Sunday, February 12, 2006

Kimono

Por lo general, antes de ponerme a escribir,
me enfundo primero una bata de prosas breves.
Robert Walser.
El otro día vi a Hugh Hefner hablar en televisión. Le quité el sonido (era un programa sobre el lanzamiento de la revista Playboy en Argentina) y observé algo peculiar sobre este hombre, que siempre, enfundado en sus batas de seda, parece estar muy calmado. Es realmente impresionante la realeza que uno puede aparentar en pijama.
Ahora, como usualmente lo hago, estoy usando mi bata morada para escribir este texto. Está sucia (particularmente en el interior de los bolsillos, por razones que no explicaré ahora) y pesada, pero esto tal vez se deba a que me siento cansado. Nada que ver con los kimonos que nos prestaron el otro día, a Mariana y a mí. El suyo, debo decir, se veía mucho más cómodo que el mío (estaba bastante rugoso, como la bata que uso ahora), y ciertamente se le veía mejor. Pero en general así pasa con toda la ropa.
Usamos un kimono porque unos amigos de sus padres nos invitaron a cenar a su casa.
Me explico mejor: unas personas que conoce, una pareja de un austriaco y una señora claramente mexicana, nos invitaron a cenar a su casa, allá en Ciudad Satélite. A la cena también estaban invitadas algunas personas de una embajada. La señora creyó que a Mariana le interesaría, pensando que estudió relaciones internacionales. Las personas de la embajada a las que invitó a cenar aquella noche no eran de la embajada japonesa, quiero aclarar esto, sino de la austriaca. También asistió una italiana. Y dos artistas plásticos. A uno de estos, una mujer, también le gusta Marcel Dzama, como a mí. Creo que se entiende mejor todo.
Comimos sushi, tepanyaki, tomamos sake caliente y nos obligaron a comer sentados en el piso, descalzos. A veces era incómodo. Me quité la corbata. En general, fue divertido.

Thursday, February 09, 2006

Nuevas Noticias desde la Facultad de Filosofía

1. Alguien trajo deliciosas galletas de Gino's. Me comí dos.
2. La atractiva profesora de latín se cortó el pelo.
3. Aún me tiembla el ojo izquierdo.

Wednesday, February 08, 2006

Reiner Maria Rilke

No fue hasta ahora que decidí leer algo de Rilke. Descubrí que, como Musil, estudió en la Mährisch-Weisskirchen, lugar donde ocurre lo que ocurre en Las tribulaciones del joven Törless. Quien me conozca, sabrá que esto significa algo para mí. No había leído a Rilke aunque tenía ganas en gran parte por culpa de Igby goes down, uno de mis múltiples héroes morales. Sé que esto es una razón boba. Lo tuve que leer, al fin, por las clases de la prepa. Y anoche, en la Casa del Refugio del Poeta, la copia que leí de Cartas a un joven poeta se me cayó al retrete. Por un momento, abrumado por el asco, consideré dejarlo ahí. Observé por unos segundos cómo se hundía. Y después recordé que debía regresarlo hoy a la biblioteca de la universidad. Aún está húmedo.

Monday, February 06, 2006

¡Optimismo!

Hay una relación no muy clara pero casi palpable entre las películas de terror y el miedo a la invasión sobre propiedad privada. Esta idea es un poco boba, pero después de ver el remake de la película de Carpenter The fog, y recordar Poltergeist, The Amytiville Terror, Pet Cementary y otras, casi era una idea cartesiana. A mí me gustó The fog (confieso) porque, a su manera, es una película de zombies. Y me gustan las películas de zombies porque, a pesar del tono que tienen la mayoría, son bastante optimistas. Sí, The dawn of dead tiene un final real terrible y un peor final falso (hablo del remake, no he visto la versión original). Ambos son increíblemente deprimentes. A uno le dan ganas de salir llorando a la calle. Igual que 28 days later. Y The day of the dead. Y Land of the dead. Sin embargo, a su manera son bastante optimistas, y sigo en esto a Kubrick y sus palabras sobre The shining, su única película de terror, porque cualquier película o historia que postule la vida después de la muerte, es algo bastante sano. Creo que de todas las historias de zombies la que más me hace sentir bien, en este sentido, son los Evangelios.

Sunday, February 05, 2006

Perros pequeños.


Hace unos días terminé la novela de Houellebecq, la nueva, y pensé en perros pequeños, en las mascotas y en los agujeros emocionales que pueden llegar a llenar --pensé en aquellos amigos de mis padres que antes de adoptar vivieron mucho tiempo sólo con su perro, un perro pequeño, y lo mucho que lo querían (le lavaban los dientes, lo llevaban a todos lados). Después pensé en Refu y lo que significó en su momento y que no me atrevería a confesar a demasiadas personas. También pensé en la colonia Condesa y en la cantidad de perros que tiene, que seguramente es directamente proporcional a la cantidad de parejas que aún no tienen hijos pero anhelan ocuparse en algo. En otra novela de Houellebecq, creo que fue en Plataforma o tal vez lo mencione en su crónica sobre Lanzarote, o en sus ensayos (o tal vez sea una idea que aparezca en todos estos lugares) se habla, pues, de una isla, de un universo dominado por mujeres acompañadas sólo por perros pequeños. Mujeres, pues, con perrito. Esto significa algo para alguien y es muy cómico.

Autoretrato

Iba a subir un auretrato pero al final no pude. Intentaré hacerlo de otra forma: Hace como año y medio un electricista vino a la casa en la que vivo, la casa de mis padres, y cambió los interruptores y algo del cableado de la mayoría de los cuartos. Se estaban gastando. Ya saben, la materia. Antes de que esto sucediera el apagador del baño era el de arriba y el del vestidor el de abajo, pero ahora están invertidos. Aún no me acostumbro.

Friday, February 03, 2006

Plan de vida

Gente normal, gente que conozco, ha hecho su vida o planea más o menos hacerlo de esta forma: estudiar una carrera que le brinde oportunidades de trabajo redituable, hacer un postgrado para volverse más competente, buscar una pareja y casarse, una gran casa y habitarla, invertir algo de su dinero y disfrtarlo, comprar un auto y transportarse y un perro para que, finalmente, ya que su prole haya salido al mundo, esta persona pueda disfrutar de largos ratos frente a la televisión, a la vida contemplativa, a la lectura y a su perro.
Por mi parte decidí dedicarme, tal vez demasiado rápido, a la vida contemplativa y a comprarme el perro, antes que todo lo demás. Más o menos ha resultado bien, hasta ahora. Terrible será el día cuando llegue a viejo.

Thursday, February 02, 2006

Los vecinos

Los últimos vecinos en llegar a la privada en la que vivo con mi familia y Refu, han adquirido una nueva costumbre que no tenían en los primeros meses de su mudanza. Como estos vecinos también tienen un labrador chocolate, tenemos algunas cosas en común y de qué platicar. En ocasiones, Refu salía de la casa corriendo hasta llegar a la casa de los vecinos para visitar a Moca (que, francamente, es un gran nombre para un labrador choclate). Entonces, iba y se veían a través del enrejado y se olisqueaban y hablaban sobre política y la situación de Rwanda. Yo debía intervenir estos importantes debates para llevar a Refu de vuelta a la casa y de paso hablaba un poco con el papá de la familia, que es piloto, con el hijo adolescente, que es aletargado, con la señora de la casa, que es muy sonriente, o veía de reojo a la hija, quien nunca me dirige la palabra. Total, que la costumbre que han adquirido estos nuevos vecinos es la de sentarse a leer el periódico, o a fingir que leen el periódico, en el pequeño balcón que tienen en su casa. Se ven muy curiosos, como si desearan que hubiera un mar que pudieran ver, en un ambiente bastante mediterráneo, pero no hay nada ahí, sólo aslfato y a veces yo, caminando hacia la calle, en compañía de Refu.

Dónde conviven los filósofos

En los barcos, en los trenes, en el séptimo círculo del infierno (y en los otros seis), en la dirección de la facultad, alrededor de una cubeta de tamales de higiene cuestionable, en el cine, en cantinas y en las aulas, en parques, con sus perros; en general, en lugares donde no se vean obligados a hablar de filosofía, porque eso lo hacen a solas, con libros de filósofos ya bastante muertos; así que si conviven, los filósofos prefieren hablar de fútbol, de las preocupaciones de la boda, del niño que va a nacer, de que lloraron viendo tal película y de la tesis que deben entregar. También hablan de sexo. Y de santos. Y de restaurantes. Algunas veces no hablan, fuman y beben café o té, si es que están delicados del estómago; y en general se dan cuenta de que, si no fuera por aquella otra cosa que hacen a solas y que añoran constantemente, son increíblemente ordinarios.

Tuesday, January 31, 2006

Nuevas noticias de mi cuerpo

En su mayor parte todo sigue igual, misma estatura, mismo peso, tal vez un poco más redondo en las zonas centrales. El pelo es más o menos el mismo, aunque por el centro de mi cráneo el espesor comienza a enflaquecer. La mayoría de las células muertas que me cubrían anoche desaparecieron en la regadera hoy por la mañana. Y, más significativamente, aparecieron unas como bolitas detrás de mi oreja izquierda --espero que no sea nada grave-- y el maldito moretón (gracias Adriana), ahora está amarillento-verdoso en su centro, con puntos rojizos salpicados por ahí y por allá, y morado en su contorno.

Monday, January 30, 2006

Roberto Bolaño y el Opus Dei

Exactamente por qué Roberto Bolaño tenía opiniones fuertes contra el Opus Dei, lo ignoro. Por otro lado, debo decir que disfruto mucho de su Dos cuentos católicos y en general de toda su obra (si me fueran a presionar, podría decir con toda franqueza el por qué de las opiniones de Bolaño; pero es un poco como patear al caído). También debo decir que algunas de sus opiniones las he encontrado en miembros del mismo Opus Dei, institución muy sana que ha sido guía espiritual de todas las instituciones educativas a las que he asistido, exceptuando la academia militar en la que me jodieron la mente por un lapso de, digamos, cinco años. Y también debo decir que no entiendo si una descripción pueda llegar necesariamente a ser una crítica, o más importante, si una opinión pueda llegar a constituir un ataque. Supongo que quiero decir algo con esto, pero por alguna razón, mis orejas están calientes y esto me distrae enormemente.
Recuerdo que Bolaño habla del Opus Dei en Los detectives salvajes. Nada más. Y en Dos cuentos católicos. Y nada más. ¿En Putas asesinas? Oh, no lo recuerdo.
El otro día estaba leyendo unos puntos de Camino y de Forja. En su mayoría me parecieron muy sensatos. Algo así como es mejor esforzarse a dejarse vencer. Sí, yo creo en eso. Creo que de todo esto lo que más me impresiona es la manera en que las opiniones cambian según el contexto; es mejor, en general, no tener demasiadas opiniones, guardar silencio, ver cómo las nubes cruzan el cielo.

Oh no, por favor no.

Sunday, January 29, 2006

Algunas cosas que hice este fin de semana

1. Enfermé del estómago, ligeramente.
2. Terminé La posibilidad de una isla y me deprimí, y lloré horrores y comencé a sospechar que la muerte imperará sobre el amor.
3. Vi a Mario Bellatin en un auto paralelo al mío y le saqué la lengua.
4. Me encontré a un tipo en una fiesta, un tipo que se llama Óscar, un tipo al que no había visto en mucho tiempo, o más bien que no pensaba ver en mucho tiempo, y me sorprendí de verlo y de alegrarme de verlo.
5. Le tiré una cerveza a David Miklós en los zapatos.
6. Corrí a un Samborns para verificar que no me mentían, para descubrir que en efecto, el texto había sido publicado en la revista, mi texto, y encontré la revista, no me aguanté las ganas, la compré y se la presumí a mis amigos, a mi mamá y a mi tía. Me sentí ególatra y feliz y estúpido y feliz y ególatra y después me deprimí y pensé en los valores de la Grecia clásica.
7. Extrañé.
8. Comí un bistec encebollado.
9. Manejé unas tres horas, cansado, y al llegar a casa, a pesar del trayecto que no fue tan largo, sentí las nalgas entumidas.
10. Golpeé a Refu, mi perra, porque me mordió.

