Sunday, February 20, 2005

Adiós Refu, te extrañaremos

Mi perra ha muerto. No pudo haber sucedido en un mejor momento. Apenas hace una o dos noches un amigo me recomendó que dejara de escribir en mi blog sobre ella. "Deja de escribir sobre tu pinche perra", me dijo. Estábamos borrachos. La tienda de mascotas tiene una garantía por muertes accidentales, si sucede dentro de los quince días después de la compra. No sé si llamaré a mi nuevo perro como llamé a éste, pero creo que no. Estoy triste pero también siento otras cosas, una especie de alivio estúpido. Trato de poner atención a lo que siento.
Ya no sé si quiero otro perro.
Comenzábamos a tener nuestras costumbres, mi perra y yo. Pasear por la mañana a un jardín que está cerca de la casa. Correr de la puerta de mi casa a la puerta del fraccionamiento, sin correa. Caminar con correa hacia el parque para soltarla de nuevo ahí y esperar a que pasara media hora, al menos. La misma correa, perros distintos.
No quiero otro perro, he decidido.
Dos noches de beber demasiado, hechos que no tienen relación alguna con la muerte. Salimos a rockear, en tributo a Guns and Roses, que nunca me gustó. Hablé con una niña que conocí ahí, un rato. Y cuando comenzó a tocar la banda me dijo ahora vuelvo y no volvió. Esa noche y la siguiente estuve rodeado de amigos a los que no veo a menudo, cuyas vidas han cambiado poco a poco, atendiendo distintas obligaciones. Los mismos perros, distintos collares.
Esa noche regresé a casa y me metí a la cama. Sentí mi estómago, pesado y tuve que levantarme de nuevo. Molesto por esto. No me agrada cuando pasa esto. Entré al baño, vomité y sentí mi nariz ardiendo. Terminé y regresé a la cama. Dormí.
Al día siguiente me levanté temprano por la llamada telefónica de un amigo. Quería ver si aún andaríamos en bicicleta. Por mi voz, intuí, esperaba que le contestara que no, así que contesté que sí y me levanté, crudo, vivo, una almeja caminando. Preparé mis cosas y me lavé la cara. Bebí un Gatorade y salí rumbo a casa de mi amigo quien momentos antes de que yo llegara a su casa llamó a mi celular para cancelar. Regresé a mi cama.
Más tarde le hablé para que me acompañara al cine. Vimos la nueva película de Wes Anderson y eso me hizo sentir feliz. No mencioné a mi perra.
La alegría, descubrí al llegar a mi casa después de ver la película y dejar a mi amigo, también viene en forma de libro. La nueva McSweeneys Quarterly Concern había llegado por correo. Leí un cuento que se titula: Lie down and die. Es un cuento de sólo dos hojas. Después jugué Playstation, un rato y como a las diez de la noche recibí un mensaje en mi celular. Estoy comunicado con el mundo.
Otro amigo me invitó a una fiesta. Cuando llegué bebí, vi a mi amigo y a otras personas que veo, siempre, las mismas niñas, los mismos tipos, en todos lados, en todas las fiestas. Mi amigo se fue poco tiempo después de que yo llegara y cuando se retiró intenté incorporarme a distintas pláticas que se sostenían en la casa. Era un casa bonita, limpia. Me fui sin despedirme, en silencio, cuando otro amigo me llamó para que fuera a jugar dominó a su casa. Consulté el reloj y decidí que la noche aún era joven, que no sería necesario editarlo todo más tarde para hacerlo ver más alegre o más triste, según mi estado de ánimo.
No jugamos dominó, hablamos sobre libros. Victor Isolino, alias el Vila-Matas, Julián, quien me pidió que dejara de hablar sobre mi perra, y Vinnie, quien hace poco se cortó el pelo. Continué bebiendo ron y en algún momento, recuerdo, estuve amarrado a una silla, una revista pornográfica frente a mí. Y es extraño, pero no me pareció extraño que ese tipo de cosas sucedieran en mi vida.
Regresé a mi casa y no vomité.
Ahora escucho The blowers daughter, canción que escuché por primera vez en el cine durante una escena en slow motion. En esa escena Natalie Portman camina. Y sonríe. Y camina. Cuando escuché la canción creí que la conocía, pero no es así, sólo se parece a otras canciones. Un poco. De la película de Wes Anderson, cambiando de tema, recuerdo algunas buenas canciones de Bowie interpretadas en portugués. Hubo al menos un momento de la película durante el cual no supe si debía llorar o reír. Hubo otro momento, después de la película, en el que mi amigo, quien es contador, me invitó a una fiesta de contadores. Hace poco se cambió de trabajo y gana el doble de lo que ganaba. Fantaseo con que años más adelante sea mi mecenas. Por supuesto, no va a ser así. Como van las cosas, se casará con una mujer a la que respetará pero que realmente no conoce. Tendrá a unos hijos a los que amará y con los que sentirá una obligación, misma que lo llevará a gastar dinero en su educación. Y no tendrá dinero para mí. Estas cosas, las sé. Así que tal vez sea mejor que me dedique a otra cosa. No sé, tal vez deba estudiar para ser abogado. Decidí que no quería ir a la fiesta de contadores. ¿De qué hablaría durante una fiesta de abogados? Hablar con amigos que leen es sencillo, sólo debes opinar sobre libros. ¿Se debe opinar sobre contaduría? ¿Sobre los números? ¿Debo filosofar, en una fiesta así? ¿Qué son los números?, preguntaría. ¿Creen que los números estén en la naturaleza o que son un ente intelectual?, preguntaría. Me verían con atención y tratarían de averiguar si hablo o no en serio. Mi amigo comentaría: "Me impresiona tu capacidad para desconcertar a las personas". Pero yo insistiría: Los fractales, las proporciones perfectas de las escamas de un pez, estas cosas, estos números... ¿No son algo impresionante? ¿Cuál es el número finito de encimas existentes? ¿Cuál es el número finito de las cosas? ¿Es el universo algo limitado? ¿Cuántas veces late mi corazón por minuto? ¿Pueden hacer un estimado, contadores? ¿A qué velocidad se mueve mi cabeza? ¿Pueden monitorear ese tipo de movimientos, contadores? ¿Cuántas mentiras he escrito hoy?
Una.

Wednesday, February 16, 2005

La vida virtuosa

Si hubiera sabido de la alegría que me iba a dar Refu, mi perra, la hubiera buscado muchos años antes. Es verdad que en ocasiones mentas madres cuando te muerde o cuando hace un desmadre el jardín, pero sobretodo cuando debes levantar su mierda. Porque caga. Caga horrores negros que están en todos lados, después de que come, muy temprano en la mañana y por la noche. Caminas por el jardín y siempre hay uno ahí, un montículo de mierda dura y negra que te ve y te domina y parece decirte: Olvídalo, este terreno es mío, me apoderaré de él poco a poco, como un mal pensamiento que se oculta en el fondo de tu cabeza y que se materializará con el paso de los años. Pero hago lo que puedo, levanto, lavo y me lavo las manos, porque la perra es buena, me sigue, me reconoce y me muerde con cariño. En ocasiones me pregunto si esto está mal, si estoy transfiriendo todo el cariño que tengo por dar (!), como dice uno de mis amigos críticos, a mi perra. Y debe estar mal. Lo sé. Sobretodo cuando entro al baño del jardín, después de jugar con la pelota de la perra --una pelota naranja que tiene un cascabel dentro, una pelota que Refu sigue y muerde como si fuera algo vivo que quiere matar. Así que entro al baño, me lavo las manos de sus babas y orino. Y la perra entra también y es cuando comienzo a dudar. ¿Está esto mal? ¿Debe verme orinando? Sólo se sienta ahí y pone atención al ruido del agua y de vez en cuando me ve a los ojos. Esto no puede estar bien, me digo. Y le grito. No entiende nada de esto, por supuesto, pero le grito que se salga, carajo, pero no lo hace. Termino, me lavo las manos y salgo del baño y seguimos jugando y es como si no hubiera sucedido.
Debo buscarme una mujer.
Ahora que tengo a la perra me levanto temprano y no duermo tan tarde. Tampoco veo tanta pornografía como antes y como mejor. Desayuno. Anoche comencé a hacer abdominales. El otro día sentado en el retrete vi mi estómago y no era el mío, mi estómago estaba debajo de esa masa informe que estaba viendo, pero era extraño porque esta nueva masa también tenía un ombligo, un ombligo como el mío, y la misma pigmentación que el resto de mi cuerpo. Hoy desperté con un dolor en el abdomen. No debí esforzarme tanto y tan rápido. También comencé a levantar pesas. He vuelto y sé a quién debo agradecerle.

Sunday, February 13, 2005

Lista canina

Lista de libros sobre perros que no he leído a pesar de que en su momento me pareció que debí hacerlo:
1. Colmillo Blanco, de Jack London.
2. Timbuctú, de Paul Auster.
3. Cachorro (no recuerdo el autor pero sí la portada del libro en la que un pastor alemán sacaba la lengua y parecía estar muy contento consigo mismo).
4. El país de las sombras largas (un libro que trata sobre esquimales y que no leí pero del que estoy seguro es el tipo de libros en el que necesariamente debe tocar el tema canino en algún momento, preferiblemente en un momento climático), de Hans Ruesch.
5. Perro amarillo, (tampoco recuerdo el autor).
Ahora una lista de libros que leí en los que se escribe de perros pero no necesariamente tratan sobre perros:
1. ¿Quieres ser mi perro?, de Arthur Bradford.
2. Perros héroes, de Mario Bellatín.
3. "After I Was Thrown In The River And Before I Drowned", que aparece tanto en How we are Hungry y Conversaciones con el ángel, en versiones ligeramente distintas. Este cuento de Dave Eggers es un gran cuento que habla sobre un perro muy velo al que le gusta brincar y comer pizza y que vive en su cuerpo en el fondo de un río como si se tratara de un costal de carne y huesos, después de que lo aventaron para que muriera. Gran cuento. Eggers toma alguno de los tópicos de este cuento para escribirle a distintos CEO's de varias transnacionales que comienzan con una entrada similar a esta:
"Estimado [señor importante de transnacional],
sé que es un hombre importante y no quiero quitarle demasiado tiempo. Quería informarle que desde hace tiempo escribo pequeñas historias de un perro muy veloz al que le gusta comer pasto y pizza. Aquí hay un ejemplo:
[ejemplo]
Muchas gracias por su atención."
¿No es esto fabuloso? Oh sí que lo es. A su manera.
Finalmente, una lista sobre las cosas que hace mi perra Refu que me hacen enojar:
1. Cuando me muerde la entrepierna.

