Sunday, May 23, 2010

Yo era un adolescente y la estaba llevando a su casa

Yo era un adolescente y la estaba llevando a su casa, vivía lejos de la mía. Yo llevaba poco tiempo (me parece) de aprender a manejar y por razones que ahora me parecen inexplicables, ella me gustaba. Estaba sudando, recuerdo, de nervios. Habíamos tomado un café. Lo tomamos en silencio. Pagamos. Nos fuimos. Para cuando llegamos a su casa, que se ubicaba en una zona de la ciudad desde la cual podía verse gran parte de la ciudad, la noche caía y entonces dije (fue de las pocas cosas que dije durante nuestra salida, recuerdo) alguna cursilada sobre cómo las luces de la ciudad, cuando se encendían, me recordaban el modo en que las estrellas parecen iluminarse, repentinamente. Entonces ella me dijo que qué mal chiste. Era el tipo de cosas que me pasaban en mi adolescencia. Invitaba a una chava guapa, o que me parecía guapa, a salir; ella aceptaba salir. Yo decía cosas que se tomaban a broma -no sólo eso, sino como una mala broma- cuando en ellas, las cosas que decía, yo no depositaba la mínima pizca de humor.
Recordé esto de improviso, hoy, cuando leí una línea de Los demonios, de Von Doderer: "...los distintos barrios de la ciudad, como un oscuro lago que reposa a los pies del monte y que después de un pausado regreso nos recibe encendiendo las luces que saludan titilando".
También recordé que unos días atrás había leído -usado como epígrafe, traducido al inglés- este poema de Octavio Paz (uno que había leído siendo adolescente y que fue probablemente lo que me orilló a decir aquello en aquél momento):

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas me escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en ese mismo instante
alguien me deletrea.

En una ocasión Octavio Paz invitó a salir a una muchacha. La llevó a un mirador. Les estoy contando una anécdota que me contaron. El poeta laureado estacionó el automóvil y vio cómo oscurecía sobre la ciudad. Vio, imagino, cómo se encendían las luces, titilando. Entonces, le dijo a la muchacha que invitó a salir:
"Algún día esas luces dirán Octavio Paz, Octavio Paz".
Una pausa.
"Octavio Paz, Octavio Paz", le dijo ella, "llévame a mi casa".

Friday, May 21, 2010

Convergencia, según Óscar Benassini


El de abajo es Chopin. Hace rato el Óscar me pregunta: "¿A ti te gusta ir de Chopin?".

***

Me gusta esto, de Robert Frost:

Some say the world will end in fire,
Some say in ice.
From what I've tasted of desire
I hold with those who favor fire.
But if it had to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.

Lo leí acá, en la entrada más reciente de Weschler a su serie de convergencias: "La mirada cargada del artista".

Tuesday, May 18, 2010

Peso muerto

Roper le dice a Hillier, en Vacilación, de Anthony Burgess:

"-Pero es cierto, Roper, tenemos que dejar la historia atrás. Es un lastre que debemos soltar para poder seguir adelante. Es imposible hacer nada si tenemos que cargar con ese peso muerto sobre la espalda".

Monday, May 17, 2010

Sigo con Los demonios (de Heimito Von Doderer)

Leo en la página 269, en mi edición de Acantilado, esta curiosa descripción del momento que precede a la furia (en el libro se describe la pelea entre una pareja hasta llegar a un punto en el que un hombre estalla, dice algo, algo que espera sea destructor, y sale de la casa de la familia de la novia, dando un portazo). Curiosa, digo, porque parece más la descripción de un rencor que se guardó durante meses o años y no la de los momentos que preceden a un ataque de ira:

"Guardaba silencio. Pero aquel silencio no era fruto de la confusión de quien se siente incapaz de dar una respuesta, sino del odio y del resentimiento condensados, concentrados hasta el extremo; se debatía consigo mismo por encontrar la expresión más acertada, la que le permitiera dar con mayor seguridad en el corazón de la persona que tenía en frente, es decir, la expresión que más le hiriese. Estaba tensando la cuerda hasta el límite, para que la flecha que iba a lanzar penetrara con toda su fuerza".

Desde hace tiempo siento que estoy tensando una cuerda similar. Y encuentro esto curioso pues ni tengo a quién apuntar y, cosa rara, descubro que de encontrar a la persona, sentiría que estoy malgastando un dardo. Así pues, guardo silencio. Nada bueno sale cuando el motivo es el odio. Esto no es precisamente lo que quería decir. Lo que quería decir es: el odio no puede ser el motor de la literatura. Pero eso no lo digo yo, lo dijo Robert Walser.

A dormir.

Thursday, May 13, 2010

Cito de Los demonios de Von Doderer

Del quinto capítulo, La gran nebulosa, que ocupa un periodo en la década de 192o, en Austria:

La inteligencia -y aquí se encontraba el auténtico centro, la verdadera raíz de su amargura- había fracasado, no había podido impedir la Guerra Mundial ni su desdichado desenlace. La inteligencia había hablado por el pueblo sin voz, había hecho un uso perverso de su lengua, predicando la locura. Había un odio generalizado contra cualquier tipo de autoridad, que estallaba en cuanto ésta se insinuara. No se limitaba a rezongar de mal humor, reaccionaba groseramente en señal de protesta. En cierto hospital, un paciente con mucha conciencia de clase, aunque con poca formación en el socialismo, se encaró con un famoso cirujano y le dejó muy claro lo que pensaba; le dijo que un profesor no debía recibir en modo alguno un salario mayor que el que le correspondía a quien se ocupaba de la calefacción de una casa. Ambos eran obreros, uno no era más importante ni más valioso que el otro.
-Bueno, pero ahora cálmese, querido amigo -repuso el docto cirujano sonriendo- o, si no, mañana dejaré que lo opere el señor de la calefacción.

***

(De un tiempo para acá le vengo preguntando a conocidos, al azar, qué prefieren, si una persona inteligente o una buena; cuando, en cambio, y como a menudo pasa, me preguntan a mí, invariablemente contesto que prefiero a una buena persona, pero procuro -ignoro por qué- no aclarar que una buena persona generalmente es una persona inteligente, lo cual no pasa, no necesariamente, al revés. En fin, no presten atención, pensaba en eso ahora que leía esto.)

Festival de Cannes

Me cuenta Óscar de un puesto de hot dogs (o dogos o perros calientes) en Hermosillo conocido como Festival de Canes en el cual ofrecen distintos tipos de hot dogs que llevan el nombre de perros famosos. Le pregunto si estos "perros famosos", dada la naturaleza del nombre, incluyen a luminarias del cine de siempre como Rintintín, Lassie, Benji, Marmaduke... y así, enumero algunos (no tantos, ¡no los hay!), y me dice que sí, que así es, que yo podría, de quererlo, poner un puesto de hot dogs con el mismo concepto -pues tengo el mismo tipo de ingenio, ¡y es hasta este punto de la conversación que me percato de que me está insultando!
Grandes momentos.

Tuesday, May 11, 2010

Sunday, May 09, 2010

Leo Los demonios, un libro difícil y complicado


Ahora que leía Los demonios me entraron las ganas tontas de recordarles, queridos lectores, que estaba leyendo Los demonios. Es como si tuviera un alma gorda que come entre comidas, que necesita constantemente de una distracción, un aperitivo espiritual o intelectual. (El otro día Mauricio Salvador, haciendo un pausa en una conversación sobre el régimen al que se someten algunos boxeadores, me arrojó una estadística: cuando estamos conectados a la red tardamos unos veinte minutos en regresar a la tarea original; le dedicamos unos tres minutos, de este modo, a subtareas, digresiones en la conversación que es nuestro trabajo diario).
Hace un tiempo leía el ensayo crítico de García Ponce a propósito de la novela de Heimito von Doderer, un texto escrito antes de que existieran traducciones al castellano de la novela (y que puede encontrarse en la compilación Tres voces; en la imagen, pueden encontrar a Von Doderer, el primero de izquierda a la derecha). En algún momento, Ponce señala el interés de Doderer por el cambio, en pocos años, de los intereses estéticos de la sociedad vienesa del principios del siglo pasado: comienza a tenerse en estima a las muchachas esbeltas aunque muchos aún tienen en gran estima a las gorditas. Así, encontramos pasajes como este, donde Selma Stuermann, colaboradora del cronista de Los demonios, se queja:

"Tengo la sensación de que un día me quedaré completamente fuera, porque se ha vuelto demasiado absurdo. ¿Se da cuenta, señor jefe de sección, de lo que hacen esas mujeres aparte de jugar a las cartas? Una se fija en la otra para ver si, Dios no lo quiera, ha tenido la suerte de adelgazar y ha vuelto a perder otro medio kilo... ¡Es ridículo! ¿Quién de nosotros, me refiero a personas de nuestra edad, puede tener todavía una figura esbelta como la que está de moda ahora?".

O este otro, de un capítulo titulado Tarta de requesón:

"Mientras la doncella abotonaba, la señora Markbreiter pensó que, a pesar de la historia de Grete, hoy era en cierto sentido un buen día, un día agradable, pues, conforme a su distribución semanal, no había ni masaje ni gimnasia, y tampoco baño turco, que le llevaba una cantidad de tiempo terrible, pero sobre todo, hoy, sábado, 8 de enero, no era día de pesarse. Allí, en una esquina del baño, estaba la báscula de precisión con su larga arra lacada en blanco, una figura seca con pinta de institutriz que cada noche, antes de irse a descansar, le lanzaba una mirada metálica y relampagueante a la pobre señora Clarisse, que se clavaba en lo más hondo de su mala conciencia, especialmente cuando sobre ésta pesaba el chocolate con nata montada, la repostería y los dulces".