Falsas: 10, 3.
Verdad: 7, 9, 5.
A caballo entre verdad y mentira: las demás.

Thursday, January 26, 2006

Sabes que eres escritor si...

Escribes.

Lista

Personas favoritas (26 de enero 2006, 1:48 p.m.):

1. Mariana.
2. ¡Jesucristo!
3. Zárate//Degetau.
4. Dave Eggers.
5. Ardavín.
6. Zagal.
7. Refu.
8. ¡Yo!

Personas favoritas (2 de abril, 1982):
1. ¡Yo!
2. Mi mamá.

Personas favoritas (3 de abril, 1982):

1. ¡Yo!
2. Mamá.
3. Papá.
4. Mónica//María del Rayo

Muchas cosas para escribir

Puede llegar a ser desesperante cuando suceden muchas cosas que disparan pensamientos o posibilidades para decir algo al respecto. La sola idea de que muchas cosas suceden y que permiten hablar sobre cómo muchas cosas suceden y que detonan maneras de decirlas, es bastante. Así que la presente entrada, que tiene que ver tanto conmigo como el resto de las entradas tienen que ver conmigo, trata sobre esto. Algunas de las cosas que sucedieron entre ayer y hoy son: una despedida a Rogelio Villareal que se va Guadalajara, observar el consumo de algunas drogas, ser golpeado en el brazo, observar el surgimiento de moretón en el mismo lugar donde uno fue golpeado, recibir el nuevo McSweeneys, trabajar, recibir el primer número de Wolphin, emborracharse, proponer matrimonio, descubrir que uno se ha emborrachado y ha propuesto matrimonio, pensar en el futuro, tener terribles, angustiantes pesadillas, dar clases, pasear por el centro con adolescentes, leer a Kafka, respirar, amar, estar atrapado en el tráfico con una de las personas favoritas de uno, descubir que decir que uno tiene una serie de personas favoritas (especialmente después de ver una buena película de Miranda July) tal vez no sea tan bueno; descubir que en efecto no es que no sea bueno, es bueno tener personas favoritas --y ser el favorito de alguien-- pero no es bueno decirlo. Besar, oh sí, y pensar en el futuro. Y en lo pragmático. Y en el hombre. Y esas son más o menos algunas cosas que suceden y me hacen pensar en que podría escribir mucho al respecto (es extraño, cuando esto pasa, que uno sabe que se podría escribir algo, que se puede comentar o crear o acumular más información en el ya-de-por-sí-saturado-de-cosas-que-suceden mundo).

Monday, January 23, 2006

Satélite

La luna, el satélite más cercano a nuestro planeta, últimamente se ha visto rojiza, como un ojo entrecerrado, muy agradable cuando se ve desde el tráfico, en completo anonimato. Y es que uno pasa tiempo en el tráfico. En ocasiones voltea a los lados y ve a todas esas desesperadas personas. A veces, es verdad, les saca la lengua o hace caras fingidas de desesperación. Y algunos, no siempre, ríen. Así, uno, es decir, yo mero, siento haber logrado un bien, aunque pequeño, a una parte, aunque pequeña, de la humanidad.
Ciudad Satélite: ahí conocí el significado de una palabra que yo nunca había utilizado. "Botarga". La escuché por primera vez en voz de una agradable y buena persona, Alejandro Montes, porque, como sólo pasa en Satélite, habíamos visto un automóvil trepado en una jardinera del cual salieron tres lagartos con brillantina en los ojos. Diría que salieron reptando, pero más bien salieron completamente sorprendidos (eran tres niñas, creo que iban en camino hacia uno de esos concursos interescolares de baile; lo cual es sorprendente pues esos concursos exigen cantidades enormes de destreza y coordinación --y sin embargo, las chicas habían conseguido estamparse contra una jardinera).
Varias semanas después, camino a Ciudad Satélite, en un puente peatonal vi que anunciaban la renta de disfraces y utilizaban la muy exacta palabra de botarga. Y, al mismo tiempo, en la radio dos locutores discutían si el Dr. Simi, o más bien las personas que utlizaban el traje, pasarían calor dentro. Más o menos eso es todo lo que tengo que decir al respecto. Probablemente sería prudente hacer una metáfora sobre cómo uno es menos dentro de una botarga, sobre cómo uno simplemente no está ahí, como si fuera un personaje de Don Delillo o Easton Ellis, y que estas cosas más o menos definen a la persona --la idea de no estar ahí, de no poseer un núcleo que se acalora dentro de su propia botarga. Pero qué hueva, neta.

Thursday, January 19, 2006

Lo importante es el ritmo

Estoy masticando un chicle de menta cuyo sabor es muy fuerte y casi siento la lengua entumida pero sumamente fresca. A veces lo mastico como verdulera, como si no hubiera un mañana, casi con desesperación, luego lo mastico con parsinomia, porque no quiero que se acabe, pero luego esta moderación se vuelve simplemente una lentitud carente de sentido, como si fuera una cerveza en la playa, aunque a veces, también me doy cuenta de que lo mastico como si fuera una cita con el dentista que vengo postergando desde hace años. Y mientras hago esto pienso en la cantidad de entradas que tengo en mi bitácora eletrónica, muchas más que las que tengo en mi diario. Por ahora han de superar las doscientas, y pienso en que de estas entradas un veinte por ciento ha de ser bueno, tal vez menos. Y quizá alguna ha de ser excepcional. Pero no se me ocurra cuál. De todas las mordidas que le he dado a mi chicle, por otro lado, sé con certeza que le mejor fue la primera.

Soledad

En ocasiones cuando estoy en el auto y volteo a los lados y los veo a todos ustedes debo recordarme que es verdad, que siempre están ahí, aún cuando no los tengo presente, aunque debo reconocer que esto es mucho más a menudo que mi completo desapego de ustedes. Pues aún por la mañana, con el sueño en la cara, los veo. En la regadera, extrañamente, sin ninguna razón fuerte o en particular, al momento que me tallo la cabeza con el shampoo pienso en todos ustedes y en la lejanía que nos separa, pienso en Mariana Arce y en Julián Zárate, también pienso en Héctor Zagal y en Adriana Degetau, pienso en el Che Guevara, en Roberto Bolaño, en Juan Manuel Ardavín, en la familia Arenas, en Cuco y en Charp y en el Pollo, pienso en Refu, en Sandra, en mi familia y ninguna de estas personas viene a mi cabeza porque lo haya pedido, sólo están aquí, ahí, acá, ustedes, todo el tiempo, está Julián Etienne y su familia, está Mariana Martínez y sus compañeras de cuarto, está la gente que trabaja en Long Island pero también la que trabaja en la facultad de filosofía de la Universidad Panamericana, Vicente de Haro, Vicente Amador, Jesús Salazar, María Elena, Jaramillo, Héctor Velázquez, demasiadas, muchas otras personas (Ross, Oscar, ¡Piú!, Mares...) Lo extraño es que todas estas personas tienen el mismo peso ontológico que yo, tienen la misma importancia en el universo; no todas son íntimas mías, pero muchas sí. Ciertamente Tom Cruise ni Dakota Fanning están constantemente en el fondo de mi cabeza, pero sé que no debo esforzarme demasiado para que así sea. Federico González, María, María Fernanda, Gabriela, Napo, Miguel Ángel, Gino, Rodrigo, Adolfo, José, Silvia, la otra Silvia, las múltiples Silvias, mis tocayos, o Rogelio Villareal, pero también el otro Rogelio, a quien francamente no conozco pero está ahí, en algún lugar de la intrincada red en la que--Tomás, Angulo, Pedro, los chicos de la preparatoria, los profesores de la preparatoria, los muertos, los aviadores, mi primo que estuvo en Irak, Soledad Solaro, las personas cuyas vidas no son interesantes pero así lo creen, el argentino que conocí una vez y que sólo vino a México para conocer los basureros, las personas que atienden en las taquillas, en los Blockbusters, en Videodromo, los intelectuales, los escritores, Benjamín Morales, Mario Bellatin, Juan Villoro, Sergio Pitol, Dave Eggers, Eli Horowitz, yo, yo, yo, tú, Bill Gates, Bukowski, Arrache, Diego, Jorge, todos los meseros, todos los astrónomos, todos los electricistas; el otro Guillermo que es amigo de Julián Zárate, el otro Guillermo que es amigo de Julián Etienne pero a quien no conozco, la otra Mariana que estudió conmigo y se casó y que tiene un hijo que se parece demasiado a Patricio, Claudio, el esposo de Silvia, su hermana Tania que alguna vez fue novia de José, la hermana de José que es novia de Edgar quien a su vez es amigo de Pavel y que tiene una novia que se llama Mariana que conoce a una de mis mejores amigas. También está María José y su madre y el resto de su familia. También está Yuli y mis ahijados. Y mi tía y Raúl que ya murió y mi abuelo Pepe que tiene cataratas y mi abuelo Eduardo que no tiene cataratas ni vida, y mi Padre, y mi Madre y mis hermanas y luego el sol, y los átomos y la unidad de la carne; pero también la separación y el frío porque también pasa que muchas veces simplemente no están ahí.

Monday, January 16, 2006

Dudas sobre mi hombría

Mi vecino tiene un boxer que se llama Tarzán. Es café, fuerte y un poco tonto. A diferencia de mi labrador, Tarzán sigue en entrenamiento. Así que hoy, al salir de mi casa después de comer me encontré con el entrenador de perros que entrena a los perros entrenables en mi privada. Esta amable persona se llama Alan Malo. Dejen les cuento algo curioso. Hoy, nos saludamos y nos despedimos después de preguntarnos algunas cosas sobre nuestras vidas. Instantes después, cuando arrancaba mi auto hice eso que a veces hago, despedirm extendiendo la mano como un piel roja y sivé, sólo que ahora traía el vidrio de mi auto abajo y seguramente Alan Malo sólo vio cómo levantaba mi mano como piel roja y hacía un gesto con la cara, sin escuchar mi silvido. Mi pregunta, desde entonces hasta ahora, es si no habrá pensado que le estaba mandando un beso.

A mis veintitrés

Me siento viejo. Me duermo en el cine. Ryan Phillipe, rebasando la barrera de los treinta, se ve más saludable que yo en la pantalla. Si me pagaran, me digo a mí mismo, conservaría mi cuerpo. Pero lo dudo. Es decir, dudo que alguien quisiera pagarme para hacerlo. Cuando no puedo evitar hacer esfuerzos físicos, el tipo de esfuerzo que me hace sudar y acelararme el corazón, me siento adolorido por varios días. Pero existe un cierto placer al observar el constante e inevitable crecimiento de mi barriga. Creo que seré un viejito muy feliz, cuando finalmente mi cuerpo comience a pudrirse por dentro. Sólo espero conservar la vista.

Thursday, January 12, 2006

Un peine menos de oro para Mr. Burns

Regresaba del trabajo ($7,500 al mes, a veces más si trabajo bien) en mi flamante auto ($100,000 en mercado libre, 32 kilómetros más o menos) a la casa de mis padres. Creo que había cenado con mi novia ($200 pesos por persona) o había ido al cine ($45 el boleto de cada uno, $40 el estacionamiento, $50 más o menos de refrescos y nachos). Era uno de esos días en que no sabía qué había hecho, uno de esos días que se confundían con los demás. Un día, pues, bastante normal y ordinario. Recuerdo, en fin, que llevaba mi corbata Hermes ($100, un estampado barato) y un traje que me había mandado hacer a un precio que no recuerdo. Lo cual, pues, significaba que en la mañana había ido a dar clase en la preparatoria ($1,700, menos, según los impuestos, al mes). No, tal vez no había ido a la escuela a dar clases. Ni había visto a Mariana. Estas cosas, cuando suceden, las recuerdo bastante bien. Y no era uno de esos días. Pues, además de que sabía con certeza que no había visto a mi novia, llevaba tenis. Y cuando voy a dar clases a la preparatoria, no uso tenis. Los tenis que llevaba eran marca sketchers y eran mis tenis favoritos y el jardín estaba oscuro así que no me di cuenta cuando pisé la mierda de mi perra ($10,000, la perra, no la mierda).
Mi madre llevaba mucho tiempo insistiendo en que me deshiciera de mis tenis (¿$400?, ¿$700?) pues se veían muy feos. Y ahora olían mal. Endemoniadamente mal. Como a Pro-Plan para Adulto con sabor a pollo procesado ($480 en la veterinaria más cercana). Así que, ¿saben qué hice en lugar de limpiarlos afanosamente? Abrí el bote de la basura, los tiré y subí descalzo a mi cuarto donde encontré un Ipod nano que me había regalado mi papá sólo porque sí.