Wednesday, February 09, 2005

La Refugiada

Tiene los ojos cafés, almendrados. El pelo es abundante y de un café clarísimo, como el chocolate. Es muy inquieta, ligeramente nerviosa. Tal vez por la edad. Cada vez que tiene oportunidad, se me brinca encima y tiene la terrible costumbre de caminar demasiado cerca de mí, a veces entre mis piernas. Es mi perra. Me encanta esto. Tener a la perra más veloz del mundo, porque deberían verla. Ayer, cuando estábamos en la terraza del jardín, la primera vez que estuvo ahí, brincaba del jardín a la terraza y corría formando un círculo perfecto alrededor mío; corría de la terraza al jardín y del jardín a la terraza y de nuevo, a toda velocidad, era increíble pero no se dio con ninguno de los pilares que sostienen el tejado. Corrió entre las macetas y brincó el desnivel, librándolo a penas, el pecho contra el suelo, la lengua de fuera y con los ojos atentos a mi espalda, en la terraza, y a mi cara, en el jardín.
Se ha apoderado de una pelota morada que antes de su llegada me mantenía cuerdo en noches de insmonio y falta de inspiración, noches en las que me obligaba a caminar en círculos en mi cuarto, de mi librero a la pared del baño, de la pared sobre la cama y al escritorio y de nuevo al librero, botando la pelota que ahora muerde y babea para mi eterno asco cuando se la arrebato del hocico. Un hocico rosado y con esos grumos o protuberancias que tienen todos los perros en las comisuras, un hocico que apesta, como ella, toda, a comida de perror. A croquetas. Ayer yo también apesté a perro y sé que con el tiempo esto me molestará, cada vez más, sobretodo cuando salude a otras personas y me tenga que disculpar por el olor, pero, ¿qué se le va a hacer? ¿Cierto? Es una perra y no tiene control sobre sí y no sólo eso sino que es la perra más veloz del mundo, y tal vez debí nombrarla después de haber notado esto, debí haberla llamado Centella o Relámpago o Rayo, pero no, porque así se llama mi hermana, así que tal vez algo menos complicado, más corto, Borrón, Dash, Veloz, Perra Veloz, La perra Más Veloz que Hayas Visto Jamás; aunque ahora que lo pienso no hay nombre apropiado para su velocidad, a no ser que me refiera a partículas elementales, como los Quark, o Electrón, o Positrón; aunque la verdad es que ninguno de ellos suena a algo veloz, tal vez Quark, pero en todo caso suenan más a planeta extraño de la serie Flash Gordon. Ahí está. Qué tonto. Flash.
Pero se llama Refu y debo acostumbrarme a llamarla Refu. Ven Refu, le digo y no me hace caso y ataca su pelota con toda la torpeza de sus dos meses. Que ya es bastante. Refu. Refu. Refu mi perra Refu no se está en paz. Y le tenía todo el cariño posible, ahí, tendida frente a mí en la terraza y en el jardín, junto a su nuevo plato para el agua que no le va a durar ni dos días porque lo muerde, aunque la regañe y le pegue, lo muerde como si no hubiera mañana. Entonces, estamos ahí, ella con su plato y yo con mi Coca Cola y empiezo a verme anciano, o un poco maduro, no demasiado, frente a una chimenea o un librero atiborrado de libros por leer y ella a mi lado, con su plato de agua y yo con mi tasa de café o mi pipa o mi Whiskey o una Coca Cola (porque me encanta la Coca Cola, a todo mundo le encanta la Coca Cola, de la misma manera en que todo mundo adora a los perros) y todo es paz. Así que ensayo y cuando ella está cerca, a mis pies, comienzo a leerle del libro de Vila Matas que estoy leyendo. Lo hago con una voz seria, ebria de posibilidades. Leo: "En el fondo, sólo los grandes tímidos son personas realmente atrevidas, capaces de cualquier cosa, créame". Refu se levanta, distraída y comienza a correr para inspeccionar detrás de un árbol que está en mi jardín. No le interesa. No se está en paz. Pinche perra.
Está bien. Con el tiempo se cansará y dejará de correr y se tirará a mi lado y entonces me podrá escuchar leer o teclear o escuchar música, también, en mi cuarto o en un estudio. Mientras podremos salir a la calle y a correr, a la montaña a andar en bicicleta, con mis amigos, al mar, sí, al mar, la perra más veloz del mundo con arena en las patas y mojada con agua salada, diablos sí, sería fabuloso, con freesbes y chicas en bikini preguntándome cómo se llama y contestarles, a punto de permitirles que la toquen, pero ella, celosa, correrá y ladrará y volverá al mar una y otra vez rápida como un quark.
Refu. Refu. Refu espantará los gatos, las ardillas y no le temerá a las águilas, que, por cierto, ya no se ha aparecido por mi casa.

Monday, February 07, 2005

Carnestolendas

Platiqué con un primo. En el pueblo de mi primo, cuando todo está aburrido, se dice que no hay sangre. Cuando pasan cosas, es que hay carne. Desfile de carne humana, dice.
La última vez que estuve en Venecia me comporte de manera que años más tarde pudiera hacer afirmaciones que comenzaran con "la última vez que estuve en Venecia", como si se tratara de algo normal y cotidiano, el tipo de cosas que le suceden a uno cuando está fuera o cuando es joven. Así, por ejemplo, conté chistes tontos y conocidos, el tipo de chistes que uno cuenta cuando está borracho, pero lo hice en situaciones clave: encima de una góndola o mientras corría sobre el enorme puente de madera de La Academia en Venecia. ¿No es esto fabuloso? Lo es. Y calculado. Y enorme y nos supera a todos, esta velocidad sobre los puentes en Venecia. Y por supuesto no me subí a una góndola en Venecia. Nadie en sus cinco sentidos se ha subido jamás en una góndola en Venecia, mucho menos durante verano, la época en que el agua estancada y las inundaciones consiguen que Venecia hieda como lo hace cualquier desagüe de cualquier ciudad que se precie de serlo. Pero la velocidad estuvo ahí, en la plaza de San Marcos, cuando corríamos, porque estas cosas sólo se hacen en compañí de otros, y espantábamos las palomas o tropezábamos con ellas --porque jodidas palomas, ¡son como ratas! ¡Como las ratas de los mercados de la ciudad de México! ¡Están en todos lados! ¡En las catedrales y en los hoteles y en los departamentos que ya son parte del patrimonio nacional pero que aún son ocupados por ancianas obesas, ancianas que seguramente ya están solas y muertas y que malvivían de rentas congeladas y que nos obligaron a escuchar sus penas mientras nos comíamos un helado frente a una plaza, una plaza sin nombre y atestada por más palomas y más iglesas y muchos sacerdotes y monjas! No hubo carnaval. No hay carnaval en verano en venecia pero hubo la filmación de un anuncio. Y como eramos turistas, y no cualquier tipo de turistas sino el tipo específico de turistas que no quieren hacer cosas demasiado turísticas pero lo suficientemente turísticas como para que se amarren a nuestros recuerdos, nos acercamos con sigilio a la filmación del comercial. Era una promoción para Master Card en la que unos turistas, turistas normales, se fotografiaban y gritaban en medio del carnaval típicamente veneciano. Pero como no era época de carnaval (era junio o julio, pero ciertamente no era febrero) el carnaval que estaba ahí era falso y las personas detrás de las máscaras eran falsas, es decir, era actores y los turistas normales también eran falsos. Todo era falso. Excepto nosotros y nuestras enormes sonrisas estúpidas y borrachas (porque bebimos en una fonda atendida por una señora malhumorada y ojete que nos corrió cuando vio que sólo pedimos una cerveza y pasamos horas o intentamos pasar horas en su mesa hasta que nos corrió, esperando turistas más normales y más ricos que pudieran desperdiciar más tiempo y dinero que nosotros), en fin, excepto nosotros que sí nos acercamos y nos tomamos fotografías entre los actores con máscaras venecianas --esas máscaras tan chingonas, tan Eyes Wide Shut, tan narigonas y fálicas y tenebrosas-- como si realmente fuera febrero y no el apestoso veranos que pasamos ese día ahí.
Tuvimos que hacer todo rápido, aquella vez, la visita a la plaza de San Marcos, y los tópicos sobre los puentes, y la cerveza, y el espantar a las palomas, porque ni siquiera estábamos durmiendo en Venecia sino en tierra firme, en un cochambroso hotel que se llamaba Mini Miami. Terrible.
Y en parte es mejor porque seguramente el carnaval de verdad me hubiera decepcionado. He estado leyendo Lejos de Veracruz, de Vila-Matas, a sugerencia de un amigo. El mismo amigo que llegados a Veracruz, hace unos meses, se decepcionó en cierta medida pues creía que todo sería mambo y cha-cha-chá y Rosita Boom Boom Romero, pero no lo fue, sólo fue un poco de café con leche en los portales y diarrea en el baño del hotel (al menos para mí). Y calor. Algo de calor tropical, pero ni demasiado ruido ni demasiado me siento el rey del mambo. El personaje de Lejos de Veracruz, Enrique, afirma por eso, al principio del libro, lo siguiente: "No todo el mundo sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas no pienso en la vida nunca volver".
Mi hermana está en Venecia, ahora. Fue a visitar el carnaval. Era una sorpresa. No se lo podía decir. La llevó su marido. Suena muy bien, eso, ¿no? Eso de tener a alguien y poderla aún sorprender con viajes como si aún estuvieran de luna de miel, aunque ya no lo están, pero están lejos y a salvo de mis juicios.
Por ahora.
Una amiga, recuerdo, me dijo una vez, en broma, que tal vez sería mejor que no nos conociéramos tanto para que así se mantuviera "perfecta en mi memoria". Creo que había cometido el error de decirle que era perfecta, en mi cabeza. No. No pudo haber sido eso, lo que le dije. Nadie dice eso. Nadie es tan desesperado como para decir eso ni tan atrabancado ni tan estúpido ni tan imprudente. Debí decir algo como Eres buena persona, en mi cabeza. O Eres a todo dar, en mi cabeza. Algo más moderado. Parece que quiero decir algo con esto, que tengo un punto, pero no es así. Sólo me parece curioso que haya leído a Vila-Matas por sugerencia de un amigo que se decepcionó más o menos de sus playas, y que Vila-Matas ponga a Sergio Pitol como personaje de su libro y que a Sergio Pitol lo haya conocido alguna vez y haya orinado en su baño y haya estado tentado a robar uno de sus cepillos --no así uno de sus peines-- y que todo en mi mente siga siendo unitario y femenino y sin hendiduras. O tal vez con algunas grietas, sobretodo en los bordes, pero que casi no se notan porque les puse mucha cola.