Hoy me pesé. Lo hice después de correr una media hora. El tercer día de esta semana que termina que hice ejercicio. Pesé 60.8 kilos, menos que la última vez que me pesé. Me pregunto si me peso por vanidad, por interés científico, por observar con asombro que, ¡es verdad!, si uno hace ejercicio baja de peso; por una combinación de estas cosas a la cual le podemos añadir una motivación nutrida por la culpa o la adopción de la cantaleta irónica que reza Fitter, happier, more productive..., pero tomada, en realidad, como un mantra, algo de lo cual, vamos, no necesitamos burlarnos. El cuidado de uno mismo debe tomarse en serio. Pero que tanta gente se lo tome en serio, estoy consciente, puede ser más que sospechoso. Quizá, claro, sólo hago ejercicio porque quiero poder contar que estoy haciendo ejercicio, así como quiero contar que estoy leyendo Los demonios. Hay otro pasaje de esta novela donde se describe a las mujeres que pasan horas en un café y el modo en que se acomodan dentro del café de acuerdo a su peso y fisionomía (las más gordas son las de mayor rango social). Hay, además de estas gordas que platican, muchachitas esbeltas que leen. ¿Qué leen?

"Todos los periódicos que hubiera. Todas las revistas que hubiera. Torres de papel, líneas impresas, imágenes. Estuve observando a una -una criatura bondadosa, inocente, de peso medio- que, tras cuatro o cinco líneas de lectura, siempre se interrumpía, miraba alrededor, seguía leyendo, ¡cinco horas alternando los mismos pasos! No era que esperase a alguien. Hacía aquello cada tarde, pues mientras leía, quería enterarse además de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, por ejemplo, si la señora Thea Rosen llevaba puesto algo nuevo, o si aquel día había vuelto a venir por allí aquél joven tan curioso que siempre echaba miradas a la señora Rosen. Esto o cualquier otra cosa... no importaba lo que fuera. Y, si no ocurría nada, volvía a leer. Entre tanto, tal vez hubiera sucedido algo. Esta mujer parecía el tormento ideal para un escritor condenado en los infiernos, que tuviera que observar por toda la eternidad cómo lee su libro más difícil complicado... Sin poder matarla, se entiende".

Saturday, May 08, 2010

Una cooperación cercana entre el negocio y el amor


Tardé más de lo que quería en leer The Moviegoer (1961) de Walker Percy (en imagen). Tuvo que llegar el sábado para poder hacerlo. Curioso: lo leí no sobre un escritorio sino en el metro (fui al centro, di un paseo, compré un libro que estaba buscando, regresé a casa) y mientras esperaba mi turno en la peluquería. Curioso, digo, que el escritorio me expulse -quizá a fuerza de pasar la mayor parte del tiempo (entre semana) frente a uno. La razón por la que esto pasó, esto de no poder terminar un libro sino hasta que llegó el fin de semana, es sencilla: el trabajo consume gran parte de mi tiempo. No sólo eso, lo hace de tal modo que mentalmente me predispongo a ver el fin de semana como el espacio para el "tiempo libre". Toda mi rutina gira en torno al trabajo. Esto no significa, claro, que el trabajo sea un hoyo negro, tiempo perdido; es muy extraño el modo en que reincide en mí esta tentación continua de verlo así, como si la vida estuviera en otra parte: en las dos horas que tengo para comer, en el café, en la noche cuando hago deporte si es que no me levanté lo suficientemente temprano para hacerlo por la mañana, en las series que pasan en el "prime time", en esa hora que supone ir en el Metrobús (de ida al y de regreso del trabajo) y durante la cual puedo leer un rato libros que no están relacionados con las cosas que leo para el trabajo (dicho sea de paso: gran parte de mi trabajo consiste, precisamente, en leer, en leer todo el tiempo, leer textos que aparecerán en la revista, revisar dichos textos, leer noticias culturales, y a veces escribir, ¿escribir qué?, escribir sobre lo que uno ha leído; lo que más parece trabajo, en este sentido -es decir, en el sentido de tiempo muerto- es mandar correos y hacer llamadas; no, esto es impreciso; sería más bien redactar información; pero incluso es impreciso adjudicarle a estas actividades la sensación de "tiempo muerto", pues también llego a encontrar placer en estas cosas; el trabajo, me sorprende continuamente, puede ser placentero).
Todas estas reflexiones incrementan durante las temporadas en que el trabajo exige mayor atención y esfuerzo. Quizá sea el cierre de la revista en el cual nos encontramos los compañeros desde hace una semana, quizá sea el calor. No lo sé. Es posible, tal vez, que finalmente esté desesperado, ¿pero cómo saberlo? De saberlo, ¿sería capaz de hablar de ello? Ni siquiera quería escribir sobre lo que siento o no en el trabajo sino sobre el placer o el fuerte interés que puede provocarme leer sobre el trabajo de personajes en algunas novelas que he leído en años recientes. Tenía ganas de compartir el siguiente párrafo de The Moviegoer desde hace días, pero no es hasta pasada la media noche de este sábado que puedo transcribirlo. Binx Bolling, a punto de cumplir treinta años, le explica a su secretaria Sharon lo que harán con unos archivos:

"Do you know what these names are?", le pregunta.
"Customers' files".
"They are also portfolios, individual listings of stocks and bonds and so forth. Now I tell you what we do every year about this time. In a few weeks income taxes must be filed. Now we usually mail our customers a lot of booklets and charts and whatnot to help them with their returns. This year we're going to do something different. I'm going to go through each portfolio myself, give the tax status of each transaction and make specific recommendations to every customer in a personal letter, recommendations about capital gains, and losses, stock rights and warrants, dates of involutary conversions, stock dividens and so on. You'd be amazed how many otherwise shrewd businessmen will take long term gains and losses the same year".
She listens closely, her yellow eyes snapping with intelligence.

Es un pasaje árido, supongo. Abstracto, incluso, como leer un párrafo de la Metafísica de Aristóteles, al menos uno donde la claridad de un pensamiento desenvolviéndose se vuelve patente. Desprovisto de humor o ironía (ni siquiera el "snapping with intelligence" es irónico, ¿no?, al menos yo no lo creo) uno apenas olvida, leyendo esto, que el Sr. Bolling si no quiere llevarse a Sharon a la cama al menos está dispuesto a llevarla a la playa -como hará pocas páginas más adelante. Es, sencillamente, un hombre hablando de trabajo. Recuerdo haber leído un pasaje similar en El hombre del traje gris (1955) de Sloan Wilson, aunque allí la descripción minuciosa de las actividades laborales de Tom Rath están encaminadas para demostrar que Rath la pasa mal -después de todo Rath vivió, vivió mucho más de lo que vivirá de ahora en adelante, detrás de un escritorio, pues Sloan Wilson fue a la guerra; algo que también hizo Bolling si bien en The Moviegoer este trasfondo bélico nunca se representa como un terreno donde los hombres vivieron a pleno sino, al contrario, del cual salieron heridos anímicamente, quebrados, condenados a ser una especie de Extranjero camusiano. Así, al pasaje donde se describen las actividades de Rath, recuerdo, le siguen unas líneas en las que Rath se encuentra mirando constanmente el reloj. No tengo, ay, el libro a la mano, lo presté; también presté Revolutionary Road de Richard Yates (es bien sabido que el año en que The Moviegoer ganó el National Book Award en Estados Unidos, el libro de Yates fue finalista) donde pasa algo similar: Frank Wheeler, el hombre que se sintió vivo en la guerra ahora se encuentra enclaustrado en una oficina, si bien hay varios pasajes donde se describe, también a detalle, su día a día laboral, aunque es claro que en este caso Yates parece sugerir que en la medida que su placer en el trabajo crece, también lo hace la infelicidad de su esposa. (Hay un momento en The Moviegoer en el cual se le acusa a Bolling de ser egoísta precisamente porque disfruta su trabajo y porque disfruta ir al cine y liarse con muchachitas, aunque esta impresión pronto se diluye).
No recuerdo si en Recursos humanos de Antonio Ortuño hay pasajes en los cuales se represente al trabajo más que como un tropiezo indefinido en el camino hacia la felicidad o el éxito o lo que imaginamos como la felicidad y el éxito. Hasta donde recuerdo, en esa novela se parte siempre desde la idea de que el trabajo es tedioso, rutinario, absurdo incluso, signo de un sistema de maldad, como si fuera, en efecto, un castigo divino impuesto y no algo propio de los hombres. No soy capaz de recordar en qué trabajan los personajes de Ortuño.
Esta idea de trabajo está más o menos presente en otras novelas más o menos recientes, según recuerdo -en Houellebecq, por ejemplo, o en Beigbedier, donde incluso trabajos en los cuales uno podría imaginar cierta dicha incluso en sus momentos más tediosos (ya fuera en la labor del científico, del publicista o del ingeniero en sistemas) se vuelven una especie de muerte en vida. Tendría que revisar. Tendría que revisar también La tregua de Benedetti (el otro día vi un fragmento de la adaptación mexicana al cine que se hizo de esta película; un hombre le hablaba a su secretaria, de un escritorio a otro; le cambié) o El banquero anarquista de Pessoa. Y toda esa literatura de cubículo, de querer seguir hablando de esto.
Pero mejor les diré que todo esto me hizo pensar en Kierkegaard, en La filosofía del tedio, en David Foster Wallace y sobre todo en que el otro día que salí a tomar un café, que salí de la oficina, pasé por una librería de viejo y vi la traducción que publicó Alfaguara de Revolutionary Road y que me hizo pensar en lo triste (no exageraré) que es ver un libro en una librería de viejo, un libro que quizá se compró al poco tiempo de que saliera la adaptación al cine y que al poco tiempo también se vendió. Mejor les diré, pues, que no tengo conclusiones para ofrecer. Excepto, quizá, sugerencias: es bueno trabajar. Hay que trabajar.