Wednesday, January 11, 2006

Café del Lago

Hace tiempo me presenté al restaurante café del Lago. Llevaba mi corbata Hermés. Mi traje confeccionado a la medida. Mis zapatos sucios. En la recepción, un joven de mi edad, o tal vez más joven, que llevaba el pelo hechado hacia atrás y lustroso. Me preguntó a quién venía a ver. Se lo dije. Y entonces tomó una especie de radio, pero no un radio tipo guarura ni un radio enorme, era un radio pequeño y chic, por el que dijo: "Ya está aquí". Y me hicieron pasar. La persona a la que venía a ver aún no llegaba al restaurante, así que me pasaron y me tomaron la orden. Bebí una limonada. Tal vez una narajanda, mientras esperaba. No lo recuerdo muy bien. Por la ventana, que daba al lago de Chapultépec, vi patos y pensé en que si padre estuviera ahí conmigo hubiera hecho aquella broma que siempre hace cuando ve patos en estanques o lagos: "Mira, el agua no ha de estar tan honda, ve hasta a dónde le llega a los patos". No es una broma graciosa.
Al poco rato llegó la persona a la que esperaba, esposa del dueño del lugar, madre de un compañero de la preparatoria, a quien no veía en años y ante quien siempre debía volverme a presentar, pues no me recordaba a menos que la viera una semana sí, una semana no. No era una de esas veces. También le hablé de cómo mi hermana la conocía, pues en otro tiempo, esta señora, que iba muy guapa, rubia, con alajas innecesarias, había sido enfermera. Me hizo pensar en el texto de Bolaño, que transcribí abajo, y la escuché con pereza.
Hablamos sobre un proyecto y del pequeño trabajo que tendría en él. Tenía que redactar un texto para meter a un boletín que se presentaría a distintos empresarios, entre ellos a Slim, pues querían un poco de dinero para una construcción que se llevaría a cabo en Santa Fé. Varios millones de dólares. Así que eso fue. Bebí mi limonada, tal vez naranjada, y salimos del restaurante. Para entonces, ya otra persona nos acompañaba. Otra señora, muy parecida a ella y que me hizo pensar en una escritora que me dio un curso no hace mucho tiempo, que a pesar de tener cincuenta años, tal vez menos, se veía como de treinta. Era muy extraño.
Esperábamos al valet. Me dijeron: "Qué bueno que todavía hay jóvenes entusiastas", y les escuché sin entusiasmo. "Háblanos más de tu revista", les hablé un poco más de mi revista. "¿Y qué necesitas para tu revista?", me preguntaron. "Dinero", les dije, y reímos, pues sabíamos que nadie se iba a intercambiar dinero, ahí mismo. Me preguntaron también si quería un aventón, cuando llegó el BMW de una de ellas. Tal vez era un Audi. O un Mercedes. "No", les dije, "traigo mi auto". Y cuando finalmente llegó, me subí y arranqué y pensé en mi vida de Sultán.

Notas para componer un espacio, de Roberto Bolaño

Las mujeres que llegan a la Casa del Lago
con sus automóviles y sus hijos
de un año o tres o cuatro
me observan soñolientas
Ellas son rubias y gustan pasearse por las galerías
donde se pudren cuadros hecho por muchachos decentes
Ellas me miran mientras sus hijos deciden
si se orinan en los pantalones o no
Ellas me transmiten con sus movimientos
la certeza de una pequeñoburguesía en ascenso:
piernas que han usado los tecnócratas
muslos que han usados los tecnócratas, pezones
que han usado los tecnócratas
En ellas veo a muchachas
que no hace más de uno a tres años
pensaron en la vida como algo diferente
a esta manzana de plástico fácilmente predecible
En ellas aún puedo ver a muchachas
en primer semestre de Filosofía
apareciendo intempestivamente en tu cuarto de entonces
y gritando te amo te amo
o cogiéndote del pene
en plena calle
ante el horror de las madres
de sus futuros maridos
y leyendo poemas de ellas mismas
donde decían no me voy a vender
mi amor no necesita paraguas
donde se mostraban al mundo de una
manera limpia
mi amor es la lluvia
Ellas levantan a sus bebés y pareciera que te los ofrecieran
Ellas se pintan los labios mirándote
en los espejos de sus coches
pero en verdad te ven a ti que te alejas
Que te alejas
más aburrido que asqueado
pensando en muchachas que no hace más uno o tres años
(¿o dos semanas?)
navegaron en una cama por 1a vez contigo
enterándose que un orgasmo es algo definitivamente Bello
y Explosivo
y siendo dañadas por esa explosión
y por esa belleza
Ellas meten sus cosas en el auto
bolsas, programas, afiches, niños, extrañeza
y se van a buscar al esposo a la oficina
Y aceleran, aceleran, aceleran
pero la Tierra se mueve mucho más rápido que ellas.

Tuesday, January 10, 2006

Drama

¿Es esto demasiado? ¿Que el gran drama en mi vida durante los pasados días haya sido decidir si estaba bien que mi padre cambiara mi Jetta, que compró él, por un Mini Cooper? Y que, por otro lado, mi pequeño gran drama que experimenté hace unos momentos mientras tomaba el sol fuera decidir si debía o no permanecer ahí, en una banca, donde el sol me picaba pero no me calentaba.

Lista "si fuera judío me sentiría culpable de ser judío".

1. Junior
2. Chiqueado
3. Aniñado
4. Fresa
5. Pop
6. Condechi
7. Burgués
8. Clase media alta
9. Hijo de papi
10. "Mi niño"
11. Inmaduro
12. Princesito
13. Dependiente

El Sultán

En ocasiones me pregunto si no fui una especie de tirano en otra vida. Puedo pasar juicios, sin preocuparmente demasiado al respecto, en silencio a siestra y siniestra. No me siento mal cuando juzgo a las personas, viéndoles a la cara, sin decir nada, maquinando. Por supuesto, después de un rato advierto esto y procuro cambiar.
Pero luego suceden otras cosas que me hacen pensar en vidas pasadas, en las que probablemente fui un Sultán. Como cuando Sandra, la chica que nos ayuda con el aseo de la casa, me pregunta qué quiero cenar. Le digo, sin realmente reparar en el asunto, que quiero un licuado de plátano. A veces, sospecho, podría pedir un caldito de camarón y me lo darían sin chistar. Más tarde, después de haber pedido mi licuado de plátano, Sandra sube a la sala de televisión. No se lo he pedido. Simplemente, decide subir a la sala de televisión, donde estoy viendo algo que no recuerdo, y me dice: "Aquí está Memo". Para Sandra no soy Guillermo, soy Memo. Y le doy las gracias. Y hago como que me río, tratando de transmitir la idea de que no era necesario, la idea de que estoy agradecido. Después pienso si estoy realmente agradecido. Supongo que lo estoy.

Sunday, January 08, 2006

El mejor escritor

Ser el mejor escritor del mundo es terrible y difícil. Exige mucho trabajo. Exige lecturas y lecturas. Lecturas mientras tomas la sopa y que incluyen a escritores no muy buenos pero que ya están muertos. Como Bukowski. Así que estás leyendo a Bukowski mientras te tomas una sopa de letras, en la bonita casa que a tu padre le costó tanto comprar y que se encuentra en una bonita zona de la ciudad. Lo estás leyendo y algo de la sopa cae sobre las palabras y no te importa, pues no es un libro que aprecies demasiado. Sólo es un libro que estás leyendo para pasar el rato, como lo haces a veces en el baño. Y como ahora estás comiendo solo, te pareció una buena idea. Ser el mejor escritor del mundo no te garantiza que siempre estarás acompañado. Mucho muy al contrario.
Lo que sí te garantiza ser el mejor escritor del mundo, dejen les digo, es la envidia. La terrible pero inconstante envidia de los demás. Hay ocasiones en que no eres el mejor escritor del mundo. A veces, sólo eres un tipo. Un tipito. Que viste bien y que no ha trabajo demasiado por las cosas que posee. Un tipo que camina por la calle con su perra. Que lee a personas que estás muertas o a otras personas que no están muertas pero actúan un poco como si lo estuvieran. A veces, te sorprendes a tí mismo, en lugar de estar escribiendo, estás corriendo en el bosque o estás andando en bicicleta o estás en una pelea o estás en un avión o estás esquiando o estás veleando o estás vomitando o acostado en una cuneta. Te encuentras borracho, enfermo, lascivo, odioso. Y te das cuenta que también estás escribiendo. Y entonces todo se va un poco a la mierda. Porque comienzas a crecer sobre tí mismo y sobre los demás y entras, sorprendentemente, rápidamente, a la eternidad. Dejas de ser ese tipo que se hurga la nariz cuando está atorado en el anonimato del tráfico, y te vuelves casi un dios. No un dios demasiado grande, algo pequeño, suficiente y eterno.
Exactamente qué es lo que sucede, no lo sabes. Pero cuando abres el libro de otro escritor, un escritor pequeño, y lo lees sabes que está mal. Porque sabes que sigue vivo y que está cómodo en su propia piel. En cambio, con los otros, los muertos, eres tú el que se vuelve insignificante. Ay, el tiempo. Ay, la comezón que me da en la nuca en este momento.

Wednesday, January 04, 2006

La manera en que se bebé café

De pie, sentado en un café, caminando en círculos en tu habitación, mientras piensas en tus graves, gravísimos, problemas económicos y de religión. Con dificultad, porque estás corriendo hacia el trabajo. Negro. Con leche. Con dos de azúcar. Llamándolo de otra manera, aunque es igual y es cortado. Como un carajillo. Con pan. Con donas que sumerges para gran molestia de tus familiares políticos. En el aeropuerto, a las cuatro de la mañana. En el Vips, después de una asquerosa noche de fluidez etílica. Por la boca. Negándote. Aceptándolo con gusto, de la misma forma en que aceptas la manera en que está organizada el universo. Con licor. Express. Capuchino. En grandes cantidades. En café muy fufurufu. En una pocilga. En un Starbucks, para tu eterna culpa. En vaso de unicel, en vaso de plástico, en un vaso porque ya no hay tazas. En taza, sentado frente a un mar tormentoso. Como en un anuncio de Nescafé, como en una película, como en una manera que te provoca sentimientos que ya han sido experimentados por alguien más. En la sala de urgencias, para contrarrestar la no muy grande cantidad de barbitúricos que tomaste. Sin leche. Sin dos de azúcar. Aguado, bajo la lluvia. Frío. Helado. Asqueroso. Con el deseo de desayunar algo más. Un té, tal vez.

Sunday, January 01, 2006

Esprit d'Escalier

Si hubiera pasado el año nuevo en París, seguramente hubiera visto los fuegos artificiales en la torre Eiffel, como tantos turistas sin saber que hacer. También aprendería una expresión francesa, esprit d'escalier, o el espíritu de la escalera, que se refiere, como todo mundo sabe, a esa sensación que uno experimenta cuando tiene la frase exacta, el argumento, el insulto o el pensamiento --pero momentos, muchos momentos, después de que se necesitara.
Ahora tengo eso.
Pasé la Navidad y el año nuevo en Saint Michel (San Miguel Octopan Guanajuato). Voy regresando de ahí. En el camino, a unos metros de la carretera, vi al menos cinco incendios que me hicieron pensar en, sí, lo siento, El Llano en Llamas.
Alguien se está haciendo pasar por Enrique Vila-Matas, en un gesto muy Vila-Matesco, aquí, en los comments de mi blog. Debo decir que es gracioso. Y que estaría con madre, como dice un amigo, que fuera el verdadero Vila-Matas. Por otro lado, si lo fuera, creo que me caería mal que hablara tanto sobre sus propios libros. O tal vez no. Tal vez me caería bien y lo comprendería, entendería que uno necesita inflarse el ego para seguir, convencerse de que es de los mejores.

