fin, las pasiones tristes) en un formato que,
esencialmente, es conservador y mantiene el status quo (la naturaleza invariable de la trama y los
personajes, sus fórmulas que en rigor se encuentran en conformidad con modelos
precedentes)[2]. Pero nada
nos obliga a permanecer en la disyuntiva de ser un idiota (en el sentido de
consentir el presente sin criticarlo) o un idólatra (que se postra ante las
grandes obras del pasado, tratándolas con el respeto que se debe en un
mausoleo). Es posible intentar ver por encima del vínculo que tiene este
material con su mercado.
Durante
más de tres décadas El libro vaquero continúa la trama que se disparó a partir del punto de
inflexión que supuso para la censura el western The Outlaw (1943) de Howard Hughes. Pero, al mismo
tiempo, padece de los pocos escrúpulos que tuvieron ciertos editores, quienes
de algún modo han explotado ese punto de inflexión hasta sus últimas
consecuencias, vendiendo franca pornografía. Pero, ah, lentamente incluso la
pornografía se vuelve parte de la corriente dominante. Pascal Bruckner,
englobando no sólo a las historietas sino a las novelas de detectives, la
música rock, la ciencia ficción, pero también a la moda y la publicidad, ha
señalado (con un ánimo provocador) que “la era moderna parece haber mantenido a
raya, ad infinitud, los límites de la abyección y la estupidez, pero de una
estupidez que es irrefutable pues ahora posee la profundidad de un abismo, y la
norma es la seguridad en uno mismo. Dado que ninguna clase o élite posee la
capacidad de terminar los cánones de la elegancia o la decencia, se ha dado
rienda suelta a la subcultura mercantilista dirigida por los medios para
imponer sus aproximaciones, su reduccionismo, su tontería”.
¿Pero
es esto cierto? ¿Ninguna clase posee la capacidad para determinar los cánones
de la decencia? ¿Estamos condenados, como Leoncio, hijo de Aglayón, a mirar la
podredumbre como si no tuviéramos control sobre nuestros ojos? ¿Qué supone controlar nuestros ojos? Creo, en suma, que
la apetencia puede ser saciada al mismo tiempo que se presta atención. En mirar
lo que deseamos no necesariamente se encuentra la condena de transformarnos en
bestias. Se debe poner atención a productos de la “baja cultura”, como El
libro vaquero, incluso si
ello supone inyectarle dosis de aristocracia (¡el peligroso gobierno de los mejores!).
En suma, ser sus contemporáneos y enjuiciarlos.
[1] Cfr. Hummel, Maria, “The Apache, the Thief,
the Führer, and the Philosopher” en The Believer, no. 48, octubre, 2007,
[2] Esta idea es explorada a conciencia en el
cuarto número de The Imp,
de Daniel Raeburn, dedicado principalmente a las historietas pornográficas que
surgieron con el éxito de El libro vaquero. Aunque ofrece un argumento apurado, es interesante la
relación que ofrece el crítico entre estas historietas y el origen mestizo del
pueblo mexicano. Cfr. danielraeburn.com
Tuesday, July 17, 2012
Raffaelo's, un lugar fino
Un anuncio en el canal del MetroBus para una restaurante de comida italiana. Conozco ese restaurante, me percato. Lo conocí, mejor dicho. Esto cuando vi el anuncio, mi cabeza momentáneamente forzada a abandonar la concentración en la cual se encontraba, atraída irremediablemente por el comercial. Fue de niño, una tarde en la que se había pasado más tiempo del debido en una casa ajena, la de un amigo. La estancia prolongada exigía la invitación: ¿nos quieres acompañar a un concierto? Era costumbre del padre de mi amigo escuchar música clásica en la UNAM, tenían planeado ir esa noche, fuimos. Por supuesto, he olvidado qué escuchamos. Pero recuerdo, en cambio, que su padre vestía traje y que nos llevó a cenar al restaurante de comida italiana que ahora se anuncia en el MetroBus. Durante la cena comí por primera vez setas salteadas, me impresionó el platillo, el modo en que se presentaba, cómo sabía, la familiaridad con la cual mi amigo me lo ofrecía, siendo ignorados por el padre y sus amigos, con quienes discutía -y discutió toda la noche- a propósito de lo que recién habíamos escuchado en la UNAM. Se podía discutir sobre música, descubrí, al tiempo en que comía setas salteadas. Reían. El anuncio del restaurante: un hombre disfrazado de Sherlock Holmes pregunta si conocemos Raffaelo's. De inmediato, un salto lógico imposible de seguir presenta a un comensal en el restaurante a punto de ingerir pasta cuando una mujer curvilínea se detiene ante él. El comensal abre la boca, sorprendido, como si estuviera no ante una mujer sino ante un círculo cuadrado. Aprovechando el estupor, la mujer come de la pasta ajena. Se inclina innecesariamente para hacerlo. Es considerablemente más joven que el comensal, un viejo rabo verde. La cámara sigue las nalgas de la mujer mientras abandona el lugar del crimen (convertidos entonces, los espectadores, en un público vulgar) afirmando que la comida en este restaurante donde conocí que podían sostenerse discusiones estéticas, está buenísima. ¿Qué fue lo que pasó?