Monday, May 03, 2010

Con la urgencia espiritual de una novela rusa

Es lunes, temprano por la mañana. El sol. Los pájaros. La poca gente en el Metrobús. Aparentemente muchos se tomaron el asueto no oficial. Hay, sin embargo, gente, y a esta gente la ignoro para leer The Moviegoer, de Walker Percy, un libro que debo terminar hoy para poder regresar pronto a su dueño y entonces dedicarme, ahora sí, a Los demonios, de Heimito Von Doderer. A punto de llegar a la estación donde me bajo, leí en The Moviegoer:

"I seem to recall an article about a subway breaking down in New York. The passengers who had their noses buried in newspapers began to talk to each other. They discovered that their fellow passengers were human beings much like themselves and with the same hopes and dreams; people are much the same the world over, even New Yorkers, the article concluded, and given the opportunity will find more to like than to dislike about each other".

El texto seguía pero por un momento dejé el libro para ver al resto de los pasajeros. Uno, frente a mí, llevaba un periódico abierto, en la sección de avisos oportunos. Una muchacha guapa recién se había subido. Un hombre platicaba con un joven -quizá se conocían, no lo sé- sobre lo feas que son las meseras de Hooters. Entonces me di cuenta que ya había llegado a mi estación.

Friday, April 30, 2010

Me lo pasó Benassini



Cuando el futuro nos alcance. Ecolocos. Motonetos. Smokers. Caníbales. Sensibilidad apocalíptica a la mano. Grabado por Peter Sutherland.

La ambigüedad del zombie como tropo (de nuevo)

Cito del texto que me pasaron en el correo que menciono abajo, a propósito de libros como el de Max Brooks o los pastiches que se hicieron a novelas como Pride and Prejudice:

"It is one thing to track the decorous decay of religious authority in the rise of the realist novel, as James Wood deftly did fifteen years ago in The Broken Estate, quite another to track the decline of the human being into a violently delusional animal. The former concerned the difficulty of leaving the lap of God to roam what Wood calls the novel’s “special realm of freedom.” It was about the inflation of human authority in the breakdown of religion and the taste for representational verisimilitude that comes in its train. The latter is more intimately troubling, a crisis in the mind, and is associated with a derangement of good taste. The zombie renaissance registers the rapid corrosion even of our secular myths about the self, not least the myth of its rational autonomy. It leads not to realism but to the weirdness of allegory".

Tengo miedo

¿¡Qué está pasando!? Un correo de un amigo, mandado en la madrugada, donde leo: "Te persiguen, amigo". Le acompaña esto.

Thursday, April 29, 2010

Zombies en mi vida


Apenas ayer hablaba sobre cómo, sin que quiera la cosa, los zombis vuelven, su representación, su lugar en el cultura popular, pero, sobre todo, descubro, vuelven a mi vida. Estoy en la oficina y Gonzalo Soltero tuvo a bien pasar y, sin decir agua va, me entregó este libro de Max Brooks. Francamente no sé cómo responder a esto. Por un lado es esa bondad gratuita que se agradece y por otro es esa caja de Pandora que son los zombies. Gonzalo Soltero es autor, entre otros, de Invasión y Sus ojos son fuego, una novela, en apariencia, sobre un ataque de ratas a la ciudad de México.

Wednesday, April 28, 2010

Zombies en los medios, de nuevo, siempre


No he terminado de leerlo, porque hoy en día, ¿quién termina de leer de una sentada lo que se encuentra en la red?, pero encuentro que "Zombies of Immaterial Labor: the Modern Monster and the Death of the Death" de Lars Bang Larsen parte de una tesis similar -y menos apurada- a la que propuse en mi texto sobre el zombie en el dossier "Héroes de nuestro tiempo" de La Tempestad 69. Escribe Bang Larsen: "...if the zombie is defined by ambiguity, it cannot be reduced to a negative presence. In fact, it could be a friend. So why does it lend itself so easily as a metaphor for alienation, rolling readily off our tongues? Resorting to the zombie as a sign for mindless persistence is unfair to this particular monster, to be sure, but also apathetic and facile in the perspective of the historical space we inhabit." En seguida: "My proposal, perverse or braindead as it may be, is that the zombie begs a materialist analysis with a view to contemporary culture".
Lo interesante en el texto de Bang Larsen es que esto sólo es el punto de partida -a saber, como si se tratara, esta lectura específica, de una herramienta para lo que hará a continuación, que, repito, no he leído.
Es curioso, esto: apenas ayer se me hacía raro que encontrara cada vez menos textos o menciones a zombies en la red -quizá, sencillamente, perdí interés y, por tanto, dejé de "buscar sin buscar"- y es curioso, también, que la principal característica del zombie, es decir, de la lectura que podemos hacer de él, es que se puede hacer, en realidad, cualquier lectura sin que esto altere su naturaleza.

No he leído un solo libro de James Wood



(Vía Paper Cuts)

Tuesday, April 27, 2010

El odioso



Termino de leer Las encías de la azafata, de José Israel Carranza. Una cita de la página 194:

"¿Qué quiere decir que lo dejen a uno en paz? La presencia de los demás y la ocurrencia del mundo y de la vida forman una continua sucesión de interrupciones, y el odioso lo único que anhela es un poco de silencio, un poco de calma para estar a solas consigo mismo. No se trata de un egoísta, pues fácilmente puede pensarse que, por definición, cualquier odioso lo es, o que todo egoísta es irremediablemente odioso. (Y habría que considerar la posibilidad de una historia sobre el egoísmo como virtud.) Este individuo, por lo contrario, en tanto está en la búsqueda de la tranquilidad más pura, se mueve por un afán de paz y armonía: ha decidido que la única vía para que lo dejen en paz es ejercer su talento de manera impecable, denodadamente, y en ello se cifra una lógica transparente y honesta con la que no quiere violentar a nadie. Sólo precisa del odio más grande para estar en paz. ¿Su fin es la soledad? No: su propósito último es no figurar en el aprecio de nadie, y más allá, enlistarse a la cabeza del censo de resentimientos y desdenes y horrores y aborrecimientos de cada una de las personas que lo rodean, para poder estar en paz".

Hace unos instantes me preguntaba si estas son o no patrañas. Me lo pregunto ahora porque quizá, es verdad, hay algo de odioso en la gente virtuosa y mucho de soledad en la gente virtuosa, autárquica. Pero, la verdad, ¿quién quiere amigos odiosos? ¿Es posible tenerle envidia a un amigo por sus bondades y aún admirarlo? Nada. No se me ocurre decir nada más.

Sunday, April 25, 2010

Entrada 1344

Un blog de cetrería, acá.

No se sabe si está de pie o sentado


No se sabe si está de pie o sentado es el enigmático título que Walser le dio a una de las estampas que componen La rosa (mi ejemplar es una reedición de 2003). El subtítulo de la misma estampa es El solitario. Allí leo hacia el final este divertido pasaje:

"Cómo me gustaría saberme simpático, cómo desearía estar incorporado a su círculo. Sin embargo, creo haber hecho lo que he podido para tratarme con miramientos. He permanecido disponible".

Tengo la sospecha de que La rosa es el segundo libro de Walser que compré. Si no es así, debe ser el tercero o cuarto. (Acabo de revisar en los archivos de este blog y descubro, con horror, que lo compré a inicios de marzo de 2005; ha pasado un lustro desde entonces: caracoles). En cualquier caso, fue de los primeros que aún compré con la fiebre que por un tiempo caracterizó mi afán por "leer a Walser". Esto fue, según recuerdo, cuando estaba por titularme de la universidad. Jakob von Gunten debió ser el primero que leí pues un amigo, Julián Zárate, me había dicho que era el libro favorito de Roberto Bolaño, de acuerdo a una entrevista que había leído. (Ambos estábamos, entonces, obsesionados con Bolaño). O quizá el primer libro que leí de Walser fue El bandido (la memoria irrumpe: leí El bandido en la playa, en Cancún, en los ratos de descanso que tomé durante la redacción de mi tesis de licenciatura, misma que, según recuerdo, escribí durante la Semana Santa de aquél año, encerrado en un cuarto de hotel; recuerdo que mi abuelo me pidió prestado La condición humana de Malraux: no terminó de leerlo, yo no lo he empezado). ¿Todo esto a cuento de qué? Pues resulta que hoy me encontré, inquieto, abriendo libros al azar, en mi habitación, y di con La rosa. También di con la pequeña conversación entre una camarera y un bribón que le da título al libro. La camarera le dice al bribón (Arthur, un hombre sincero): "No son los hombres atentos los que impresionan a las mujeres. Miramos con respeto a los desatentos. Nos gustan los ocupados, los absorbidos por algo". Lo extraño de La rosa es que no recuerdo haberla leído. Pero lo hice.
Qué maldito calor.

Friday, April 23, 2010

"Come on...

...you painter, you poet, you crazy diamond, and shine".

Thursday, April 22, 2010

Cosa curiosa

Hasta hoy que terminé un cuento en el cual llevaba mucho tiempo trabajando me quité esa idea de que es tan fácil, digamos, escribir en un diario como escribir ficción. Escribo diario, en mi diario o aquí, pero, descubro, una vez más, que los resortes o los músculos necesarios para escribir ficción son tan diferentes de los necesarios para escribir en un diario que ahora me doy cuenta de lo mucho que me engañé al quitarle importancia a mi falta de hábitos de ficción. Es decir, me lavaba la cabeza diciéndome que no importaba que no escribiera ficción si, finalmente, escribía diario.