Sunday, December 25, 2005

Historias de amor

En 1956, este mismo día, 25 de diciembre, murió Robert Walser y le tomaron una fotografía a su cadáver tendido sobre la nieve. Uno de los libros que me gustaría leer en esta semana que tengo de vacaciones es Historias de amor, de Robert Walser, una pequeña compilación que no estuvo en sus manos, pero que sacó hace poco Siruela. Por alguna razón, no me parece de mal gusto que el libro lleve la fotografía de su cadáver en la portada.
Me gustaría decir que estuve pensando en esto mientras intentaba desaparecer mientras veía el Sena, al atardecer. Que escribí varios poemas y que algunos de ellos los aventé al agua y otros los escondí en la Biblia de mi anónima habitación. Que en las playas construidas en algunas de las partes del Sena, a pesar del frío y con un acto de valentía y exhibicionismo, varios homosexuales se tendían en tangas a merced de los últimos rayos del Sol. Pero probablemente ahora París esté nublado y tal vez haya lluvia, no lo sé. Me hubiera gustado haber pasado algunos de mis días de vacaciones ahí, visitando museos para, una de dos, descubrir que estaban cerrados o advertir cómo las personas se detenían un momento ante una obra de arte, hacía una pose de estar interesados y, sin más, caminar a la siguiente obra de arte. Todos con cara de que lo disfrutan enormemente. También me hubiera gustado comer en un restaurante japonés, ser el único cliente, dejar que los meseros me invitaran a su mesa después de un rato, al descubrir que nadie me acompañaría en mi cena de navidad.
¿Qué es lo que más recuerdo de Lejos de Veracruz? La frase Rey del mambo y al mayor de los hermanos Tenorio que pasaba mucho tiempo en su casa con pos de escritor, escribiendo sobre viajes que nunca realizó, enfundado en una bata roja, fumando una pipa. Tal vez debería fumar una pipa. Prender una chimenea. Salir a pasear con mi perra, envuelto en mis pensamientos.
¿Qué es lo que más recuerdo de You shall know our velocity? La velocidad. El brinco que hacen los personajes de un árbol a otro árbol. La boda en Cuernavaca. El museo de memorias que está oculto bajo una verde colina. Las apresuradas compras antes de partir. Tal vez debería volver a hacer un viaje en compañía de mis amigos.
Tengo sed.

Friday, December 23, 2005

París, mismo día.

En la planta baja del edificio en el que se encuentra el hotel hay un pequeño restorán japonés del cual suben olores y ruidos de cocina que se me antojan muy acogedores. Debo subir una escalera de la calle para llegar a la "recepción" (un escritorio con un señor amarillento que lleva en una libreta un registro de las personas que entran, salen y qué habitación ocupan), así que cada que entro y salgo del hotel, paso por el restorán. Siempre imagino que la persona que está parada afuera (un japonés canoso que habla un buen inglés y un buen francés y seguramente masca el español), me va a invitar a pasar. Tal vez cene ahí esta navidad.

París, otro día.

Por supuesto, mi amiga sabía muy bien que no estaba en mi caracter hacer cosas motivado por un fuerte espíritu de aventura. Así que no está en mi caracter irme de Roma a París en el tren nocturno y gastarme, definitivamente, los ahorros que destinaría para El Inquilino. Así que no tomaría el tren nocturno ni conseguiría cama porque, como era de esperarse, el tren estaría atiborrado con turistas como yo y buenas y sensibles personas que quieren llegar a París para navidad. De ser así, por supuesto, sería un suplicio. En algún momento de la noche, que pasaría en un pasillo entre dos mochileros que ocuparían todo el espacio disponible con sus sleeping bags extendidos, entraría la policía de customs con sus perros y sus laptops y me pedirían mi pasaporte --que, seguramente, no encontraría porque estaría hasta abajo de mi mochila, una jodida mochila que habría de haber organizado en ningún momento por estar corriendo de un lado a otro. Estas cosas, de haber estado en mi caracter tomar el tren nocturno Roma-París, sucederían más o menos cuando estuviéramos cruzando los alpinos.
De ser un joven emprendedor, una persona que sale al mundo y no se queda encerrado en su cuarto en Roma, pasaría horas medio dormido en el tren hasta que el sol entrara como una explosión puesta en pausa por los ventanales de los pasillos y buscaría, probablemente, un asiento libre en otro de los compartimientos donde terminaría, de nuevo, You shall know our velocity. Conocería a un australiano que se llamara Dirk. Le preguntaría, estúpidamente, si conoce a Diana Palaversich, una australiana lectora de Bolaño y amiga de Villareal, un amigo; pero, por supuesto, a menudo olvido que Australia, la isla, también es un continente. Así que Dirk me vería un poco con cara de "No, después de todo Australia es un país enorme". Así que cambiaríamos de tema, si yo estuviera ahí, y le preguntaría sobre la sobrepoblación de liebres. Y le contaría sobre la sobrepoblación de tejones en China (Xian Yang) que intentaron solucionar criando ¡águilas! Así que eso, irremediablemente, nos llevaría a Dirk y a mí, al problema de la sobrepoblación de águilas que tienen ahora algunos pobres chinos. Reiríamos horrores. Y Dirk estaría visitando a su novia en París. Y guardaríamos silencio. Y luego comeríamos algo, el sándwich de queso frío más caro del universo, en el bagón-comedor.
De animarme, me hubiera despedido de Dirk, casi sin querer, en la estación y caminaría hacia Mont Martre donde vería un bonito amanecer. Luego buscaría un hotel que se acomodara a mis precios en el barrio latino y me obligaría a preocuparme hasta más tarde por cambiar mi boleto y por hablarle a mis padres y explicarles porqué no estaría en México para Navidad. Mis padres se enojarían, me gritarían o se sentirían muy desilusionados y esperarían que estuviera de vuelta para año nuevo. Seguramente eso harían. Así que, sabiendo esto, la preocupación por hablarles no sería demasiada y me dispondría a buscar el nuevo libro de Houellebecq en alguna de las librerías de Saint Germaine (la de Taschen aún no estaría abierta), pero no lo encontrarías, así que compraría uno de sus libros de poemas (La sense du combat), que, por supuesto, no entendería y seguramente tendría que regalárselo a alguien.
¿Vería el Sena? Sí. ¿Me emocionaría? Un poco. ¿Me sentiría parte de una novela? No hasta dar con la calle Veneu. ¿Cómo sería este sentimiento? Ligero, pasajero, vano.

Lista

Algunas cosas que llevo en mi mochila:

1. Pasaporte.
2. Cinco ñoñísimas mudas de ropa interior térmica.
3. Tres boxers.
4. Pantalón de mezclilla.
5. Pants.
6. Tres playeras.
7. Camisa.
8. Dos libros que ya leí.
9. Una barra de granola a medio comer.
10. Diccionario Italiano español, que no abrí.
11. Diccionario Francés Español, que no he abierto.
12. Guía turística de París.
13. Medallita de San Francisco de Asís.
14. Recibos.
15. Travellers Check (en realidad no los llevo en la mochila, sino en una especie de bolsita).
16. Reloj.
17. Tarjeta telefónica para llamadas internacionales que no he conseguido utilizar.
18. Un deseo ardiente por pasar penurias literarias.
19. Pedazo de boleto de Eurail.
20. Boleto de avión que aún debo cambiar.

Wednesday, December 21, 2005

Assisi-Roma, cuarto día.

Anoche decidí que no había nada realmente a lo que tuviera que regresar en Roma, a no ser mi anónima y desocupada habitación de la Villa Tinorio, así que decidí tomar una habitación muy barata en un hotel que se llama Dei Priori, aquí en Asís. El hotel está en un edificio que, con sus constantes remodelaciones, ha conseguido estar en pie desde 1400. Los nacimientos iluminan la mayoría de las calles y hace mucho, mucho frío. Pero, por alguna razón, no me parece tanto como en Roma. Traigo mi único abrigo, ropa interior térmica (cinco mudas en total), y varias capas de playeras --un solo suéter. La mejor época para visitar, entiendo, es en verano así que no hay demasiados turistas. Debo decir que, también a diferencia de Roma, Assisi es un lugar muy alegre y espiritual.
Ayer, después de comer en la estación me subí a un camión que trajo a unas cuantas personas al pueblo. Se paró en tres ocasiones distintas antes de llegar a Assisi --al final sólo quedó una pareja de japoneses, o de chinos (no sé distinguirlos, es terrible pero cierto), y cuatro chicos sudamericanos. En realidad, un chico y tres niñas a quienes preferí no dirigirles la palabra. Como equipaje llevaban pequeñas maletas cuadradas, de esas que parece tienen todas las aeromozas y pilotos, esas que, por alguna razón, exasperan cuando las vemos rodar por los aeropuertos. Exactamente cómo rodarían las rueditas subiendo por la gran puerta medieval que da entrada al pueblo y a través de las calles empedradas, lo ignoro. Visité muchas iglesias, comprendí más o menos por qué se puede ser santo aquí y vi a Dios. No lleva barbas blancas ni batas largas, es más bien como una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. No es un Dios sangrante ni crucificado. Es más bien como una mente que engendra la palabra y persevera en la unión. Me compré una pequeña medallita con la imagen del santo.
Cuando conseguí la habitación subí de inmediato y abrí una ventana y dejé que el frío me pegara en la cara. Abajo, un grupo de frailes (franciscanos) tenían a varios muchachos sentados en un círculo. Distinguí entre ellos a los sudamericanos. Estaban jugando algo, era como encantados, no sé, el caso es que tenían que correr alrededor del círculo y volver a su lugar antes que otra persona lo ocupara. Parecía divertido y debí haber bajado, pero me sentía muy cansado. Y algo triste. No sé por qué. Extraño a Mariana. No había televisión en mi cuarto.
¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunté por la noche, acostado. "Estás buscando de qué escribir", me dije con una voz que no era la mía, "crees que el único tema que vale la pena no es el amor ni la muerte, sino el viaje o la persecución". Y después me callé un rato. Y me agregué: "Estás buscando a Dios". Pero Dios es aquel a quien la mente sólo conoce en la ignorancia, me dije, la tiniebla que permanece en el alma después de toda luz, un amor que en cuanto más se posee más se esconde, el único que vive del pensamiento de sí mismo. Y dormí tranquilo.
Hoy el sol entró como un grito y vi un cardenal rojo en la ventana. Casi no me la creía. De las treinta y cuatro habitaciones, de los cuatro pisos del pequeño hotelucho, el cardenal había decidido posarse en mi ventana. Tal vez lo mandaron poner ex-profeso. Cuando estaba listo para salir, supe que la única razón o explicación de mi viaje y que se está comiendo todos mis ahorros y que probablemente me enemiste con mi familia durante varios meses, es que una amiga me dijo que no tenía un espíritu aventurero.
En el tren de vuelta a Roma, decidí que mañana tomaré un tren a París. Toma como día y medio, es más barato que el avión y me alejará de una vez por todas de esta jodida ciudad. Aunque tal vez debería tomarlo por la noche, así dormiría al menos la mitad del trayecto. Tendré que cambiar mi boleto de avión para el regreso a México. A nadie le importa, en estos cuatro días nadie me ha escrito preguntando por mí.
O bueno, sí, un amigo me dejó un mensaje aquí. Creo que fue Julián. Opina que debo ir a Nápoles a visitar al Dr. Pasavento. Según yo el Dr. Pasavento estaba en la Patagonia. No lo sé. Yo iré a París y visitaré, entre otras cosas, la Rue Vanue.

Tuesday, December 20, 2005

Asis!, tercer dia.