Thursday, July 12, 2012
Verdugo
En mi sueño escuchaba a un comentarista en la radio, estaba indignado, se preguntaba si nadie haría algo por el "asesinato" de un orangután. Me preguntaba, en la realidad de mi sueño, si no se estarían refiriendo al orangután que vivía conmigo. Encontraba entonces huellas, provenían, húmedas, del baño y me conducían a la cocina, donde encontraba el cuerpo. El asesinato, de acuerdo con la voz radiofónica, había sido perpetrado por un miembro del Partido Verde Ecologista. Lo denunciaba. Peña Nieto se encargaba del caso. Lo acompañaba la Gaviota. El culpable les acompañaba, a su vez acompañado por su novia. El culpable era rubio. Todos sonreían.
Al despertar, contrario al consejo de Walter Benjamin que dicta no contar sueños antes de desayunar, se lo conté a O., el orangután que vive conmigo. Su dictamen fue: "Te van a hacer pendejo".
Al despertar, contrario al consejo de Walter Benjamin que dicta no contar sueños antes de desayunar, se lo conté a O., el orangután que vive conmigo. Su dictamen fue: "Te van a hacer pendejo".
Monday, July 02, 2012
Me pasó algo
De tal forma que hace unos días nos encontrábamos en la carretera. Platicábamos, llovía, yo manejaba, el perro se detuvo, asustado, unos 120 km por hora, quizá más, fue rápido, di un golpe de volante, no recuerdo haber pensado algo ("afortunadamente no viene nadie del lado contrario, puedo cambiarme de carril") pero sí sé que guardé silencio y que hubo un momento de concentración, fugaz e intenso, tan intenso como no lo he tenido en un buen rato (al día siguiente me levanté adolorido), el automóvil se salió de mi control durante un momento, el ruido que hacen las llantas cuando derrapan, el peso del coche autocorrigiéndose, estar alerta al movimiento que dieron los contenidos en la cajuela, dentro de la cajuela, y de pronto, de nuevo, en el carril correcto. ¿Estás bien? Mi mano, buscándola. Sí, estoy bien. Y esto fue el pasado 23 de junio, nos dimos cuenta hoy, la noche de la Fiesta de San Juan, también conocida como una noche de aquelarre, y pensamos, curiosas travesuras, curiosas travesuras.
Tuesday, May 29, 2012
Saturday, May 26, 2012
Lista
Writing Succesful Self-Help and How-To Books (1997).
How to Write a Bestselling Self-Help Book: The 69 Fatal Mistakes You Should Avoid (2002).
How to Read How-To and Self-Help Books: Getting Real Results from the Advice You Got (2003).
How an Idiot Writes a Self-Help Book (2004).
How to Write a Bestselling Self-Help Book: The 69 Fatal Mistakes You Should Avoid (2002).
How to Read How-To and Self-Help Books: Getting Real Results from the Advice You Got (2003).
How an Idiot Writes a Self-Help Book (2004).
Friday, May 25, 2012
Entretenimientos de David Markson
Hace poco escribí este texto, en el sitio de La Tempestad, a propósito del ciclo de novelas «tercamente intertextuales y de sintaxis interconectiva críptica» que Markson escribió hacia el final de su vida.
En el número actual de La Tempestad (en imagen) pueden encontrar el ensayo "David Markson: una apreciación", de María Helena Barrera Agarwal (a quien pueden seguir acá). En dicho ensayo, entre otras cosas, Barrera escribe sobre las novelas (o "entretenimientos") que Markson escribió al inicio de su carrera como escritor, en torno al detective privado Harry Fannin: "...dos novelas de trama detectivesca que publicó con Dell, una editorial de pulp fiction -que conocía a fondo por haber trabajo en ella. Décadas más tarde, Markson calificó esos libros como entretenimientos, fruto de necesidades económicas más que de un designio autoral. A pesar de esa apreciación, aún la lectura más superficial de esas obras -Epitaph for a Tramp (1959) y Epitaph for a Death Beat (1961)- deja entrever niveles de signifcado que sobrepasan el género al que están nominalmente adscritas".