También descubro que tener imaginación es algo que no puede ejercitarse. Uno puede velar, por ejemplo, experiencias personales, intentar verlas desde un punto de vista con el cual no se les abordó en un principio y tratar de escribir desde allí; pero de eso a inventar cosas... caray. Caray.

Friday, April 16, 2010

Entrada 1340


Bueno, francamente no sé qué está pasando pero parece que hoy es el día en que me regalan libros. Nicolás tuvo a bien regalarme El paseante solitario, de Sebald. Me lo acaba de entregar. Y hace rato Benjamín Morales me dio Contracanto, de Iván Cruz Osorio, así como números atrasados de Viento en Vela, esa inmortal publicación. Y ahora me acuerdo que la semana pasada o antepasada David me regaló The Moviegoer de Walker Percy que, como todo mundo sabe, fue revisada por Donald Barthelme.

En esta entrada dije dos mentiras. Tres, si nos ponemos exigentes.

Entrada 1339


Y que Lorena agarra y me regala un libro. Pueden seguir, creo, a Lorena acá: @lvparkman, vía Twitter. Fue ella quien me prestó Extremely Loud & Incredibly Close, una de las buenas lecturas que hice a principios de año. Recuerdo, por ejemplo, este momento. Y descripciones de parvadas -que se mueven cerca de una ventana, increíblemente cerca y extremadamente ruidosas. Para su información, digo todo esto.

Wednesday, April 14, 2010

Cierta sabiduría en Paul Valéry

Como ya no leo -mentira- sino que leo fragmentos de libros al azar -verdad- se me ocurre abrir Escritos sobre Leonardo da Vinci de Paul Valéry (lo compré en el FCE, debe haber más) para dar con la página 22 donde mi ojo, educado en el arte de encontrar algo interesante hasta en la sopa, se detiene sobre este párrafo:

"El secreto, tanto el de Leonardo como el de Bonaparte, o como el de todo aquel que posee una vez la más alta inteligencia, está y no puede estar sino en las relaciones que encontraron -y que se vieron obligados a encontrar- entre cosas cuya ley de continuidad se nos escapa".

¿No recuerda esto aquél extraño agradecimiento de Lovecraft sobre los límites de la inteligencia humana? A mí me lo recuerda. Encuentro humano el no querer saber ciertas cosas. Me pregunto si decir que sea humano es decir que sea bueno.

No hace mucho leí un texto donde se comparaba al hábito de leer en diagonal con el vuelo de un águila. Veamos. Sí, acabo de buscarlo en mi cuaderno de notas, acá. Copio, por el gusto de hacerlo, de ver cómo se reproducen los textos, el párrafo abajo:

"What we are engaged in -like birds of prey looking for their next meal- is a process of swooping around with an eye for certain kinds of information".

Lo dice Susan Jacoby en un libro titulado The Age of American Unreason, al cual llegué a través de un texto sobre la lectura en la red, que leí en la red, de Michiko Kakutani. Me preocupa que yo, Guillermito, esté muy al pendiente de textos en los cuales se reafirma la imagen de las lecturas complejas que resultan de la lectura de fragmentos. Es como si continuamente estuviera buscando personas que piensan, en algún momento, como yo, sólo con el objetivo de reafirmar mis principios. Debo. Leer. Más. Buscarme tiempo para hacerlo. Ahora, es decir en estos días, estoy leyendo Fin, de Monteagudo. Me gusta, está bueno. Pero debería hacerme más tiempo para leer (¿decirlo?, ¿no sonará mamón?) algo más sustancioso. Ahí tengo todavía En busca del tiempo... sin acabar. Tengo mis Ricoeurs leídos a medias. Tengo mi El mundo como voluntad y representación sin abrir... ¿Qué hacer? ¿Dejar el trabajo? ¿Usar el dinero que he ahorrado? Leer y escribir. ¿Y luego? ¿De qué vivir? Podría, supongo. De algún modo. No lo hago, sin embargo. Encerrado en casa frente a un monitor. Encerrado en el trabajo frente a un monitor. ¡Una historia curiosa! A continuación: ayer me escuchaba a mí mismo decir que imaginaba en la preparatoria el trabajar en una revista. Ahora hago eso. ¡Oh sorpresa! Descubro que aún tengo ganas de hacer otras cosas, por no decir que comienzo a aburrirme. Y bueno, me escuchaba decir eso, o una versión de eso, para notar cierto desapego y cierta tristeza. Así, me temo, es todo. Entonces: darle y darle. Ya quiero cumplir 30.

Monday, April 12, 2010

Joven cetrero


Benassini. dice: (12:24:44 PM)
un amigo tomó esta foto
Guillermo Íñigo dice: (12:26:31 PM)
la puedo poner en mi blog?
Benassini. dice: (12:27:03 PM)
claro amigo.
Benassini. dice: (12:27:22 PM)
www.tapacholos.blogspot.com
Benassini. dice: (12:27:24 PM)
es el sitio.
Benassini. dice: (12:27:30 PM)
El Simpson
Benassini. dice: (12:27:35 PM)
es el fotógrafo
Benassini. dice: (12:27:51 PM)
es de hillo y resulta que acá vive, eramos parta de la misma banda de amigos en la secu, prepa, pero nunca nos topamos.

Sunday, April 11, 2010

Nuestros ojos y nuestros picos

De El Rey del Bosque, de Pierre Michon:

¿Son halcones lo que están soltando, alevines míos? Qué bueno. Con eso también se caza, en efecto, cuando ya no se ve nada. No es miel lo que los halcones les clavan en el lomo a los conejos, y tampoco las abubillas, ¡ya paren la cantaleta! Son grandes y hermosas aves que cantan para copular y que también apestan, las pobres. Tú sí sabes de abubillas, ¿verdad, Hakem? No se comen, y tienen reservas para hablar de ellas. ¡Vamos, alevines! no ven nada, pero no se necesita ver para matar algo ahí adentro: los halcones ven por nosotros, son nuestros ojos y nuestros picos los que por alguna maravilla se echan a volar con ellos de un salto, cuando les quitamos la caperuza. Regresan llenos de sangre, con plumas recién arrancadas. ¿Codornices? ¿Otra cosa? Vamos, el duque se va a poner contento, esta noche tendrá gangas en su mesa. Y yo tendré a su mujer. Pondré a secar mis ropas, beberé lo doble, iré tranquilamente a sus habitaciones y me hunidré en ese tazón de leche. Qué sencillo y negro es todo alrededor de esa leche.

Saturday, April 10, 2010

Fin de semana de soltero

Sábado. Cierro la llave del agua caliente, en la regadera. Vapor. Recuerdo aquella mañana en el laboratorio de biología, cuando descubrí que yo no era una persona muy inteligente. Que era perezoso e inconstante: no estudiaba lo suficiente, no ejercitaba la memoria, no tenía interés alguno en la ciencia. El profesor se presentó decepcionado de nuestro desempeño en el examen más reciente, un cuestionario sobre las medidas de seguridad que debíamos cumplir dentro del laboratorio. De algún modo, aún antes de que leyera el que tenía en las manos, prueba del promedio general de tontería y pereza que se vivía en el salón, yo ya sabía que era mi examen. Sabía que el suspenso y la teatralidad sólo conducirían a que, momentos más tarde, el profesor preguntaría quién era Guillermo Núñez, el autor del examen que tenía en las manos, y que padecería algún tipo de humillación. No recuerdo bien sus palabras pero recuerdo que estaba entre divertido, enojado y sorprendido de la respuesta que algún alumno -yo- dio a la pregunta "¿Qué hacer en caso de que caiga ácido en nuestro rostro?" (había una regadera de emergencia en el laboratorio y uno debía darse un rápido regaderazo; todavía advierto que esto esconde una ligera contradicción con el principio "no darle de beber al ácido", algo que nos recordaban constantemente). Mi respuesta fue: "Tomar un baño María". Me sonaba correcto. Creo que unas clases antes nos habían enseñado un procedimiento -que he olvido- que involucraba el Baño María y del cual yo sólo recordaba el nombre del Baño María. Y bueno, claro, todos mis compañeros rieron. Otra cosa que recordé al salir del baño, hoy, que tenía que ver con el laboratorio de biología, es aquella clase en la que diseccionamos un pollo. Cuántos pollos habrán pasado por ese salón. Cuántas sorpresas ante la constatación de que el cerebro del pollo es liso. Recuerdo que, para aquella sesión, nos pidieron que lleváramos tijeras para cortar pollo, de cocina. No recuerdo qué aprendí aquella mañana. No decir ahora que a uno lo educaron para trabajar en una pollería -sé, ahora, que cortar pollo no es tan fácil que cortar papel pero tampoco tan difícil como cortar con alguien-, sería algo muy fácil, decir esto. ¿Qué decir, entonces? Nada, nada. Que hoy por la mañana, al salir de bañarme, me acordé de una cosa que me pasó en la escuela. Vine, lo escribí, fin.

Ayer, en el teatro, en Sencillamente complicado, escuché: "No salir de casa nos deshace".

Thursday, April 08, 2010

Cierto ingenio en Nicolás Cabral

Nicolás dice: (01:36:09 PM)
Gobernación debería clausurar la revista, ¡están buscando matar lectores de tedio!

Tuesday, April 06, 2010

Ahora resulta

Ay sí, ¿no? Anoche termino El padre muerto de Donald Barthelme y llego a la oficina y encuentro a Óscar leyendo Muere mi madre de Saito Mokichi.