Acabo de comer una pizza en el pequenio Dominos Pizza de la estacion y he tomado el camioncito que lleva a Assisi, o como se escriba. He estado buscando un teclado en el que hayan enies y acentos, como en el del hotel de Roma, pero no hay nada. Por tanto, no escribire demasiado sino hasta en la noche ya que regrese a la ciudad. En el tren, un viaje de una hora y un cachito, termine finalmente Lejos de Veracruz por segunda vez. Tambien: revise mi correo y parece que a nadie le importa que me haya ido tan de improviso de la ciudad. A ver que encuentro a mi regreso.

Monday, December 19, 2005

Roma, segundo día.

Sigo en el hotel. Supuestamente mañana miércoles no va a llover y estará muy despejado. Pero puta madre, pinche frío. Y lo peor: no me pude ir a Asís. Toma sólo una hora en tren (en la línea que va de Roma a Ancana), pero no conseguí boletos sino hasta mañana. Seguramente si hubiera ido a la estación lo habría hecho, pero estuvo lloviendo todo el día y no me desperté hasta pasadas las dos de la tarde. De todas formas, un español muy amable que atiende en la recepción de aquí (o que al menos habla con acento de español), me registró para uno de los trenes que salen mañana por la mañana --sale uno cada hora. Me explicó que la semana pasada se terminó la recolección de la oliva en Asís y que durante esta semana se celebra algo que se llama "el buen samaritano de la carretera", pero no me explicó en que consistían las festividades. El pueblo estará prácticamente muerto hasta el día 24 con las liturgias solemnes, los conciertos de música navideña y los nacimientos que se ponen en todo el pueblo (para entonces ya estaré de vuelta en México).
Desayuné, almorcé: Un huevo duro. Un jugo de naranja. Un café (muy bueno). No había prácticamente nadie más en el comedor, lo cual se me hizo muy raro. Los camareros me veían como si tuviera la peste.
Ahora no tengo sueño, es cerca de la medianoche y tengo ganas de salir. Toda la tarde me la pasé en el cuarto de hotel buscando, sin éxito, pornografía en los canales del hotel. Por alguna extraña razón, y a diferencia de otras ciudades de Europa, en Roma no hay pornografía en la televisión abierta. Leí un poco de You Shall Know Our Velocity pero pronto lo dejé porque me llené de envidia. Ni ganas me dieron de abrir el Vila-Matas, así que fui a la ventana donde vi pasar las motonetas en la lluvia durante un rato. "Me hubiera traído Una novelita Lumpen de Bolaño", me dije. Pero seguramente tampoco la hubiera leído. Me acordé de que el día en que fui a casa de mi novia para despedirme (¡apenas hace tres días!), me dijo, casi como una confesión, que cuando se sentía triste iba a Gandhi a comprarse un libro. Bromeamos sobre el tipo de libros que uno compra cuando está triste. La última vez se llevó Crimen y castigo y La náusea. Se me va a acabar el tiempo de la tarjeta prepagada --tienes que pagar unos cuatro euros por una tarjeta de veinte minutos en la recepción. Mañana, Asís.

Sunday, December 18, 2005

Roma, primer día

En uno de los primeros años de primaria, recordé en el avión a Roma, uno de nuestros profesores nos enseñó cómo escribir números romanos. Comenzó con el I, luego con el II y luego con el III. Parecía sencillo, así que cuando nos preguntó si alguien sabía cómo escribir el número cuatro en números romanos, yo me aventuré y dije, "Yo sé", me levanté de mi pupitre, tomé el gis que me extendía y escribí en el pizarrón:
IIII
Otro compañero se levantó después de que me regresaran a mi asiento y escribió en el pizarrón:
IV
Y el profesor lo felicitó porque su padre le había enseñado algo que yo no sabía. Es uno de los primeros recuerdos que tengo en los que me siento tonto. Y en eso pensaba cuando, por otro lado, en el vuelo trasatlántico, veía cómo una chica despertaba a un chico para preguntarle si se acordaba de ella. Unas horas antes ambos habían platicado largo y tendido sobre la vida y del porqué iban a Europa. No escuché mucho porque estaba haciendo como que leía (retomé You shall know our velocity!, el único libro, junto a Lejos de Veracruz, que tomé en las prisas para el viaje), pero parecía que se entendían bien. Era ese momento en el vuelo en que todo mundo está muy despierto y la luz entra por las ventanas y las bebidas se están repartiendo. Pero horas más tarde, cuando todo mundo está dormido y las persianas abajo, es comprensible que el chico le haga gestos a la chica, gestos muy amables pero que quieren decir: No, no me acuerdo de tí, por favor déjame dormir. Ay, todo empieza y termina tan rápido.
Llegué al aeropuerto de Roma como a las cuatro de la tarde en un estado similar al del sonambulismo. Tal vez por eso decidí tomar un taxi pirata en lugar de los que te ofrecen ahí afuera, en el aeropuerto, lo cual contribuyó enormemente a que me estafaran y me cobraran demasiados euros sólo para que me llevaran al hotel Villa Tinorio (donde estoy ahora, en el "centro de negocios" --un cubículo con fax, conexión inalámbrica y varios teléfonos). El hotel está a unas cuadras del Coliseo, según vi más o menos en el trayecto. El taxista tenía tapado el taximetro con una cajita de cartón que no quitó sino hasta que llegamos. Esa tarde, dormí un chingo y cuando bajé a cenar ya habían cerrado el comedor. Tuve que salir hace como media hora buscando un súper donde me compré unas como papas fritas que no sabían a nada y una coca cola. Me caga Roma. No sé qué hago aquí. Es todo sucio y hostil y caótico. Es como si estuvieras visitando el DF por primera vez desde provincia. Entiendo que la gente no llega a caudales sino hasta finales de la próxima semana (para entonces ya no voy a estar). Hace un frío del carajo. ¿Ganas de ir al Vaticano? Ninguna. ¿Por qué? Porque ya lo conozco. ¿Coliseo? Tampoco. ¿Necesidad de haber conseguido un hotel barato y céntrico? Inexistente. ¿Me la estoy pasando bien? Más o menos. Mañana iré a Asis, he decidido.

¡Divertidísima lista!

Partes de mi cuerpo que preferiría perder antes de perder mi estómago:

1. Mi brazo izquierdo.
2. Mi pierna derecha.
3. Mi brazo derecho.
4. Mi pierna izquierda.
5. Mis dedos.
6. Mi pelo.

Partes de mi cuerpo que preferiría perder antes de perder mi capacidad de escribir:
1. Mi pelo.

Partes del cuerpo de mi vecino que le arrancó uno de sus pacientes durante una de sus consultas psiquiátricas:
1. Sus ojos.

Saturday, December 17, 2005

King Kong, reseña.

La versión de Jackson de King Kong es una buena película, deberían ir a verla. Yo la vi en uno de los cines de la cadena Cinépolis, al norte de la ciudad de México. En realidad, fuera de la ciudad de México, en una de esas ciudades dormitorio que están llenas los sábados. La sala, por supuesto, estaba casi a su capacidad máxima y me costó trabajo encontrar lugar, pues no buscaba lugar sólo para mí sino para la persona que me acompañaba. Temimos que nos tocara hasta adelante, donde seguramente terminaríamos con un dolor de cuello o donde, de haber sido un show de animales acuáticos entrenados, como el de Shamú en Waterworld, nos hubieran mojado. Pero no era un show de animales acuáticos entrenados, era una película y duraba bastante, y sabíamos esto, así que era necesario que encontráramos un buen lugar para disfrutarla y como habíamos entrado más o menos tarde (en parte por mi culpa y mi manía de comprar, tenga o no tenga sed, un refresco a la entrada del cine), era una tarea difícil. Finalmente, en el flanco extremo de la sala dimos con unos asientos. A la derecha, de frente a la pantalla, daban con un muro. A la izquierda, a una pareja que estaban muy acaramelados. Ella, que vestía de blanco y era gordísima, tenía sus pies postrados sobre las butacas. "Estás muy lejos de casa Guillermo", me dije a mis adentros. Temí por un momento que no llevara los zapatos puestos. Procuré no fijarme y preguntarle, sin titubear, si estaban apartando los lugares sobre los que había puesto sus patotas. No, no los estaban apartando. Bajó las piernas y nos sentamos a tiempo para ver cómo iniciaba todo.
Las personas que estaban sentadas inmediatamente detrás de nosotros no pararon de hablar durante toda la película. Mi acompañante olía muy bien. El descansabrazos estorbaba.

Tuesday, December 13, 2005

Pizza

Hoy inyectaron a Refu porque desde hace tiempo una pequeña infección le ha llenado el hocico de granos. Cuando nadie me ve, le doy besos en la boca a Refu. Permito que me lama y la lamo a cambio. Sin embargo, a mí no me ha pasado ninguna infección. Lo lógico sería pensar que yo le he pasado la infección; pero la verdad es que he estado mintiendo. En esto, más o menos, estaba pensando mientras calentaba un trozo de pizza y observaba a Refu a través de la puerta de la cocina. Siempre que hay pizza en casa Refu aparece a través de la puerta y me observa como el perro de La cosa, completamente inmóvil, como si supiera algo, como si un ser vivo, extraterrestre y hostil viviera en su interior.
A veces, cuando pido una pizza demasiado grande y estoy solo en casa y tiro los trozos que no me comí pues calentarlos después, para cenar o desayunar, me da flojera; cuando pasan estas cosas, decía, Refu quita la tapa del basurero, abre la caja y se da un pequeño festín. Es muy hábil mi perra. Tal vez no debería comer pizza, tal vez le haga daño, pero lo hace y ya no puede parar. Discutí al respecto con Sandra, la chica que nos ayuda en la casa a cambio de un pequeño, pequeñísimo sueldo --sin prestaciones, pero con techo y comida-- y a Sandra le dio mucha risa. No sé por qué.

Monday, December 12, 2005

Desesperación

Águilas, águilas, águilas.

Thursday, December 08, 2005

El paseo

Anoche estacioné el auto sobre el empedrado, junto al parque y caminé hacia la librería, al otro lado de la calle. Escuché mis pasos y noté que mis zapatos rechinaban. Imaginé, por un momento, que tenía una prótesis, una pata de palo y caminé con esa idea en la cabeza, entre los árboles del parque, caligráficos contra el cielo de noche. Muy bonito, pensé, caminas y piensas en literatura, pensé. Al llegar a la librería no encontré los libros que buscaba pero compré otro par de libros. Vale la pena mencionar Guardianes de la intimidad, una traducción de un libro de Eggers que ya leí (no lo compré para mí) y Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz. Lo empecé anoche, en la cama.

Monday, December 05, 2005

El tamaño sí importa

Entre más pequeñas son las actualizaciones que hago a mi bitácora electrónica más comentarios me dejan los amigos que me dejan comentarios. En ocasiones, incluso, recibo comentarios de personas que no conozco. Kafka, Walser y probablemente Musil, ante este describimiento comenzarían a escribir textos inacabables, densos y deliberadamente aburridos.