Thursday, February 03, 2005

Los amigos

Están en todos lados. Algunos aquí en la ciudad, otros en el campo, otros en Europa, alguno en Georgia y temo que alguno ya no esté por aquí y yo no lo sepa. Uno de ellos está en el norte del país y cuando lo conocí tenía el pelo largo y no lo consideraba mi amigo. Ahora que está lejos, extrañamente, mi estima por él ha crecido. Tengo amigos raros, ordinarios, normales y peculiares. Tengo amigos que la mayor parte del tiempo son normales pero de vez en cuando no lo son, y amigos que normalmente son extraños pero que de vez en cuando se comportan con entusiasmo de zombies. Conozco personas con quienes he mantenido amistad por placer, porque nos conviene ser amigos entre nosotros, y otros porque son virtuosos; a veces los confundo entre sí. Es decir, en ocasiones las personas a las que estimo, a las que les tengo un cariño amistoso porque son virtuosas, me dan placer. Esta es la más acuosa de las características de mis amigos. Tengo amigos de quienes soy amigo sólo porque escuchan la misma música que yo. Otros porque hablamos de temas parecidos. Otros porque nos gustan las mismas películas, los mismos tipos de personas o los mismos libros. También tengo amigos de quienes soy amigo porque leen, ven y escuchan lo mismo que yo pero sobretodo por otra cosa que no logro precisar y que tal vez tiene que ver más con la cantidad de tiempo que podemos estar cerca y en silencio sin empezar a sentirnos incómodos.
Tengo un amigo virtuoso que escribió una tesis sobre la amistad. Tengo algunos amigos médicos, un amigo dentista, un amigo contador, un par de amigos sacerdotes, amigos escritores, amigos abogados y muchos amigos filósofos que probablemente se deberían dedicar a otra cosa porque me preocupan.
Muchos de mis amigos hablan con lentitud y calculan sus palabras, como yo. Tengo al menos una amiga que habla con una voz demasiado aguda, pero a la que ya me acostumbré, y de vez en cuando habla con rapidez. A veces no habla porque no tiene nada importante que decir, y lo sabe, y en otras ocasiones habla con levedad. Tengo otra amiga que también habla con mucha rapidez, cuando no está preocupada, y que habla sola cuando está preocupada y cree que nadie la está escuchando. Tengo varios amigos que hablan en la noche, cuando están dormidos, y amigos y amigas que roncan. Algunos de ellos ya se corrigieron el problema con una intervención quirúrgica. Tengo un amigo con almorranas. Varios amigos con familiares enfermos. Varios amigos que se someten a terapia. Varios amigos feos, varias amigas feas, varios amigos bien parecidos y varias amigas guapas que me ponen nervioso. Entre todos se lee al imbécil de Dan Brown, a J.R.R. Tolkien, a Shakespeare, al aburrido Rodrigo Fresán, a Michel Houellebecq, a Dostoievsky, a Bloom, a Joyce y Beckett y Bukowski y Fadanelli y Camus, a varios beatniks y a Wells y Welsh y Wittgenstein y Stephen King y Stoker. A Bolaño por supuesto, a Eggers, a españoles que no conozco, a un idiota gringo que escribe libros de guerra y espionaje, al tipo que escribió Momo, a Borges, a Cortázar, a Piglia, a Vila-Matas, a Auster, a Dixon, a Walser, a Gombrowicz... Tengo amigos a los que no les importa que escriba bien y mal.
También tengo amigos que no leen los demasiados autores. Tengo amigos tontos y amigos mucho más inteligentes que yo. Tengo un amigo que me paga los libros y no me regaña cuando llego tarde al trabajo y que odia a las mujeres. Creo que debería mencionar a una persona que a veces lleva galletas al trabajo pero tal vez no porque creo que ya sé quién es y creo que en el fondo no me cae bien. Y cuando me como esas galletas, lo hago con ganas de hacerle daño. Muchas de mis amistades aplaudirían este gesto porque la mayoría poseen algo de malicia.
Tengo amigos a los generalmente, o al menos ultimamente, sólo veo en la noche, en espacios cerrados y atiborrados de gente y alcohol. Son los menos. Tengo un amigo que cuando me ve me platica de nuestra amistad de la infancia y en lo que ha devenido, con un poco de culpa en la voz. A este amigo le preocupa que cada vez que nos veamos y estemos borrachos me diga siempre lo mismo. Tengo un amigo que antes vivía con otra pareja. Muchos amigos y amigas con pareja. Algunos sin pareja y que la buscan con desesperación. Tengo amigos y amigas que me han visto llorar, que también son pocos. Algunos de ellos, los mismos, me han hecho llorar. Tengo amigos con los que hago deporte. Otros con los que me quejo. Muchos me dan consejos: sentimentales, literarios, filosóficos, de comportamiento. Los consejos que me dan en su mayoría son a largo plazo y me hacen pensar en clínicas de esterilización en montes indígenas en las que se opta por soluciones prácticas e inmediatas en lugar de educación. Ninguno me da consejos prácticos. Me gustaría que se conciliaran los dos tipos de consejos. Ninguno o ninguna me ha visto desnudo. Creo. Ah. No. Olviden eso.
Tengo amigos a los que ya no voy a volver a ver y otros que sé buscaré aún en mi probable ancianidad. A algunos de mis amigos les preocupa el dinero y la muerte, a otros no. Algunos de mis amigos fueron mis maestros y aún deseo que algunos de mis maestros (sobretodo uno que se encerraba a leer, en la secundaria, en su cubículo y de quienes todos los profesores decían que era muy extraño y con quien platicaba sobre libros de ciencia ficción a pesar de que sabía que le aburría) hubieran sido mis amigos.
Tengo amigos a los que trato con sequedad y que no les importa, a otros que trato con sequedad y se sienten, a otros a los que no trato con sequedad o procuro no hacerlo porque siento que podría herirlos, aunque ya saben que si los trato con sequedad es porque es una de mis maneras de ser, no la más común, y que en realidad no importa porque no son ordinarios como tú.

Tuesday, February 01, 2005

Videodromo

Buena idea: Ver Evil Dead. Mala idea: Ver Evil Dead antes de comer. Buena idea: ver una película de Cronenberg que se llame Videodromo. Mala idea: Ver dos películas de Cronenberg seguidas.
Debo confesar que veo películas de Cronenberg no porque me gusten mucho ni porque me interese estudiar su técnica ni porque proporcionan importante material para mi "escritura", que es cierto, pero casi por accidente. Veo películas de Cronenberg porque quiero caerles bien a los empleados de Videodromo, un video-club que está en la Condesa, un video-club donde todo mundo parece estar en paz consigo mismo y se mueven y hablan con desenvoltura, personas que no se miran en el espejo para arreglarse la chamarra o su manera de caminar cuando están con una niña guapa. Personas normales, pero no demasiado normales, personas ordinarias pero nada aburridas. Tomo Evil Dead, de Sam Raimi, por ejemplo, y me dirijo a la caja y espero que el que esté atendiendo esa noche (tal vez un baterista de un grupo de rock-punk o un chico moreno y gordinflón que usa lentes cagados pero se ve en un estado de completa indiferencia), espero, en fin, que me diga: "¡Ah, Evil Dead! ¡De Sam Raimi! Esta película es poca madre." Es un trampa, por supuesto. Esperan a que conteste entusiasmado. Pero no debes hacer esto, no. Debes entregar tu dinero y decir con un tono muy pausado: "Sí. Es buena..."
No demuestres entusiasmo, te comerán vivo.
Supongo que podría decir lo mismo de las mujeres.
No digas que has estado buscando películas de Raimi desde que viste Spider-Man o The Quick and the Dead. No menciones tardes perdidas en Blockbuster. No menciones Blockbuster. Ni VideoCentro. No. No hagas nada de esto. Mantente tranquilo. Eres un zombie, un espía desenvuelto en Europa. Sabes de qué se trata esto. Eres cool. Te debes convencer de que hay cierta virtud en ser cool. Toma el cambio y da dos pasos atrás. Retírate con tus películas y espía un poco las estanterías, deséandolas a todas. Escucha cómo respiras. Estás en sincronía con el mundo. En Videodromo.
"Videodromo es peligroso", dice un personaje de la película de Cronenberg, "porque a diferencia tuya, tiene una filosofía".
¿Han visto High Fidelity? ¿Ubican la tienda de discos-vintage-fetiche-retro-inaccesible? Videodromo, el videoclub, es su equivalente en mi realidad cotidiana.
Bueno, basta de esto. Volvamos a lo mío. A sentirse inadecuado paseando con una amiga guapa, que por supuesto tiene novio, y en un estado que consideras climatérico, a pesar de estar en tus veintes. Cualquier declinación sexual en tu apogeo sexual, considero, sólo significa que no estás haciendo algo bien. Que estás aspirando a demasiado. Estás apostando en el lugar equivocado. No eres carita. No tienes verbo. Ni demasiado dinero. Sin embargo, consigues tener amigas que te hacen sentir bien, por momentos. Y aún así te revisas en el espejo con detenimiento y calculas cada una de tus palabras.
¿Un poco harto de nuestras palabras? Un poco. ¿Y de nuestra estatura? También, seamos sinceros.
En 2666 leemos:
"Era un tipo que medía casi dos metros. Algo nada usual en México, donde la gente más bien es bajita. [...] Es una cuestión de tradición y de alimentación. Una cuestión de morfología. Ahora tienen un presidente de la república que es más alto que el presidente de los Estados Unidos. Es la primera vez que ocurre. Poco a poco los presidentes de México serán cada vez más altos. Antes era impensable. Un presidente de México solía llegarle, en el mejor de los casos, al hombro a un presidente de América. A veces la cabeza de un presidente de México apenas estaba a unos centímetros por encima del ombligo de un presidente de los nuestros. Ésa era la tradición. Ahora, sin embargo, la clase alta mexicana está cambiando. Son cada vez más ricos y suelen buscar esposas al norte de la frontera. A eso le llaman mejorar la raza. Un enano mexicano manda a su hijo enano a estudiar a una universidad de California. El niño tiene dinero y hace lo que quiere y eso impresiona a algunas estudiantes. No hay ningún lugar en la tierra donde haya más tontas por metro cuadrado que en una universidad de California. Resultado: el niño obtiene un título y consigue una esposa que se va a vivir a México con él. De esta forma los nietos del enano mexicano dejan de ser enanos, adquieren una estatura media y de paso se blanquean. Estos nietos, llegado el momento, realizan el mismo periplo iniciático que su padre. Universidad norteamericana, esposa norteamericana, hijos cada vez de mayor estatura. La clase alta mexicana, de hecho, está haciendo por su cuenta y riesgo, lo que hicieron los españos, pero al revés. Los españoles, lascivos y poco previsores, se mezclaron con las indias, las violaron, les metieron a la fuerza su religión, y creyeron que de esta manera el país se volvería blanco. Los españoles creían en el blanco bastardo. Sobreestimaban su semen. Pero se equivocaron. Nunca puedes violar a tantas personas. Es matemáticamente imposible. El cuerpo no lo aguanta."
Y ya.

Monday, January 24, 2005

Instrucciones para un correcto acercamiento al deporte de la cetrería


1. Primero que nada debes creer que tu vida es tan interesante como una película. Nota: Si no puedes aislar momentos de tu vida y verlos desde los ojos de alguien más, olvídalo. No estás listo.

2. Escucha el sonido de las águilas mientras trabajas en la actualización de tu blog, su chillido amortiguado por la distancia. Siente curiosidad.
3. Sube por las escaleras de servicio al tejado de tu hogar con la niña a la que amas pero que ama a otra persona. No le mires debajo del vestido, te lo ha pedido.
4. Es muy importante que sepas esto, que no te ama, sobretodo que lo sepas a través de una carta erótica y muy precisa que leíste porque te la mandó por accidente, cuando en realidad estaba destinada a su novio.

5. Asegúrale que desde el tejado de tu casa se pueden ver águilas. Las águilas deben ser cafés y sus picos deben ser amarillos, tanto como sus garras. Se posarán sobre la copa de uno de los pinos del fraccionamiento donde vives y ahí tendrán también un nido con sus aguiluchos. Debe hacer frío.
6. Al subir utiliza tus binoculares y busca en la copa de los árboles. Siente pánico al no encontrar las águilas y comienza a imaginar distintas explicaciones, que en realidad son excusas, del porqué de la ausencia de las águilas.
7. La niña a la que amas debe tener un interés desmedido por la naturaleza, los animales, los seres vivos. Debe ver Animal Planet o Discovery Channel religiosamente. De chica su madre debió llevarla al bosque en compañía de su amiga-artista-bohemia para abrazar árboles y sentir su energía a través del cuerpo. Te deberá contar esto con un dejo de nostalgia. Nota importante: La niña a la que amas es un ideal, un constructo de distintas personas que conoces. La incapacidad de comprometerte con alguien real juega un rol importantísimo en la cetrería.

8. Recuérdate a ti mismo que la cetrería ―del latín acceptor, accipîter, gavilán― fue un deporte popular en la edad media. De hecho, recuerda, algunos relieves en las planicies de Siria han dado a conocer que se practica desde hace miles de años. Explícale a la mujer que amas que no debería confundir el origen etimológico del término con el de cetrero, que no es sino una especie de ministro que fungía en la Iglesia con capa y cetro. Deja de hablar al respecto si y sólo si amenaza con tirarse del tejado a menos de que te calles.
9. Imagina cómo sería tener un par de binoculares con visión nocturna. Imagínalo bien, mientras buscas con tus mediocres Nikon señales de las aves. Podrías espiar a las distintas personas que viven cerca. Podrías salir de tu casa por las noches y ver en la oscuridad, como en aquella escena de The silence of the lambs. Todo sería cubierto por un verde fosforescente y un blanco luminoso. Como si estuvieras en el fondo del mar.
10. Antes de darte por vencido en este primer acercamiento a la cetrería, dile a la mujer que amas: «Te quiero, me da gusto que seas parte de mi vida». Espera a que conteste. Algo.