Sunday, April 04, 2010

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Catástrofe

La noche anterior a mi cumpleaños número 28 soñé que David y yo íbamos en automóvil, me parece que él iba al volante. Lo que recuerdo bien es que íbamos sobre un puente o un segundo piso, un distribuidor, un camino elevado que repentinamente se sacudía y desaparecía bajo las llantas del automóvil, algo que en la realidad, obviamente, no pasaría si fuera sacudido por un temblor; los autos caerían con todo y camino y no levitarían momentáneamente, como en una caricatura, para descansar -aparatosamente, es cierto, pero irrealmente- sobre los escombros de mi sueño. Después del temblor (había tomas aéreas de la ciudad al momento mismo que era sacudida, en mi sueño; de algún modo yo simplemente sabía que una gran catástrofe arrasaba con todo) David y yo conseguíamos salir del automóvil y comenzábamos, cada quien por su parte, agitados y preocupados, a llamar a nuestros respectivos seres queridos. Todos se encontraban bien. Incluso me sorprendía marcándole a una persona con quien hace tiempo ya no hablo, pero en mi sueño existía aún la conciencia de que a esta persona yo le hablaba sólo porque se trataba de una emergencia; peor aún, le explicaba que le hablaba sólo por el terremoto, porque era una emergencia, algo que lo valía. Cuando terminamos de hablar, en mi sueño, ambos colgamos rápido para seguir haciendo llamadas. De algún modo al día siguiente sospechaba que todo mi sueño tenía que ver con esa llamada, las razones por las que la hacía y el orden bien jerarquizado en el cual realicé mis llamadas. Tuve la impresión de que el sueño duró mucho tiempo. También recuerdo que en algún momento los sobrevivientes, al menos los que se encontraban cerca de nosotros, nos resguardábamos en un supermercado de tejas rojas.

Wednesday, March 31, 2010

Vale la pena

Dice Mario Levrero: "Vale la pena llegar al aburrimiento, tocar fondo en el aburrimiento, porque de ahí nacen los impulsos correctos".

Monday, March 29, 2010

Leo La novela luminosa: oficinista en su día libre


Hoy me pasó algo. Me levanté para ir al trabajo, realicé todos los ritos matutinos, con especial énfasis en aquellos que parecen decir a gritos que es inicio de semana, y me encaminé al trabajo al tanto de que el malestar estomacal con el que desperté no se iba. Daría más detalles al respecto pero mejor me adelanto para transcribir algo que leí de Levrero (en imagen), rumbo al trabajo (del cual tuve que regresar a casa, por la diarrea; trabajé acá, sin embargo; mi plan original era transcribir esto en la oficina, ya que saliera del trabajo, y supongo que, a mi modo, lo hice así, pues apenas termino de trabajar, aquí en el estudio de la casa). Es de su entrada de un martes 10, a las 1.03, de octubre de 2000:

"Estoy aburrido. Me apena tener que confesarlo, confesármelo, pero es la verdad. Nunca pude comprender a la gente que se aburre, y siempre hostigué a los aburridos señalándoles la etimología de la palabra. Hoy me tocó a mí. 'Siento horror de mí mismo'; 'me aborrezco'. Durante cinco años estuve armando esa trampa mortal, trasladando mis intereses, uno por uno, a la máquina prodigiosa. Hoy casi todo lo que es mi vida está ahí adentro, y ahora la máquina está apagada".

Más adelante:

"Decía que estoy aburrido, y me es dado analizar un poco este estado. El aburrimiento viene mezclado con algo más fuerte, algo así como unas ráfagas que me asaltan cada tanto, de un sentimiento parecido al pánico o a una extrema desolación; como si de un momento a otro todo fuera a perder significado".

Más adelante:

"Llegué, pues, a esta situación de aburrimiento, como cualquier oficinista en su día libre; mi otrora espléndido mundo interior parece vacío. Ni sombra del espíritu; ni sombra de imágenes; ni pensar en aflojarme en un relax, en encontrarme placenteramente como antaño conmigo mismo, sentir cómo 'el espíritu de la mente' se liga al 'espíritu del cuerpo y ya no pueden separarse' (Tao Te King). Aquel agradable calorcillo del self. Hace muchos años que perdí todas estas facultades; si ahora intento recuperarlas, me ataco de ansiedad o bien me quedo dormido".

Antes y después de estas reflexiones, las entradas del Diario de la Beca de Levrero se ocupan de las revistas Humor & Juegos y Cruzadas; esta última, también de juegos (crucigramas, acertijos...), estuvo a su cargo cuando vivió en Buenos Aires.

Sunday, March 28, 2010

Cómo

Debe existir un modo, escribí. Uno de ellos debe ser este, añadí antes de que, accidentalmente, borrara ambas líneas. Reescribo y noto con cierto desapego esa curiosa forma de desdoblamiento que en ocasiones adopto: la de quien demora las cosas hablando de sí mismo. Me refería, al inicio, a una forma de escribir sobre algo de lo que en realidad uno no quiere escribir. (Pero una obligación, una necesidad, mejor dicho, lo lleva a uno a hacer este tipo de cosas, reflexiono ahora). Este modo es el único que conozco y quizá por la misma razón me parece insuficiente. Digo mejor: De los modos que conozco éste me parece el menos malo pero reconocerlo como una especie de último recurso -siendo el recurso último, sencillamente, no escribir o hablar sobre algo de lo que uno no quiere hablar- me lo arruina, de una forma. Digamos: es como ir al cine con alguien sólo porque uno se avergüenza de ir solo. (En una nota personal, diré que este no es mi caso: no tengo problema alguno con ir al cine solo, de hecho, si les interesa saber, me gusta ir al cine solo, casi tanto o más que ir con gente sólo por buscar compañía; sin embargo, los límites de la analogía no son tantos como para no anotarla). Esto es demasiado, escribir de esta forma. Mejor sería callar. Mejor para quién. Mejor para uno, digamos. Demasiado por un lado, muy poca cosa por otro.
Cambiemos de tema.
Un calor infernal, decirlo sería exagerar; pero es verdad que hace calor. Sudor en la zona T, por ejemplo. Y en las nalgas. Suspiros en una habitación solitaria. Libros que no he terminado y que descansan sobre la cama, a medias: Los demonios, La novela luminosa, Providence. En cambio: una computadora encendida. Quizá ya sea hora de dormir, no decir.

Friday, March 26, 2010

Jueves de oficina

Salgo. Es de noche, pasan de las 20:00 horas. Al salir, momentáneamente -salgo al baño que está fuera del despacho- escucho al velador del edificio, quien le habla a otra persona. "¿Sabes que?", dice, "ya vámonos, que aquí espantan después de las ocho".
Me lo tomo medio a broma cuando regreso, consternado y exagerando, a la oficina y entonces le digo a Óscar: "¿Sabes qué? Mejor ya hay que irnos. Según el velador aquí espantan después de las ocho".
Óscar me dice: "¿Qué velador? ¿El que se murió el año pasado?".

Thursday, March 25, 2010

La Tempestad #71


Un nuevo número de La Tempestad. A continuación los contenidos:

CINE
La obra de Alfred Hitchcock es un aporte fundamental para el cine moderno; dentro del dossier central, “La mirada de Hitchcock”, Pablo Ferré explica la actualidad de sus propuestas. Además: las películas más recientes de Werner Herzog, Claudia Llosa y John Hillcoat, así como un libro de Jorge La Ferla, son reseñadas en “Actualidad del arte”.

MÚSICA
¿Cómo funciona la música en las películas de Hitchcock? María Elena Larregle disecciona el mecanismo como parte de nuestro tema de portada. Una entrevista con el pianista Brad Mehldau abre la sección de actualidad, donde además se echa una oída a las últimas producciones de Bill Dixon, Marco Stroppa y The xx.

ARQUITECTURA
A partir de la investigación que dio pie a su libro The Wrong House, Steven Jacobs revela la importancia de la arquitectura en el cine de Hitchcock. En “Formas útiles” el lector encontrará un análisis del edificio Momentary City, en Hefei, de la firma china Vector Architects.

ARTES VISUALES
Como pocos cineastas, Hitchcock ha influido a diversos artistas contemporáneos. Eduardo A. Russo analiza los vasos comunicantes entre el cineasta británico y las expresiones visuales de nuestro tiempo. A partir de la página 40: Exposiciones de Félix González-Torres, Gordon Matta-Clark y CoBrA son revisadas.

ARTES ESCÉNICAS
Shaday Larios Ruiz reflexiona sobre las ideas escénicas que alberga el cine de Hitchcock en el texto “Por un suspenso poético”. Por su parte, en nuestra sección de actualidad ofrecemos una mirada a la innovadora electro ópera Tomorrow, in a Year, de Hotel Pro Forma.

En nuestro dossier lateral:

LITERATURA

"Escrituras independientes" propone un panorama de la literatura latinoamericana en lo que va del siglo XXI a partir de un puñado de títulos que representan una renovación. Así, La novela luminosa de Mario Levrero es analizada por Antonio Oviedo; Del absoluto amor, de Jorge Eduardo Eielson es analizado por José Luis Bobadilla; Sergio González Rodríguez escribe sobre El último lector de Ricardo Piglia; Nicolás Cabral escribe sobre El Gran Vidrio de Mario Bellatin y, finalmente, Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero es analizado por Maximiliano Tomas. Además, ofrecemos un listado, sin afanes canónicos, de diez libros más por cada género. En la sección de actualidad (pp. 30-31) se revisan libros recientes de Haruki Murakami, José Luis Bobadilla, Valérie Mréjen y Rodrigo Rey Rosa. También: una selección de lo mejor que se publicó entre febrero de 2009 y enero de 2010.