Sunday, December 04, 2005

Lumpen

Estuve pensando en varias cosas mientras se cargaba el programa que me permite escribir aquí. Intenté recordar qué era aquello que quería escribir. Pensé primero en cómo cada vez escribo menos y sólo me dedico a escribir aquí, en mi bitácora electrónica, o en mi diario, que tiende a aburrirme. Cuando tiende a aburrirme, dejo de escribir en él. Pasa uno o dos días sin que escriba, ahí; lo cual está bien, pues consigo escribir algo acá. También pensé en cómo insisto en llamar a esto bitácora electrónica en lugar de blog, lo cual, en realidad, sólo hago para hacerme el interesante. Cuando escribo aquí o en mi diario siento como si escribiera con ambas manos (de hecho, lo hago, pero creo que la gente que lee esto sabe lo que quiero decir; quiero decir que escribo con dos voces distintas, como si utilizara mi mano derecha y mi mano siniestra, igual que el autor de Peter Pan). Me creo mucho porque escribo, la verdad cada vez me someto a esa idea que leí en el periódico el otro día, una idea de Houellebecq o que Houellebecq también comparte; que uno necesita creerse un buen escritir para avanzar, pues no es suficiente con ser admirado. De hecho, uno en realidad desearía no ser admirado. Recuerdo que una chica que me rompió el corazón (¡oh!, lloré tanto y caminé por la playa mientras me desgarraba las vestiduras, y encontré a Dios, y perdió a Dios, y volví a encontrar a Dios después del drama), en lugar de decirme que me quería, decía que me admiraba. No tuve el valor de decirle que era otra cosa la que yo quería. Sabía que, cuando me lo dijo, si hubiera abierto la boca sería sólo para llorar (¡oh! ¡La humanidad! ¡La separación y el vacío! ¡Nada tiene sentido!). La otra cosa que recordé mientras el programa se cargaba, que en realidad es una persona, es a Pablo Soler y cómo él considera mejor escribir a mano que a máquina; o a máquina que a computadora. Entiendo sus razones. Mario Bellatin, por otro lado, opina que es mejor escribir a máquina (o a computadora, da igual), que a mano; lo cual, también lo comprendo. Al respecto, un recuerdo: estoy en Venecia y todo huele muy mal porque es verano y hay agua estancada en algún lugar de la ciudad. Camino por el puente de la academia y veo a un chico recargado contra una mochila que parece estar llena de muchas cosas y veo, también, que escribe en un pequeño cuaderno, muy bello el cuaderno, el tipo de cuaderno en el que uno gustaría estrenarse como poeta. Y debajo de sus anotaciones, veo que sigue con el dibujo de un edificio que está al otro lado del canal. Es un buen dibujo, en tinta.
Total, que me gustaría escribir en un cuaderno. Pero no lo hago.
También me gustaría leer sólo libros gordos, como lo hace Soler, pues los chicos siempre me dejan con ganas de más (un poco como la vida cotidiana); pero no tengo los ánimos para sentarme a leer, no sé, La montaña mágica que, por cierto, dejé en la página cuya primera línea, al menos en mi edición, dice: "Un perro --dijo entre dientes Gaenser-- no querría más tiempo vivir así". Me paré para revisarlo.

Friday, December 02, 2005

Sobre desaparecer

Lo más difícil de escribir, opino, es creer que uno es un buen escritor. No hay manera de avanzar sin esta pequeña mentira. Zagal, mi jefe y mentor en más sentidos de los que estamos orgullosos en reconocer, recuerda que durante un vuelo una persona que se dedicaba a vender terrenos y que estaba sentada a su derecha se asomó a ver lo que escribía y le preguntó: ¿Es usted escritor? Esta pregunta traía ese tonito, esa especie de admiración disfrazada de incredulidad. A Zagal le dio un poco de vergüenza decir que sí, pues después de unos momentos, en su cabeza, reconoció que escribía y que, lógicamente, había publicado alguno que otro libro. Tengo la extraña fortuna de no verme en la posición, a menudo, en la que debo contestar a lo que me dedico. Usualmente, digo que estudié filosofía. Esto desconcierta suficientemente a las personas como para que no insistan. Sin embargo, no todo mundo es tan impresionable, así que cuando insisten me veo obligado a decir que me gusta escribir y que a eso me quiero dedicar. También hablo sobre mis labores como asistente de un catedrático y procuro terminar hablando sobre lo que hace mi jefe, Zagal, para ganarse la vida. Y así, poco a poco desaparezco y no tengo que poner la labor de escritor en un pedestal. Ultimamente he estado pensando en Walser y los anónimos medievales y en Kafka y en extraña manera en que, sin poder controlarlo, frunzo el ceño mientras escribo.

Lo positivo es positivo

Estaba en San Francisco en la caja de un Barnes and Noble comprando un libro sobre Chris Ware y su arte cuando recordé, primero, que en una de las novelas de Ware, la única que he leído, se le llamaba a este tipo de librerías como Barnes and Ignoble, entonces empecé a sonreír, primero, por esto y, segundo, porque la otra cosa que iba a comprar era la última película de Wes Anderson. Y esto, pues, me poníade buenas. También llevaba un par de discos de Elliot Smith, una colección del mejor humor de McSweeneys, la peor novela de Nick Hornby (How to be good) y las ganas de comprarme el memoir titulado Oh The Glory Of It All! que tuve que comprar varios meses después. Ay, el dinero.
El chico de la caja, un tipo similar a mí en algunos aspectos y distinto en otros, me preguntó si me había gustado la película de Wes Anderson. Sí, le dije. A mí no tanto, me dijo sin que le preguntara. Pero, continuó, creo que tiene un estupendo gusto musical. Yo también creía esto, pero no se lo dije porque el opinar sobre casi cualquier cosa en casi cualquier espacio no es una de las cosas que compartíamos, este muchacho y yo.
Más tarde, esa noche y de vuelta en el hotel, abrí una de las revistas que había comprado en otra librería de San Francisco, una extraña librería que había sido decorada como si fuera el interior de un barco pirata. La revista traía una entrevista con Karen O, la cantante de los Yeah yeah yeahs! En algún momento dado la entrevistada opinaba que los blogs estaban plagados de un entusiasmo y una extraña necesidad por ser el primero en hablar sobre algo. Todo se volvía reseñable, aquí, en las bitácoras electrónicas. Desde entonces procuré hablar cada vez menos sobre los últimos libros que había leído, la última película o la última novedad. Es difícil. La entrevistaba la vocalista de Sleater Keane, quienes abrieron el año pasado a Pearl Jam. Y pues muy bien, anoche vi de nuevo la película de Wes Anderson con Mariana, en una de las salas de televisión más oscuras que existen, y mientras hacíamos esto, me puse a pensar en la música de las películas de Anderson, en esa canción de los Zombies que ponen cuando se muere el supuesto hijo de Zissou y después en Pearl Jam a quienes volveré a ver porque soy un animal de costumbres e iré en compañía de mis amigos y de Mariana, a quien, por otro lado, esto de Pearl Jam no le entusiasma demasiado, ¿pero qué se le va a hacer? Nada por supuesto, porque todas estas cosas son cosas buenas y agradables y que nos harán mejores personas o al menos adormecerán el peor de nuestros lados y lo mantendrán latente, bombeando pequeñas dosis de malicia, la suficiente como para no amargarnos la vida y la suficiente como para que nuestra bondad no parezca una especie de resignación sino un movimiento positivo, ascendente y que congela al acto.

Tuesday, November 29, 2005

Intimidad

-Ahora vuelvo.
-¿A dónde vas?
-Al baño.
-¿A leer sin camisa?
-Sí.

Hay algo agradable en que conozcan algunas de tus manías.

Sunday, November 27, 2005

Lista.

Cosas que comí hoy:

1. Jugo de naranja.
2. Papaya con miel.
3. Sopa de letras.
4. Coca-cola.
5. Consomé de pollo.
6. Coca-cola.
7. Sincronizada de bisteck con salsa de frijol.

Las que fueron una mala idea comer, considerando que estoy enfermo del estómago: 2, 3, 7.
Las que sólo consiguieron que mi estómago hiciera guruguru: 1, 4, 6.
Número de veces que fui al baño hoy: 7.

Thursday, November 24, 2005

El tumor debería tener la última palabra

Jaja. ¿Lo ven? Esto es gracioso. Sí lo ven, ¿no? ¿Está claro? ¿No? Bueno, pues lo siento.

El humor debería tener la última palabra

El cine me ha educado sentimentalmente, como a tantas personas de mi generación. No hay nada emocionante en esto. Recuerdo que en la segunda parte de Volver al futuro, uno de los personajes, el Dr. Emmet Brown, decidía abandonar sus investigaciones sobre el espacio y el tiempo para dedicarse al gran misterio del universo: la mujer.
Cuando vi la película, recuerdo, pensé que tal vez el Dr. Emmet exageraba. Sin embargo, ahora me impresiona la espontánea bondad de las mujeres, una bondad mucho más constante que la de los hombres. También su retorcida manera de pensar. El superfluo actuar de algunas. El constante anhelo de paz. No puedo decir que conozco tantas mujeres como para hacer un juicio general. Pero es verdad que cuando me he sentido enamorado o desenamorado, todas estas consideraciones se han ido a la mierda. Es impresionante lo poco literario que es la felicidad. Creo que es el gran tema que pocos han podido representar.
No comprendo por qué la bondad y la felicidad se toman como un estado que se pierde, un estado no-positivo, aburrido, como la salud. Transcribo dos pequeños textos de Houellebecq que me hicieron pensar en estas cosas. Textos, por otro lado, con los que estoy en desacuerdo:
Cualquier cosa puede ser tratada con humor o de forma patética. "Cortesía de la desesperanza" es una fórmula perfecta para explicar el humor. Pero, a menos de que te calles, terminas por dejar de ser cortés. No hay que exagerar con la cortesía, no hay que ser demasaido cortés para escribir realmente un buen libro. El humor no debe tener la última palabra. Hablo desde el punto de vista de la novela, pero es cierto que, en la vida diaria, constituye una ventaja apreciable que lo aceita todo y vuelve soportable situaciones que no lo son.
Me gustaría hacer algo que tuviera alegría, pero tendría que dejar de dedicarme a la literatura. La extanción momentánea, está bien, el placer también, pero ¿la alegría? Hay en ella un aspecto que desalienta la escritura.
Cuando escribo, aún cuando no escribo poesía, me siento feliz. Cuando abrazo a las personas con verdadero cariño o cuando un cuerpo se acerca al mío o cuando estoy callado o riendo, soy feliz. Uno se vuelve lúcido, no todo está en paz, algunas cosas duelen, otras huelen muy mal, la felicidad no es un estado perfecto e ideal, no somos zombies que pasean a caballo en pastizales verdes al son de la bossa nova; los caballos nos muerden y su pelo nos pica en la entrepierna, pero cómo corren.

Wednesday, November 23, 2005

Pequeño problema creativo

Cuando afirmo que tengo un pequeño problema creativo, porque lo tengo, en realidad quiero decir que tengo un pequeño problema personal. Nada grave. Verán, esta es la cosa. Quiero ser una mejor persona. Y para esto, opino, debo dejar de ser excesivamente crítico o que al buscar temas, digamos, literarios evite la crítica destructiva o el sarcasmo. La tentación de escribir sobre la manera en que las personas bailan o se sienten obligadas a bailar en las bodas, por ejemplo, o en cómo es que las bodas son divertidas sólo para las personas que beben pero que seguramente pasan un mal rato en el tiempo que dura la ceremonia hasta el tiempo en que se les permite comenzar a comer (beber) se me hace algo fácil y, por decirlo en otras palabras, un mal camino.
Así que, ¿qué hacer? ¿Cómo escribir de lo positivo, de toda esa alegría que sucede en las bodas sin parecer un morlaco? ¿Cómo ser una mejor persona? ¿Quién puede describir bien a bien la bondad y la alegría pero de manera que no parezca una resignación? Yo ciertamente me siento incapaz. En su lugar tiendo a escribir críticamente sobre mí mismo pues es la única arena en la que, considero, nadie se atrevería a reclamar.
Escribo, hablo sobre algunas peculiaridades mías, como la convicción de que deberían existir clases para sostener conversaciones. Soy un pésimo conversador. Si hablo sobre el clima en el fondo de mi cabeza reconozco que es un tópico hablar sobre el clima así que rápidament cambio de velocidades y hablo sobre cómo la gente a menudo habla sobre el clima. Mis conversaciones, siendo un mal conversador, a menudo devienen meta-conversaciones. Y, peor, mientras las llevo a cabo reconozco que estoy en una meta-conversación y tiendo a explicitar esto. Digamos que me topo con un conocido en el semáforo. Sucedería más o menos:
"¡Hola!"
"¡Hola!"
"..."
"..."
"Qué bonito día, ¿no?"
"..."
"..."
"Pues sí".
"¿Has notado que cuando las personas no saben qué decirse hablan sobre el clima?".
"Sí, es horrible".
"Bueno, yo no diría eso, sólo es algo que pasa. Pero sí me parece curioso que me sintiera obligado a comentarte algo sobre cómo te comenté sobre el clima. Me temo que no sé llevar a cabo conversaciones. Creo que paso demasiado tiempo solo".
"Me tengo que ir..."
"¡Me dio gusto verte!"
"Por favor suéltame".