Sunday, January 23, 2005

Algo sobre pornografía, malos hábitos y una lista

Dejábamos la puerta del estudio de mi padre abierta para no levantar sospecha. En una ocasión, en una sesión así, vimos Historia de O y en otra vimos cortos de películas hentai. Historia de O probablemente es una de las películas más aburridas que haya comenzado a ver en mi vida. Los cortos hentai, por otro lado, fueron una maravilla que le trajeron alegría a mi vida como casi ninguna otra experiencia lo ha podido hacer.
Lo cual, creo, no es algo que hable demasiado bien sobre mi vida.
Bajábamos el volumen de mi laptop y yo procuraba poner atención a lo que sentía, sentado en silencio junto a una de mis mejores amigas, mientras veíamos algo de pornografía. Tal vez lo imaginé, pero en una escena de fellatio (y de caricatura japonesa), observé un movimiento involuntario en sus labios. Cuando escuchaba que alguien caminaba cerca, cerraba la ventana y bajaba el volumen. Mi amiga entonces me observaba y probablemente juzgaba en silencio.
A un costado del Palacio de Bellas Artes le pregunto a Julián, un amigo: "¿Me vas a comprar un video porno?". Había un puesto de videos. "No, no lo haré", me contestó sin detenerse. Caminábamos hacia Café la Habana, después de visitar unas librerías. "¿Por qué no?", le pregunté deseando no haber gastado tanto y poder haber comprado un video. "Porque se ve mal". Había mucha gente en la calle y supuse que tenía razón. Se hubiera visto mal que compráramos un video ahí mismo, frente a todas esas almas bellas. El señor del puesto estaba desplegando la mercancía sobre el suelo, frente a un Samborns. Una niña, presumiblemente su hija, bastante pequeña, le ayudaba a acomodar los videos que el señor le pasaba. "Quiero decir", precisó Julián, "que esos videos siempre se ven mal. Una vez compré uno con mi tío".
En una ocasión una amiga me prometió que me compraría un video y hasta la fecha no ha cumplido, así como no he cumplido yo en regalarle un libro de Bolaño. Tal vez un hecho esté relacionado con el otro.
Café la Habana. Julián sabe que iba a escribir sobre esto. Es difícil escribir sobre algo cuando varias personas lo han vivido. Comenzaré diciendo que aquél sábado había una promoción en las tortas cubanas, de a dos por una. Y también: al entrar al Café la Habana, huele muy rico, huele a café. Y esto otro: un anciano entró al local y al vernos en la mesa puso cara de eterna tristeza y salió por otra puerta. Sospeché que estábamos en su lugar preferido. Pobre hombre.
Hablando de los pobre hombres, el doctor Zagal, amigo, jefe, profesor e hipocondriaco, nos alcanzó en el Café la Habana y luego nos llevó a gastar más dinero en unas cervezas. Y a caminar más por el centro y a alargar el día.
Ahora, una lista sobre las lecturas que haría mi mujer ideal:
1. Los detectives salvajes
2. Cualquier libro de la sonrisa vertical
3. Todos los libros de Houellebecq
4. Todos los libros de la editorial McSweeneys
5. Algo, cualquier cosa, de Robert Walser
6. 2666
7. Las siete biorutas para obtener un cuerpo perfecto
8. En realidad con que le guste leer, cualquier cosa, es suficiente
Antes de empezar a escribir esto, sabía que me arrepentiría. Escribí porque sentí una obligación.
Me rasco la cabeza y me huelo la mano. Huele a grasa. A veces me lavo los dientes en la regadera. Lo sé. Es asqueroso. Es terrible. Soy una mala persona. Pero al menos no orino en la regadera. En fin, no a menudo. Ahora tengo comezón. Me pongo nervioso cuando me coloco en una situación vulnerable.
He olvidado qué iba a escribir para concluir esta entrada. Más tarde lo recordaré y añadiré un poco de sufrimiento de mi vida: "Ah, era eso".

Thursday, January 20, 2005

Fotosíntesis

Dios mío, detesto cuando esto pasa. Escribí una entrada a esta bitácora, que era fabulosa. Inteligente, divertida y graciosa, como casi nunca lo es. Hablaba un poco sobre mi cotidianeidad, para variar, pero por alguna extraña razón había conseguido encontrar el equilibrio perfecto entre lo banal y lo clásico, lo universal y mi particular. Hice referencias que sólo podrían ser entendidas por mi generación y que, a la vez, tenían un alcance en el horizonte temporal que superaba todas nuestras vidas. Juntas.
Comenzaba con un relato sobre cómo es mi mañana en el trabajo, en el mausoleo que es la facultad de filosofía. Hice descripciones atinentes y puntuales de una de las secretarias de la facultad, misma a la que tengo en estima. Su gusto por las chicas superpoderosas y Guns and Roses no pasó desapercibido, ni los chistes que nos contamos a manera de rutina casi todas las mañanas. "¿De qué te ríes?", me pregunta, por ejemplo. "De que tú te estás riendo", le contesto. Ahora, deben comprender. Cuando escribí esto, nuestro diálogo parecía mucho más ingenioso. Y luego: "Si llorara, ¿llorarías también? ¿Vas a hacer todo lo que yo haga?". "Oh, no lo sé, ¿a ver? Llora."
También hice una descripción que lindaba con el Nouvea Romain, pero no tan aburrida, de la oficina de mi jefe. De todos los esqueltos de cartón que tiene aquí, de las ilustraciones de Posada que también tiene aquí (hay una en particular que recibió mi atención incondicional, en la que un esqueleto con sombrero se arrodilla frente a un esqueleto con faldas; se titula, "La declaración"). De todo ello inferí una obsesión o un temor a la muerte sufrido por mi jefe, que es hipocondriaco. Después escribí sobre todas las particulas muertas que deja sobre el teclado, tal vez se daba a su caspa, y el eterno asco que me provoca.
Después hice un fabuloso listado de los problemas de esta bitácora electrónica, que cada vez se asemeja más a las que escribía Doogie Howser, joven-médico-genio. El problema, concluía, es que este blog trata más sobre mí que sobre el nido de águilas que vive en mi fraccionamiento. Rompí mis propias reglas. No puedo hablar sobre otra cosa que no sea yo. Y cuando estuve a punto de solucionar este problema, con una epifanía que nunca más volveré a vivir, entró mi jefe a la oficina, donde escribo esto, y tuve que apagar la máquina sin oportunidad para publicar la entrada. Una vez más, creo que he privado a la humanidad de un bien mayor y mi utilidad en este mundo se ha reducido, una vez más, a darle un poco de agua Bonafont a la planta que vive aquí, en una macetita de cerámica. Lo cual, en todo caso, no es tan malo. Mis aspiraciones han sido satisfechas. Viva la planta.

Thursday, January 13, 2005

De vuelta a la Necrópolis: Facultad de Filosofía

Hasta anoche, la parte favorita de mi nuevo juego de video había sido un nivel en el que debía atravesar caminando un pantano. En él, la luz de media tarde le da un color ambarino al agua y la vuelve transparente. Se pueden ver representaciones de chacalotes y truchas nadando en la representación de un ambiente acuoso. El cielo de vez en cuando se ilumina con un resplandor todavía más fuerte que el del sol poniéndose. Son soldados enemigos que patrullan la zona sobre máquinas voladoras. Mi juego es un poco extraño.
En fin, ahora la parte favorita de mi juego toma lugar en la cima de una montaña. Ahí, el entorno son nubes ligeras y delgadas (mi personaje se agota más en este nivel, pues el oxígeno es escaso y la presión atmosférica es más alta; se pensó en todo), y hay irregularidades en el terreno. A falta de vegetación, debo utilizar el uniforme apropiado (entro al menú de opciones y utilizo la opción "chocochip" para el cuerpo y "desert" para la pintura de la cara) y utilizar las pequeñas colinas para ocultarme de los soldados enemigos. Y, desde ahí, con toda la calma y desapego en el mundo, les vuelo la cabezota. Me pregunto: si no trajeran pasamontañas, si tuvieran caras, ¿me costaría trabajo? Creo que lo más me atrajo de este nivel son las águilas que chillan y vuelan sobre la meceta. El sonido Dolby es un regalo de los dioses: cuando dejo un cadáver ficticio sobre la montaña ficticia, puedo escuchar los sonidos casi reales de las aves de rapiña picoteando la carne. La carne virtual.
Sólo juego videojuegos cuando mi cabeza está embotada. Terminé mi tesis. Y no podré presentar mi examen hasta julio. Burocracia. Estupidez eterna. También: Me acerqué a una niña que leía en la cafetería. Tenía tiempo con ganas de conocerla y un día sin dormir. Cuando le pregunté, me dijo su nombre, qué estudiaba y qué hacía ahí, en la universidad, una semana antes de que comenzaran clases. Cuando me preguntó, le dije mi nombre, qué hacía en la universidad y cuántos años tenía. No pude darle una explicación cabal sobre por qué me veía más joven de lo que en realidad soy ni porqué olía como olía en ese momento o porqué movía mis manos y mis brazos sin control. Sólo me preguntó sobre lo primero, pero estoy seguro de que notó lo demás. Después de unos momentos de platicar, comencé a sentirme en paz y en un claro donde todo se había conciliado. La raza humana y Dios, los sexos y las naciones.
-¿Te parece bien si salimos un día a tomar un café?
-Sí, claro.
-...[sorpresa absoluta]
-Sólo deja le aviso a mi novio para que nos acompañe.
La crueldad humana no conoce límites.
Soy una nena, no aguanto nada.
Hoy he vuelto al mundo de los muertos. Archivé cuatro carpetas de interminables ensayos y artículos sobre Aristóteles, rey entre los muertos, Santo Tomás, Averroes, Avicena, Al-Farabi, Ab-Bundi, y algunos otros medievales cuya imagen les sobrevivió como nos sobrevivirá a algunos. Estoy en casa. Y sin embargo, sigo vivo. Por ejemplo: Ahora, tengo hambre y antojo de algo salado. Son las dos y media. Y debo irme. He fingido suficiente que trabajo.

Thursday, January 06, 2005

Esparta

Hoy tengo la mente dispersa.

En Tabasco mi padre observó que los tabasqueños se tragaban las eses al hablar.
-Aquí se tragan las eses al hablar, dijo.
-¿Las heces?, pregunté, francamente sorprendido.
-Sí, las eses, contestó, un poco irritado de que yo fuera tan distraído y no pusiera atención a sus siempre sabias observaciones.
-Guácala, dije yo sin comprender.