Pueden revisar el número en línea acá, y comprarlo después, ya que estén en librerías y lugares donde venden revistas.

Tuesday, March 23, 2010

Leo Los demonios, de Heimito von Doderer


Según la crónica del jefe de sección Geyrenhoff, Schlaggenberg afirmó, a propósito de una conversación que alguna vez sostuvo con su ex mujer, Camy:

"Le expresé lo que para usted y para mí seguramente sea algo natural, que yo sentía mi propia alma o mi propio interior como un pozo de una profundidad insondable, un espacio que, en todo caso, había de ser pensado necesariamente como una dimensión no clausurada, abierta por alguna parte, una parte de la que todavía puede surgir lo desconocido, aquello de lo que jamás he tenido experiencia. Camy se quedó parada, era obvio que estaba sumamente sorprendida, miró al suelo, pensó un ratito y con esa forma de hablar que tenía, tan prudente y certera, me dijo que algo así le resultaba completamente inconcebible, pues ella sentía su propio ser como un espacio vacío cerrado por todas partes, que conocía a la perfección, del que era imposible que surgiera o le llegara algo impensado, es decir algo auténticamente nuevo".

Reflexionando al respecto, Geyrenhoff afirma a propósito de lo que dijo Camy: "...se trataba de la mejor, la más razonable y también, seguramente, la manera más fácil de vivir. Sin lugar a dudas: sólo había que esforzarse por alcanzar ese estado y así ya no habría razón para temer la desnudez del espacio donde confluyen pared y techo (allí donde uno generalmente no mira), sintiendo que se abate sobre nosotros una ola de frío y depresión; es posible que desterrásemos ese sentimiento tan fuerte de insatisfacción que nos hace imposible quedarnos en casa".

Ese sentimiento se llama tedio. Francamente, no sé si Geyrenhoff propone aquí que uno se conozca a sí mismo -y se cuide a sí mismo- o que no de cabida a ninguna novedad en la vida. Si es lo primero, ¿qué tiene eso de fácil? En fin, me recordó esto de Kryzanowski.

Monday, March 22, 2010

Despiertos y sobrios


De Filosofía del tedio de Lars Svendsen, un libro que, quiso la providencia, encontré por accidente este fin de semana, mientras paseaba por una librería:

"...pudiera ser que las mujeres expresen el tedio en menor medida que los hombres, aunque les afecte en el mismo grado. También cabe la posibilidad de que las mujeres tengan, en general, otras necesidades existenciales que los hombres y que se planteen otras cuestiones, y de ahí que se vean afectadas en menor medida por los diversos cambios culturales que originan el tedio. [...] También Nietzsche observa que los hombres se aburren más que las mujeres. Ahora bien, razona su afirmación arguyendo que las mujeres nunca aprendieron a trabajar de forma disciplinada, lo que parece una justificación cuando menos discutible".

Pasé el fin de semana leyendo y anotando del mentado libro. Pensaba ahondar en esto, pero debo decir que sentí una especie de alivio al descubrir que este renovado interés en el tedio que he venido demostrando a últimas fechas (que si me aburro, que si esto de aburrirse es en realidad una preocupación o una angustia, y de serlo, ¿de qué tipo es?...) se reduce a una vanidad, nada más. Svendsen analiza el estudio que Heidegger realizar en torno al tedio y en algún momento se pregunta:

"¿Por qué es tan importante para nuestro pensador demostrar sobradamente la grandiosidad del tedio? Sin duda se debe a su convicción de que los grandes hombres se ven afectados por grandes afecciones, mientras que los hombres insignificantes presentan afecciones o talantes de humor también insignificantes?"

Realizaciones personales aparte, debo anotar aquí que el ensayo de Svendsen se escribió en 1999, de allí que anote cosas como que nos aqueja la "ausencia de una urgencia fundamental" y llega a preguntarse si no le falta a este mundo un gran suceso histórico, una gran guerra o catástrofe; misma, creo, que habría de llegar a todos nosotros un par de años más tarde de haberse escrito el texto, a través de la televisión. Lo curioso, o terrible, es que ni siquiera las catástrofes o las guerras nos despiertan de esta espera (al menos, ay, no a mí). Me indignan, pueden llegar a hacerlo, pero puedo fácilmente olvidar esto. Sofía me preguntaba hace unos días si no creía que me aburría, sencillamente, porque veía la televisión. Es así. Hace unos momentos dejé de verla, a la televisión, veía Benny's Video, de Haneke, que no había visto. En entrevista, Haneke afirma -a modo de pista de qué dio pie a la película- lo siguiente: "When you learn life and reality only through the media, you have the sense that you're missing something. I'm missing the feeling of reality".

Lars Svendsen menciona sólo dos veces a la televisión en su ensayo, pero, curiosamente, hay un momento en el cual ejemplifica de un modo casi idéntico a como lo hace David Foster Wallace en su famoso ensayo sobre la televisión, E Unibus Pluram: Television and US Fiction, a través de la catástrofe (específicamente, la que ocurre en los automóviles; creo que Svenson lo hace durante su análisis de Crash, de Ballard, en tándem con el análisis que hace de American Psycho -una novela, de Brett Easton Ellis, que recordé varias veces viendo Benny's Video- y la novela romántica William Lovell):

"Cuando veo una carrera de Fórmula Uno", escribe Svenson, "lo hago con la esperanza de asistir a una colisión entre vehículos pues, de lo contrario, la Fórmula Uno carecería por completo de interés para mí. Y cuando paso ante el lugar de un accidente, aminoro la marcha con la esperanza de ver mejor tanto los restos del vehículo accidentado como a los posibles heridos, etcétera. En este sentido, no puedo decir que yo sea muy distinto de la mayoría de las personas". (p. 104).

En fin, con esto más o menos atrás, espero seguir con La novela luminosa y Los demonios.

De mi diario personal, anotado el 9 de febrero pasado

"Algunos días se han perdido, porque he dejado de escribir. Esa pérdida, sin embargo, me permite observar: escribir no es simplemente recordar", Rodrigo Rey Rosa en Cárcel de árboles.

Encuentro dificultades para retomar hábitos. Deporte, este diario, la tesis. Qué aburridas, estas quejas. Un malestar generalizado. Qué poco interesante, la vida del veinteañero, la vida egoísta. No me preocupo por nadie. Incluso cuando siento cierto interés por el biennestar de alguien experimento la fugaz sospecha de que una agenda oculta se esconde en mis acciones. Esto causa una tensión: ¿realmente puedo interesarme por la vida de alguien cuando lo que aprecio es mi posición de interesado? Embrollos innecesarios, en realidad.

Un dolor de espalda y en las articulaciones se ha conseguido estabilizar en mi cuerpo. Las virtudes de la vida rutinaria (la seguridad o el sentido general de tener un propósito) apenas alcanzan a justificar el aburrimiento o el horror con el que uno advierte que esta vida desprovista de sorpresas poco a poco me destruye. Veía en la televisión hace unos momentos (todo el día frente al monitor, desde hace dos años) una entrevista con Angelina Jolie, por segunda ocasión. Entre los muchos tatuajes con los que carga uno de ellos evoca una especie de "filosofía" nietzscheana: lo que me destruye me nutre. Nunca entenderé del todo ese curioso afán por obviar el principio de no contradicción.

"Quizá no se trata de entender", gritan las cacatúas.

[...]

Breve recuento del día de hoy: despertar tarde, bañarme, sentir estrés, desayunar después de comer y caminar hacia el Metrobús. Leer en el camión Cárcel de árboles para el trabajo (pensamos reseñar una novela, la más reciente, de Rey Rosa; he notado que en varios de sus textos habla sobre cuadernos y dietistas, probablemente la razón por la que he retomado con brío el cuaderno). Llegar al trabajo, trabajar, comer (sushi), leer, tomar café, regresar al trabajo, ver pendientes, leer correos, tomar el Metrobús, cenar con mis padres en la Trattoria, ver televisión, leer un poco más después de escribir.

Los días se confunden entre sí.

Friday, March 19, 2010

Cosmos

Ayer en el Xel-Ha un hombre con saco de pana entró rápidamente para saludar y entregarle a un mesero un libro de Carl Sagan y uno de editorial Anagrama, no alcancé a leer los títulos; se dieron un abrazo y se despidieron, una mujer esperaba afuera al hombre de saco. Entonces el mesero se dirigió a la barra donde se puso los lentes y examinó por encima los libros, al parecer los estaba esperando.

Hoy en el taxi rumbo al trabajo una mujer vestida con gorra, lentes oscuros y un uniforme que consistía en un pants pegado le entregó al taxista una muestra de shampoo. Me ofreció una también pero le dije que no, gracias. El taxista me dijo, ¡acéptelo joven, es shampoo! No supe qué decirle, en parte paralizado porque en realidad el taxista me gritó y porque de inmediato -no sé por qué- pensé en aquél título de un cuento que Dave Eggers escribió bajo el pseudónimo de Lucy Thomas, People should not laugh at savings. Estuve a punto de decirle que a) tenía razón, que debí haber aceptado la muestra, y de b) explicarle que no necesitaba shampoo, que tenía en casa; pero no me decidía. Entretanto, el taxista reveló que la razón por la que debí aceptarlo es que uno no debe hacerle el feo a esas muchachas; murmuró algo más que no alcancé a escuchar porque -y aquí sólo especulo- bajó la voz avergonzado de lo que estaba diciendo.

Hace rato vino una jovencita a entrevistarse para una posición aquí, en la revista donde trabajo, como becaria. Traía un libro de Carl Sagan. No alcancé a leer el título.