Anonimato

En mi opinión son demasiadas las actualizaciones a esta bitácora. ¿Es que puedo opinar sobre todo? Hoy enseñé en clase algo sobre los primeros retratos que aparecieron en el siglo XIV, en el arte gótico y sobre las primeras ilustraciones que fueron firmadas por el autor. También hablé un poco, sin saber demasiado, sobre Walter Benjamin y el cine y el arte narrativo y de cómo ahora la sobre producción parece ponernos a todos en el mismo mediocre nivel. Me temo que no hay bitácoras electrónicas realmente interesantes.
Hoy desayuné un jugo de naranja y una taza de café. Me bañé y me lavé los dientes en la regadera, una mala costumbre que tengo. Me puse mi traje azul con mi corbata violeta. Estudié un poco por la mañana, di aquella clase, tuve una reunión en la preparatoria, me sentí viejo, comí un croissant y una sopa de verdura. Me lavé los dientes, jugué un poco con mi perra, regresé a la universidad y evité grandes catástrofes, grandes guerras y situaciones extraordinarias.

Tuesday, November 22, 2005

La fortaleza de la soledad

Despierto porque escucho ladrar a los perros. Los gruñidos son fuertes e imagino que escucho la carne desgarrarse. Cuando me asomo por la ventana que da al jardín en Valle de Bravo no consigo ver nada. Hace frío y escucho roncar a otra persona en el cuarto. Creo que lo que más me gusta del inicio de los Diarios de Musil es que aclara, desde el principio, que vive en una de las zonas polares de nuestro planeta. El sonido de los perros peleando, que escuché dos noches seguidas, me impresionó especialmente pues había visto La cosa, de John Carpenter. Esta agradable historia de un extraterrestre que se apropia de la apariencia de otros seres vivos toma lugar en una de las zonas polares de nuestro planeta e inicia con una escena en la que unos hombres persiguen a un perro infectado con el virus extraterrestre. Una de las películas más asquerosas que he visto. Si la ven, presente especial atención a la escena en la que la cabeza de un hombre se desprende para transformarse en un arácnido que repta por el suelo de la morgue, hasta que la incineran con un lanzallamas.
Por alguna razón decidí comenzar mi diario, hace unas semanas, aclarando que no vivo en una zona polar, pero que he visto la nieve y que la he palpado con mi lengua. Mi diario, que escribo inconstantemente, a veces funciona como un registro donde me resguardo, la última fortaleza de aquello que conozco como mi núcleo y del cual desconfío cada vez más. Me encanta la idea de que Superman, a pesar de tener una vida hombre, en compañía de una mujer y un trabajo, debía viajar al polo norte para pasar tiempo consigo mismo en compañía de las reliquias que había adquirido en sus viajes interespaciales. Una actitud mucho más sana que la de Bruno Díaz, opino.Para redondear esta pequeña y estúpida reflexión supongo que debería decir algo sobre La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem y que trata sobre crecer en Brooklyn leyendo cómics (especialmente los de Superman), pero no he terminado de leerla.

Monday, November 21, 2005

La humanidad

La humanidad abrió el refrigerador para descubrir que ya no tenía leche. Lo sensato hubiera sido salir en ese momento al supermercado y comprar un litro, pero en su lugar, decidió regresar a la mesa y tomarse su café tal y como estaba: caliente, negro, sin leche ni azúcar. Era una bonita mañana.
Más tarde, en el trabajo, la humanidad aprovechó uno de sus descansos para pensar en la manera en que algunos de sus escritores favoritos utilizaban metáforas sin referentes inmediatos a la realidad --la humanidad era una tímida gran lectora. Después de pensar en esto se distrajo con la idea de cómo algunas metáforas nombraban por primera vez, de una manera que era imposible simplificar o explicar claramente con un lenguaje coloquial.
A la humanidad le agradaba pensar en estas cosas, así como gastarse pequeñas bromas mentales. En ocasiones, sólo por el gusto de hacerlo, se imaginaba cómo sería su muerte o cómo reaccionarían sus seres queridos si esto sucediera. A veces pensaba en un estilo de vida alterno, en las decisiones que tomó a lo largo de su vida y lo que pudo haber pasado si se hubiera decidido por otra opción.
Generalmente, después de este tipo de reflexiones la humanidad se decía “Basta de filosofar” y volvía al trabajo. Pero no se lo decía con un tono despectivo, pues le gustaba invertir al menos algo de su tiempo en esto. Entonces, satisfecha, trabajaba varias horas sin parar.
Cuando regresaba agotada a casa, lo primero que hacía era prender la televisión. Aquél día vio un programa de concursos y noticias que tocaron varios aspectos de su vida. Después, apagó la televisión y bajó a la cocina para prepararse la cena y calentarse un vaso de leche. Tuvo que conformarse con un té.

Friday, November 18, 2005

Su saludable juventud

Guillermo estaba en tercera persona, leyendo en la biblioteca, trabajando para su jefe, cuando recibió una llamada telefónica. Era de la compañía de seguros, estaban renovando su póliza. Le aseguró a la señorita, entre otras cosas y de muy buen humor, porque también posee una buena salud mental (aunque sobre esto no hablaron), que no tenía cáncer y que el estado de su vejiga se encontraba bien. Ambos rieron, la amable señorita y Guillermo, porque este es el tipo de cosas de las que no se acostumbra hablar por teléfono.
-¿Alguna vez has perdido la movilidad de un miembro?
-No.
Guillermo estuvo tentado a agregar que alguna vez se le había dormido un miembro, pero al final se arrepintió. Era una broma obvia y tonta.
-Pues muy bien. Mira, hay otras preguntas, pero ya todas son para mujeres. Y no creo que estés embarazado, ¿verdad?
-Oh no. Espero que no.
Y ambos rieron porque esto es gracioso, ¿lo ven?
Guillermo hubiera deseado conocer a la señorita que estaba tan preocupada por su salud.

Tuesday, November 15, 2005

Monarca Absoluta.

[Aquí debería ir una fotografía de Refu, mi perra, mientras le sobo la panza, pero he descubierto que soy incompatible con la tecnología en más sentidos de los que imaginaba; esta fotografía la tomó mi primo Omar hace tiempo, en Valle de Bravo; a los interesados en recibir una imagen de la Monarca Absoluta y su fiel esclavo (o al menos del cuerpo de su fiel esclavo, mas no de su cara), dejen un mensaje con su dirección, prometo mandárselas pues es una manera más de agregarle emoción a mi vida. Pronto revelaré un nuevo rollo con más fotografías de Refu, un poco más gorda y grande, pues el tiempo no ha pasado en vano, que espero poder subir a algún lugar en la red para que todo mundo pueda ver un ser que participa de la Idea misma de la Belleza.]

Saturday, November 12, 2005

Imre Kertész

Encuentro un libro en mi librero, un libro que no recuerdo haber comprado y que seguramente me regalaron. Es Liquidación de Kertész y aún está envuelto en plástico y supongo que debo leerlo pues seguramente es un libro, como la mayoría de los libros lo son, como la mayoría de las cosas lo son. Pero en lugar de abrir este libro nuevo que encuentro en mi librero, saco You shall know our velocity, que está a su derecha, y que es un buen libro, uno que me ha abierto sus brazos en malos momentos, y decido leer las últimas dos hojas porque sé que estas dos hojas, al cuarto para las dos de la mañana, me harán sentir vivo y ayudarán a darme cuenta de que muchas personas están ya dormidas, a diferencia mía, y que no tienen la oportunidad de correr por su casa (porque estoy solo en mi casa) a oscuras, o bajar corriendo las escaleras, aún cuando no tengo prisa, y salir al jardín y apagar las luces y permitir que Refu me brinque encima porque le da gusto verme corriendo o siento tan tan tan puta madre feliz de estar aquí, en esta tierra.
Fui a una boda en Cuernavaca y la misa fue dada por un padre muy carismático, me dieron ganas de comulgar, de levantar en vilo a las niñitas que esparcían las rosas blancas y rojas camino al altar, de correr arriba abajo y salir gritando a las calles de Cuernavaca en mi guayabera porque todo estaba tan iluminado y caliente y feliz en la pista de baile, pero sin bailar porque ahora no me importa quedarme sentado, ni me siento mal viendo todo desde lejos, desde ese enorme jardín --y mi vecino me pregunta, en la boda, cuando me encuentra caminando de los baños de vuelta a donde se encuentra la carpa iluminada (¡como si fuera un trasatlántico en altamar!) si no traje a mi perra, porque él conoce a mi perra y yo conozco a su perro, un boxer que se llama Tarzán y que a veces pasea por la privada y que, como mi perra, también hubiera sido muy feliz en ese enorme jardín de Cuernavaca, donde los grillos cantaban y los mosquitos se alejaban y la gente gritaba porque ¡la música!, ¡y el calor! ¡Y Dios mío, porque todos estaban ahí y gritaban y bricaban! Y sí, a veces notaban que mi madre no estaba, que mi padre tampoco y debía dar explicaciones, ¿saben?, y estas explicaciones me tropezaban un poco la velocidad porque debía entonces que hablar de mi primo y de la carretera y de la carne que se corrompe pero no por mucho tiempo, porque de nuevo tenía permiso de seguir caminando entre las mesas, digiriéndolo todo, los camarones, la carne, el sorbette, el alcohol, las terribles ganas de llorar, el desprendimiento; y luego el encontrarme con un amigo, sí, un gran amigo de la infancia y sentarme en su mesa y platicar y preguntar y responder a sus preguntas y permitir que su novia nos tomara una foto, dos porque salí con los ojos cerrados en la primera, y luego verlos besarse y sentirme extrañamente fuera de lugar, ahí, a su lado, mientras besaba a su novia y entonces despedirme y decir que sí, que debo regresar temprano, que sí, también me hubiera gustado quedarme más tiempo y ver las estrellas, después de que los padres y los niños se hubieran ido a los hoteles o a sus casas y correr con la ropa empapada de sudor a la alberca, tan clara y calmada, con la ropa puesta. Pero no, tenía que regresar antes y correr en mi casa, a solas.

Friday, November 11, 2005

La relación que sostengo con mi diario

Esto es un fragmento de lo que escribí el pasado 20 de octubre, en mi recién iniciado diario:

"Me pregunto si será posible que en estos textos consiga hablar sobre mí mismo, realmente, sin que aquél supuesto núcleo (en el cual, en el “fondo”, no creo) me juzgue. Hay una constante ironía de la cual no puedo despegarme y que ha conseguido cansarme. Soy demasiado joven para esto. Debería tener un mejor humor. Debería tener un verdadero núcleo. Debería ser una mejor persona. No puedo evitarlo, la ironía se cuela por todas partes, la veo en cada uno de mis amigos y también en mis pensamientos, incluso en los más inocentes. Es como si algo hubiera aterrizado, un helicóptero de escepticismo cuyas aspas aún no terminan de girar, mientras se apaga el motor. Espero que pronto se le agote la fuerza centrífuga, pero sobretodo que no esté esperando levantar en vuelo una vez más. ¿Hacia adónde iría?

En la tarde tuve una discusión sobre el desapego que parece caracterizar la escritura de Henry James, con una estudiosa del tema. La discusión me puso de mal humor por el resto del día. ¿Es posible que James sufriera por los personajes de su Otra vuelta de tuerca? Me cuesta trabajo creerlo. El malestar sólo fue comparable con la ocasión en que Margo Glantz no quiso contestarme la pregunta sobre la relevancia de hablar sobre una violencia contra mujeres, en lugar de una violencia en general. Me pregunto ahora si no habré escrito esto para hacer notar (¿a quién?) que conozco gente que escribe mejor que yo. ¿Albergo, en verdad, la idea de que soy mejor escritor que alguien? Ciertamente. Esto, como es de esperarse, me hace sentir tonto. Probablemente, al final no seguiré con este texto y le mandaré lo poco que haya escrito a alguna chica que quiera impresionar. Dios, la juventud, la carne".