María Helena tuvo la amabilidad de enviarme una copia del volumen que reúne estas dos novelas, relanzadas en 2007 por Shoemaker & Hoard. No es la única novela de crimen que escribió Markson (posteriormente, en 1965, escribiría Miss Doll, Go Home) pero sí las que giran en torno al detective Harry Fannin. Como escribe María Helena en su texto, "Harry Fannin, el detective que protagoniza ambas hsitorias, es el catalizador de citas y comentarios eruditos, a veces obvios, a veces disimulados en alusiones, siempre inmersos en un humor punzante", el mismo tipo de material al cual volvería, con ahínco, en su último ciclo de novelas. Son, sí, novelas entretenidas pero que, incluso cuando fueron de algún modo minimizadas por su autor, no dejan de ser parte de su obra. Recomiendo.
En el número actual de La Tempestad (en imagen) pueden encontrar el ensayo "David Markson: una apreciación", de María Helena Barrera Agarwal (a quien pueden seguir acá). En dicho ensayo, entre otras cosas, Barrera escribe sobre las novelas (o "entretenimientos") que Markson escribió al inicio de su carrera como escritor, en torno al detective privado Harry Fannin: "...dos novelas de trama detectivesca que publicó con Dell, una editorial de pulp fiction -que conocía a fondo por haber trabajo en ella. Décadas más tarde, Markson calificó esos libros como entretenimientos, fruto de necesidades económicas más que de un designio autoral. A pesar de esa apreciación, aún la lectura más superficial de esas obras -Epitaph for a Tramp (1959) y Epitaph for a Death Beat (1961)- deja entrever niveles de signifcado que sobrepasan el género al que están nominalmente adscritas".
María Helena tuvo la amabilidad de enviarme una copia del volumen que reúne estas dos novelas, relanzadas en 2007 por Shoemaker & Hoard. No es la única novela de crimen que escribió Markson (posteriormente, en 1965, escribiría Miss Doll, Go Home) pero sí las que giran en torno al detective Harry Fannin. Como escribe María Helena en su texto, "Harry Fannin, el detective que protagoniza ambas hsitorias, es el catalizador de citas y comentarios eruditos, a veces obvios, a veces disimulados en alusiones, siempre inmersos en un humor punzante", el mismo tipo de material al cual volvería, con ahínco, en su último ciclo de novelas. Son, sí, novelas entretenidas pero que, incluso cuando fueron de algún modo minimizadas por su autor, no dejan de ser parte de su obra. Recomiendo.
Tuesday, May 15, 2012
Meditar durante una emergencia
Las líneas ascendentes y descendientes de una fractura, cayendo en picada para levantar el vuelo de inmediato, un zigzagueo que se repite sin clemencia. Una dentadura afilada, el sedimento en los bordes, un páramo seco atravesado por las líneas caligráficas. Se movió. La placa tectónica, quiero decir. No se moverá ya. La polvareda se asienta. Me parece que soy poco difícil. Que merezco amor inconmensurable. Pero es una apreciación. Y como tal, debería ser cuestionada. Un narrador poco fiable. Resquebrajándose a su paso, el suelo a la sombra de lo que avanza.
Pero no está muerto si palpita.
Hojarasca.
Rebaba.
Bordes terrosos.
Duran, ligadas, las relaciones, religare; los vínculos sólidos, bajo el manto acuoso de nuestra vida.
Esto lo sabías ya, nada permanece estable pues no es la naturaleza de esta existencia que te fue concedida. Esta existencia, ¿te fue concedida?
La enfermedad y la muerte. Un puño sucio.
Apenas comienza la tarde. Y ya estás cansado. No estés cansado. Apenas termina el mediodía.
Sobrios y despiertos, Guillermo.
Pero no está muerto si palpita.
Hojarasca.
Rebaba.
Bordes terrosos.
Duran, ligadas, las relaciones, religare; los vínculos sólidos, bajo el manto acuoso de nuestra vida.
Esto lo sabías ya, nada permanece estable pues no es la naturaleza de esta existencia que te fue concedida. Esta existencia, ¿te fue concedida?
La enfermedad y la muerte. Un puño sucio.
Apenas comienza la tarde. Y ya estás cansado. No estés cansado. Apenas termina el mediodía.
Sobrios y despiertos, Guillermo.
Thursday, May 10, 2012
P.S.U.
Para su información: una de mis pesadillas recurrentes es que falto a clases y que, por tanto, no cumplo los créditos necesarios para titularme. Invariablemente en los sueños pienso "en fin, esto ya se arreglará por sí solo". Pero no me abandona la sensación de angustia. ¡Infórmense!