Wednesday, March 17, 2010

Ocio

Creo que anoto esto aquí porque el diario personal me queda lejos -estoy acostado y puedo ver desde aquí mi escritorio, sobre el que descansa junto a una pila de libros que, me amenazan, nunca leeré; lejos está, pues obtenerlo supone dejar las sábanas, acaso apagar esto (la computadora), levantarme... cosas para las cuales probablemente podría encontrar la voluntad de realizar, pero después de mucho esfuerzo; y especialmente, no quiero hacer eso de tomar la pluma y adoptar ese tonito que adopto cuando escribo sólo para mí, en mi cuaderno; un tono más descuidado y (opino) más peligroso- y porque, añadiré, escribo esto aquí porque tiene algo que ver con las reflexiones de Levrero que anoté recién. Entonces: el domingo pasado estoy en un concierto y hace calor y cobran las cervezas a 50 pesos y probablemente soy el único que espera el temblor, que espera el incendio y es allí que se decide (en mi interior) que yo insista en la conversación sobre el aburrimiento y ahí nos tienen hablando de eso cuando hay música y gente y muchas distracciones, pero aún así yo estoy hablando y ella también y de algún modo (muy vago) consigo incapacitarme para estar en el lugar, por así decirlo. Para ponerle sabor al asunto: digamos que el concierto es de un grupo que se llama The Whitest Boy Alive y que no fue hasta como la mitad de su interpretación que yo me percaté que The Whitest Boy Alive no es lo mismo que Badly Drawn Boy, a quien yo creía que veríamos -la única ocasión que yo había escuchado a Badly Drawn Boy, dicho sea de paso, fue en la banda sonora de la película About a Boy- y el saber esto me hizo sentir muy anciano pero sobre todo muy tonto, así que no me quedó de otra que hacer de eso un chiste (¿pero qué no son los de Fat Boy Slim?, etc). En fin: estamos ahí escuchando (ya terminada la conversación) pero después de un rato la verdad es que yo ya no estoy como para estar brincando entre la multitud, los sudores, así que me retiré un poco, a un rincón, a pensar un poco más en el asunto y a ver a la gente, desde un cómodo asiento. Al poco rato, a unos cuantos asientos de distancia, se sentó una chica gorda y pensé: eso es lo que yo soy, una chica gorda. No importa cuánto ejercicio haga o cuánto esto o lo otro, al final del día, seré un alma obesa.

Se me ocurre que ahora puedo contarles que ayer o anteayer -los días, las horas, las semanas- iba caminando de regreso a la oficina después de comer cuando un transformador comenzó a lanzar chispas y ruidos; las chispas eran verdes, los ruidos unos como fogonazos irregulares. Uno de los amigos con los que iba dijo: "Y que nos electrocutáramos y se nos intercambiara la personalidad". Todos reímos, fue gracioso. Gastamos la broma hasta especular cómo sería que Óscar habitara en mi cuerpo y aún más, hasta rastrear los orígenes de la ocurrencia (a saber, What Women Want, con Mel Gibson, aunque ahí lo que pasa no es que se intercambian las personalidades sino que el personaje de Gibson obtiene el curioso don de escuchar lo que las mujeres piensan -y no lo que quieren- y pensé: ¿no sería ese un buen don? Un buen don, quiero decir, que serviría para algo más que librar algunos cuantos cómicos enredos, algo que podría usarse, ¡por el bien de la humanidad!).

Leo Los demonios, de Von Doderer y encuentro esto:

"En cualquier relación entre ambos sexos, los hombres siempre son los primeros que pierden la desenvoltura, pues este tipo de relaciones no están en su primera naturaleza, sino en una segunda y, por lo tanto, se trata de asuntos en los que desgraciadamente se miden muy bien las distancias: demasiado lejos para ser uno con ella y, sin embargo, demasiado cerca como para no sentir un cosquilleo. En otras palabras: el doctor Williams fue el primero en llegar al fondo del asunto y, al hacerlo, se quedó solo, pues a la Dobril todavía le resultaba completamente indiferente.
Ella no entraría en efervescencia hasta más tarde".

Me hace eco con esto, que anoté hace unos días. No me gustan ese tipo de opiniones, tan definitivas.

Leo La novela luminosa

Y leo de la primera entrada del "Diario de la Beca" (Sábado 5, Agosto de 2000):

"El ocio sí que lleva tiempo. No se puede obtener así como así, de un momento a otro, por simple ausencia de quehacer. Por ahora tiendo a llenar todos los huecos, a ocupar todas las horas libres con alguna actividad estúpida e inconducente porque, casi sin darme cuenta, yo también, como esa gente que siempre he despreciado, me he ido creando un fuerte temor a mi mismidad, a estar a solas sin ocupación, a los fantasmas que desde el sótano empujan siempre la puertatrampa buscando asomarse y darme un susto".

Nuestras obsesiones


Hace unos días leía La idea fija de Valéry. Ahora empiezo, como para evadir a Los demonios, La novela luminosa, de Mario Levrero y encuentro esto al inicio del prólogo, que me recuerda aquello de la idea fija:

"No estoy seguro de cuál fue exactamente el origen, el impulso inicial que me llevó a intentar la novela luminosa, aunque el principio del primer capítulo dice expresamente que este impulso procede de una imagen obsesiva, y la imagen es suficientemente explícita como para que el lector pueda creer en esa declaración inicial. Yo mismo debería creerla sin ningún tipo de vacilaciones, pues recuerdo muy bien tanto la imagen como su condición de obsesiva, o al menos de recurrente durante un lapso lo bastante prolongado para que me hubiera sugerido la idea de obsesión".

Friday, March 12, 2010

Cie.rre. E.di.to.rial.

"¿No les da gusto que nos veamos toda la semana y que encima nos vamos a ver, en puente, para ir al teatro? ¿Para ver la obra de un goey del que siempre estamos hablando en la revista?"

(Cierre editorial, aún)



(Rebaba de un fin de semana, lejano, lejano, frente a VH1)

(Cierre editorial)

Guillermo Íñigo dice: (06:50:58 PM)
Desde aquí a tu derecha puedes ver los largos atardeceres de la Ciudad de México.
Benassini. dice: (06:51:28 PM)
Deja de tratarme como si fuera un pueblerino.
Benassini. dice: (06:51:32 PM)
Un indio yaqui.
Guillermo Íñigo dice: (06:51:39 PM)
Que corre.
Benassini. dice: (06:51:46 PM)
jajajajaja
Guillermo Íñigo dice: (06:51:50 PM)
Descalzo. :(

Wednesday, March 10, 2010

Correr: mis esfuerzos

Anoche empecé a leer el libro de Murakami donde relata sus memorias e impresiones sobre correr, What I Talk About When I Talk About Running. En el blog de Mauricio Salvador hay algunas entradas sobre lo mismo (correr): por ejemplo esta o esta recomendación. Hoy en el NYT hablan sobre la Sensecam, una cámara con accelerómetro en la cual pueden registrarse entradas a modo de bitácora visual, y de cuyas aplicaciones médicas pueden leer acá. Me gusta mucho el título del artículo: "A Little Black Box for Failing Memory" pues me recuerda el cuaderno de ejercicios en el que desde 2008 o 2007 he anotado las vagas impresiones y memorias que he tenido las veces que, desde entonces, he realizado algún tipo de ejercicio (físico), y que muy probablemente empecé -el registro, al menos (todas las veces que he iniciado un año corriendo se debe, en cambio, a una especie de culpa, a la idea de que sí, finalmente, haré de mi vida algo bueno, algo sujeto a un régimen)- empecé, digo, por haber leído El bosque y la ciudad, de Manjarrez. En mi cuaderno anoto cuántas vueltas le di al circuito de Viveros (hoy fue la primera vez que le di dos, pues soy, aún, un gordo) o, de haber usado la elíptica, cuánto tiempo estuve sobre ella, cuántas calorías de grasa quemé, cuántas calorías quemé (no conozco la diferencia entre estas y las otras calorías) y cuál fue la distancia recorrida (todos estos datos me los da la máquina, en una pequeña pantallita que tiene). También anoto otras cosas.
Un feliz accidente: hoy, después de ver eso de la Sensecam, veía un mapa interactivo, también en el NYT, con algunas cafeterías en Nueva York (y que por alguna razón ahora me recuerda el mapa interactivo en el que se registraban los paseos de Holden Caulfield durante su escapada a Gotham; creo que hay algo aquí, interesante, esa idea del paseo decimonónico y toda la literatura que produjo enfrentada al paseo ideático que viene siendo correr, hoy por hoy). Una de las cafeterías que se encuentran en el mapa es Joe. Y se me ocurrió darle click al vínculo que lleva a su página electrónica donde encontré esto, el blog del equipo atlético de la cafetería. Su entrada más reciente , "Speed Socializing" afirma en algún momento:

"Well, that's the joy of running with a team. I would NEVER get out there alone. In fact, I almost never run alone anymore. It's just too bleak and chilly. And after going alone for the first 10 years I was running, I just got bored with music and my own dull thoughts".

Estaba pensando, ahora, en esto. En cómo aún consigo sacarle jugo -poco- a las ocasiones en que corro solo (ya no uso el iPod y ahora, últimamente, me sorprendo a mí mismo contando los minutos, como si me hubiera transformado, yo mismo, en un cronómetro). Correr puede llegar a ser aburrido. Cuando andaba en bicicleta en el Ajusco no podía hacerlo a menos que fuera con mis Amigos de la Bici. Sospecho que no hubiera empezado a correr este año, por otro lado, si no fuera por Sofía, quien me invitó a acompañarla a sus mañanas de entrenamiento que la prepararon para el maratón que organizó Nike (sólo para mujeres: regalaron una cocina) el fin de semana pasado. Recuerdo que como a la segunda ocasión que corrimos juntos me preguntó, o me dijo, no sé qué fue, exactamente, "¡¿Sólo estás corriendo para escribirlo en tu blog?!". En tres semanas es la primera vez que lo hago. Me esfuerzo.