El cariño que le tengo a mi familia siempre se me hace presente cuando estamos todos de buen humor. Esto deberá ocurrir en todos lados. Particularmente cuando tu tía, tu tía se debe llamar Lourdes pero todo mundo deberá decirle Lulú (esto es muy importante), está cocinando a un lado de una de sus hermanas mayores. Esta hermana mayor, casi sobra decirlo, debe ser tu mamá. Ambas deberán estar pelando camarones que se comerán esa noche, porque esa noche deberá ser la noche del año nuevo. Y el ambiente deberá ser tropical. Si es así, ustedes olvidarán por completo las veces que se han enojado con estas mujeres, todos los momentos de grave angustia que habrán sufrido por cosas que, de recordarlas, considerarán en ese momento tonterías (porque es importante que las vean reírse como si aún fueran solteras y aún fueran niñas en una casa amontonada de provincia; es importante que las vean sin hijos ni esposos).
Es entonces cuando ustedes ser acercarán y tomarán un plátano del frutero y, atención, temiendo quebrar el encanto, el espíritu de complicidad que ambas sostienen, colocarán ese plátano junto a su oído como si fuera un teléfono. Muy seriamente, dirán: "¿Bueno? Sí. Él habla".
"Eres un tonto", deberá decir su tía, al momento que se ríe y toma un plátano también. "Hazlo de nuevo", dirá.
"Bueno. ¿Quién habla?"
"Soy yo, tu tía, tonto".
"¿Quién?"
"Tu tía."
"Es que no escucho"
"¿Y ahora?", su tía deberá estar gritando.
"Hola. Hola. ¿Hay alguien ahí?"
"¡Soy yo!"
Su madre y el resto de su familia deberá estar riendo o viéndolos con fingida indiferencia, oprimiendo los labios para no reírse.
"Es que no escucho".
"¿Y ahora?"
"¿Qué?"
"¿Me escuchas?"
"Espera. ¿Sabes qué? No te escucho."
"¿No me escuchas?"
"No. Es que tengo un plátano en el oído".
Hace unos momentos estuve viendo un desfile de modas en la televisión. Era un desfile de modas de Milán, de la colección del septiembre del año pasado. Toda esa carne sobre esos huesos. Las modelos caminaban como si estuvieran enojadas o como si supieran que si pisaran un poco más fuerte, milikilos de fuerza más, se desbaratarían. Así de cabronas. Saben. Por supuesto que saben. Por esos parecen bisturís. Por esos esos huesos hiliacos que se asoman de los bikinis. Ese caminar punzocortante. Nadie puede tocarlas. Cuando las cámaras las enfocan en los vestidores, durante las sesiones de maquillaje, sonríen. Todos esos colmillos. Y cuando no se percatan sus caras son de completa indiferencia. ¿A dónde van? Después del desfile, ¿alcanzan todos esos pensamientos? ¿Los proyectan a la disco, al departamento desarreglado y compartido con meseras/modelos/travellers? No puedo imaginar en qué piensan, precisamente. Son de dar miedo.
Las veía y pensaba: Helas aquí, nuestra vanguardia. Yo las entrenaría. Las arrojaría a una isla y las entrenaría personalmente para volverlas nuestro propio ejército especial. Un ejército letal y filoso. De mi familia y nadie más. Cuando muriera toda esa carne hermosa, entonces nos apoyaríamos, mi familia contra el mundo. La batalla sería más fuerte aguerrida, así, con seres queridos a tus lados.
Alguna vez escuché que los homosexuales en el ejército norteamericano fueron considerados por la historia de Esparta y como en él se invitaba al amor entre soldados. Uno pelea más fuerte cuando tienes al ser amado a tu derecha.
La verdad es que no lo sé. Tal vez llevar a mi sobrino a ver Los Increíbles, la película de Pixar, influyó demasiado en lo que escribo ahora. No fue sólo el tema de la película (¿alguien notó que el equipo de atletismo para el que corría Dash, el niño, se llamaba Los Espartanos?), sino saber que si ese niño de tres años se me perdía, se me quebraría el mundo. Y sólo fue una tarde. Como aquella otra, en la que me encargaron cuidarlo mientras dormía. No pude ver la televisión agusto.
Espartanos. Algunas cosas las tenían claras.
Ah, no sé, tal vez sólo quiera mi propio ejército de modelos milanesas. ¿A las señoritas de Milán se les llama milanesas? Tal vez un equipo de atletismo de modelos milanesas estaría bien también. Podría ser su manager.
He sido manager de equipos en varias ocasiones ya. Como nunca conseguí entrar al equipo, de basketball, volleyball o soccer (al de atletismo sí entré), fui su manager. Esto en 1996, cuando estudié un año en Indiana. Yo me encargaba de repartir agua y manejar el marcador. Nuestro equipo se llamaba Spartans. Todo esto ha sido intencional. Sólo quería hablar al respecto. Era una academia semi militar, de ahí el nombre. Era divertido. Era fácil hacer enojar a los padres del equipo contrario. Dejaba el reloj del marcador corriendo aún en tiempo fuera, por despistado. Y siempre ganábamos.

Monday, January 03, 2005

Mal, mal, muy mal

Despierto y escucho el mar. Esto es lo que hago en Cancún, instantes después de ser despertado: No me levanto, permanezco dentro de la sábana y escucho el ronroneo del aire acondicionado y como eterno fondo, la marea. Imagino, diario, que podría igualar el sonido si tuviera un televisor sin señal. Subiría y bajaría el volúmen de la estática hasta encontrar el ritmo de las olas. Pienso que esa noche, como todas las noches de estas vacaciones, escucharé el ronquido de mis abuelos mucho antes de conseguir conciliar el sueño.
Finalmente me levanto, descorro las cortinas y soy cegado por el sol. Cuando mis ojos se adaptan puedo ver el mar cristalino y casi transparente (puedo ver algunas rocas y cunetas de arena), asi como los cuerpos semidesnudos sobre los camastros y la arena. "Brinca", me digo al momento que le doy la espalda a la ventana.
Escucho las voces de mi familia en el desayunador y me dirijo ahí. Hacen planes sobre qué hacer ese día mientras yo bebo un jugo de naranja y tal vez un yoghurt. La noche anterior salí a bailar con un amigo y no tengo apetito para mucho más. Se sorprenden un poco cuando les digo que regresé a las cuatro pero pronto lo olvidan y se dispersan como moléculas. Me quedo solo y me sorprendo de no tener cruda. La verdad es que anoche no bebí tanto y me aburrí bastante. No pasó nada realmente emocionante. Ese tipo de vida nocturna no es para mí. Salgo al balcón y paso revista una vez más sobre el mar y la playa y las olas y pienso en la muerte.
Bajo a la playa con un libro y me encuentro con una de mis hermanas, la única que está en México. Me tiro en un camastro junto a ella y leo. Después dejo de leer. Cierro los ojos durante un rato. Después los abro. Siento el lento ascender del sol y el movimiento de la tierra y de mis intestinos y el de los cuerpos en bikinis y me preguntan si quiero meterme al agua. Me pregunta mi hermana. Entramos al agua. Un ola la revuelca. A mí no. Estoy tentado a abrir los ojos mientras estoy sumergido, pero sé que la sal me los irritará. Al final no me atrevo, salgo del agua, me seco al sol y después de un rato vuelvo a leer a Walser y a mirar el cielo y la carne que se mueve y los espacios que se acercan y separan entre sólidos.
Vuelvo al cuarto a cabo de poco rato con la excusa de avanzar en mi tesis. Antes de hacer eso, entro a la regadera y me enjabono y limpio del mar. Me visto. Salgo al balcón. El sol aún está arriba. Hace buen clima. Tenemos suerte. En ocasiones el cielo está nublado, pero no ahora, es uno de esos buenos días de vacaciones. Vuelvo a escuchar las olas y regreso dentro donde trabajo sobre esta laptop varias horas en mi tesis, hasta que oscurece. Después actualizo mi blog y me pregunto si mi vida podrá ser así, el resto del tiempo, sería genial o al menos tan placentero como un limbo con terminales nerviosas, pero sé que no será así porque ya llevo dos días de vuelta en la ciudad y tengo dolor de garganta.
También me duele la cabeza.
Y en lugar de trabajar en mi tesis, hago esto.

Friday, December 31, 2004

La esperanza es gramática

La gente se queja de que ya nadie lee. Estoy en la playa, una playa donde todos son gringos (tuve que pedir las claves para poder insertar acentos en las palabras, pues estoy trabajando en un teclado configurado para lengua inglesa; y por supuesto, olvidé pedir la clave para la enie). Pues bien, en esta playa todo mundo lee tremendos tabicones que es de dar miedo. No he visto un sólo libro de cuentos por ningún lado.
Hay una teoría al respecto.
La cosa es que la gente ya no lee en el sentido de que ya nadie se adentra en esos hoyos negros que es la alta literatura. La gente ve televisión como lee libros. Los cuentos son otro problema, exigen prestar atención. Dudo que alguien pudiera realmente leer a Bolanio o a Rulfo o a Joyce o a Faulkner o a Proust con biknis enfrente. Bueno, tal vez Proust sí. Y Mann.
John Grisham, Anne Rice, Tom Clancy y sobretodo Dan Brown.
Curiosamente no he visto ningún Harry Potter (olvidé el nombre de la tipa que lo escribe), ningún Crichton y para mayor sorpresa, Stephen King.
Muchos jodidos Códigos Da Vincis y ángeles y demonios e incluso las claves para comprender estos libros y las defensas del catolicismo de estos libros y muchas otras letras parasitarias.
Vi un García Márquez.
Mis libros para la playa son: El bandido, de Robert Walser y Jardines de Kensington, de Rodrigo Fresán. El primero me gusta más. Y muchos otros libros que debo usar para mi tesis.
Los días que bajo miro el mar y pienso en el tsunami que azotó las playas de Phuket como si fuera un castigo divino contra todos los alemanes pederastas y los libidinosos que atienden el turismo sexual. Lo pienso en broma. No puedo dejar de recordar Plataforma de Houellebecq, por dos cosas: cómo enterró La firma de John Grisham en la playa, esperando que nadie la desenterrara (el personaje de Plataforma no podía evitar leer el libro imaginando a Tom Cruise en cada párrafo), pero sobretodo por el final de la novela, que no voy a escribir aquí.
Ay, el monoteísmo.
Combinado con el tedio es una cosa terrible.
En unas horas iniciará un reluciente y nuevo lustro. Me encanta la capacidad del lenguaje para poder escribir a futuro y en circunflejo. La capacidad de posibilidades. Si al menos se realizaran, si al menos, si tal vez, si ojalá. El suspense es exquisito.

Tuesday, December 21, 2004

Rumbo a Esparta


Varios días después de la boda. Sigo esperando una gran verdad. No hubo epifanía ni piedra de toque. A pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme alerta no encontré un momento determinante en estos últimos días, no fue un evento, no hubo "parte aguas" ni hitos en mi propia historia de vida.
Observé con desapego y distanciamiento las cosas que pasaban: durante la misa, la fiesta, la despedida, la carrera de mi hermana en el aeropuerto y las lágrimas de mi madre. Al momento que mi hermana corría rumbo a su luna de miel y su nueva vida en Alemania mi madre se soltó a llorar y me agarró desprevenido, así que me abrazó. Le dije: "Hueles a masapán". Olía a masapán. Le dio risa.
¿Eché todo a perder por no estar más al tanto de mis sensaciones? No. Simplemente no me estaba ocurriendo nada.
Bebí durante el banquete, bailé y no vomité. Al día siguiente tenía la mente clara y no sentí dolor. El vodka no deja demasiados espíritus pesados.
Ah, la vida sigue. Mi hermana está en otra zona de tiempo global. Y yo estoy aquí. En la jungla. Son los años sesenta. Soy un espía en los finales de la guerra fría. Presencio el cambio geopolítico. Como ratas y serpientes. De vez en cuando me rompo huesos o sufro heridas de bala. Me tomo mi tiempo para reponerme. Cambio mi camuflaje para desaparecer en el ambiente. Cuelgo de árboles y lianas, mato cocodrilos, soy una especie de Rambo, en la sala de televisión de mi casa, a través del Play Station. Ah, vacaciones. Me duelen los ojos. Me siento disperso. No avanzo en la tesis. Ni en la novela.

Thursday, December 16, 2004

Escorpiones invaden el D.F.