Wednesday, May 09, 2012
Mano
Anoche durante mi sueño recordé que alguien había dicho que si uno miraba su mano durante un sueño conseguía experimentar un sueño lúcido. Estaba teniendo un sueño inquietante -aunque no diría que era una pesadilla. El sueño que estaba teniendo cuando recordé esto ya era lúcido (no entiendo, de cualquier modo, cómo podría uno obligarse, durante un sueño, a "mirarse" la palma de la mano soñada a menos que ya experimentara un sueño lúcido). Durante el sueño, sin embargo, me pareció lógico que debía ver mi mano así que me obligué a ello.
Desperté.
O creí que había despertado. En realidad desperté más tarde.
Mi sueño involucraba videojuegos, una especie de academia militar, ratas y el embarazo de la esposa de un amigo.
Desperté.
O creí que había despertado. En realidad desperté más tarde.
Mi sueño involucraba videojuegos, una especie de academia militar, ratas y el embarazo de la esposa de un amigo.
Friday, April 27, 2012
Historia del sueño
Anoche soñé que visitaba una costa en compañía de mi padre y mi hermana mayor. La costa estaba construida en parte a partir de mi memoria de San Sebastián, donde se encuentra el Peine del Viento de Chillida. Sólo que en lugar de la escultura se había erigido una torre, una especie de faro, contra el cual chocaban las olas. Acordaba con mi padre y mi hermana que los vería en la torre para presenciar un atractivo turístico, ellos llegarían caminando y yo nadando. Al llegar a la torre me avergonzaba un poco porque mis ropas estaban mojadas. El espectáculo era musical pero además acompañaba el movimiento rítmico de los patrones de madera que cubrían los muros (que se asemejaban al Espacio de Experimentación Sonora del MUAC). Tengo vagos recuerdos de otros elementos del sueño, como una ciudad amurallada pero no recuerdo otra "trama".
Friday, April 13, 2012
La suerte está tirada
Anoche soñé que un chino me invitaba a jugar ruleta, en un casino. Perdía la mitad de mi dinero. Le aposté al nueve morado. Era una ruleta que tenía morado. No perdía todo mi dinero porque justo antes de hacer la apuesta, retiraba la mitad. Pero inmediatamente después de que perdiera el dinero, un terremoto. Salía del edificio. Así, perdía todo mi dinero, olvidado sobre la mesa de apuestas. Quizá soñé eso porque la noche anterior, en la oficina, había estado tirando dados. Tengo un par de dados, me los regalaron hace unos dos o tres años. Uno tiene preguntas y el otro números, pero el que tiene números en lugar del número uno tiene una calavera. Las preguntas son ¿qué?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿cómo? y ¿quién? Desperté como a las 6:30. No sería hasta más tarde que me enteraría de que había temblado en la madrugada. Lo cual me sorprendería porque lo que leí al despertar, sin poder dormir (nunca despierto, o casi nunca, a las 6:30), fue el capítulo de Que el mundo me conozca de Hayes (que sacó recientemente La bestia equilátera) donde el narrador recuerda el primer beso que le dio a la mujer, sentados en un automóvil, como si nada, durante un terremoto.
Wednesday, April 11, 2012
Aquí se escupe en castellano
Reviso mi cuenta de correo electrónico. (Mi “inbox”, dirían algunos, te envié un “mail”, anuncian otros). Encuentro mensajes de amigos pero también invitaciones relacionadas con el trabajo. “Save the date”, me imploran. Lo extraño es que se trata de una invitación para un evento a realizarse en México, un correo enviado desde alguna oficina mexicana, con seguridad redactado por una persona cuya lengua materna es el castellano y no el inglés. ¿Por qué entonces “save the date”? Es una fórmula, cierto. Pero, ¿es más fácil decir eso que, por ejemplo “aparten la fecha”? Sospecho que no es utilidad lo único que ve la gente cuando deciden reproducir fórmulas en inglés. Sospecho, para decirlo pronto, que con ello revisten su lengua de algunos elementos que, imagino, consideran atractivos. El hilo negro: Creen que si la gente lo lee y escribe en inglés es porque se trata de algo con prestigio (tiene más “punch”, es más “cool”). ¿Es siempre el caso? Quizá en realidad la gente (la misma que confunde “crédulo” con “ingenuo” o “bizarro” con “extraño”) piensa en fórmulas en inglés porque fueron criadas por sistemas más efectivos que los educativos (los de la publicidad y el entretenimiento).