Tuesday, March 09, 2010

Vive y deja vivir

Es curioso que a esta hora de la tarde, aún dentro de la oficina, recuerde a aquél profesor de inglés de la preparatoria que sin decir agua va un día nos contó la anécdota del tortero que le preguntó a su esposa qué quería en su torta. Este profesor en particular ya tenía una edad avanzada y pasaba gran parte de su tiempo, sospecho, preguntándose cómo haría para enseñar inglés a un grupo de alumnos que no estaba realmente interesado en tomar clases de inglés. Imagino que es así como aquél día llegó a la clara conclusión de que debía contarnos una historia graciosa. La idea de una historia graciosa, para este hombre cano y arrugado, era contarnos que su esposa, un día, le respondió al tortero que ella prefería su torta sin nada. Acto seguido el tortero le puso todos los ingredientes a la torta. Cuando la señora probó la torta -no vio, imagino, cómo la preparaban- dijo que qué le pasaba, que traía chile, que ella no quería nada, que se lo había dicho a lo cual el tortero dijo, ¡Oiga, pero usted me dijo que sin nada!, o sea, ¡con todo!, y el tortero buscó la simpatía del esposo de la señora, nuestro profesor de inglés, quien, de inmediato, le contestó que, ¡en efecto!, ¡sin nada es con todo!
Yo no sé si esto le había ocurrido la noche anterior al profesor o si había sido algo que recordó de hace años, pero sí recuerdo que a nadie le causó gracia pero nadie le dijo que esta muestra de ingenio también era una muestra de, digamos, injusticia, pues para efectos prácticos sólo un ojete entenderá que cuando alguien no quiere nada en su torta dirá algo tan claro como que la quiere sin nada, y sólo un ojete -o un hombre muy cansado- preferirá ponerse del lado del tortero que de su esposa, a pesar de las posibles ambigüedades semánticas que la proposición de ésta al pedir sus alimentos podría presentar. Ahora se me ocurre que la razón por la que ninguno de los alumnos le dijo esto al profesor es porque es mejor vivir y dejar vivir. Que ande, que cuente sus chistes y nos de la lección. Pero, claro, nadie, tampoco, lo acompañó en su risa.

Sunday, March 07, 2010

Leo Los demonios


Me tomará tiempo. Aquí, unas líneas sobre el sosias:

"...es sabido que existen extrañas similitudes entre personas muy alejadas entre sí en la vida, más aún, ni siquiera es preciso que estas personas vivan a la vez... y, sin embargo, uno tiene la impresión de que sus rostros, ¿cómo lo diría?, se han formado según el mismo modelo o que el Creador los ha sacado de la misma caja, si se me permite la imagen; es como si en sus caras se hubiera plasmado exactamente la misma idea básica, una idea básica expresada en su fisonomía, por así decirlo".

Un poco más adelante, líneas sobre lo que Heimito von Doderer llama las "correspondencias":

"Pero de aquel pasado surgen vacilantes como entre la niebla las verdaderas correspondencias; muchas veces apenas nos damos cuenta, pero entonces una imagen familiar alarga la mano hacia su semejante y ambas tienden un puente a través del tiempo, por más que en la vida hayan estado totalmente separadas una de otra por una gran distancia, en años distintos, en lugares distintos, entre los que no puede darse una conexión auténtica, transitable".

Thursday, March 04, 2010

Tela de dónde cortar

La última vez que lo vi, mi amigo Julián Zárate me dio a leer un texto de Nicholson Baker que aparece en el McSweeney's más reciente, un periódico impreso. El texto no se encuentra en línea -aunque, curiosamente, Zárate lo consiguió a través de la app de McSweeney's- y en él se plantea la pregunta de si es realmente más ecológica el leer textos en línea en contraposición a la necesidad de hacer papel (actualmente, según Baker, según recuerdo, está regulada la cantidad de árboles que puede talarse para hacer papel y la cantidad que, en cambio, la industria se ve obligada, por ley, a reforestar -en Estados Unidos, al menos- mientras que lo mismo no se ha regulado para las granjas de servidores o las fuentes eléctricas). Hoy, sin embargo, paseando por Paper Cuts encontré un resumen que pueden leer acá. También dirigen a otro texto sobre el tema.

Aguijón

Leí hace unos días en El marcapáginas de Krzyzanowski esto:

"Ustedes dicen que no hay, pero mi cerebro está acribillado por los temas. Las palabras son como las avispas. Me pican en sueños, en la realidad, en cada ventana, en cada ojo, suceso, cosa. Y cada tema, incluso el más pequeño, tiene preparado su aguijón".

Hoy empecé La idea fija de Valèry en el camión, rumbo al trabajo, y recordé aquello, precisamente por lo del aguijón, cuando leí esto:

"¿Hay algo más inventivo que una idea encarnada y emponzoñada cuyo aguijón empuja la vida contra la vida fuera de la vida? Retoca y reanima sin cesar todas las inagotables escenas y fábulas de la esperanza y la desesperación, con precisión siempre creciente que supera sobradamente la precisión finita de toda realidad.".

El otro día le trataba de explicar a una amiga cómo es eso de aburrirse, pues me decía que a ella nunca le pasaba pues le gustaba pensar. Me fui por una rama kierkegaardiana, heideggeriana, de hueva sobre cómo el aburrimiento "conducía" a la angustia y a la conciencia de la muerte y la soledad y la enfermedad mortal. Dije esto para no decir que a veces, sencillamente, no me sentía entretenido. Prendía la televisión, cambiaba de canal; abría un libro, lo cerraba, abría otro. Aclaré, incluso, que no me refería a ese tipo de aburrimiento, donde falta el entretenimiento (pues, en el fondo, también quería decir que a mí también me gustaba pensar -de algún modo aún albergo la noción, tonta y simplista, de que cuando uno está entretenido no piensa- pero ahora me percato, claro, que a pesar de este gusto por el pensar -ese arduo trabajo que significa "no hacer nada", uno se aburre).
Pensaba en algo que escribí acá a partir de la definición que da el diccionario del aburrimiento, sin saber muy bien qué quería decir, a saber: "Si no fuera por la sexta cláusula del verbo aburrir ("Sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos...") hubiera añadido que es difícil imaginar que existe aburrimiento en la concentración."
Sigo pensando que es difícil imaginar esto. Pero también, ahora veo que a veces cuando digo que estoy aburrido quiero decir que estoy preocupado.
En otras noticias: ya van dos días seguidos que me levanto a las cuatro de la mañana sin razón alguna. Concilio el sueño de inmediato.

Tuesday, March 02, 2010

Yo lo encuentro muy interesante

Leía algo en La palabra muda de Rancière hace unos días, sobre cómo Platón cuenta en la República que un hombre, tras un sismo, se adentra en una grieta en la tierra y allí descubre un anillo que al usarlo lo vuelve invisible. No, a ver, no es precisamente así. Cito mejor: "Muchos siglos después de la caída de Troya, bajo el reinado de Nerón, durante un terremoto ocurrido en Creta, la tumba de Dictis había sido destruida y su interior, descubierto. Unos pastores habían notado entonces la presencia de una caja pequeña...". No, estoy citando mal. Eso es de unos párrafos antes, y en realidad habla de otra cosa (lo cual en el texto viene a cuento pues se habla de la "genealogía" de las historias, en el sentido de que se transforman con el tiempo y que es así como realmente se reinterpretan; en el texto lo que estos pastores encuentran son tabillas, así como el esteta en Kierkegaard encuentra un texto perdido en un secreter); más bien, lo que quería citarles de La palabra muda es: "Esta historia de terremoto y pastores ávidos que aprovechan para despojar a los muertos retoma claramente los elementos de otra historia contada por Platón en el libro II de la República: la del pastor Giges, que había penetrado, gracias a un seísmo, en el vientre de la tiera donde había encontrado en la mano de un muerto un anillo que lo había vuelto invisible y le había permitido seducir a la reina de Lidia, matar al rey y tomar su lugar". (¿Es esto lo que hace uno cuando se casa? ¿Entregar un anillo que tiene el poder de volver invisible?) Rancière no ejemplifica mucho más sobre la genealogía de las historias, ni usa el uso que le da Tolkien, por ejemplo.
A propósito: a raíz de esta lectura retomé mi lectura de Herodoto, sólo para recordar por qué la había abandonado en primer lugar (porque exige). La última historia de Herodoto que leí -apenas voy en el primer libro- cuenta cómo un pastor (Adrasto) se presenta ante un rey, Creso, contrito, pues había cometido un crimen (creo que mató a su hermano); el rey lo purifica, lo perdona, y lo pone a trabajar. El rey tiene un hijo recién casado. El hijo, el príncipe, quiere ayudar a los pastores del reino pues una bestia -un jabalí- está causando estragos. El rey se niega, soñó que el hijo muere y quiere proteger al hijo. Pero el sueño no indica que el hijo muere a causa de un jabalí sino de una lanza. El rey, entonces, cede y manda, para saldar cuentas o algo por el estilo, al pastor a proteger a su hijo. "Accidentalmente" (Adrasto significa, según mi edición, "Inevitable") el pastor mata al hijo del rey (con una lanza). El rey perdona al pastor, fue un accidente, después de todo, pero aún así, comprensiblemente, la pasa mal. El pastor se suicida. Después de dos años de luto, el rey sigue con su vida.
¿Algo de esto les interesa?