A dos días de la boda. Hoy recogí a un primo en el aeropuerto. Pasé dos horas en el tráfico, desde las Águilas hasta la terminal. No vivo en las águilas, mi jefe sí. Trabajé toda la mañana ahí y a mediodía emprendí el camino al aeropuerto. "Emprendí el camino" suena a frase que podría ser encontrada en una polvorienta bitácora de gran viajador.
Mi primo es un gran viajador. Voló de Los Cabos, donde hizo una parada de veinte minutos, hasta la Ciudad de México. Salió de California, donde está la base militar en la que trabaja y la universidad donde estudia para convertirse en ingeniero. Como marine mi primo ha conocido Australia, Hong Kong, las Filipinas, e Iraq. ¿Qué hace mi primo en la marina de Estados Unidos? Repara helicópteros. Pronto terminará su servicio --duración: cuatro años-- y aspira a trabajar en Continental donde reparará aviones.
"¿Confías en tus habilidades?"
"Sí", me contesta.
"¿Te subirías a alguno de los helicópteros que has reparado?".
"Pues. Sí. Supongo que sí."
"¿Alguno de los pilotos te ha invitado a subir?"
"Siempre declino, pero lo haría. Si nos los reparo bien, me meten a la cárcel".
Durante "el conflicto de Iraq" (así lo llama), cuando caían los helicópteros en territorio enemigo un grupo de ingenieros y soldados tenían que recogerlos para repararlos. Mi primo podía escuchar el zumbido de las balas. A mi primo no le gusta hablar de esto.
Así que vemos la televisión. Cenamos unos tacos, discutimos sobre el spanglish y cómo cada vez se le traba más el español. Hablamos sobre películas (particularmente de Los increíbles, Bob Esponja y Alexander). Le traté de explicar en qué consiste mi trabajo, así como lo hizo él. También guardamos silencio. En ese sentido, en nuestra capacidad de guardar silencio sin sentirnos obligados ni culpables por no hablar, o sin esperar que alguien rompa el encanto, nos parecemos bastante. Mi primo fue mi amigo de la infancia. Trepábamos árboles y nos aventábamos piedras, corríamos hasta que se nos acababa el aire y jugábamos a ser Indiana Jones (yo) y Bruce Lee (él). De vez en cuando yo prefería ser McGyver.
Justo ahora está frente a mí, durmiendo o fingiendo dormir. Puedo escuchar su respiración. Tiene catarro. Estuvo en Iraq. Lo pienso como una especie de beca: juega fútbol con nosotros, te pagamos tus estudios. Juega americano, una lesión no es nada, sé parte de nuestro equipo de polo, arriesga tu vida, conoce los horrores de la guerra, ve películas de Ben Stiller en el portaaviones, aquí hay un plan de estudios.
En casa comenzamos a ver Spun pero como me pareció demasiado intenso puse una película en Retro Channel. Cuatro hombres discutían frente a una fotografía hecha por satélite, aparentemente. Discutían algo sobre una fisura que se había hecho a las faldas de un volcán. Un volcán cerca de la Ciudad de México. En la siguiente escena el expreso de Monterrey se descarrila cuando un escorpión gigante lo embiste de frente. Los efectos especiales son sorprendentes. El blanco y negro ayuda. La gente grita y corre y detrás del escorpión gigante vienen muchos más. Los escorpiones se atacan entre sí por la comida. Deshacen en sus tenazas a un hombre (sorprendentemente, de todos los pasajeros sólo dieron con uno) pero en el alboroto se atacan entre sí. Gana el escorpión más grande, un enorme escorpión negro. El ejército decide movilizar a la gente (la cantidad de extras corriendo frente a Bellas Artes y el monumento a la Revolución era algo de admirarse), se ven escenas donde se bajan cortinas de hierro en el centro y camiones del ejército entre las calles. Y luego: un camión con mucha carne de cabrito se dirige al entonces aún Estadio Azteca. Dentro un plan se elabora. Atraen al escorpión gigante (que en los close-ups babea) y le disparan en el único punto que es vulnerable, debajo de la cabeza --le disparan con una especie de arpón conectado a un cable de cobre a través del cual correrán ¡60, 000 voltios!
Por supuesto el primero disparo lo falla un soldado mexicano, que de paso se electrocuta, y el segundo lo atina el único güero de la película. Que también se queda con la única vieja, para sonrisas de todos, incluyendo al Sr. Moreno y al Dr. Velasco, los cerebros del plan para derrocar las hordas invasoras de escorpiones negros, asesinos y gigantes.
Ay, el mundo.
Pasado mañana me emborracharé hasta vomitar o llorar, o ambas dos simultáneamente al mismo tiempo que intento pararme del suelo.

Wednesday, December 08, 2004

Físico

Por la mañana contemplé mi cuerpo desnudo frente al espejo que tengo en mi armario. Traté de juzgar mi físico con frialdad y desapego. Hice la vanidad a un lado. La vanidad es una gran herramienta, un paliativo. Siempre me pregunté cuándo comenzaría a parecerme a mi padre. Él tiene barriga y hasta hace unos meses, yo no. También: como hacía frío, mi piel se cubrió de piel de gallina y mis pezones se mantuvieron erectos. Mis genitales se comportan de manera extraña cuando hace frío. Aparentemente es una cuestión de termodinámica y de mantener mi reserva de espermas viva. ¿Para qué? No lo sé. No conozco mujer.
Algo que debe ser vergonzoso, más vergonzoso que acercarse a una niña e invitarla a salir, y que además debe ser más triste que ser rechazado por una niña cuando te decides a invitarla a salir: A un niño de trece años se le diagnostica leucemia. El doctor le recomienda que comience una reserva de esperma en el banco de esperma. Es protocolo. Lo puede hacer en el mismo hospital, para su comodidad. El puberto acepta hacerse los exámenes, hace una cita para su próxima visita, comienza a imaginar cómo serán las sesiones de quimoterapia y entonces sale del consultorio con su madre, quien entre lágrimas le sostiene la mano y lo acompaña en el ascensor unos pisos abajo, al banco de esperma, donde se masturbará. Sí, hay cosas peores que no ser correspondido.
Mi piel aún está morena por la última vez que fui a la playa. En todo caso, más morena que de costumbre. Y decido que ya no puedo juzgar con frialdad mi cuerpo, ni hacer cálculos clínicos y desapegados. Así que comienzo a sonreír y bailar frente al espejo, como un imbécil. Después, me baño. Esto se está volviendo una costumbre. Hace semanas que lo hago. Me preocupa.
Fui al sastre hace unos días. Me pidieron que me probara la ropa que mandé hacer especialmente para un evento familiar, una prenda que seguramente usaré sólo esa noche, como un profiláctico, y eso hice. Entré al pequeño vestidor que tiene en la sastrería, me quité los pantalones y la camisa y los doblé sobre una silla. Después me puse el fracq. ¿Así se escribe fracq? Parece correcto. Cuando terminé de vestirme descorrí la cortinilla y una señorita de mi estatura me miró a los ojos: "¿Es usted el novio?". "No." "Ya lo quiero casar". Guardé silencio y me dejé hacer. Pasó sus brazos por detrás para colocar correctamente la corbata, extendió los pliegues, midió lo medible. Me hice creer que era erótico.
Leí Marranadas de Marie Darrieussecq y comencé El bebé. Darrieussecq es una gran escritora. De leer las primeras páginas de El bebé deseé, primero, ser madre, después, ser padre; y finalmente tener cualquier tipo de descendencia. Luego me deprimí pues pensé en cómo no conozco mujer y en cómo no he conocido mujer jamás y en cómo la Biblia y su léxico comienza a colarse cada vez más en mi cabezota. No tendré bebé, no daré a luz a nada nunca. Pero tengo una barriguita. Al menos la cerveza es útil para llener ciertos vacíos.
En una ocasión abracé a una amiga o me acerqué demasiado a su cabeza. Esta amiga tiene novio. Su pelo olía bien. Un poco se me metió a la boca y le dije: "Se me metió un poco de tu pelo a la boca". Hice un sonido parecido a un pthbbbb. Ella me contestó: "Pues qué suertudo". Fue gracioso, en ese momento. Y me hizo pensar en los bezoares y en las bolas de pelo de los gatos. También me hizo pensar en otra amiga, que también tiene novio, y en que tiene poco pelo. Y luego no pensé en nada y traté de seguir. Hace un par de días volví a darle un abrazo a mi amiga y su pelo volvió a meterse en mi boca, pero en esta ocasión no le dije nada. Sabía un poco amargo.

Monday, November 29, 2004

En Acapulco uno piensa en:

Pensar que tu vida en ocasiones se asemeja a una película y que merece una banda sonora y que probablemente tendría un buen fin de semana en taquilla es algo propio del siglo XXI, ya no conocemos las contradicciones de los pensadores de la modernidad, del siglo XIX, hemos perdido esa visión de conjunto y poco a poco nuestras ironías y agudezas se refieren a lo estrictamente inmediato. Por esa razón cuando abro los ojos en un Mercedes que va a ciento sesenta kilómetros por hora sobre distintos asentamientos de una carretera donde reptan esporádicamente iguanas, me siento vivo y parte de algo que es a la vez melodramático y emocionante; la sensación de que el momento en que abro los ojos y confundo el reflejo de los controles del panel sobre las ventanas con las estrellas (porque es de noche) es demasiado cinematográfica para no evitar sonreír satisfecho.
La vida de los veinteañeros en realidad es mucho menos emocionante de lo que creen, decía Dave Eggers.
Esas visiones enormes y desérticas donde corremos a través de espacios abiertos y desolados sólo son paliativos. Correr cuesta abajo o pedalear cuesta abajo o sumergirse en el mar entrada la noche o esperar un atardecer naranja y morado es algo que podría aburrir a cualquiera, a la larga.
Me duele el pecho.
Y la espalda también. El dolor de la espalda es un ardor constante (por no haber usado protección solar), el del pecho es muscular y espero que se pase pronto. El de la espalda se explica fácilmente: todas esas horas que permanecimos dentro del agua con la espalda al sol y la vista en dirección al horizonte, la alberca estaba construída de manera que brindara esa ilusión donde, desde un punto específico, el mar no es sino la extensión de la piscina. El borde estaba alineado al horizonte y era ahí donde permanecí recargado, en la baba, durante horas, platicando sobre lo mismo una y otra vez.
Temas para discutir en la alberca: 1. Niñas. 2. Comida. 3. Escatología. 4. El tiempo pasado. 5. Esperanzas. 6. El Dasein Heideggeriano. 7. Más niñas.
Beber en Acapulco, desear en Acapulco, idear el fin del mundo en la playa, reír tirados al sol, durante un fin de semana.
Y también: ver pájaros negros bajar y levantar con sus picos pequeñas conchas de playa y beber del borde de la piscina. Parecen cuervos pero no son cuervos. Quizá hayan sido urracas. En el cielo un par de águilas revolotean una detrás de otra. "¿Son zopilotes?", pregunto. "No, aquí no hay zopilotes", me contesta. Y más tarde escuchar a un padre decirle a su hijo: "Hace rato, antes de nos viéramos, vi una cosa muy curiosa; un águila correteando a una paloma, ya le estaba dando alcance, volaban en círculos", aquí el padre hace pantomimia y representa el revoloteo en pánico de la paloma, "me fui antes de que la alcanzara". El hijo se ríe y yo escucho y pienso en mi amiga.
Antes de salir rumbo a Acapulco, hace cuatro días, la visité y le pedí un video que me iba a prestar. Platicamos unos minutos en la puerta. Le dije, al despedirme: "Te quiero", y ella sonrió sorprendida y pensé que se iba a quedar callada asi que di unos pasos atrás hacia mi coche cuando me contestó: "Yo también", y volvió a sonreír, como yo, una sonrisa ilusa a la que se añadió: "Te cuidas", y "Te portas mal", y "Fumas mariguana" y otras cosas que sabía que no iba a ser. No está en mi carácter.
Una semana antes le juré que en el fraccionamiento donde vivo hay águilas. Me creyó pero cuando subimos al tejado con unos binoculares y estuvimos mucho tiempo revisando árbol tras árbo, pareció decepcionada. Mis vecinos tenían una fiesta y podíamos escuchar gritos y risas. Creo que estaban viendo el fútbol. Espíamos la cocina un momeno, con los binoculares, y luego espíamos los niños que jugaban en el fraccionamiento y luego me preguntó si con esos binoculares espiaba a mi vecina, cosa que ella ya sabía, y también hablamos sobre cómo los hombres prefieren suicidarse con un balazo o tirándose de tejados, mientras que las mujeres, estadísticamente al menos, prefieren cortarse las venas o tomar alguna sustancia. Ninguno de los dos tenía ganas de hacer algo así. Ni siquiera escuchamos el chillido de los aguiluchos, no sé qué pasó, pero hablamos en cambio sobre las ventajas de tener unos binoculares con visión nocturna, en el que se incrementa la poca luz que se refleje de la luz o las estrellas, esa luz muerta resucitada en colores verdes y poderosos y oscilantes blancos, rodeado todo de una estática fosforecente y un poco fantasmagórica.
"Me gustan los tejados de las casas", me dijo, antes de bajar. La luz de noviembre, naranja y pesada, se estaba poniendo. Nos queremos. Somos amigos y somos parte de la vida del otro y nos queremos y vamos a morir y algunas estrellas ya no existen y la sociedad es una mierda y a veces me siento dentro de una película y veo películas, pornográficas, muchas, y pienso en águilas y visión nocturna y todas las herramientas biológicas que carecemos y necesitamos y nos queremos.