Juan Rulfo

Salgo un momento de casa de mis tíos, evito las miradas de las señoras envueltas en rebosos y camino al panteón donde hace unos años enterraron a mi abuelo y donde en unas horas enterrarán a mi primo. "¿No quieres verlo?", me preguntaron. "No". "Velo, ándale". El tambor que se desprendió de la camioneta que venía en sentido contrario atravesó el parabrisas y lo golpeó en la cara. Muerte instantánea. "No, no quiero". De las tres personas involucradas en el accidente, fue el único que murió. En el panteón, que en esta ocasión me pareció mucho más pequeño que la última vez que lo visité, unos hombres construían o resanaban una lápida. A su lado, un ataud podrido o quemado, negro, hundido con hierbas por los lados. Una lápida, de un hombre que se llamaba Delfino, llevaba la fecha de dos días después de que yo hubiera nacido. Supongo que estaba buscando la tumba de mi abuelo. No la encontré, era imposible caminar entre los apretados pasillos. Quise memorizar más nombres, como lo hacía Rulfo para los personajes de sus cuentos, pero no pude. Me sorprendió la cantidad de niños que están enterrados en el panteón del pueblo.
De vuelta a la casa, mi tía sigue inconsolable. Y mi abuela. Y las hermanas de mi tía, mi madre. En una pared veo enmarcadas las constancias de los múltiples cursos de agronomía a los que fue Raúl, mi primo. "Reconocimiento por asistencia". "Constancia". "Diplomado en el estudio del NAFTA, por la universidad de Ohio". Una y otra vez, enmarcados. Todos. Con vidrio. Alineadas, unas a otras, las muestras de cariño.

Feliz.

Estoy feliz.

Tuesday, November 08, 2005

La intimidad de mi bitácora electrónica

No me gusta usar aretes en la cara ni en las orejas. Por alguna extraña razón, sólo me siento cómodo con el arete que uso en mi pezón derecho. Recuerdo que cuando mi psicoanalista me preguntó al respecto hizo una pequeña reflexión, una distinción, en realidad, sobre las personas que usan aretes como una forma de agresión y aquellas que lo hacían para llamar la atención. Me temo que poco a poco, este espacio, esta bitácora electrónica, se ha convertido en un arete para llamar la atención. Antes era distinto. Especialmente cuando nadie sabía de la existencia de este lugar. Pero luego comenzaron a llegar algunos amigos y algunos de sus comentarios. Y ayer, una amiga me enlazó con otras páginas. Estoy tentado a retirarlas.
He comenzado a escribir un diario. El otro día en él escribí que necesitaba ese diario porque me daba algo que este espacio ya no me da. Escribir esto, por ejemplo, que de alguna manera parece íntimo, me suena totalmente desapegado y lejano a mí, como el placer y el dolor que sentí cuando el frío metal cruzó mi carne por primera vez. Una especie de apéndice. Lo extraño es que muy pocas personas saben que poseo este blog, así como muy pocas personas saben lo que experimento día y noche con el discreto piercieng que uso debajo de mis camisas Lacoste o de mis playeras Banana Republic.
Es agotador escribir por varios frentes.

Sunday, November 06, 2005

Los que duermen y los que beben.

Hay quien bebe después de haber dormido y quien duerme después de haber vomitado por sus excesos con el alcohol y que lo hace soñando cosas muy extrañas, como el conocer al padre de su amigo, a quien nunca ha visto en su vida, pero que, en su sueño, usa aretes y le hace cariños extraños. Hay quien duerme solo. Hay quien duerme acompañado y con dificultad. Hay quien bebe demasiada agua antes de meterse a la cama y no puede dormir sino entre las constantes visitas al baño. Están los que duermen cansados, como un tronco, como un pez en el fondo del mar, para quien el agua se siente como se siente el aire para nosotros. Hay quien bebe pensando cómo será la sensación que experimentan los peces, con toda esa agua rodéandolos. Hay quien duerme llamándose Dave Eggers. Hubo quien dormía llamándose Hemingway. Hubo quien bebía y portaba el nombre de Bukoswki. Uno que se llama Kundera, seguramente duerme en sus laureles, como nunca lo hizo Walser. Hubo quien bebía como desesperado y que se llamaba Poe y que en más de una ocasión, al dormir, al igual que Kafka, sufrió. Duermen desnudos, algunos, en pijama, la mayoría. En su casa, la mayor parte del tiempo. En el avión, en el tren, en el subterráneo, en la oscuridad de la tierra, rodeados de carbón. Hay quien se mete a un bar y no sale sino para irse a dormir y no despertar. También los hay que, a la edad legal de ingerir alcohol, se meten a la cama y orinan sus sábanas, para poca sorpresa de su mamá. Están los que duermen en una cuneta, en una fiesta en una carpa de circo, porque han bebido demás y sienten ganas de llorar. Porque algunas de estas personas, se meten a dormir y no pueden dejar de pensar. En personas. Comienzan a beber y tampoco pueden dejar de pensar. En algunas personas. Y comienzan a sospechar que a pesar de toda la evasión que les proporciona la no vigilia, esas cosas perdurarán.

Milan Kundera

La primera vez que leí a Kundera ignoraba que era el escritor preferido de mi mejor amiga. Cuando lo hice, me acerqué con excesiva cautela porque también era el escritor preferido del único poeta de mi generación que se presentaba a sí mismo como un poeta. Recuerdo que en uno de los poemas de este poeta se comparaba a las cartas de despecho con pilotos kamikaze. En el fondo, era una buena persona.
Kundera escribe bien. A mí me gustaría escribir tan bien con Kundera. Pero algo pesado, un esfuerzo por definir y por hablar de verdad, vive en sus novelas. La primera cosa que leí de él fue su definición de La insoportable levedad del ser. Después leí su definición de La despedida y me aburrí horrores. Después leí otras definiciones y me pregunté por qué no escribía mejor tratados científicos o disertaciones sobre la condición humana. Como alguien que odiaba la vida, no comprendía ese afán por comprenderla. Poco a poco entendí, particularmente después de verlo a través de mi amiga, que Kundera se disfrutaba especialmente cuando hacías lo mismo con tu propia vida.
Yo también creo que la literatura es un tipo de alto conocimiento. No creo, en cambio, que sea algo que siempre debamos tener en mente. Tal vez K. ahora piense lo mismo y por eso ahora ha abandonado su lengua materna. Supongo que existe cierto heroísmo en escribir el mismo libro una y otra vez.

Thursday, November 03, 2005

Jack London

Desperté temprano para calificar unos trabajos y unos exámenes de la preparatoria. Hacía mucho que no me despertaba antes de las nueve o antes de las siete. Fue muy agradable. Debería hacer esto más a menudo, pensé y escuché, simultáneamente, las patas subir por la escalera, el hocico olisqueando afuera de mi puerta. Abrí y Refu entró cabizbaja a mi cuarto, moviendo la cola, feliz. De un brinco subió a la cama y me vio como si estuviera a punto de decir algo, por supuesto no dijo nada, porque los perros no hablan, pero si hubiera dicho algo, si se hubiera animado, hubiera sido algo así como: "¡¡Hola Guillermo!! ¡¡Buenos días!! ¡¡Mírame!! ¡¡Estoy aquí y muevo la cola y soy feliz y café y rápida como la puta madre es rápida y sí me como toda la pizza que tú no te comes cuando la tiras a la basura y no estás viendo y destapo el basurero con mi hocico y destrozo eso con mi quijada y me trago la salsa de ajo de un lengüetazo y ya, llévame al Ajusco carajo, estoy harta!! ¡¡Hola!! ¡¡Buenos días!".
Regresé a mi escritorio, aún en bata y volví al trabajo. De vez en cuando veía a mi perra, que se había acostado y me miraba desde la cama como si estuviera pensando en algo, en mí, como si me quisiera por algo más que la costumbre y la comida que le doy. De un momento a otro, estaba seguro, se levantaría y empezaría a gritar: "¡Hola! ¡Hola Memo! ¡Soy mucho más rápida y fuerte que tú y tienes un pequeño colmillo blanco, un pequeño colmillo de lecho que no te ha crecido como los demás! ¡Y estás chaparro y tienes los pies y el pelo café, como el mío, y si quisiera te podría derribar!"
Recuerdo una ocasión en que llevé a mi otra perra, un samuyedo que murió hace tiempo de cáncer, al veterinario. Cuando salimos del consultorio, un hombre me esperaba en el estacionamiento, parado junto a su coche. De las bocinas de su estéreo salía una terrible y estruendosa canción de Paulina Rubio. Cuando me vio, me dijo: "¿Este es tu coche?". "Sí", le dije. Y sabía que iba a tener problemas. No tanto por su manera hostil de dirigirse a mí, sino por su manera de moverse, su forma de vestir. Su Paulina Rubio tan fuerte. "¿Y fuiste tú quien me rayó mi coche?", me preguntó. "No señor, no fui yo", le dije. Mi samuyedo me defendería si las cosas se ponían rudas, imaginé. Pero apenas abrí la puerta de mi coche, brincó dentro. Carajo, pensé. "Pues más te vale que no hayas sido tú", me dijo, "o te parto la madre", me dijo. "Mire", le indiqué, "mi puerta ni siquiera alcanza a donde está el rayón de su coche". Se lo demostré. "¿Te estás burlando de mí?", me preguntó. Debí haberle dicho, con calma: "No señor, mire, sólo le estoy demostrando que no hay posibilidad de que yo haya rayado su auto, es una cosa muy simple, ¿lo ve? ¿Por qué no se calma un poco?". Pero en lugar de eso lo vi con cara de: Pffff.

Wednesday, November 02, 2005

Robert Walser

Recuerdo que en una ocasión, subiendo en bicicleta por la montaña me topé con un conocido de la carrera, un numerario, y a uno de los mejores y más ancianos profesores que teníamos en aquél entonces. Platicaban sobre metafísica y caminaban muy lento. Uno de ellos llevaba una boina. Los saludé y me despedí rápidamente. Yo llevaba mi bicicleta cannondale, la roja, con sus veintiún velocidades combinadas y mis licras y un gatorade.

Hace tiempo que no subo a la montaña para andar en bicicleta, como lo hacía hace tiempo con algunos de mis mejores amigos. He dejado de ver a estos amigos y poco a poco me he ido diluyendo en el trabajo, la rutina y preocupaciones sentimentales sin demasiada trascendencia. Por otro lado, sí he regresado a la montaña para dar pequeños paseos en compañía de mi perra, una muy buena amiga y su perro. No puedo decir que extraño la emoción del ciclismo de montaña, la adrenalina, el cansancio. Al menos no lo hago con entusiasmo. Pero había algo de aquella convivencia tan masculina que se ha perdido en este nuevo mundo que he descubierto. Es sólo una esfera distinta, supongo. Envejecemos.
Mi madre tomó prestada mi copia de El paseo de Robert Walser, publicada por Siruela. El libro es amarillo, es un relato muy pequeño y en la portada lleva un par de zapatos que me hacen pensar en las disertaciones de Heidegger sobre aquél famoso cuadro de Van Gogh que ha emocionado a tantas amas de casa y universitarios.
Lo que más me atrae de Walser es su calma. Me cuesta trabajo creer que no haya sido feliz escribiendo de la manera en que lo hacía. No creo que su escritura, como aventura Vila-Matas, haya sido un constante ejercicio para desaparecer. Probablemente sólo era un registro de la paz interior que lo dominaba, la planicie del buen observador, como si fuera un cubo de hielo derritiéndose en el desierto sin nadie que pueda hacer algo al respecto.
Yo no puedo afirmar que escribo para llevar un registro de mi desaparición o por un incontrolable anhelo de alejarme de las personas, o para manifestar la paz interior tipo zombie que reyna en mi interior. Escribo porque quiero estar cerca de las personas, como si mis letras fueran falanges que se estiran, pequeñas sonrisas e invitaciones impertinentes a una fiesta a la que nadie quiere ir porque sólo va a haber música, alcohol y papitas. Pero si hay algo que quiero y que no tengo y que tenía Walser en su escritura, es la falta de ironía, una no ironía rodeada de una no inocencia, de una no bondad, o de una bondad positiva, como un movimiento hacia afuera, no como una resignación.