Pero no quisiera seguir por este lado –el uso común del inglés en el mundo laboral, donde se imponen frases hechas y expresiones sucintas- pues en realidad es tan idiota despreciar una lengua como lo es despreciar la otra: la vida de una lengua no está sino en el modo en que la usamos. (No teman, que aquí no apuraré un argumento donde concluya que deberíamos empezar a doblar todas las películas al castellano, por decir algo; no somos bárbaros, ni españoles). Se sabe, comparar lenguas es como comparar palas: la cuestión es qué uso les damos. ¿Hablas cinco idiomas? Bien. ¿Dices algo inteligente en alguno de ellos?
Quizá no somos tan vehementes en la defensa de una pala como en el de una lengua pues en aquellas rara vez depositamos sentimientos como la nacionalidad o la familiaridad.
Pero ah, otra sorpresa, no es la utilidad tampoco la principal virtud que algunos reconocemos en el lenguaje (es, apenas, una condición de posibilidad): también pueden ser bellos, dependiendo del ingenio con el que los tratemos. Goethe lo decía así: «El hombre ingenioso amasa su material léxico sin preocuparse de los elementos que lo componen; el carente de ingenio bien puede hablar con pureza, pues no tiene nada qué decir». La poesía y el habla apasionada son las únicas fuentes de las que brota la vida de nuestra lengua, decía Karl Kraus (atendiendo inteligentemente la cuestión de la defensa de la lengua).
No tengo interés en defender la pureza del castellano correcto. En general, creo que conviene alejarnos de cualquier aspiración a la pureza. Pero no deja de ser despreciable el modo en que nos sometemos a ciertos anglicismos pues revelan nuestro sometimiento al lenguaje publicitario. ¿Para qué usar extranjerismos cuando no son necesarios? Se puede decir adiós en lugar de “bye”.
¿Normas sobre cómo hablar? ¿Palabras a evitar? La tentación es grave. Me asalta continuamente. Pero, en realidad, no hay poder que pueda erigirse como autoridad sobre el uso que le damos a nuestra naturaleza –que es la palabra. Ni siquiera la razón, pues el habla es algo más que estructuras lógicas. Hablan de dónde viene uno y, a menudo, de a dónde podemos ir. ¿Pero qué horizonte nos espera cuando reproducimos las fórmulas con las que se nos invita a la distracción y al consumismo? Atención.
Pero no quisiera seguir por este lado –el uso común del inglés en el mundo laboral, donde se imponen frases hechas y expresiones sucintas- pues en realidad es tan idiota despreciar una lengua como lo es despreciar la otra: la vida de una lengua no está sino en el modo en que la usamos. (No teman, que aquí no apuraré un argumento donde concluya que deberíamos empezar a doblar todas las películas al castellano, por decir algo; no somos bárbaros, ni españoles). Se sabe, comparar lenguas es como comparar palas: la cuestión es qué uso les damos. ¿Hablas cinco idiomas? Bien. ¿Dices algo inteligente en alguno de ellos?
Quizá no somos tan vehementes en la defensa de una pala como en el de una lengua pues en aquellas rara vez depositamos sentimientos como la nacionalidad o la familiaridad.
Pero ah, otra sorpresa, no es la utilidad tampoco la principal virtud que algunos reconocemos en el lenguaje (es, apenas, una condición de posibilidad): también pueden ser bellos, dependiendo del ingenio con el que los tratemos. Goethe lo decía así: «El hombre ingenioso amasa su material léxico sin preocuparse de los elementos que lo componen; el carente de ingenio bien puede hablar con pureza, pues no tiene nada qué decir». La poesía y el habla apasionada son las únicas fuentes de las que brota la vida de nuestra lengua, decía Karl Kraus (atendiendo inteligentemente la cuestión de la defensa de la lengua).
No tengo interés en defender la pureza del castellano correcto. En general, creo que conviene alejarnos de cualquier aspiración a la pureza. Pero no deja de ser despreciable el modo en que nos sometemos a ciertos anglicismos pues revelan nuestro sometimiento al lenguaje publicitario. ¿Para qué usar extranjerismos cuando no son necesarios? Se puede decir adiós en lugar de “bye”.
¿Normas sobre cómo hablar? ¿Palabras a evitar? La tentación es grave. Me asalta continuamente. Pero, en realidad, no hay poder que pueda erigirse como autoridad sobre el uso que le damos a nuestra naturaleza –que es la palabra. Ni siquiera la razón, pues el habla es algo más que estructuras lógicas. Hablan de dónde viene uno y, a menudo, de a dónde podemos ir. ¿Pero qué horizonte nos espera cuando reproducimos las fórmulas con las que se nos invita a la distracción y al consumismo? Atención.
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