Sunday, November 28, 2004

Ahora

Tengo un malestar estomacal, para variar. Tengo la barbilla cubierta de pelos, son míos. Siento la cara arder y los movimientos peristálticos. Algo en el trópico no me va del todo bien. Sin embargo, me adapto.
Hoy la luna me dio algo en qué pensar. Regresábamos de Acapulco, Adolfo, su padre, Rodrigo y yo. En el auto, antes de cerrar los ojos y dormir vi que el cielo adquiría colores pasteles, azules y rosas. En una ocasión leí una metáfora que describía a la perfección ese tipo de cielo, el tipo de cielo atravesado por hebras de nubes, y cuando se lo dije a mi amiga Adriana se quejó de lo cursi. La metáfora es: "El cielo era como una explosión puesta en pausa". Por supuesto, la metáfora no es mía. Y no veo lo cursi. Quizá el cielo en sí y hablar sobre él sea cursi. Las metáforas son cursis, supongo. Todo es metáfora, decía Nietzsche; el lenguaje está plagado de ellas. Ha salido la luna, por ejemplo. Se ha puesto el sol. Una palabra es una metáfora, una representación, un tropo; el lenguaje no es sino una herramienta biológica. Dios no existe, sólo es un concepto. Todo es juego, el sentido se pierde en el horizonte. Oh, Nietzsche a veces era un poco bobo.
Cuando volví a abrir los ojos el cielo estaba estrellado y la luna estaba enorme, el velocímetro iba a ciento sesenta kilómetros por hora y se podía sentir el movimiento de los amortiguadores sobre los irregulares asentamientos de la Autopista del Sol. Nos estábamos moviendo. Cada vez que el auto amortiguaba lo resentía en mi estómago. Dos pepto bismoles tienen sus límites ante la irremediable contundencia de la diarrea. Sin embargo, el hombre hace lo que puede, se adapta, crea palabras. Nietzsche, Nietzsche, bigotitos Nietzsche. La misma luna que se recortaba detrás de cerros cubiertos de plantas había alumbrado a todos los muertos que están en la Historia. A todos. La misma luz de las estrellas ya había pasado por aquí. Esa luz salió hace años, millones de años, de esas estrellas. Probablemente alguna de ellas ya se haya extinguido pero aún vemos la luz que desprendió alguna vez y que ha tardado en viajar hasta nuestros ojos.
En lo que me puso a pensar la luna fue en una secretaria que en una ocasión me entrevistó. Yo buscaba un trabajo como profesor de inglés y que al final no obtuve por pereza. Mientras la secretaria imprimía un formulario revisé su cubículo. Con una tachuela había adherido una fotografía de la luna (la misma luna, siempre) a la pared de su cubículo desmontable. Le pregunté si la había tomado ella. No, un amigo, me contestó. Tiene equipo especial para tomar fotografías nocturnas, me explicó. Me pregunté si tenía esa fotografía ahí porque la había tomado su amigo o porque era una fotografía de la luna. No se lo pregunté a ella.
Mucho después de que hayamos muerto, esa luna estará ahí, como lo estuvo mucho antes de que estuviéramos aquí. Y eso, pues, supongo que no añade nada a mi vida en forma alguna. Creo que sólo tengo hambre y no diarrea.
Voy a checar ahora.

Friday, November 19, 2004

Seré sincero: le temo a los poetas. A la carne de cañón que son los poetas. A esas criaturas desesperadas y valientes que son los poetas. Dispuestos a quemar un poco más que su parte maldita, dispuestos a quemarse, de hecho, por su parte maldita. A esos son los poetas a los que les temo, a los que les da igual si son leídos o no son leídos por los mismos poetas desesperados. Les temo como a las serpientes que se tragan a sí mismas, a Moebius, a la sensación de infinito que uno tiene cuando se para entre dos espejos.
Una de esas poetas nos estaba hablando, a nosotros, que no somos tan desesperados, cuando se fue la luz en el lugar donde platicábamos y escuchábamos su voz desesperada. Siguió hablando, en la oscuridad durante un rato y la escuchamos sin verle la cara, y después escuchamos la voz masculina, la voz de bigotes de un compañero suyo (y los imaginé a ambos acostándose más tarde, en la buhardilla de alguno de los dos, o en la banca de un parque) y después la de otro de los poetas que fueron a presentarnos su revista.
Eso de andar con los ojos abiertos en el abismo es una cosa, que qué cosa.
Un poco como el pequeño opúsculo de Nietzsche, su Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, escrito que no publicó en vida porque entonces aún creía, más o menos, en Wagner y en Schopenhauer y en el romanticismo alemán (pero diablos, lo escribió).
Cuando volvó la luz los poetas siguieron hablando y sentí que iba a morir.
Realmente sentí que iba a morir, no estoy haciendo un trobo o una metáfora o una analogía en cualquiera de sus variantes; sentí un dolor físico e intenso que subía de mi brazo izquierdo a mi pecho; deseé que fuera mi pectoral y no mi corazón y comencé a sobarme el pecho (no sin ignorar el placer que esto producía, también, a la vez que el dolor se esparcía, sobre mi moreno pezón). Y entonces imaginé cómo sería caer sobre el entarimado del salón donde los poetas hablaban, ignorantes de mi imaginación, cómo sería el primer grito de sorpresa, o en su defecto, mi primer grito de auxilio. La verdad es que con estas personas, estos escritores o aspirantes a escritores o a aspirantes a la vida de escritores o de bigotudos o de hombres y mujeres (y señoras, sobretodo señoras) temerosos, no me llevo demasiado bien. Por un lado es la timidez, y por otro, veamos, ¿qué es precisamente? Oh, no lo sé; digamos que es la timidez y sólo la timidez. Entonces: generalmente no les hablo, eso está claro, y estoy sintiendo ese dolor intenso en el pecho, bien, y temo que de un momento a otro, sobretodo si no pasa el dolor, tendré que pedirle ayuda a alguien. Y no me atrevo. El temor animal es fuerte, sí, pero era más grande ese temor a pedirle a una de esas personas, de esas almas bellas, que me ayudaran.
Llamarían a una ambulancia mientras yo lucharía por no tragarme la lengua.
A alguien se le ocurriría ponerme su cinturón en la boca o su billetera, porque lo vieron en una película o simplemente por sentido común.
Y sería el centro del universo.
La poeta y sus amigos desesperados verían todo desde fuera, ajenos y pensando en cómo lo relatarían más tarde.
El dolor era casi insoportable, pero poco a poco me fui dando cuenta de que era muscular. Me sobé y sobé y fue menguando. Pero antes de que desapareciera me pregunté: ¿Quieres morir, joven? Y sentí miedo. Iba a morir, posiblemente, en ese precismo momento. Y luego: bueno, es normal tener miedo, pensé. Y luego: No vas a dejar a nadie llorando, es decir, a nadie realmente importante. Y también: es una lástima que nunca hayas tenido novia. Y también: ¿realmente? No, no realmente. No es tan grave. Nada es grave. Sólo es un temor animal, de separación, de moléculas que se disgregan, de carne.
Pero: la muerte debería ser algo frío, ¿no es cierto? Y esto es caliente, pletórico, lleno de sangre vive, de músculos que vibran. Quizá haya distintos tipos de muerte. Tibias, frías, heladas, ardientes. Un machetazo en la cabeza debe ser una de las muertes más candentes que hay.
El otro día soñé que la tierra se sumergía y que las aguas de los mares cubrían todo. El resto de la humanidad, los pocos, eran mexicanos todos y vivían en una cueva submarina donde aún había una enorme bolsa de aire. Y era una cantina. De vez en cuando se abrían unas compuertas para dejar entrar algo de agua (no sé precisamente para qué), pero no por mucho tiempo, pues además del agua se temía que entraran unos tiburones. El sueño estaba fragmentado o lo recuerdo fragmentado. El caso es que en otra parte del sueño (en otra escena) yo nadaba con un delfín al que de vez en cuando cacheteaba, como hago cuando estoy borracho. El delfín se enojaba y me mostraba sus dientes y entonces me daba cuenta de que no era un delfín, era otra cosa.
Creo que debo hacer más ejercicio y salir más de mi casa. Aún me duele el pecho.

Tuesday, November 16, 2004

Gotham Book Mart

Entre las cosas por las que noto el progresivo envejecimiento de mi padre está su olor. Su olor es distinto al de hace algunos años. Entonces, no lo notaba. Ahora un aire, no del todo desagradable pero que ya es algo presente, lo acompaña a todos lados. Al nacer todos nos hinchamos y comenzamos a apestar. Recuerdo el olor agrio de mi adolescencia, de mi pubertad, cuando me di cuenta, de que algo estaba cambiando (y que no pude constatar del todo hasta que mis hermanas me apodaron "El apestoso" y, con mayor impacto, cuando me comenzó a crecer pelo en las axilas y los testículos).
He estado todo el día aquí, sentado frente a mi escritorio. Interrumpí esto en dos ocasiones. La primera para comer y hace unos momentos que bajé para servirme una coca cola. Me gusta mucho la coca cola. Estoy trabajando en mi tesis. Hace unos minutos encendí mi computadora para distraerme un rato de George Steiner. Terminé su libro Errata, su autobiografía intelectual. En el penúltimo capítulo relata algunos de los viajes que ha hecho y recuerda con particular atención sus visitas a la librería Gotham Book Mart de Nueva York, en la calle 47.
Hace unos años, dos a lo más, mi psicoanalista me recomendó que visitara esa librería. Sabía que tenía planeado ir a Nueva York. Unos días después le dije que ya no iría más a la consulta. Él me preguntó porqué se lo decía así, enojado. Yo no había notado que yo estuviera enojado. Por un momento pensé que él estaba enojado y que se estaba proyectando, pero después recordé que era un profesional y que probablemente tenía razón. Le dije, de cualquier manera, que no estaba enojado. Ultimamente he estado jugando con la idea de volver.
Me duele la cabeza, ahora.
Cuando finalmente visité Nueva York olvidé a mi psicoanalista y lo que me había dicho. Una compañera de la carrera (porque entonces aún estaba en la carrera) me pidió que le consiguiera un libro de Hanna Arendt. Lo iba a usar para su tesis. Lo busqué en un Barnes and Noble y no lo encontré. La persona que me atendió me dijo, en inglés: "De todos los libros por los que han preguntado hoy, creo que ese es el mejor". "No es para mí", le contesté.
Y después me dijo: "Ah, creo que deberías de guardar ese secreto".
"One must be honest, one must be true of heart", le dije, citando a Eggers, pero con un tono con el que procuraba darle a entender que era broma, que en el fondo me daba igual y que si le dije, en efecto, que el libro no era para mí sólo se debió a que tuve un desliz. Afuera del horrendo Barnes and Noble la noche caía sobre Nueva York. Había mucho tráfico. Me dijo, entonces, que buscara en una librería que quedaba cerca y se fue a atender a otra persona. Bajé al sótano del Barnes & Noble y busqué otro libro que otra persona me había encargado. Un libro de Beckett. Lo vi. Lo tomé. Vi el precio. Me pareció elevado y lo devolví a su lugar. Regresando a México le dije a aquella persona que no lo había encontrado. Y después, arrepentido, le dije que sí lo había encontrado pero que estaba demasiado caro. Y añadí: "Estaba en una colección de cuentos, muchos de los cuales ya habías leído". Mi amigo no estaba enojado ni nada.
Al salir de la librería caminé un rato y comencé a sentir frío. Me perdí y entré a una calle donde habían muchas joyerías, todas estaban cerradas. Y entonces, recordé a mi psicoanalista y lo que me había dicho sobre la librería de viejo. Estaba en un barrio donde los judíos venden joyas, en una calle escoltada por dos enormes diamantes (dos farolas con forma de diamantes). "Muy padre", me dijo.
Caminé un rato y encontré la librería. Me emocioné porque había dado con ella por accidente. Entré y vi pilas de libros, amontonadas unas sobre otras. Sólo había un par de mujeres, negras y gordas, atendiendo la caja y un hombre grande forrado en un abrigo negro. Estaban platicando entre sí, riendo. Pregunté por el libro. No lo tenían. La señorita que me atendió se soltó a hablar sobre el libro y primeras ediciones. La escuché con atención y puse cara de "ni hablar". Volverían a tenerlo en un par de semanas. Yo ya no estaría en Nueva York, para entonces. Estuve husmeando un rato por la librería, en las paredes había fotografías de escritores, Joyce, Ezra Pound, T.S. Eliot y muchos que no reconocí. Algunas estaban firmadas. Robar un libro en Nueva York, como un desesperado. Correr por la calle fría de un barrio de joyeros, mientras dos gordas te persiguen, no es una buena idea. "No lo hagas", pensé. Y no lo hice. Además, una de las dependientes había tomado mi mochila al entrar (llevaba una mochila con muchos libros que compré en Brooklyn, y que había cargado todo el día; un libro no los valía; estaba agotado).
La librería Gotham Book Market es bonita. El tipo de librería que uno ve en las películas, donde bibliófilos buscan durante horas esperando encontrar un tesoro, como si fueran un personaje en una película de Polanski. El tipo de librerías que habitan el inconsciente colectivo, diría Bellatin. Grandes, colores ocres, polvo, anaqueles, libros pesados y nada de humedad.
En I. de Stephen Dixon (uno de los libros que llevaba en mi mochila, esa noche, y que aún no había leído) se habla sobre un escritor famoso, real, y una fiesta que tuvo lugar en aquella librería. Un coctel. Copas de vino tinto sobre columnas tambaleantes de libros. Un mal lugar para llevar a cabo un coctel, escribía Dixon. Y cuando lo leí, me emocioné, como me emocioné hoy, cuando leí en el libro de Steiner la referencia. Fue tanta mi emoción, tan estudiantil, que subrayé el texto y luego me sentí satisfecho y un poco tonto. Estar tanto tiempo en casa me hace mal y siento que no avanzo en mi tesis.

Saturday, November 13, 2004

Un poco de optimismo

Mi padre cumplió sesenta años el día de hoy. Desayunamos juntos. Mi madre no lo felicitó por la mañana y cuando mi padre se lo echó en cara más tarde, mi madre se lo reprochó. Mi madre a menudo se queja de aparecer como una mala persona en nuestros relatos y anécdotas. Como familia, tenemos relatos y anécdotas.
Desayuné un huevo revuelto con salmón y un bagel con queso filadelfia. Mi padre pidió unos huevos revueltos con queso y rajas y frijoles que no se comió porque no le gustaron. Yo había olvidado que era su cumpleaños, también. Cuando vi a mi hermana felicitarlo con un abrazo, la emulé. Y después nos sentamos en un restaurante, solos, y comimos más o menos en silencio. Creo que estaba preocupado por algunos asuntos de trabajo. Una amiga alguna vez me dijo que me parecía a mi padre. No sé si fue una crítica o un halago o un comentario que dijo sólo porque habíamos pasado mucho tiempo en silencio.
Ha comenzado a envejecer, mi padre. A menudo me dice: "Envejecemos", como si fuera un personaje en una novela francesa contemporánea.
Mis hermanas y mi madre no nos acompañaron durante la mañana. Una de mis hermanas está a punto de casarse y unas amigas de mi madre decidieron hacerle una despedida de soltera. Hay muchas mujeres en mi vida. Vivo en un mundo feminino, de cohesión. Mi mente es masculina, separa.
Anoche bebí con un amigo y hablamos sobre el amor que nos falta. También vi a mi amiga y le hablé sobre lo mismo. Ella, por otro lado, está enamorada de su novio y es feliz. Cada vez que su novio y yo nos saludamos nos miramos a los ojos y nos tratamos con cortesía. Mis dos hermanas están enamoradas también. A veces sufren. Mi madre tiene amor en su vida. Mi padre está viejo.
Yo leo y escribo y me regodeo en el sentimiento de tener la razón.
También: a veces lloro por las noches.
Y esto: soy un obseso del sexo.
Y esto: le temo a la soledad.
Y esto: me río de mí mismo y de mi temor a la soledad y la importancia que le doy al sexo.
Pero: sigo temiendo.
Lo que debes hacer, me dijo mi amiga, es dejar de buscar. Cada vez que puedo, la toco. Es una fuerza muy grande la que me mueve, casi una necesidad, cuando estoy con ella, a tocarla. Es un sentimiento suave y agradable, placentero, pacífico y conciliador. Sus sonrisas envueltas en niebla, también lo son. Evidentemente aún no estoy listo para dejar de buscar. Me imagino que se necesita una especie de desesperación, de desesperanza, de anulación. Volverme una especie de zombie anodino.
Planeo escribir un cuento que lleve el título "La noche de los muertos vivientes", trataría sobre la resurrección de Jesucristo.
He soñado mucho últimamente. Me gustaría ir a fiestas.
Esto también se me pasará.
Hoy, después de desayunar con mi padre, fui a la peluquería y escuché una conversación entre un peluquero y uno de los clientes. Hablaron mucho tiempo sobre los Rolls Royce. Mientras hablaban yo procuraba poner atención a lo que decían porque más tarde, pensé, le hablaría a alguien sobre esta conversación. Yo nunca hablo con mis peluqueros. Procuro no discutir con personas que manejan instrumentos punzocortantes.
Amo.
Cultivo esperanzas.
Las riego con fracasos.
Me masturbo.
Mucho.

Sunday, November 07, 2004

Listas

A continuación una lista de algunas palabras cuyo significado fingía conocer y que no fue hasta hace poco que lo supe.

1. Chabola --choza, casa pequeña, "chabolismo".
2. Tropo --sinécdoque o metonimia (o metáfora) en cualquiera de sus variantes.
3. Bulo --noticia falsa propagada con un fin específico.
4. Erinia --pinzas.
5. Proscenio --escenario, o la parte frontal de un escenario.
6. Oleaginosas --es adjetivo, aceitosas podría decirse también.
7. Lipotimia --algo así como un desmayo, en todo caso, la pérdida del sentido y del movimiento repentino.
8. Lasitud --falta de fuerzas.
9. Pleitesía --sometimiento o una muestra reverencial de cortesía.
10. Pletórico, que es como me siento ahora y la mayor parte de las veces que me siento vivo.

Friday, November 05, 2004

Ciclismo

Hace tiempo cené con una amiga, con mi amiga, con la única amiga, en un restaurante japonés. Era un restaurante muy pintoresco, decorado con ilustraciones de personajes de manga japonés y en el baño, sí, con soft hentai muy provocativo. Cuando salimos del restaurante, dimos una vuelta en auto por el paseo Reforma y nos topamos con un hotel, un hotel muy bonito que se llama Emporio. ¿Viste ese hotel?, me preguntó. ¿Qué hotel?, le dije. Ese de allá, me dijo. No. No lo había visto, así que di una vuelta en u, prohibida, a toda velocidad. Si a ella le gustaba un hotel, habríamos de ir a ver ese hotel. Era de noche y estábamos riendo. En el fondo, quizá influido por películas de hollywood o libros malos de norteamericanos tontos, esperaba que nos fuéramos quedar ahí. Esperaba entrar y pedir una habitación, sostenerle la manos mientras subíamos a nuestra habitación, abrir la puerta y encender la luz. Pero, por supuesto, no ibamos a pasar la noche juntos, en el hotel Emporio, sólo nos estacionaríamos un momento fuera, lo veríamos, esos ventanales enormes, los candelabros y los muebles de madera, y concluiríamos, en efecto, que el hotel estaba bonito.
Es extraño, esto de mis esperanzas. A pesar de tenerlas, sé que no se realizarán.
Hoy, al menos medio año después, volví al hotel Emporio, pero muy temprano por la mañana. Recogí al profesor Volpi, el gran filósofo italiano, y lo llevé a la universidad Panamericana, donde trabajo y donde él daría una conferencia. ¿Sobre qué? No lo sé. En el auto platicamos un buen rato sobre Hegel --esa montaña que no puedes mover, dijo-- sobre Heidegger, Cioran --me contó algunos chismes curiosos sobre la inauntenticidad de Cioran, sobre su moral pequeño burguesa-- y Kundera, a quien pronto conocerá. La próxima semana, dijo. Sobre Kundera me dijo algo acerca de su francés inferior y esa extraña decisión de Kundera de escribir en francés. Me hizo pensar en Beckett. Le dije algo sobre Beckett y luego sobre Steiner y estuve a punto de preguntarle sobre Houellebecq.
Pero no lo hice.
A Volpi yo no lo conocía. Sólo de vista. Y es un gran tipo. Un buen tipo. Es gracioso, también. Hace poco conocí a otra persona que conoció a Houellebecq. "Es una diva", me dijo. Son personas, éstas. Y están en el mundo. Viven. Apestan, de vez en cuando. Sin embargo, todas me parecen lejanas, envueltas en una niebla.
Es extraño.
Rodrigo y yo estuvimos envueltos en una niebla. Pedaleamos un rato, era temprano por la mañana, y más adelante en el camino nos encontramos con el cadáver de una vaca. Apestaba y estaba hinchada. Detrás, donde debería estar su culo, había un agujero del tamaño de un balón de fútbol soccer. A Volpi, Franco Volpi, le interesaba saber si a mí me gustaba el soccer. Casi un deporte nacional, ¿no?, me preguntó, con su marcado acento. Sí, casi un deporte nacional, le contesté, comenzando a hablar como él. No sé por qué me pasa eso. No, le dije, a mí gustar el ciclismo de montaña.
"Oooooh, ciclismo de montaña. Deporrrrte muy completo, ¿no?"
"Deporte muy completo, sí."
Rodrigo, uno de mis grandes amigos ciclistas, también conoce de vista y oídas a Volpi. Lo imita a la perfección. Bajamos a toda velocidad por una vereda, rumbo a Cuernavaca, hace unas semanas, y con un perfecto acento germano-italiano, grita: "¡Shiopenagüer divisó el inconsio!" Escucho esto y el metal de nuestras bicicletas zumbando en el aire. Estamos vivos y estamos felices, casi no pensamos en la filosofía, mientras pedaleamos cuestabajo. Pensamos en nuestra mortalidad.
Estamos nerviosos, por supuesto.
En una de las bolsas de la mochila que llevo sobre la espalda, además de cámaras de neumático de respuesto, herramiento, granola y gatorade, llevo un pequeño librito. Se titula Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud. Es mi talismán. Necesito un talismán. Porque temo.
Estamos solos en el bosque y yo no llevo guantes ni casco (los olvidé, estúpidamente, en la camioneta del amigo que nos hizo el favor de subirnos al Ajusco, nuestro punto de partida) así que temo, cada vez que me caigo, quebrame el craneo.
Mis manos, hacia el final del recorrido descendente de cuatro horas, están deshechas. Aún dos días después haría una pequeña mueca de dolor, cada vez que cerrara el puño.
Pero este no es el temor que nos asalta, no. Es otra cosa, está en el aire. Fue hace un par de semanas, tengan eso en cuenta. Y el día de muertos era próximo. A pesar de que no podíamos ver la luna a esa hora de la mañana, era como si estuviera ahí, llena y naranja, como las lunas de los últimos días de octubre. Era un ambiente lúgubre.
Hay una pintura, de Victor Calderón. O Miguel Calderón. Creo que es Miguel. La pintura representa a una banda de hermanos, montados sobre cuatrimotos, con el pecho desnudo y la cara cubierta con máscaras de Halloween. Son máscaras de gorilas y monstruos. La pintura, decía Calderón, estaba inspirada en una noticia que escuchó hace tiempo, de un grupo de hermanos que violaban a las mujeres y los hombres que se aventuraban a caminar demasiado dentro de los bosques del Ajusco.
Pues bien, eso está en mi cabeza mientras pedaleamos en el bosque.
Y otra cosa: un zombie con una sierra eléctrica, estoy casi seguro, aparecerá detrás del siguiente árbol.
De la siguiente curva.
En el siguiente valle.
En la siguiente colina.
Detrás de esa roca.
También vimos un gato negro, sentado a la mitad de una vereda. Antes de que llegáramos hasta él, se levantó y caminó hasta desaparecer entre la hierba. Sobre nuestras cabezas, metros arriba, había águilas volando. Parecían zopilotes. Pero no hay zopilotes en el Ajusco, ¿cierto? Oh. No lo sé. Parecían águilas.